Leonardo Padrón's Blog, page 14

July 6, 2017

El horror patrio

Ya se agotan las palabras para narrar el espanto. Los adjetivos jadean de cansancio. El idioma bufa de impotencia ante el hilo de sordidez que recorre el país. Lo ocurrido este 5 de julio en Venezuela, fecha que encarna 206 años de independencia, fue tan grave que el mundo entero reaccionó con indignación y sobresalto. Nunca había visto una reacción tan llena de presteza y estupor. La comunidad internacional quedó boquiabierta. Las imágenes escupían una verdad que millones de venezolanos hemos insistido en denunciar: estamos bajo el asedio de un régimen de extrema violencia. Ya no existe disimulo ni pudor alguno. Los cabilleros de la revolución han pateado la democracia una vez más. Públicamente. Frente a los ojos del planeta. Haciéndola sangrar en la piel de los diputados electos masivamente por el pueblo. Ya nada calza en una estructura lógica de pensamiento. El grito de los bárbaros anunció una vez más una triste certidumbre: nos gobierna el horror.


El saldo fue penoso, vergonzoso en extremo. Cinco diputados heridos, periodistas secuestrados y robados y personal diplomático acorralado por una horda de malandros a sueldo cuyos únicos argumentos de debate eran la cabilla, la patada, la piedra, el puño y la bala. Todo un alarde de civilización. Obviamente obedecían órdenes. Ya a primeras horas de la mañana, el Vicepresidente -desde el propio Salón Elíptico de la Asamblea Nacional- había convocado a la toma de la AN por “el pueblo de a pie”. Ya la orden era oficial. Quizás uno o dos días atrás se había diseñado el asalto. No sabemos si en el mismísimo despacho presidencial o en alguna de las turbias oficinas de la dictadura. Lo que resulta casi risible en su cinismo es ver después a Nicolás Maduro, así, al desgaire, de pasadita, condenar la violencia de lo ocurrido en el hemiciclo parlamentario. Maduro habló de unos “hechos extraños” y uno advierte que comienza a mentir porque ya no es extraño que sus cabilleros asalten la Asamblea Nacional. Lo que siempre resulta “extraño” es ver (sí, se ve, hay decenas de videos que lo muestran) cómo la propia Guardia Nacional les abre a los vociferantes las puertas de un recinto que están obligados a proteger. Maduro vocifera “nunca seré cómplice de un hecho de violencia” y uno lo único que hace es recordar cómo una semana atrás gritó, sin recato y estentóreamente: “lo que no consigamos con los votos, lo conseguiremos con las armas”. Nada menos. Nada más. Maduro redacta en su discurso oral “que se investigue y se diga la verdad”, y uno sabe que sigue mintiendo porque nunca después de frases similares ha habido sanción alguna, ningún detenido. Maduro dice en cadena nacional, vestido de pompa y desfile, que condena la violencia y uno adivina el guiño en el ojo, el codazo cómplice, la sonrisa de soslayo entre sus pares. Maduro dice que condena y uno sabe que aplaude . Dice que investigará y uno sabe que felicitará. Maduro habla y uno sabe que calla. Maduro hace de presidente y uno entiende que es un dictador.


Lo visto en los videos ya lo hemos contemplado demasiadas veces. La jauría sedienta de sangre, con los brazos como aspas asesinas, enarbolando más cabillas que banderas, más odio que razones, para atacar a gente elegida por la gente. La dictadura golpeando a la democracia. Así de grave.


Y mientras el Parlamento Europeo en pleno, y el Departamento de Estado de EEUU, y Mercosur entero, y Colombia, México, Perú, Panamá, Chile, y España, y el Reino Unido, y el mundo en general condenaba ruidosamente lo ocurrido en plena fecha de rituales patrios, la violencia tenía un discurso paralelo. Mientras el Ministro de Defensa fingía repudiar lo ocurrido, su tropa se encargaba de esparcir más violencia y represión en el Paraíso, en La Vega, en Quinta Crespo, en Los Teques, en Valencia. En cualquier rincón donde se pronunciara la palabra democracia.


Una escala más en la sordidez. A la vista del mundo. El dictador está desnudo en su violencia. Es el momento del horror patrio. Aquí no se puede conmemorar ni celebrar ni izar una bandera más hasta que la pesadilla de destrucción y saqueo sea cancelada.


La democracia sangra pero insiste, insiste, insiste.


No hay otra opción.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – JULIO 06, 2017

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Published on July 06, 2017 09:26

June 29, 2017

Adios, Doña Bárbara

Cada día es más rocambolesco que el otro. Cada noticia supera a la anterior. Vivimos en sobredosis de acontecimientos. El guionista de la realidad nacional no para. Y su imaginación posee el hambre de superarse a sí misma. Pero como estamos en una extraña guerra, ya sospechamos hasta de las intenciones que trae el amanecer. Sale el sol, le coloca un azul incalculable al cielo, amarra el verde del Ávila y lo primero que tendemos a pensar es que quizás es una estrategia del G2 cubano para que creamos que es un día normal, bajemos la guardia y hablemos de lo hermosa y definitiva que es Caracas. Otro “pote de humo” para disimular el infierno que realmente somos. Así pasó cuando la fiscal general Luisa Ortega Díaz denunció en voz alta la ruptura del orden constitucional. Casi nadie le creyó. Las apuestas mayores aseguraban que era un plan arteramente diseñado en las catacumbas del cerebro cubano que, según consenso general, maneja los vaivenes de la realidad nacional. Hoy, a tantos días de su primer desmarque significativo, y luego de una felpa incesante por parte de sus antiguos compañeros de insignia, ya nadie duda de sus verdaderas intenciones. Hoy hasta le prohíben la salida del país y congelan sus cuentas bancarias, hoy le preparan un bilioso antejuicio de mérito. Pasó con las primeras declaraciones de Miguel Rodríguez Torres, militar de turbia fama, que hoy también salta del barco donde Nicolás Maduro se esmera en golpearse contra todos los icebergs posibles. Pero no, efectivamente, Rodríguez Torres no es otra emboscada del G2 cubano. Hoy anda jugando su propio ajedrez, intentando capitalizar para su provecho político tanto descontento y confusión, escupiendo contra Iris Varela y Tareck El Aissami detalles impensables tres años atrás. Y entonces le gritan traidor en cadena nacional, le dictan orden de captura, lo condenan al patíbulo de la furia “chavista”.


