Leonardo Padrón's Blog, page 12

November 23, 2017

Esta no es mi casa

Cuesta entender la idea de la ruina de un país por diseño. Porque así dicen algunos. Que tanto desastre es una estrategia. Que la calamidad es el plan maestro. Que la bancarrota colectiva los hace más poderosos a ellos. Y pensar que se supone que toda revolución entraña una utopía. Pero ya sabemos lo peligrosas que pueden ser las utopías. La manera que tienen de torcerse en el camino. La mal llamada revolución bolivariana ondeó la bandera de los oprimidos, la agitó sin descanso y la convirtió en el señuelo perfecto. El pueblo siempre es carnada para embaucar al mismo pueblo. Y resulta que ya no cabe más gente en la desesperación. Esa es la única certeza que hay en el suelo nacional. Porque ni siquiera hay cielo. Hay suelo. Polvo. Escombro.


Nicolás Maduro se encargó de firmar el acta de defunción de la alegría del venezolano. Sin un resquicio de piedad. Día a día. En un crescendo mortal que ha llevado a toneladas de venezolanos al hambre, al agobio, a la tristeza, a la cárcel, al exilio. La redención de los excluidos fue un espejismo que el chavismo estiró hasta el paroxismo. Pero ya los discursos se agotaron. Ya el populismo se quedó afónico de tanto mentir. Ya no hay arenga patriotera ni retórica nacionalista que ilusione a la gente. Son demasiados los estómagos vacíos. Es excesivo el aire a mendicidad que se respira en todas partes. Y de paso, la muerte, que anda tan libre, tan señora del lugar, tan empoderada del país. La muerte que entra a los hospitales en barrida, brinca sobre los quirófanos, asesina neonatos y niños desnutridos. La muerte vestida de epidemia y paludismo, de difteria y negligencia. La muerte hedionda a miseria y abismo. A narcotráfico y pranato. A secuestro y plop, plop. La muerte que no es ni mineral ni animal, sino humana de tanto dolor. Parada en todas las esquinas. Borracha de tanta fiesta negra. La muerte con exceso de trabajo. Con los oídos rotos de tanto que la nombran. Aquí donde el poeta Eugenio Montejo decía trópico absoluto y el azul era eterno. Donde antes decíamos vida, fiesta y entusiasmo. ¿A cuenta de cuál propósito tanta saña?¿Por qué tanto agravio a todo un país? ¿No son demasiado dieciocho años de oprobio? Se nos van los caballos del futuro. El perro muerde la cola de la historia.


Esta no es mi casa, dice la gente.


Así no era la vida, repite bajito la gente.


En la cola del supermercado, en los bolsillos vacíos, en los billetes que son nada, espejismo y chiste.

Así no era el país, dice el país.


Esto es una caverna. Un hueco profundo. Un sobresalto. Una pregunta en el pecho mismo del dolor. ¿Hacía dónde vamos? Es como si el mapa respirara a través de una sonda. Que no hay mañana. Que la gente lo que hace es saltar del otro lado del mapa. A ver dónde cae. Ya no importa cómo ni cuán roto. Importa irse. No permanecer en ese paredón de tristezas. ¿A qué sabe la revolución? ¿Te lo preguntas? Sabe a podrido, a cosa corrupta, a gusanera. Por allá corren con las manos llenas de dinero. Cubrieron su moral con un manual para revoluciones bananeras. Y todo ocurre. Lo feo, lo sórdido, lo inexplicable. Cada día más. Porque cada día todo es menos.


Ya la vida no se parece a la vida. Decimos Venezuela y es decir oscuridad. Pero hay que hacer algo, ahí, adentro de esa palabra. Porque hay 30 millones de personas atrapadas en ella. Sin alimentos. Sin medicinas. Sin dinero. Es la intemperie en su crudeza total. El desamparo. Y no hay piedad. Solo el escándalo de ser lo que fuimos y lo que ya no somos.


