Leonardo Padrón's Blog, page 10

May 19, 2018

Fracaso

Este 20 de mayo del 2018 en Venezuela va a triunfar el fracaso. Una paradoja mortal. La tristeza nacional adquirirá un nuevo punto de inflexión. Tal vez ni siquiera haya que esperar al calculado pudor de la medianoche para constatarlo. Esa tristeza se convertirá en tatuaje. La marca absurda de nuestro destino más inmediato. Una desembocadura que nunca pensamos merecer. Las elecciones presidenciales convocadas por la dictadura, de forma anticipada e ilegítima, son la muestra más palpable de nuestro fracaso como generación. No hay atenuantes posibles. Todo parece vertiginosamente inútil. La estrategia de la abstención finaliza al pronunciar la palabra. La herramienta del voto fue desmantelada de sentido real. Es un espejismo. Un hueco que espera nuestra caída. Deambulamos sobre los escombros de nuestra incapacidad colectiva. No supimos reaccionar asertivamente ante la voracidad delictiva en curso. Todos los venezolanos hemos sido arrasados por la peste del chavismo. Todos. Incluso los que bailan la danza de la fantástica corrupción. Porque el óxido de la pesadilla igual los va a alcanzar.


Fracasamos en urdir la única estrategia que nos exigía la circunstancia: unirnos. En esta muchedumbre de treinta millones de almas, son más los elementos que nos unen que los que nos separan: la desgracia, la rabia y el dolor, por citar tres asuntos unánimes, por ejemplo. La crisis terminal de todas nuestras instancias como nación. No supimos convertir el hambre, la corrupción y la violencia en un solo hilo para coser nuestras diferencias. Lo creo firmemente: bastaba con unirnos para cancelar la pesadilla. Suena simplista pero hubiera sido demoledor.


Nuestros líderes fallaron ruidosamente. Se devoraron entre sí y triunfó la pequeñez política. Luego de tantos muertos, presos y tanto exilio en carne viva no supimos ir más allá. Trascender las derrotas precedentes. Nos tragó el vahído de nuestro propio desconcierto. Nicolás Maduro, el peor candidato del mundo, compite contra dos candidatos inadvertidos. Tan súbitos que solo pueden haber sido concebidos por el propio chavismo o los dictados torpes de la egolatría. Henry Falcón nunca hubiera ganado unas primarias entre los candidatos naturales de la oposición. Javier Bertucci muestra un desconcertante 15% en las encuestas, que ni siquiera Maria Corina Machado, que ha dejado el alma en el camino, pudiera ostentar limpiamente. Que Bertucci y Falcón no hayan sabido colocarse en una misma página para sumar porcentajes y robustecer una insalvable diferencia de votos parece un diseño concebido por mentes maestras. Parecen nombres salidos de la misma fábrica. Esa que ha concebido seis años más de dictadura para Venezuela.


El mal tiene sus genios. Y hoy despachan desde una oficina llamada Venezuela. Pero que esto no suene a epitafio. A pesar de su luctuosa melodía. Es un reclamo en voz alta y rabiosa contra nosotros mismos. Ha ganado el establishment criminal. Y también la tristeza. Ella otra vez. Ya Tibisay Lucena debe haber redactado el obituario final a la democracia venezolana. Aunque ni eso. Bastaba con reciclar una vieja cuartilla que nació en una remota medianoche de nuestro primer fracaso. Y repetirla una vez más. Total, ya conocemos el duelo que le sigue. Es un viejo sendero. El deja vu de nuestra desdicha. Se hace imprescindible un colosal mea culpa que nos devuelva un poco de dignidad para recomenzar. Porque debemos evitar a toda costa el cáncer de la resignación. Vendrá el duelo, y quizás su mucho de estampida. Pero jamás la resignación. Por favor.


Bien lo escribió Rafael Cadenas, nuestro poeta mayor: “Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más exigente, difícil de entreleer es tu letra”.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MAYO 19, 2018

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Published on May 19, 2018 17:30

May 13, 2018

La emboscada

Nunca Venezuela había estado peor. Nunca tantos males al unísono. Nunca tanto repudio colectivo a un gobierno. Nunca un candidato presidencial ha tenido un lastre tan pesado: él mismo, su funesta gestión como gobernante, su monumental empeño en destrozar la normalidad de un país. Y a la vez, vaya paradoja, nunca había estado tan cantada la victoria de un perdedor. Porque eso es Nicolás Maduro, un perdedor. Un hombre que tiene que recurrir a todas las argucias posibles: trampas, chantajes, amenazas, compra de votos, y un largo hilo de ilegalidades para mantenerse en el poder. Así sea sobre los escombros de una sociedad entera.