En cada episodio se husmea un gato oculto, una tramoya, una zancadilla para hacernos caer de bruces sobre nuestra propia inocencia. Así de crónica es nuestra desconfianza. Hoy pasa igual con Oscar Pérez, el funcionario del CICPC que decidió sobrevolar el cielo caraqueño con un helicóptero robado a sus superiores para manifestar, a su manera, su deseo de rebelión. Se nos fue la vida ese día hablando, unos del “burdo montaje del régimen”, y otras de la apostura cinematográfica del Rambo tropical. La gran mayoría decidió sentenciar el episodio como una nueva jugarreta del G2 cubano, pero aún así, seguía siendo el tema protagónico a pesar de que en paralelo un gorila uniformado carajeaba nada menos que al presidente de la Asamblea Nacional. Y entonces el debate público, saltando de piedra en piedra, fue que el plan consistía en provocar a Julio Borges, atizar una respuesta hostil de su parte para luego criminalizar a la oposición “apátrida y golpista” por violenta. Pero ese debate fue superado por ese otro donde muchos condenaron la respuesta de Borges por “blandengue” y hasta las más mujeres clamaban por un puñetazo oportuno entre barbilla y pómulo al tal coronel Lugo, quien se esmeró en demostrarnos que es la deshonra en uniforme.


De repente, Santos Luzardo y Doña Bárbara volvieron a adquirir actualidad. Pero seamos sinceros, en rigor, nunca la han perdido, porque la historia de nuestra república ha sido la de un inveterado duelo entre la barbarie y la civilización. Durante tantos años de vida republicana, uno aún se siente cabalgando entre “El Miedo” y “Altamira”.


Hoy los bárbaros son los amos del poder, pero la sociedad venezolana -en un arresto de civilidad asombroso- no ha abandonado las calles, ni el coraje, ni el deseo crucial de recuperar al país. No sé cuántos episodios de dolor y crudeza aun nos toca soportar. No sé cuánto absurdo queda en la tinta del grotesco guionista que hoy escribe tantas torturas, tanta represión, tanta vileza y desatino. No sé si el G2 cubano tiene un contrato infinito con la revolución y somos los conejillos de indias de sus más peculiares estrategias. No sé cuánto de lo que pasa es una maniobra para hundirnos más o un desorden de episodios aislados que procuran el mismo fin, con más o menos desacierto. Solo sé que cuando terminemos de conquistar la democracia, y la dictadura abandone las mullidas poltronas del poder, estos días nunca serán olvidados. Esta inmensidad de días, esta eternidad de meses, estos larguísimos años, estarán mezclados con nuestra sangre y memoria, con nuestro pundonor y dignidad, y miraremos hacia atrás, donde quedará relegada entre escombros y moscas la pesadilla, y diremos que lo logramos, que a pesar de tanto, fuimos el definitivo triunfo de la civilización sobre la barbarie. Y la trágica guaricha que ha marcado nuestro sino como nación será solo eso, una novela fundamental, y no el arquetipo que nos define en nuestro anatema ancestral.


Habrá que decir de una vez por todas: Adiós, Doña Bárbara. Bienvenido, Santos Luzardo, santo y seña de la civilización.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – JUNIO 29, 2017

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Published on June 29, 2017 08:46

June 22, 2017

Todo es demasiado

La crisis venezolana es un largo quejido que cumple ya dieciocho años de edad. Es una crisis adulta. Una crisis que pide a gritos ser resuelta cuanto antes. Una crisis que no acepta seguir envejeciendo. Es mucha la sangre derramada. Mucha la tumba abierta. Son incontables los hogares rotos, los negocios saqueados, los años perdidos. Ya todo es demasiado.


En todo este tiempo, la sociedad civil ha ejercido todas las opciones posibles de protesta, ha luchado tenazmente por sus derechos y ha resistido los embates más crueles e irracionales por parte del régimen. Ha ido a cualquier cantidad de elecciones, siempre en estado general de sospecha todas ellas. (Hasta que nos convertimos en magnitud y ya no hay trampa que sirva. Solo les queda –lo sabemos- no hacer elecciones). Ha firmado planillas, manifiestos, remitidos. Ha llenado las calles con una persistencia abrumadora. Se han tapizado las esquinas del mundo con nuestro llamado de auxilio. Se han coreado cualquier cantidad de consignas, himnos y arengas a voz en cuello. Se han escrito libros, artículos, crónicas, reportajes, canciones. Y después de tanto tiempo, después de titubeos, breves entusiasmos, dislates, ensayos de unidad y coraje, aquí estamos: con el país hecho añicos, con más de dos millones de venezolanos fuera del país, con una economía que parece más bien un acta de defunción, con una moneda inservible y absurda, con un sistema de valores que se desplomó para darle paso al rostro amoral y anárquico del venezolano y con un panorama que se parece al clímax trastornado de una pesadilla.


Estamos en ese punto exacto de la historia donde todo puede convertirse en pólvora y ruina. O en resurrección y esperanza. Justo en este punto, la Fiscal General de la República, ideológicamente afiliada al chavismo, lanza al aire una frase cargada de horror: “Se cierne sobre el país un oscuro panorama de destrucción”. Y este diagnóstico orbita alrededor de la constituyente propuesta por el también agónico Nicolás Maduro (porque, vamos a estar claros, aquí todo el mundo está extenuado, todo el mundo está en la orilla de sus fuerzas).