Esta no es mi casa, dice la gente.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – NOVIEMBRE 23, 2017

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Published on November 23, 2017 01:30

November 16, 2017

Un día cualquiera

“En el hospital los médicos nos engañan a diario. Tenemos doce días con paludismo. Por la prensa apareció que el tratamiento había llegado y no nos lo dan. ¡Nos estamos muriendo!”, declara el hombre a cámara, entre indignado y desesperado, y acto seguido señala a un grupo de personas acostadas sobre el asfalto crudo. Todos están enfermos de paludismo. Todos abrazados a sí mismos, luchando contra el escalofrío que los recorre. Uno de los hombres ni siquiera logra frenar los temblores de su cuerpo. El vocero de la revuelta que ha trancado el acceso al pueblo de El Callao, en el estado Bolívar, asegura que no liberarán la vía hasta que no los tomen en cuenta. En el video una humilde mujer -carga a un niño no mayor de tres años que llora sin cesar- reclama que el medicamento que le da a su hijo tiene más de un año vencido y no funciona. Otro hombre, desdentado, ruinoso, y con la misma ira, subraya a cámara que el hospital afirma no tener los insumos necesarios, pero en la esquina del recinto sanitario hay gente que vende el tratamiento contra el paludismo a Bs. 600.000,00. Una cantidad de dinero que lo desborda por completo. A él y a todos los que están a su alrededor. “Uno que no tiene nada y te mandan a comprar la jeringa, el suero, la lámina de rayos X, todo”. Insisten en el cruel y descarado comercio de remedios, antibióticos y productos médicos que hay en los alrededores del hospital. Al final, las 300 personas enfermas de paludismo gritan al unísono: “¡¡Queremos tratamiento!!”. El video dura 1 minuto 53 segundos. Pero la indignación dura mucho, mucho más. Y uno se pregunta cuántos de los que allí están, en el abismo de una enfermedad que les está dragando la salud a pasos agigantados, lograrán sobrevivir.


Días atrás se hizo viral el testimonio de Belkis Solórzano, quien un domingo a las 9:30 de la mañana denunciaba que había perdido su riñón trasplantado porque tenía tres meses sin recibir sus medicamentos. Esa misma noche falleció. Belkis tenía ya trece años con su riñón ajeno. Y su vida fluía normal dentro de su condición. Pero la crisis del país arrasó con ella. Seamos nítidos: la revolución la mató.


Así es un día cualquiera en Venezuela.


Un día cualquiera las noticias hablan de que en el estado Vargas tres de cada diez diabéticos son amputados por falta de insulina. Es decir, tres de cada diez pacientes pierden una pierna. Se convierten en minusválidos. Ese mismo día te enteras que en el estado Lara los pacientes con VIH decidieron marchar por las calles para exigir sus medicamentos. Que en Yaracuy la gente compra pellejo como sustituto de las proteínas. Que desde hace doce días no hay carne ni pollo en Margarita. Que los usuarios del CLAP denuncian que la pasta que viene en las cajas tiene más de cinco años vencida.


Un día cualquiera en Venezuela es un día con escasez de gasolina y gasoil en muchos lugares. Un día cualquiera sin gas, donde falla la electricidad o colapsa el transporte público. Un día cualquiera te enteras que un íngrimo, solitario, tomate vale Bs. 4.000,00 y hace apenas dos meses podías comprar cinco o seis tomates con Bs. 1.500,00. Que ya era un exceso. Y luego te asombras al confirmar que el cartón de huevos supera los Bs. 60.000,00. Ese mismo día te enteras que el Hospital Vargas lleva cinco días sin agua. Y los especialistas declaran que la salud en Venezuela retrocedió un siglo. Un día cualquiera las enfermedades de principios del siglo pasado han vuelto con su aliento a muerte y atraso.


A propósito del deterioro del sistema de salud, quizás el renglón más inhumano de todos los que padece el país, Maduro solo atina a buscar un responsable que no sea él. Entonces culpa a Santos, presidente de Colombia, de no querer venderle medicinas: “¡Trágate tus medicinas, trágate tu droga, trágate tu cocaína, Santos!”, vocifera en su clásico estilo pendenciero. El punto es que quien necesita tragarse sus medicinas con urgencias es el pueblo de Venezuela.


Al día siguiente, el ministro de Salud de Colombia, Alejandro Gaviria le respondió al presidente Maduro en Twitter: “Nunca hemos negado la venta de medicamentos a Venezuela, ni tenemos injerencia en la relación entre el gobierno de Venezuela y la industria farmacéutica”. ¿Conclusión? La de siempre. Maduro miente. Maduro miente todos los días. Lo sabemos.


Un día cualquiera en Venezuela es un día excepcional en cualquier otra parte del mundo.


Un día cualquiera puedes quedarte sin internet, sin luz, sin agua, no tener dinero para pagar el uniforme de tus hijos, ser atracado en la bomba de gasolina o secuestrado al borde de tu edificio. Todo el mismo martes. O jueves. Ya nada es normal. En cada rincón del país, la penuria da grandes zancadas. El dinero se hace espuma. Los estómagos rechinan de hambre. El horizonte es neblina y susto.