Dentro de pocos días, el 20 de mayo de 2018, habrá elecciones presidenciales en Venezuela. Lo que con insistencia hemos pedido los venezolanos durante tanto tiempo. Para darle la vuelta a estas vergonzosas páginas de nuestra historia. Para cancelar la pesadilla. Si viviéramos en democracia, eso bastaría. Una simples elecciones para escuchar la opinión de todo un país. Para cambiar el rumbo. Para intentar enderezar este apocalíptico entuerto. Pero no, ni siquiera eso tenemos. Hasta el derecho a elegir limpiamente nuestro destino nos lo han robado.


Las elecciones que se aproximan no son otra cosa sino una emboscada. Se le pueden dar otros nombres. Ya hay una larga lista: farsa, fraude, parapeto, engaño, etc. Y sí, es todas esas cosas, pero sobretodo es una emboscada. Recordemos que ese es un término militar que alude al ataque sorpresivo y violento al enemigo. El enemigo, en este caso, somos los 30 millones de venezolanos que deseamos -con urgencia rayana en la desesperación- cambiar el sistema político que rige nuestras vidas.


Ya bastante se ha hablado sobre las adversas condiciones que posee el electorado para garantizar que su ejercicio del voto sea respetado, y no escamoteado, alterado, burlado o negado. Nicolás Maduro, probadamente el peor candidato que pudiera tener cualquier partido político en la historia, con todos los índices económicos en contra, con la hambruna, la escasez y la inseguridad como lobos salvajes rondando a la población, se lanza a la reelección con un entusiasmo tan pueril como solitario. Y no es fatuo recordar que, un año atrás, lo que menos quería Maduro era someterse al escrutinio popular.


¿Hacemos una pequeña calistenia en el músculo de la memoria? Ya en las primeras páginas del año 2017, el 17 de enero, para ser exactos, Diosdado Cabello, el inefable, amenazaba frente a los micrófonos: “Le decimos a la derecha, dejen quieto al que está quieto, aquí no va a haber ni elecciones generales, ni renuncia del presidente, ni abandono del cargo. Aquí lo que va a haber es revolución. Y más revolución”. En la misma tónica, el 4 de diciembre del 2017, Jorge Rodríguez, el hombre detrás de las piruetas del CNE, escupía de forma biliosa: “Venezuela no va a ir a un evento electoral ni va a firmar ningún acuerdo con la oposición venezolana hasta que se levanten las groseras sanciones que la dirigencia de la derecha venezolana solicitó frente al Departamento del Tesoro de Donald Trump”. De nuevo, la amenaza de no hacer elecciones. Ignorando por completo los lapsos que muy nítidamente establece la constitución.


Dependiendo del viento, aparecían declaraciones afirmando la realización de elecciones. El propio Maduro, el 17 de septiembre de ese mismo año, había gritado, ufano: “Las elecciones presidenciales se realizarán en el último trimestre de 2018, como ya está establecido”. Pero -lo hemos comprobado infinidad de veces- las palabras de ese grupete son pura hojarasca. Se las lleva la brisa con demasiada velocidad.


Y, de pronto, cesaron las amenazas de suspensión de elecciones y se pusieron ansiosos por ver a Tibisay en su baranda de medianoche. Imprevistamente, adelantaron las elecciones siete meses. ¿Por qué? Obvio. Porque les conviene. No olvidemos cuando adelantaron en el año 2012 las elecciones para el mes de octubre porque sabían que había muy pocas posibilidades de que Chávez llegara vivo o humanamente presentable al 6 de diciembre, que era la fecha habitual de las elecciones en el país.


Retrasan y adelantan el reloj electoral a conveniencia. Es grotescamente obvio. Esta vez lo adelantan porque ahora sí les favorece competir. Con un organismo ilegítimo (ANC) estableciendo las reglas de juego. Sin tener que cumplir ninguna exigencia electoral. Sin un Smartmatic que se ponga demasiado sincero. Con la oposición diezmada y en plena orfandad. Con sus principales líderes en el exilio, presos o inhabilitados. Con un enorme caudal de votos opositores viviendo en otro código postal. Y con la población agotada, herida, aterrada, sin fuerza para volver a incendiar la calle. Ah, y con un candidato opositor a quien señalan puertas adentro de ser amigo de Maduro de vieja data. ¿No resulta llamativo lo poco que insulta el dictador a su principal rival, cuando el hábito del heredero de Chávez es la procacidad verbal, una y otra vez, contra cualquier ser humano que lo adverse políticamente?


Aterra pensar que Nicolás Maduro sea reelegido el próximo domingo 20 de mayo y que gobernará el país durante 6 años más. ¿El país en manos de Maduro y su hecatombe hasta el año 2025? ¿Hay algún venezolano sensato que quiera esa siniestra condena para su país? ¿Cómo evitarlo? Con una avalancha de votos en su contra. Pero, tranquilos -debe decir Jorge Rodríguez con su aviesa sonrisa en algún salón de Miraflores- ya todo está bajo control. Ya no es posible la avalancha. Ya las fisuras democráticas han sido selladas. Solo queda el tufo victorioso de la dictadura.