Pero hay algo que no podemos olvidar. La tragedia no es solo la amenaza de imponernos una nueva constitución, vestida al capricho de la delincuencia gubernamental. La tragedia es una cebolla con demasiadas capas. Porque mientras miles y miles de venezolanos llenan el asfalto con su reclamo y su sangre, con su protesta y su muerte, mientras el país estalla en infinidad de manifestaciones, marchas y plantones, el discurso del caos sigue su trabajo.


Los primeros titulares hablan de los asesinatos y las atroces (es contigo, Padrino López) violaciones a los derechos humanos cometidas por los uniformados de la dictadura. Pero los demás titulares siguen goteando los detalles de la pavorosa crisis. Porque la gente también está cerrando las vías para protestar por la falta de gas doméstico. Pues ya ni siquiera hay lo más elemental: gas para cocinar. Como sigue sin haber pan, otro rubro simple, cotidiano, normalísimo en cualquier país del planeta Tierra. Y la canasta básica familiar está a punto de alcanzar la impensable cifra de un millón de bolívares. Y los barrios se enervan ante los guisos del CLAP y su fugaz duración en la despensa de los hogares. Y las universidades se quedan sin presupuesto para los comedores. Y centenas de niños presentan cuadros grotescos de desnutrición. Y en un mismo hospital reportan veinte casos de paludismo. Y en casi todos los otros hospitales le piden a los pacientes que traigan desde las gasas y las inyectadoras hasta el jabón y el agua oxigenada. Y vuelve la difteria. Y venden antibióticos adulterados. Y leche también adulterada. Y el precio del dólar se vuelve pornográfico. Y siguen secuestrando gente por decenas. Y las gandolas de PDVSA transportan cocaína, como si fueran sobrinos presidenciales. Y no hay luz para las escuelas, ni azúcar para el café. Pero tranquilos, que igual no hay café.


Que no se nos olvide que por todo eso también protestamos. Que por todo eso la vida no vale nada en Venezuela. Que por todo eso queremos arrancar el país de cero y sin espejismo alguno en el horizonte.


Hoy se habla de un nuevo paso en la lucha contra la dictadura. Un paso más donde se enarbolan dos cruciales artículos de la constitución. El 333 y el 350. ¿Es el paso definitivo? Todo lo que viene es inédito para los venezolanos. Tanto como la pesadilla en proceso. Hay gente que parece prometer la destrucción. En cambio, millones apuestan por la reconstrucción.


Ya todo es demasiado.


Ya el país no puede.


Ya no hay tierra que acepte tanto dolor en su cielo.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – JUNIO 22, 2017

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Published on June 22, 2017 07:47

June 15, 2017

Días decisivos

La sensación se ha generalizado. Todo el país siente que estamos en la antesala de un episodio mayor. El gran misterio que le otorga tanto suspenso a los días que transcurren es cuál será el desenlace. Podemos estar cerca del fin del mundo – a escala Venezuela – o a la víspera del inicio de una nueva nación. Cada día, a la vertiginosa trama, se le añaden nuevos personajes, giros inesperados y escenas de altísima temperatura en su violencia. Violencia pura y dura. Somos un país no apto para menores de edad.


La actual situación es insostenible por mucho tiempo más, se asegura. Pero en estos días hemos descubierto que el infierno tiene varios sótanos. Y los gerentes de la pesadilla han demostrado que no poseen escrúpulos a la hora de extremar sus agravios. Las fuerzas uniformadas perdieron su mayor insignia: la autoridad moral. La violencia del régimen se ha convertido en un “servicio a domicilio”. Allanan hogares, roban, asesinan mascotas, tumban verjas, rompen vehículos y dañan ascensores por el puro placer de hacerlo. Diseminan terror a manos llenas. Se han hecho trágicamente inolvidables. Pasarán muchos años para que el ciudadano común vuelva a respetar a alguien vestido de autoridad. Lamentable. Hoy se han ganado el odio de la gente gracias al ensañamiento con el que están reprimiendo al país entero. Lo que hacen solo califica de sórdido. Y esa es una palabra oscura, muy oscura.


Uno de los tantos videos que colapsan las redes sociales muestra, en las adyacencias de la Plaza Altamira, a un grupo de motorizados de la GNB que ronda la zona atento para reprimir a cualquier manifestación que surja. Los motorizados, a contra vía, bajan en dirección norte-sur por la Avenida Luis Roche y cruzan la Avenida Francisco de Miranda sin importar que el tráfico fluye de acuerdo a las indicaciones del semáforo. Ocurre lo inevitable. Un carro choca contra una de las motos y los dos guardias caen aparatosamente al suelo. ¿Cuál es la reacción de la gente alrededor? Alegría, aplausos, gritos de placer, mofa a los caídos. Nadie mostró preocupación, nadie corrió a ayudarlos. A fin de cuentas -podría ser el pensamiento general- son nuestros verdugos los que cayeron al suelo. Una pequeñísima victoria que les regaló el azar. Los guardias, entonces, se levantan sin mayores saldos que lamentar. Pero ante la emoción de los peatones por su caída, responden lanzándoles una bomba lacrimógena. Ya es su forma natural de comunicación. No hablan. No argumentan. No disuaden. Son robots que disparan. Ah, y roban.


El “hombre nuevo” es un robot diseñado para la violencia.


El mensaje es claro: somos la revolución, y si no nos aceptan, somos la destrucción.


Venezuela se ha convertido en una zona de rabia. Rabia y dolor. Una mueca creciente de dolor que asola cada rincón del mapa. Cada vez que Nicolás Maduro hace un llamado a la paz se enluta un hogar venezolano. Cada vez que anochece, el terror sale -vestido de tanqueta- a invadir los condominios donde la gente come y duerme. Se esfumó la vida como asunto cotidiano. Así de feroces son estos capítulos de la realidad nacional.


Son días decisivos, dice todo el mundo. Sin duda, nos estamos jugando el futuro de cada uno de nosotros y de la nación como organismo vivo. Si la constituyente de Maduro se lograra imponer sería el fin de la Venezuela que aun sobrevive en la templanza de sus ciudadanos. Nos convertiríamos en una audiencia agónica ante una cadena presidencial gritando espejismos en el desierto. Esta vez la diáspora tendría la prisa de las estampidas. Millones de venezolanos saltando al vacío del éxodo. Y los que queden, los que no tengan la opción de emigrar, serían pasto de las hienas en su rapiña más conclusiva.


Por eso vale la pena seguir apostando por la sensatez. El discurso salvaje del régimen debe detenerse, por su propia supervivencia política. Pero sus cabezas más radicales no conocen las aguas del equilibrio. Para ellos el lema sigue siendo “Patria o Muerte”. Patria para ellos, muerte para nosotros. “Nosotros”: ese resto enorme de país que se les opone. La voz de las calles dice que no quiere dictadura. Y lo dice de una forma tajante, directa, sin ambigüedades. Lo dice día y noche, marchando, plantándose, insistiendo, herido de perdigón y metra, gaseado, encarcelado, torturado, pero irrevocable en su postura.


¿Quién más de aquel lado del río está dispuesto a atravesar las aguas crecidas del conflicto para detener el desastre?


Se dice que la Fiscal General no está sola. Así lo creo. No parece tener el talante de los suicidas. Hoy, en su verbo, no solo habla la institucionalidad, sino también el instinto de supervivencia. El chavismo le esta diciendo adiós al madurismo. Y en la misma escena, el país le dice basta al régimen.


Todo está a punto. Hay un olor a víspera que es más fuerte que el de las bombas lacrimógenas. Estamos en la antesala del final de un proceso. Crujen las paredes. Arde el aire. El terror escupe sus vocales. La dignidad ciudadana resiste y se enfrenta. Falta poco. Apostemos al triunfo de la tenacidad. Que gane el país. Que se cancele el crimen vestido de poder. Toca ensayar otra oportunidad de patria. Sin excesos nacionalistas, sin apostar por caudillos mesiánicos, sin falsos profetas que prometan el paraíso perdido.


Ya hemos tenido suficiente infierno.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – JUNIO 15, 2017

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Published on June 15, 2017 02:30

June 8, 2017

Una atrocidad más

Uno de los videos más virales de los últimos días ha sido ese donde se ve -nítida y escandalosamente- cómo un pequeño enjambre de policías (PNB) acorrala en un rincón a varias mujeres y les roba sus pertenencias. Una de ellas -blusa blanca, pantalón verde oliva, rostro atolondrado por la asfixia- es llevada hasta el escondrijo. La mujer apenas puede respirar mientras el uniformado le arranca el reloj y lo escurre furtivamente en su bolsillo. Ella, a tientas, busca sentarse para recuperar el aliento. Al lado, tres policías más, como perros hambrientos alrededor de un hueso, forcejean con otra mujer, tironeándola de un lado a otro, jalonando su morral, sacando objetos de allí, guardándoselos presurosos en cualquier parte, repartiéndose el botín como míseros rateros de la calle.


Esa otra mujer, cuyo rostro no logra registrar el video, habla hoy conmigo, con una cólera inmensa en la garganta. Porque pasó mucho más de lo que se alcanza a ver:


– “Estábamos regresando por la Av. Luis Roche y fuimos emboscados por una gran cantidad de PNB en motos. No tuvimos cómo escapar. Nos ahogaron con bombas lacrimógenas. Nos escondimos tras las columnas del Hotel Caracas Palace. El diputado Paparoni estaba en ese grupo y salió para que pudiéramos escapar. Pidió que no lo golpearan porque tenía una lesión en el brazo, pero no le hicieron caso. Nos apuntaron con sus armas despojándonos de nuestras pertenencias. Como en mi morral no estaba el celular comenzaron a meterme mano por todos lados. Por la espalda, por mis senos y por dentro del pantalón llegando a mi zona vaginal donde tenía el celular, pero por el guante que él tenía y lo apretado del bluyín no pudo sacármelo. ¡Estoy endemoniada, rabiosa, indignada, porque el hecho de tocarle los genitales a una mujer sin su consentimiento, con o sin penetración, es una violación! ¡Y te digo que la mirada y la voz de ese policía nunca las olvidaré!”


Aquí detengo su relato. Aquí todo hierve. Aquí la furia es absoluta. Supongo que a esto también se refiere el ministro Padrino López como atrocidad. No sé si él, o el comandante general de la PNB, tienen estómago y argumentos para defender tamaño ultraje. No sé si de esto va amparar a una revolución. No sé si la cotidianidad de estos uniformados es tan miserable que necesitan robar, manosear, humillar, oprimir, a sus compañeros de cédula de identidad y gentilicio.


Teresa, llamémosla Teresa para preservar su identidad, continua relatándome la traumática escena:


– “Uno de los policías le decía al otro ‘¡Si no te da el celular, dale lo suyo!’. Les dije ‘No tengo nada más que me quiten’ y el otro insistía en que le diera el celular, apuntándome con la cosa esa que dispara bombas. Le pregunté al que estaba revisándome ‘¿Por qué me quieres matar, por qué me quieres hacer daño?’. Entonces nos vimos fijamente a los ojos y me dijo: ‘Yo no te voy a matar’. Y me empujó contra una jardinera. Allí me dejaron. A las otras mujeres que estaban en el grupo les robaron los celulares, los lentes, todo. A una periodista de prensa internacional le quitaron la cámara y 1.000 euros. Salimos de allí y nos sentamos en un banco a vomitar”.


Mientras tanto, en los alrededores de la Plaza Altamira el diputado Carlos Paparoni se afanaba en recoger del piso un gran número de tuercas, como prueba de las insólitas y letales municiones que dispararon los uniformados. Mientras tanto, hoy, Teresa me reafirma el tamaño de su ira y el calibre de su resolución:


-“¡Faltan letras en el abecedario para describir lo que siento! Si ellos creen que con esa actitud de malandros que ni siquiera conocen de leyes y tratados internacionales van a hacer que dejemos de protestar, pues ¡¡NOOOOO!! Estoy más fuerte que nunca y con mucha determinación producto de la arrechera! ¡Perdón, pero no tengo otra expresión! La gente se quedó sin celulares, sin cámaras, sin documentos, sin dinero, sin zapatos, pero con más ganas de seguir hasta lograr el objetivo. No vamos a entregar tan fácil lo que nos queda de país y mucho menos vamos a dejar que las muertes de tantos jóvenes exigiendo libertad sea en vano”.