Yo, que tantas veces alenté a la gente de mi país a ejercer el derecho al voto, incluso en ocasiones que tampoco eran idóneas, hoy siento que la emboscada ha sido diseñada de manera perfecta y que esta vez no hay ni siquiera una remota esperanza en el ejercicio del voto. Lo vaciaron de contenido. Saquearon por completo la palabra. La delincuencia en el poder se prepara para un nuevo y crucial zarpazo. El mundo entero lo sabe y lo condena a voz en cuello. Nuestros líderes democráticos, aturdidos, no consiguen la brújula para decirnos qué hacer el día después de la emboscada. Hemos entrado en otra etapa de la lucha contra la dictadura. Necesitamos el concierto de las mejores mentes. Necesitamos templanza y definición. Necesitamos un rumbo construido con los ladrillos de la sensatez. No esta neblina de incertidumbre en que nos hemos convertido. Es imperativo sobrevivir a la catástrofe que nos rodea. Salvarnos de ella es salvar al país, a los nuestros, a la posibilidad de un mañana. Salvarnos es refundar la nación desde el día cero. ¿Es acaso el 21 de mayo el día cero?


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MAYO 13, 2018

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Published on May 13, 2018 02:30

May 7, 2018

Leonardo Padrón regresa a la televisión

El escritor venezolano dio a conocer la noticia a través de su red social Instagram, con el siguiente mensaje:


“Toca contarlo. Vuelvo a la televisión. Y esta vez el compromiso es escribir una historia para la pantalla de @televisa, el canal de televisión más importante de México y el principal productor de contenido dramático en habla hispana. Estoy escribiendo una historia que me tiene muy entusiasmado junto con la gente de @wstudiosoficial, gente talentosa y que tiene muy clara la necesidad de generar historias novedosas, modernas y con olor a siglo XXI. Todo esto también de la mano de @thelemonstudios que ya ha demostrado con creces el estupendo nivel de factura de sus producciones. En fin, ya el proyecto está en marcha y el entusiasmo es colectivo. Extrañaba la adrenalina de concebir historias en formato audiovisual para millones de espectadores. Ya tuve la oportunidad de asistir a la primera sesión de casting y, como debe ser, se está imponiendo el criterio de contar con los mejores actores posibles. Ya les seguiré contando.”


IG: @LeonardoPadron

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Published on May 07, 2018 19:25

April 29, 2018

Esa manera de ofendernos

Me topo en las redes con un discurso de Elías Jaua, nuestro flamante ministro de lo que sea (ya no importan las precisiones. Jaua siempre tendrá un cargo de lo que sea) y me quedo pensando, luego del estupor inicial, que su voz es la voz del futuro que promete Maduro.


Dice Elías Jaua en ese video que encuentro cada tres días en las redes: “Si el pueblo venezolano no comiera, entonces los anaqueles de los supermercados estarían llenos”. Según esa retorcida lógica, el pueblo norteamericano está en mitad de una hambruna descomunal, porque sus Publix, Walmarts, Whole Foods y decenas de cadenas de alimentos permanecen repletas todo el tiempo. Y no solo ocurre tamaña crisis en Estados Unidos, sino en casi toda Europa, Latinoamérica y Asia. En síntesis, Occidente agoniza de hambre. Y también buena parte de Oriente. Es decir, el vasto planeta que existe más allá de Maiquetía, Maicao o San Cristóbal, está en serios problemas. Los supermercados de esos lugares tienen tantos productos en sus anaqueles que -según Jaua, el esclarecido- eso solo puede ser índice de pobreza extrema. Nadie tiene dinero para comprar esos alimentos. Y pasan meses allí, inmóviles. Toda la carne de res, las legumbres, el huevo, la leche, todo el pollo y el tomate, todo eso es pura impotencia, asunto prohibido, remoto, inaccesible. En cambio, en los predios de nuestra nunca bien ponderada revolución, los estantes se ven vacíos porque han sido arrasados por nuestro admirable poder adquisitivo. Hay tanto dinero, tanto efectivo, tanta cuenta de ahorro rebosada, que la gente sale en galope a los supermercados para comprar hasta lo innecesario. Dan ganas de llorar tanta prosperidad.


También dice Jaua, con su tono de monaguillo aventajado: “el tema de la escasez es un tema puntual, que para nada ha afectado la garantía al derecho a la alimentación que tiene el pueblo venezolano”. Así dice. El video está en las redes. No he alterado ni una sílaba. Y pienso que sería hermoso ver a Jaua caminar por las calles del país repitiendo ese parlamento, a todo pulmón, a voz en cuello. Y que lo oiga la gente en las colas, la gente en los basureros, la gente envuelta en la madeja de su propio costillar.


Jaua, ya me acordé, es nuestro ministro de educación. Y, sin duda, se esmera en demostrarnos que puede educarnos con gran propiedad en el arte del cinismo. Allí donde son tan sobresalientes sus camaradas, los hermanitos Rodríguez, y el sin par Nicolás Maduro, el que te garantiza tu futuro.