La voz de esta mujer parece replicar la voz colectiva del asfalto en Venezuela. La voz que se hizo calle y protesta, calle y mapa de ruta. Ni siquiera permite que sus amigas lloren cuando les cuenta lo sucedido. Ella sabe que hay tragedias de mayor calibre ocurriendo cada día en nombre de la detestada revolución de Nicolás Maduro. Ella sabe que hay sangre que no regresa al cuerpo. Que hay más nombres agregándose a la lista de muertes. Que hay gente siendo arrojada a calabozos por el puro gesto de manifestar en paz. Que hay familias arruinadas en el dolor de un hijo que no volverá nunca más al hogar. Que las otras atrocidades continúan su curso: el hambre, el hampa, la ausencia de medicinas, la pobreza extrema y las epidemias, el desmoronamiento del país.


Finalmente, me dice “Teresa”:


– “No quiero que mi nombre sea revelado. No quiero ser noticia. La noticia es Venezuela. Soy visitador médico y he ido a todas las marchas. Tengo 52 años y ahora es que me quedan fuerzas para luchar contra esto. Seguiré en las calles. Lo tengo en mi sangre. Mi papá era polaco y vivió la segunda guerra mundial. Él me enseñó que a los dictadores y tiranos hay que combatirlos. Eso sí, preservando la vida. Es la primera vez que me agarran. Desde el 2002 estoy en esto y no me canso. No me da la gana. Estoy más digna y fuerte que nunca. Tengo un compromiso enorme con la tierra bendita que recibió a mi padre”.


Bendita sea esta Teresa sin nombre que encarna a todas las valientes mujeres del país.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – JUNIO 08, 2017

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Published on June 08, 2017 07:43

June 1, 2017

Entre balas y libertad

Así anda la vida nuestra. Entre balas de represión y un afán indeclinable de libertad. Hay una gran dosis de país volcado en las calles. Una avalancha de indignación. Ya son más de dos meses de calle, vehemencia, represión y muerte. El caos represivo anda de esquina en esquina con su gramática asesina. Las noticias vomitan a toda hora una realidad humeante. Eso somos hoy: asunto crudo y duro. Se ha vuelto rutina alzar la voz y esperar el golpe. Decir basta y esquivar los perdigones, huir de las nubes tóxicas, espantar la metralla. Se ha vuelto rutina correr a cualquier parte para así poder volver. La libertad es una palabra costosa. Cuesta sangre, miedo, templanza, persistencia. Hoy la calle abre sus brazos para recibir bocanadas inmensas de gente. La calle anda llena de moretones. Si uniéramos todos los kilómetros que han caminado los venezolanos manifestando su repudio al dictador nos sorprendería la distancia, la magnitud de nuestra queja. A pesar de eso, se nos hace untuoso el paso por una larga mancha de aceite que se llama incertidumbre. Hoy ser venezolano es ser una incertidumbre. Hoy no parece haber final para la rabia, pero tampoco para la determinación.


No hay otra forma de decirlo: hay una bala adentro de todos los venezolanos. Nos arde el abdomen. Y también el gentilicio. Duele mucho la bala oscura que circula adentro de todos. Duele tanto agravio. Nos saquearon la alegría que alguna vez fuimos. Hoy solo podemos preguntarnos, ¿cuántas cajas de perdigones le quedan al odio? ¿Quién patrocina la carnicería? Hoy hay más balas que  sensatez. Más salvajes en las motos oficiales que harina en las casas del pueblo. Hay más rabia que abrazos. Más ira. Más cicatrices.


Me topo con una señora en un sitio público. Me abraza duro, como si nos conociéramos y tocara consolarnos mutuamente. No habla, solo llora y llora. Desconsoladamente. No le salen las palabras. Es pura agua rota lo que hay en sus ojos. Puro dolor. Su familia la acompaña y desde cierta distancia me ve, esperando que yo entienda su actitud. ¿Quién no entiende? En estos días eso es lo que más he visto. Lágrimas. No por la furia de las bombas lacrimógenas. Es el puro estupor ante lo que nos está pasando. Algo que parece inconcebible. Algo que nos sobrepasa. Algo que rebosa una ofuscada tiniebla.


Cuando uno ve las imágenes de los GNB lanzando bombas lacrimógenas a los pechos de las personas, a los balcones de los apartamentos, a clínicas y colegios, uno entiende que aquí alguien perdió la razón. Alguien parece disfrutar del caos. Alguien ha hecho de la represión su nicotina personal. Son demasiadas evidencias diseminadas a lo largo de los días. Guardias y colectivos que entran en edificios y rompen puertas, revuelven, arrastran, saquean, destrozan. Hay demasiada vileza a la vista de todos. Ya los uniformados no solo reprimen, ahora juegan –con aire macabro- al gato y al ratón. Andan de cacería. Buscan hasta sus últimas consecuencias al manifestante, lo alcanzan, lo golpean, le quitan el reloj, la cámara, el celular. Un guardia que le roba su morral a un joven entrega a cambio su moral. En los últimos días, luego del pronunciamiento del Ministerio Público exigiendo respeto a la prensa, la GNB responde robándole sus cámaras a varios reporteros gráficos. ¿Eso es control del orden público? ¿O descontrol de su propio orden como autoridad?


¿Quién está disfrutando tanto de esta violencia?


¿A quién entusiasma tanto dolor?


¿Es así de cruel el hombre nuevo de la revolución? ¿Es este el ciudadano que nos trae la Constituyente de Maduro?


Mientras escribo estas líneas, en mi celular se asoma la imagen de otro joven caído mientras reclamaba democracia. Tendido en la calzada, su franela es un charco de sangre.


La muerte es roja. Roja rojita.


La libertad siempre es más plural en sus colores.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – JUNIO 01, 2017


 

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Published on June 01, 2017 07:05

May 25, 2017

La amenaza que viene

El azar siempre reescribe el mundo. Y a veces su prosa desconcierta. Hoy iba a responderle algo a un amigo, vía WhatsApp, y cuando pretendía escribir “la semana que viene”, el corrector automático puso “la amenaza que viene”.  Me quedé perplejo varios segundos. Quizás la tecnología ya posee una suprainteligencia que la hace advertir los peligros que entrañan ciertos lugares del planeta. En estos tiempos, seamos francos, una conversación en Venezuela o que hable sobre el país va a asomar con recurrencia esa frase:  la amenaza que viene.


A estas alturas del infierno, cuando ya lo hemos vivido casi todo, hay mayores amenazas en el horizonte. Amenazas cada vez más inquietantes. Amenazas firmadas por un pequeño grupo decidido a escamotearnos nuestros derechos más elementales, para así ellos seguir disfrutando la gran borrachera del poder.


Ya es imposible ser normal en Venezuela. ¿Quién piensa hoy en su proyecto laboral inmediato, en la reunión de trabajo del próximo lunes, en la pauta a cumplir para el mes que viene? ¿Sabemos acaso si hay “mes que viene”? ¿Cuál comerciante sueña con ampliar su negocio o invertir en una nueva sede, si la lista de comercios saqueados en el país arroja saldos de llanto? ¿Qué estudiante ocupa hoy sus horas en la cotidianidad de un día de clases o en los párrafos finales de una tesis de grado, si quizás su mejor amigo está siendo enterrado por el golpe letal de una bomba lacrimógena? ¿Qué madre anda pendiente de los dos centímetros que creció su hijo de cinco años cuando quizás el hijo de la vecina acaba de ser alcanzado por una bala en el cráneo? ¿Quién coloca en su insomnio los avatares de su vida amorosa, cuando tal vez a su hermano se lo llevó preso el Sebin por tener una máscara antigas en su closet? ¿Qué caraqueño o barinés o tachirense ha vuelto a recordar la cita que tenía con el dentista para, por ejemplo, una limpieza de dientes? ¿Quién anda urgido de hacerle el chequeo al carro, de asistir a una competencia de natación, una cata de vinos o el próximo festival de cine francés o libanés cuando ya los días no son días sino pesadillas y perdigones?


¿Cómo volvemos a ser normales en un país donde cada cadena nacional, cada frase presidencial, cada pronunciamiento del TSJ, nos agita la nueva amenaza que viene en camino?


Y a pesar de eso, cada día son más los que reniegan de la dictadura. No solo la gruesa, amplísima y desbordada oposición. No solo los cuatro costados del país. Sino algunos viejos inquilinos de la revolución. Antiguos emblemas del chavismo más ortodoxo. Se desmarca la Fiscal General. Cada día más y mejor. Hijos y familiares de prominentes oficialistas proclaman su rechazo a tanto agravio. Se pronuncian ex ministros contra la absurda Constituyente. Dice “no” Mari Pili Hernandez, conocida devota de Chávez. El mismísimo Gustavo Dudamel asoma sus palabras de “basta de represión”. Rubén Blades, ídolo de Maduro, le dedica un afinado texto de repudio para su total desconcierto. Melvin Mora, icono del Magallanes y proverbial amigo del Galáctico, graba un video demandándole a Maduro que oiga el sentir de la calle. Y también Miguel Cabrera, y Omar Vízquel, y Wilson Alvarez, y una larga ristra de peloteros de grandes ligas, héroes muchos de nuestro pueblo, le piden lo mismo al dictador. Para. Ya. Basta. Suficiente. Oye a la gente. Te estás equivocando. No más represión. No más sangre.  Y él, mareado en su soberbia, dándose de bruces contra el muro de su arrogancia, jura que aquí compraron a todo el mundo, que el imperio está diseminando  fortunas para que ellos y los futbolistas de la Vinotinto, y Edgar Ramírez en Hollywood, y Patricia Velásquez desde la pasarela de su fama, y Carolina Herrera desde su duelo y su linaje y hasta Rafael Correa y Ernesto Samper, viejos amigos de francachelas y dominó político, pidan elecciones con urgencia. Como si fueran el golpismo más rancio y endógeno, como si el resto del planeta se hubiera vuelto loco y urdiera al unísono un complot monumental para derrocar al gobierno que más felicidad le ha dado a población alguna en la historia.


La amenaza que viene para nosotros, demócratas venezolanos que sumamos millones y millones, es más represión, acoso para todos, cárcel para algunos, y muerte para los más desafortunados.


La amenaza que viene para Nicolás Maduro y su combo es simple: otro país. Eso es lo que se vislumbra en el horizonte, a pesar de tanto mar crecido. Otro país. Donde no hagan falta perdigones, ni bombas lacrimógenas, ni horror, ni anarquía. El país nuevo. El que nos traiga una próxima oportunidad. El país de la reconstrucción y la sensatez.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MAYO 25, 2017

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Published on May 25, 2017 08:00

May 18, 2017

La oscura fiesta del odio

La borrachera es colectiva. La mal llamada revolución bolivariana terminó inoculando su rabia originaria al país entero. El resentimiento, que es el alimento estructural del chavismo, sustentado en el oxidado argumento de la “lucha de clases”, ha mutado en un monstruo de múltiples perfiles. Hoy en Venezuela el odio campea a sus anchas. Se odia al distinto y al cercano, se odia de norte a sur, en público y privado, a vecinos y viejos amigos, a compañeros de trabajo o de generación. Pocos escapan a la turbia borrachera. El denominado escrache es el nuevo punto de inflexión. Sin duda, abonado por el régimen durante ya casi dos décadas de acoso a la empresa privada, saqueos al erario público, expropiaciones indebidas, corrupción vergonzosa y satanización de las clases media y alta. Se comenzaron a dispensar etiquetas de odio como “escuálido”, “apátrida” u “oligarca”, para hacer breve el inventario. Pasado el tiempo, la revancha devolvió sus reflejos. Y hoy somos este desastre.