Y yo me pregunto, ¿qué necesidad tiene la Unión Europea de donar 3 millones de dólares para asistir a los refugiados venezolanos que huyeron a Brasil por la crisis? ¿Cuál crisis? ¿Qué tanto hablan en la OEA, en la ONU, en el Grupo de Lima? ¿Cuál es la angustia de los presidentes de Colombia, Argentina, Panamá, Chile, Perú, Brasil, España, Estados Unidos y tantos otros estadistas desinformados? ¡Pero si aquí lo que sobra es futuro! Con Maduro, claro. ¿Es que no han visto a Maduro prometiendo arreglar todo lo que el actual presidente no ha podido? ¿No lo han visto prometer que acabará con la guerra económica como el otro Maduro no pudo? ¿Que pulverizará el dólar paralelo como el otro Maduro no pudo? ¿Que acabará con el desabastecimiento y la escasez, aunque Jaua diga que eso es signo de prosperidad? No entiendo por qué tanta preocupación hemisférica. El futuro es nuestro. Lo garantiza Maduro, el hombre que nunca miente. Y lo refrenda Jaua, el mismo que debe suponer que tantos niños muriendo en el Hospital JM de los Ríos solo ocurre porque en Venezuela hay tanta vida y plenitud que hasta hay gente para morirse a destiempo.


Ah. Esa manera de ofendernos tanto.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – ABRIL 29, 2018

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Published on April 29, 2018 10:09

April 22, 2018

El oficio de ser presidente

Sólo pocos seres humanos en el mundo saben exactamente lo que significa ejercer el oficio de ser presidente de un país. Un oficio que genera un impacto directo en el latido de sociedades enteras. Si ese funcionario, cuyo convenio principal es trabajar por la prosperidad de su pueblo, no está capacitado para el cargo y da muestras notorias de ser –digamos- irresponsable, mediocre, incompetente y corrupto, debería ser conminado a renunciar al cargo por una fuerza moral superior. Pero eso es mucho pedir en nuestras precarias reglas de juego. Entonces, ¿qué tal, por ejemplo, la existencia de un manual de conducta? Algo paralelo o anexo a la Constitución.


(Y piensa uno cosas así)


Manual de Conducta Presidencial:


– Un presidente debe tener un lugar para guardar su ego. A doble llave, cadena y vigilancia privada. Debe someter al ego a pan y agua, con los oídos cubiertos, y recibir solo dos minutos de halagos al día para evitar creerse El Salvador, el Magnánimo, el Supremo, el Ungido por los Dioses. En síntesis, un presidente debería encerrar su ego en la Tumba del Sebin.


– Un presidente debe saber usar el idioma de su país. Cualquier malversación del vocabulario, cualquier violación de la cordura lingüística, contribuye a deteriorar el nivel cultural de sus gobernados.


– Un presidente debe tener prohibido hacer el ridículo compulsivamente. Una vez al mes debe ser el límite máximo permitido.


– Un presidente debería someterse a una investigación previa para demostrar su capacidad intelectual y su ética a prueba de dólares.


– Un presidente debe tener una familia moralmente irreprochable. Incluyendo sobrinos.


– Un presidente debe procurar el bienestar de sus ciudadanos por encima de cualquier ideología. No hay ventura posible bajo el hambre, la carestía, la hiperinflación y una lluvia de balas y perdigones, detenciones y asesinatos por protestar ante la falta de pan, justicia y medicinas.


– Un presidente no debe hacer de su cargo una tribuna de insultos y amenazas. No debe escupir adjetivos grotescos contra sus adversarios. So pena de recibir el mismo trato de parte de sus contrarios.


– Un presidente debe valorar la vida de sus ciudadanos por encima de todo asunto público. Un solo niño muerto por falta de antibióticos o alimentos debe ser calificado como delito presidencial.


– Un presidente debe dar el ejemplo. No ilustrar con el disparate y la infamia.


– Un presidente debe saber llegar al poder. Pulcramente. Usurpar la voluntad popular, robar votos, escamotear elecciones, hace que un presidente no merezca ser presidente.


– De igual manera debe saber cuándo abandonar el cargo. Y no intentar gobernar más allá de lo estipulado en la Constitución. Así evitará el desprecio de la sociedad que gobierna.


– Debe ser castigado penalmente si miente. Más aún, si miente mañana, tarde y noche, año tras año, prometiéndole el paraíso a sus electores mientras solo ocurre oscuridad, muerte y desasosiego.


– Si los ciudadanos pierden el placer cotidiano de la vida y cada simple acto (almorzar, estudiar, ir al médico, adquirir ropa, viajar, prosperar) se les torna un infierno, entonces dicho presidente debe reconocer en cadena de radio y televisión su ineptitud para el cargo y renunciar a los treinta días hábiles. Un presidente debe tener el coraje de reconocer sus limitaciones.