Nicolás Maduro ha hecho un aporte fundamental para acrecentar la fiesta del odio. Sus despropósitos en la presidencia del país han sido de tal magnitud que la ruina se ha convertido en nuestro paisaje natural. Huyéndole a la violencia, a la calamidad económica y a la persecución política el éxodo de venezolanos se ha multiplicado exponencialmente en los últimos tres años. Gente que se va de su propia casa, de sus apegos, de su sitio en el mundo, a como dé lugar. Sin mayores asideros, sin hogar en la otra orilla, sin norte en la brújula. Gente que se va con la desgarradura como tatuaje. Por eso ha sido tan masiva y rabiosa la reacción de los venezolanos en el exilio con cada rastro de saqueo e inescrupulosidad que se topan en el camino, bañándose en lujos cínicos e impropios. Otro desastre. Otro rasgo de la oscura y peligrosa fiesta de odio en que nos hemos convertido.


Venezolanos gritándose unos a otros, insultándose, acosándose. Penoso espectáculo que nadie hubiera querido ver. Pero aún peor es el que ocurre puertas adentro, donde el odio dispara perdigones, metras de plomo, gases y balas y termina matando a gente que manifiesta su repulsa y su deseo de cambio a un prójimo que lo oprime y reprime. Y entonces la revancha vuelve a esgrimir su discurso y el país todo se convierte en un remolino de guerra. Una guerra asimétrica, sin duda. Plomo contra piedras, tanquetas contra pancartas, cárcel contra arenga, colectivos contra marchas, decretos contra derechos, sangre contra solicitud de cambio.


Necesitamos imperiosamente frenar esta borrachera de odio. Necesitamos la gramática de la sensatez. Mucho ganaríamos todos, no importa nuestra posición política, si volviéramos a las reglas de juego que están nítidamente escritas en la constitución. Se hace imperativo que volvamos a ser gente en paz. Hay demasiado dolor derramándose cada día que pasa. Y cada vez las cicatrices son más hondas. Las zanjas más profundas. No puede ser que la obsesión de unos cuantos venezolanos que se aferran desesperadamente al poder termine arrasando con la vida cotidiana de 30 millones de ciudadanos que comparten los mismos colores en su bandera y su gentilicio. Hay que parar esta calamidad. Hay que detener el tren desbocado que somos. El abismo no puede ser nuestro destino como nación. Es hora de que la cordura pronuncie sus primeras frases. Hay que ponerle fin a la sangrienta fiesta del odio.


Hay un inmenso país que quiere paz y democracia. Quiere elegir un nuevo rumbo. Quiere otra oportunidad. Ese es un punto de luz monumental. Es tan sencillo y contundente como eso. Al odio se le puede detener imponiendo el voto multitudinario por un nuevo destino. Se trata de marchar hacia otra propuesta de país. Es lo que pedimos todos los días en la calle. Marchar para llegar a nuestro verdadero destino como nación.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MAYO 18, 2017

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Published on May 18, 2017 06:46

May 11, 2017

Duelo y determinación

Hoy no tengo palabras. Solo este nudo torcido en el silencio. Un silencio denso que se pasea por las imágenes de guerra que, cada día con más saña, marcan el asfalto entero del país. Estoy frente a mi computadora y no hallo en el idioma ninguna frase que me sostenga. Estoy ladeado. Triste. ¿Quién no lo está hoy?  Se me caen las sílabas hacia dentro del silencio. Y me quedo así. Mudo. En estupor. En un duelo profundo. Intento escribir y no puedo porque encima de mi teclado está el cadáver del joven Miguel Castillo. Roto. Con un más nunca en el pecho. Y tapándome las vocales está el cuerpo asesinado de Armando Cañizales. Y cubriendo las consonantes, con toda su sangre, están los más de 40 asesinados en este apocalipsis firmado por Nicolás Maduro. Y entre los adjetivos solo encuentro el cuero cabelludo de Oriana Whaskier, la joven manifestante arrollada sin misericordia por un “hombre nuevo” del régimen. No encuentro palabras, insisto.  Estoy ronco de dolor. Tengo afónico el discernimiento. Todo aturde en esta hora terrible del país. Solo escucho los gritos de cientos de ciudadanos que huyen espantados ante el acoso de los paramilitares, jugando a ser el infierno. Rompiendo sus puertas, saqueando sus negocios, violentando sus domicilios. Solo escucho perdigones y balas cuando intento dormir. Y ese odio que derrocha la guardia nacional. Esa virulencia de bestias en delirio. Veo las imágenes de la feroz represión y se me atascan el duelo y la rabia en la voz. Me asalta el deseo de romper a llorar. Y me contengo. Porque ya hay tanta gente en el llanto que no cabe más nadie. Estamos en la olla salvaje de la dictadura, enfrentando su hedor. Ya no quedan calificativos para tanto desafuero.


Solo nos queda a los venezolanos de bien, que somos mayoría, resistir y luchar. Alzar la voz. Lo más duro posible. Asumir la calle y el coraje. Como está ocurriendo. Con sus terribles riesgos. Y esperar que valga la pena. Esperar que tanta gente inmersa en el dolor valga la pena. Mientras tanto, seguimos. Caminando hacia el desenlace. Para recuperar el país que nos robaron en el saqueo más infame ocurrido en nuestra tierra. Para que tanta penuria se convierta, ojalá muy pronto, en alquimia. Solo nos queda hacer de tanto duelo y tanto espanto la razón definitiva para cancelar la larga pesadilla que hoy somos.