Cualquiera que no cumpla con estas normas básicas no es un presidente, es una tragedia con bigotes modo Stalin.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – ABRIL 22, 2018

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Published on April 22, 2018 08:47

April 15, 2018

País roto

País que pesa tanto. País convertido en migaja. País que aprieta.


Disponible para el exceso y la carencia.


País de la sombra y el bufón.


Hoy es una nostalgia en la ventana.

Una sonrisa que queda lejos.


País que arde en las palabras. Que se da contra las paredes. Que se achica, se queda sin aire, se revuelve como animal herido.


Le dan golpes en el rostro. Le revientan los dientes. Le vacían los costados.


No basta el sonido de la alarma. Ni los huesos apiñándose en la basura. Ni la gente saltando de la tierra que se hunde.


Nada detiene a sus invasores.


País que una vez fue.

Y hoy es tajo, sangre que no para.


¿Hasta cuándo el zumbido del hambre? .¿Su gramática de muerte?


País bajo ataque.


Se ejecuta el linchamiento de la alegría en la vía pública.

Como un incendio rabioso.


País que resiste.

Que pide detener el extravío.


Hoy lo gobierna la voz salvaje.


País roto.

En hilachas.


Un perro oscuro nos muerde el corazón.


Es invierno en el trópico.


Y ocurre la devastación.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – ABRIL 15, 2018

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Published on April 15, 2018 02:30

March 18, 2018

La tiza de la urgencia

Hoy recibí un correo electrónico que me estremeció. Un correo electrónico que resume los tiempos que vivimos. Es del colegio donde estudian mis hijos. No es inusual recibir circulares del colegio. Con frecuencia envían información sobre alguna actividad cultural -un concierto de la coral, alguna obra de teatro- , o refrescan advertencias a propósito del uso correcto del uniforme escolar y los horarios de clases. A cada tanto se asoman aquellos correos que notifican la necesidad de un ajuste de la mensualidad. Obviamente, los institutos escolares también sufren la hiperinflación diseñada por los genios que dirigen nuestra ruinosa economía. Pero esta vez el correo comenzaba con nueve líneas que recibí como un golpe en el hígado. La directiva del colegio confesaba que sus docentes estaban renunciando. No se llegó a escribir la palabra estampida, pero se respiraba entrelíneas. Eso es lo que está ocurriendo. Sin eufemismos. La razón de la renuncia era la misma: se van del país. A buscarse una vida en algún lado. A intentar la dignidad de seguir dando clases en algún otro lugar del planeta donde sea normal ganarte el pan con tu profesión. O a trabajar en lo que toque, pero con la garantía de comer tres veces al día y sostener a los tuyos. Esa circular anunciaba que, en Educación Media General, mis hijos y los hijos de muchos padres, se quedaban sin profesores de Castellano, Biología, Educación para la Salud, Inglés y Química. También sin Orientadores y Psicólogos. La línea siguiente era un pedimento acuciante: “Invitamos a los Representantes que puedan colaborar como profesores de las mencionadas materias comunicarse con la Directiva”. Así de simple y rudo. Señores padres y representantes, si tienen los conocimientos de algunas de estas materias, los necesitamos. Hay una tiza que los espera. Es la tiza de la urgencia. La tiza de la orfandad.


Nada puede ilustrar de forma más categórica el fracaso de un sistema de gobierno que la huída en masa de la gente preparada para educar a sus ciudadanos. La nación ha ido dando de baja a muchos de sus miembros más competentes. Es el álbum negro de la agonía de una sociedad. Sin gente para educar a nuestros hijos se anula su futuro. No cabe otra frase.


El problema no es nuevo. Ya desde hace años las alarmas están sonando. Los primeros en desertar han sido los propios alumnos. Diversos reportajes de prensa dan cuenta de cómo miles de niños y jóvenes han ido abandonando escuelas, liceos y universidades. Las proyecciones realizadas en 2017 hablaban de casi 600 mil alumnos que renunciaron a sus pupitres ese año. La crisis ha sido tan corrosiva que estudiar se ha convertido en un verbo demasiado costoso para la familia venezolana. Los padres de hogares humildes no tienen cómo comprarle ni siquiera el uniforme o los libros a sus hijos. Muchos padres de hogares de clase media han extenuado sus capacidades y hasta vender sus propiedades –casas, carros, ropa- para sufragar el éxodo de sus hijos. Probar suerte en otra parte. Esa es la opción. Con lo escurridiza y volátil que es la suerte.


Mientras tanto, el presidente de nuestra ruina, Nicolás Maduro, se pronunció sobre la diáspora de la juventud venezolana como siempre, colocándole una sordina a la gravedad del problema y añadiéndole su habitual cinismo: “Hay algunos jóvenes que se han ido de Venezuela con la idea de mejorar su vida en el exterior. Yo les digo, vayan y vuelvan, porque un país como Venezuela no van a encontrar en ningún lugar del mundo. Estamos formando a la mejor generación desde el punto de vista profesional, científico y técnico y tenemos que garantizarle el trabajo aquí en Venezuela porque nos están robando los cerebros”. Los subrayados son míos, por supuesto. Aunque es demasiado obvio subrayar tanta retórica vacua, tanto espejismo, tanta mentira aburrida de ser mentira. Y de paso, la estrategia discursiva de culpar a otros: “nos están robando los cerebros”.


Pero sí, tiene razón en algo Maduro, un país como el que somos hoy no lo vamos a encontrar en ningún otro lugar del mundo. Este disparate es insuperable. De forma escalofriante, todo ha dejado de ser normal en Venezuela. ¿Creerán los jóvenes menores de veinte años que este alguna vez fue un país común y corriente, donde la luz eléctrica funcionaba, el agua salía de los grifos, las farmacias vendían medicinas y la gente comía tres veces al día?


¿Cuántos profesores seguirán abandonando su tiza encima del escritorio, expulsados por el instinto de supervivencia? ¿Cuántos estudiantes no volverán a un salón de clases?


Alguien le prendió fuego a la bandera de nuestras instituciones y no ha dejado de arder ni un solo día. Y así, asistimos al derrumbe de un sistema educativo que llegó a ser de los más reconocidos en Latinoamérica.


La buena noticia es que los padres están respondiendo al llamado de la institución escolar y ya se están organizando para dar clases y así darle continuidad a las necesidades académicas del alumnado. No dudo que así esté ocurriendo en otros espacios educativos. La sociedad venezolana se resiste a entregarse. A claudicar. Hay un coraje admirable en movimiento.


“Eran tiempos oscuros”. Necesitamos llegar a esa frase. A ese tiempo verbal. A que todo sea un recuerdo.


Allí, en nuestros salones de clase, solo queda la tiza de la urgencia. Tocará con ella refundar al país.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MARZO 18, 2018

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Published on March 18, 2018 02:30

March 11, 2018

Una sola voz múltiple

A estas alturas del drama venezolano, nadie duda que la unidad total se impone como la única estrategia posible para desalojar a la dictadura. El descalabro de la vida abarca a los humildes, a la agónica clase media, a los sectores productivos, al mundo académico, a los llamados representantes de Dios en la tierra, a los propios militares y a millares de personas que alguna vez creyeron que la revolución reivindicaría su lugar en el mundo. La paradoja es cómo, con un sentimiento tan unánime de repudio a un régimen, no logramos articularnos en una misma maniobra definitiva. Si seguimos remando en direcciones distintas, más lejos se nos pondrá la orilla que debemos alcanzar. Si cada quien pone el peso en un lado distinto, la madera que sostiene al régimen nunca se quebrará. Estamos entrampados. La desesperación por tanto intento fallido ha subido el volumen de las diferencias. Cada quien esgrime una tesis distinta sobre cómo salir de Maduro y su camarilla. Cada uno se cree dueño de la razón. Cada cual asume que su discurso es el más sensato. Una borrachera de soberbia en plena sala de terapia intensiva. Y, peor aún, ya nadie cree en nadie. Las etiquetas llueven como granizo: “radicales”, “mudistas”, “colaboracionistas”, “traidores”. Los epítetos vuelan de un lado a otro como piedras rabiosas que buscan partir la crisma del otro que – a la sazón- es nuestro par, que también cree en la democracia, que también está indignado, y que sabe que el trágico momento que vive el país debe parar cuanto antes. Hundidos todos en el mismo sótano, nos lanzamos al cuello del otro, procurando despedazarlo. Mientras tanto, la dictadura observa la golpiza. Y saliva de placer.