No tengo palabras. Solo determinación. La misma que mantiene en pie de lucha a millones y millones de venezolanos. La misma que indica que no hay otra opción sobre la mesa, que ya no es posible claudicar, que se nos impone triunfar sobre el horror.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MAYO 11, 2017

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Published on May 11, 2017 06:20

May 4, 2017

Bailando sobre las ruinas de un país

Venezuela. Mayo 2017. El régimen de Nicolás Maduro le abre las puertas al horror. No hay adjetivos para calificar lo que hoy ocurre. El país se sale de control a pasos agigantados. Se ha desatado la madre de todas las represiones. No hay otro rostro que el estupor.


Nicolás Maduro baila en televisión mientras Armando Cañizales, de 17 años, muere asesinado en una marcha de la oposición. Otro corazón reventado en el asfalto salvaje de Caracas. No importa, ya el régimen se encargará de decir que lo mató su propia gente. Nicolás Maduro y Adán Chávez ensayan un tumbaíto absurdo mientras una tanqueta de la GNB arrolla a un manifestante. Nada puede ser más grotesco cuando el país tiene el alma en vilo. Maduro baila, mientras Tibisay Lucena, ese cometa que solo aparece a la hora de las ilegalidades, se suma a la farsa constituyente. Maduro baila mientras los videos muestran a un joven manifestante envuelto en llamas. Maduro baila y el país cae herido con traumatismos de todo calibre. La represión ha alcanzado niveles inhumanos. Cada día es peor que el anterior. Este miércoles 3 de mayo Nicolás Maduro bailó sobre la sangre de los venezolanos. Nadie lo olvidará. Llegada la noche los centros asistenciales no se daban abasto para atender a los heridos. Pedían insumos, pedían médicos y enfermeras pues fueron desbordados por el caos. Maduro lo hizo una vez más. Y quizás solo sea el comienzo. Nadie sabe cuándo terminará su propia versión del infierno.


No hay lugar en toda Latinoamérica donde hoy se estén violando los derechos humanos de forma tan repulsiva como en Venezuela. Y mientras tanto, el Defensor del Pueblo viaja al otro lado del mundo a dar una conferencia, oh ironía, sobre derechos humanos. La autopista más grande de Caracas se llena de gente herida, golpeada y asfixiada mientras Tarek William Saab presenta una antología de sus poemas en el Líbano.


El cinismo agrega su música al terror que hoy derrama la revolución bolivariana sobre el destino de los venezolanos.


Mientras tanto, la noche se llena de rumores oscuros sobre Leopoldo López, el preso más emblemático de la dictadura. La confusión y el dolor son la única temperatura en las palabras.


Cada día agrega sus imágenes al catálogo del espanto. En las cruentas jornadas de violencia hamponil que se han desatado, un video muestra cómo dos hombres abren un boquete en una pared de un edificio residencial. Horadan el muro. Roen la propiedad privada para desmantelarla. Pertenecen a los paramilitares del régimen. Otro video muestra a una jauría en la fiesta salvaje de su anarquía. Un hombre rompe vidrios de carros ajenos sin ton ni son. Por puro capricho. Otro, bate en mano, rompe uno, dos faros, le da en los costados a cada carro que encuentra. Van de un lado a otro. Queman una garita de vigilancia de un edificio que ni siquiera conocen. Disparan a los balcones. Un hogar se incendia absurdamente. Junto a ellos, la GNB, antigua garante de la paz nacional, vomita gases lacrimógenos hacia ventanas donde moran ancianos, adultos y niños. Son el infierno con licencia. Destituyen el orden de las cosas. Arrecian su rabia ontológica. Son los desclasados eternos que hoy tienen venia presidencial para incendiar al país. Gente que ejerce la rebatiña del caos porque se lo permite un heredero sin brújula. Tienen una instrucción. Hacer temblar de miedo a todo aquel venezolano humilde que se permita golpear una cacerola. Ninguna dictadura acepta disensos. Están diseñadas para neutralizar a todo el que piense distinto. Así es la revolución. Así de patética terminó siendo una palabra que alguna vez tuvo un fuego interior y fue la bandera mítica de tantos movimientos políticos de la historia.


La revolución bolivariana tiene más bombas lacrimógenas que seguidores. Esa es su triste posdata. Maduro escribe con sangre el epitafio del legado de Chávez. Para intentar salvarse arroja a la basura la constitución hecha por su mesías personal. Hoy se pega de bruces contra el espejo de su ceguera. No ve las autopistas y calles atestadas de ciudadanos en su contra. Es sordo a millones de venezolanos. Su mirada solo alcanza a advertir a tres o cuatro figuras opositoras y a un breve puñado de jóvenes que decide defender con violencia la violencia que recibe. Como ha dicho la propia Fiscal General Luisa Ortega Díaz ¨No podemos exigir un comportamiento pacífico y legal de los ciudadanos si el Estado toma decisiones que no están de acuerdo con la ley¨.


El tambaleante presidente solo ve, en el gran río que es la oposición, las dos puntas. Líderes políticos y jóvenes en la línea de fuego. No observa el país enorme que hay entre esas dos puntas de la protesta. Grita “terrorismo”. Grita “golpe de estado”. Grita “caos”. Cada vez que grita dibuja la autobiografía de su tránsito en el poder. Acusa y no se ve en el espejo. Señala y no oye su propio bufido.


Toda guerra es inútil y mortal. Por eso toda lágrima que se ha derramado en estos años tiene tu nombre, Nicolás Maduro. Toda madre reventada de dolor. Toda familia rota. Todo negocio saqueado. Tanta náusea en las cortinas del poder. Tanto asco en las fortunas del chavismo. Ya no hay ideologías en Miraflores, solo ladridos rabiosos. Esa es tu fortaleza, Maduro, la violencia. Ya huérfano de pueblo, ya vacío de escrúpulos, te apoyas en la fuerza bruta. No hay coraje en burlar la ley y hacer añicos la constitución. No hay mérito en ser un déspota. Es un oficio ruin que solo ha logrado el repudio más grande que ha tenido gobernante alguno en este país. Hoy hay frente a ti un país indignado y herido que decidió no aceptar más deshonras ni vejaciones. Nunca más.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MAYO 04, 2017

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Published on May 04, 2017 07:36

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