En los últimos días han ocurrido eventos políticos de distinta índole que buscan un mismo fin, pero -de nuevo- de forma escandalosamente desarticulada. Henry Falcón se desmarca en el minuto final y lanza su candidatura en solitario, activando todas las suspicacias. El movimiento Soy Venezuela lanza su pliego conceptual, desde otra sala que solo los contiene a ellos. Un amplio sector de la sociedad civil alza la voz en un llamado Frente Amplio Nacional y propone en el Aula Magna de la UCV (“la casa que vence las sombras”, diría el simbolismo) un nuevo discurso unitario. Y así vamos. Entonces los primeros que desacreditan el evento del Frente Amplio Nacional son los que no aparecen en la foto, pero también son oposición. Se burlan, de forma un poco pueril, de que no estaban copadas todas las butacas del Aula Magna. Ironizan. Fustigan. Luego ocurre el segundo evento, ya con la presencia protagónica de los lideres políticos de oposición, y los francotiradores del Twitter se escandalizan al ver a “los rostros de siempre”. Si no fuera todo tan calamitoso, llamaría a la risa. En rigor, no puedes cambiar de un día para otro el roster político de un país, como si fuera un equipo de béisbol. Para bien o para mal, los próximos años de lucha y reconstrucción tendrán en sus filas a muchos rostros repetidos. Somos un país de 30 millones de habitantes y sus políticos, sus estudiantes, sus intelectuales, sus hampones, sus malandros, son los que son. Un punto distinto es conseguir a un líder fresco, que nos deslastre de tanta desesperanza, y otra es pensar que en esta y en las próximas batallas no estarán los mismos apellidos que nos han entusiasmado y defraudado tantas veces. Me pregunto: ¿podemos concebir un movimiento unánime y multitudinario del país que no incluya a los Ramos Allup, Capriles, Aveledos o Leopoldos del caso? ¿Se puede lograr sin que estén las voces de María Corina, Ledezma o Enrique Aristigüieta? ¿Se puede lograr sin el movimiento estudiantil, sin los sindicatos, sin el chavismo disidente o incluso sin los guerreros del teclado? ¿Sin el Foro Penal, sin las distintas ONG, sin Almagro o sin el apoyo de la comunidad internacional? ¿Sin los folios de pruebas de la fiscal Luisa Ortega Díaz o las confesiones que aún nos debe Rafael Ramírez? ¿Cree Henry Falcón que puede derrotar electoralmente a Maduro sin el apoyo de la comunidad de partidos políticos que conforman la MUD, por más deteriorada que ande en el rating de la opinión pública? Pensarlo sería un estridente acto de fanfarronería. El movimiento Soy Venezuela y otros grupos políticos que se les han unido dicen que el Frente Amplio Nacional los necesita a ellos para legitimarse y reconectarse con un amplio sector de la ciudadanía. Es cierto. Pero el viceversa también lo es. La “gran alianza” que propone Soy Venezuela necesita a todos los partidos políticos de la MUD. Y la MUD necesita a Soy Venezuela y sus aliados. Toca sincerarse. Quizás habrá que comprar muchos pañuelos para soportar ciertos olores y recelos. Pero es la única solución posible para combatir a una dictadura ya sin freno, violenta, armada e inescrupulosa.


Se necesita una inmensa y urgente dosis de humildad de parte de todos los actores políticos y de la sociedad civil en su totalidad para encauzar la lucha con la lucidez que exige el momento. Si nos seguimos descalificando unos a otros, estaremos construyendo una nueva derrota y Maduro seguirá bailando salsa sobre los cadáveres de más y más venezolanos.


Ciertamente, hay criterios muy disímiles sobre cómo salir de la larga noche en la que estamos inmersos. Unos más drásticos, otros demasiado atemperados. Nadie puede pensar que el requerimiento de unidad total se va a lograr fácilmente. Hay que encerrarse a hablar largo y tendido. Acerar las ideas. Exigirnos a fondo. Ceder aquí, convencer allá. Argumentar cien veces y escuchar cien veces el argumento del otro. Cancelar la arrogancia. Estamos en emergencia. La gente se está yendo, se está apagando, se está muriendo. El hilo de la unidad es grueso, áspero y, en ciertos tramos, maloliente. Pero es el único que tenemos para cosernos. Para ser un solo país contra la dictadura. Una sola voz múltiple. He allí el desafío. No sigamos perdiendo el tiempo.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MARZO 11, 2018

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Published on March 11, 2018 17:06

March 4, 2018

Cuando hacerse el loco es un delito

Venezuela ha sido una triste víctima de la incontinencia verbal de sus líderes. Los más notorios y letales han sido sus dos últimos presidentes, Chávez y Maduro. ¿Casualidad? Como bien lo ha descrito Enrique Krauze en su conocido decálogo del populismo, uno de sus predicamentos claves es apoderarse de la palabra: “hablar con su público de manera constante, atizar sus pasiones, ‘alumbrar el camino’ , todo ello sin limitaciones”.


Maduro, que ha superado con creces los defectos de su padre político, ha demostrado hasta el hartazgo que su principal, ¿o único?, trabajo es hablar. Los micrófonos son su escritorio preferido. Y ante ellos fanfarronea y miente sin un átomo de pudor, de forma compulsiva, durante horas y horas y horas y horas. Es un mitómano de profesión. Un caso clínico, sin duda. Sus kilómetros verbales no tendrán otro destino que el olvido cuando la tragedia cese. Pero aún no se vislumbra ese reloj. Mientras tanto, cada vez que Maduro elude su responsabilidad como gobernante de este desastre, cada vez que le endosa las culpas al imperio o a la oposición, cada vez que se hace el loco ante el hambre y la ruina de todo un pueblo, está cometiendo un delito. ¿Cuál será la cifra promedio de venezolanos que dejan de comer, son secuestrados, mueren o se van del país durante cada una de sus cadenas televisivas?


Hay que decirlo cuantas veces sea necesario. Hacerse el loco ante las alarmantes cifras de desnutrición infantil es un delito. Hacerse el loco ante los testimonios de madres que abandonan a sus hijos en orfanatos porque no tienen para alimentarlos es un delito. Ante la basura entrando en los estómagos de los más humildes. Ante las vidas que se cancelan en los hospitales infectos. Ante el historial de calamidades cotidianas. Ignorar los gritos del prójimo, subirle el volumen a su propia voz, hacerse el loco ante tanto dolor, es un delito.


¿Dónde queda la humanidad de un gobernante que prefiere ignorar toda la catástrofe que sucede ante sus ojos? Si tienes todo el poder y no mueves ni un dedo eres responsable. Si volteas hacia los lados. Si difamas o maquillas la realidad. Si reprimes al que se queja. Si encarcelas al que propone un cambio. Si te escondes en tu propio espejo. Si te mientes a ti mismo. La indolencia de un gobernante es un balazo en el alma de sus ciudadanos. Esos ciudadanos pasan a ser, entonces, sus víctimas.


Me lo repito en mis adentros y no encuentro asidero razonable. No concibo ninguna ideología que privilegie el deseo de conservar el poder por encima del sufrimiento de millones de seres humanos. Ya sé que la historia está minada de ejemplos parecidos y hasta peores. Pero no deja de ser un crimen. Es una matanza en proceso. Y, por lo tanto, es imperdonable.


En días pasados, Nicolás Maduro dijo que la verdadera Venezuela era esa que derrochaba ingentes botellas de whiskies en los restaurantes de Las Mercedes. Que la crisis humanitaria era un invento de sus enemigos. En fin, que este país anda borracho de alegría y abundancia. Decir eso, ante un periodista extranjero, para intentar desarmar la incómoda pregunta sobre los padecimientos del pueblo es insultar –incluso- al propio pueblo chavista que varias veces le ha dado el voto, bien sea por fe, candidez, chantaje o amenaza. Pero ya no hay espejismo verbal que oculte la realidad. No debería ser momento de guardar las apariencias. Ya es osadamente cruel cualquier disimulo. Nicolás Maduro debería dejar de hablar tanto y ocuparse de salvar la mayor cantidad de vidas posibles. Aceptar unas elecciones justas y limpias sería un gran paso. Aceptar la letra sagrada de la Constitución. Tan simple como eso. Aceptar que le toca irse y a nosotros nos toca elegir otra forma de gobernar al país. Se está muriendo la gente: de pena y hambre, de mengua y violencia. En este naufragio colectivo es demasiada sordidez que el hombre que ocupa el principal cargo de la nación solo se afane en mantener su empleo seis años más.


Seguir en el poder, luego de todo lo hecho y deshecho, sería prolongar su delito. ¿Seremos capaces de detenerlo? Es la pregunta cuya respuesta decidirá nuestro destino final como nación. Ya el resto del mundo abrió los ojos. A nosotros solo nos falta ponernos de acuerdo. Y qué difícil se nos hace. Ese es nuestro delito. El país no aguanta más torpezas.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – MARZO 4, 2018

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Published on March 04, 2018 10:13

February 24, 2018

El tema

Monotemáticos. Así andamos.


Nos redujeron los temas de conversación. Nos hemos vuelto aburridos en la tragedia. Como si ya no fuera posible otra tertulia que el dolor. Y nos sentamos a recorrer la herida. Herida de las que pueden infectarse. La patria mordida por el salitre del abandono. Ya hay signos de moho. Perdimos el suelo. Ya hemos dicho demasiadas veces hambre. Y no se cura. Demasiadas veces libertad. Y no. Demasiadas veces basta y aún no basta. Nos golpean todos los días. De una u otra forma. Salivan de placer ante cada nuevo zumbido de la tristeza nacional. Bailan sobre las lágrimas. No hay prójimo. Quieren a la gente aplastada en su misma ropa. Nos necesitan resignados. Como si la respiración fuera el único lujo posible. Son el miedo y el anatema. La peste. Y ni siquiera hay domingos para el dolor. No hay pausa. Solo existe el tema. Y sus protagonistas.


Sus nombres habitan nuestros diálogos. Manchan cada minuto de nuestras vidas. Son lastre. Virus. En cada conversación aparecen. Se sientan en nuestros muebles. Se asoman al fondo de los tragos. Así remuevas el hielo, así busques otro tema. No importa la situación que de pie al diálogo. Pasará con quien hables. Allí lo tenemos en la frente. Como un tatuaje: soy venezolano, y sí, nos pasa esto. La gente nos mira desde ese mismo balcón que pueden ser la solidaridad y la lástima. Y uno, o habla mucho o se alarga en el silencio.


Hoy un cubano, rozando los 70, me contaba cuánto se divertía oyendo los dislates de Nicolás Maduro. Yo le insistí que detrás de cada tropiezo hay demasiadas víctimas. Ya nadie se ríe del presidente. Solo hay una mirada de hartazgo. Un latigazo de indignación. Un clima general de duelo. Todo es tan grave.


Tan serio.


Los niños están muriendo.


Con esas cuatro palabras debería bastar.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – FEBRERO 25, 2018

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Published on February 24, 2018 20:30

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