Un día cualquiera en Venezuela suena estrafalario, grosero, absurdo.


Mientras tanto, Nicolás Maduro le declara al periodista español Jordi Évole en un programa de gran resonancia mediática: “La revolución le ha dado a nuestro pueblo los niveles más altos de satisfacción y de estándares de vida que ha tenido en doscientos años de república”.


Eso dijo. Así, sin un milímetro de pudor. Mientras afuera del Palacio de Miraflores, en el resto inmenso de país, la tragedia crece de forma exasperante. Un día cualquiera, un día más, Maduro miente ante las cámaras de televisión. Y ríe, baila, canta. Y cierra los ojos, indiferente, ante el abismo que se traga a un país entero.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – NOVIEMBRE 16, 2017

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Published on November 16, 2017 12:52

November 9, 2017

Errantes

Estamos en todas partes. Diseminados por el mundo. Como una mancha de aceite que se expande sin remedio. Cada escupitajo del régimen a la Constitución y cada fracaso del liderazgo opositor traen una consecuencia inmediata: depresión y estampida. Más gente huyendo del país. Y huir es el verbo adecuado. Porque la dictadura ha ido acerando sus colmillos y con ello el trágico deterioro de la vida en Venezuela. Son tantas la nubes de emigrantes que nos hemos vuelto un tema incómodo en otros países. En ciertos aeropuertos nos maltratan, nos devuelven, nos deportan. Pero aún así, se está yendo gente que ni siquiera tiene las condiciones mínimas para hacerlo. A contravía. Sin ahorros, sin empleo seguro, sin hogar preciso. Huyen a ciegas.


En la Avenida Fuerzas Armadas, en pleno centro de Caracas, se encuentra el terminal de autobuses “Rutas de América”. De allí salen unidades repletas de venezolanos que eligen destinos, muchas veces, al azar. Gente que decide irse a Cúcuta, Bogotá, Lima, Guayaquil, Quito, La Paz o Santiago de Chile. Ya ahí, en las Fuerzas Armadas, se ven más escenas de despedidas que en el propio aeropuerto internacional de Maiquetía. Ese terminal de autobuses no posee la famosa Cromointerferencia de Cruz Diez que ha servido de fondo a tantas fotos del adiós definitivo. Recuerdo el día que un empleado del aeropuerto, acostumbrado a ver tantas familias despidiéndose en la entrada a inmigración, me aseguró que ese era el sitio del país donde se derramaban más lágrimas por metro cuadrado. Me impresionó la imagen. Ahora esa imagen se replica en los distintos terminales de autobuses del país. Ya todas las clases sociales del país piensan en cómo huir del hambre, la hiperinflación, la inseguridad y el autoritarismo.


Paul, un amigo, joven y talentoso actor de teatro, me acaba de contar su periplo para llegar a Chile. Su primer obstáculo fue entender que no tenía el dinero para costear el pasaje en avión. De paso, ya no hay aerolíneas que viajen directo hacia la patria de Neruda. Las aerolíneas también han huido, lo sabemos. Paul necesitaba al menos $600 para pagar un boleto con escala en otro país. El dilema era obvio: ¿cuánto tiempo se requiere para ahorrar esa cifra si te pagan en bolívares pulverizados y el dólar es un cohete sin freno? Paul, entonces, supo que su única opción era irse por tierra. En su autobús iban 120 personas. 120 personas que no soportan otro día más bajo la pesadilla del régimen de Nicolás Maduro. 120 personas que le temen más al ominoso presente que al futuro incierto. 120 personas que decidieron abandonar su país para ir en busca de un poco de dignidad para sus vidas. Algunos tuvieron que vender sus carros o gastar sus liquidaciones y ahorros para poder comprar el pasaje. Padres que dejaron atrás a los hijos con sus abuelos mientras intentan conseguir un trabajo que les permita llevárselos luego con un asidero seguro. Uno de ellos había dejado atrás a su esposa y sus dos hijas. Todo muy atizado de dolor. Muy cuesta arriba. Era un autobús con 120 personas arrasadas por la tristeza y la incertidumbre, huyendo -quién sabe si para siempre- de su propia casa.


Al inicio del viaje, la agencia les aconsejó a los pasajeros guardar bien su dinero y pasaporte. “En la frontera hacia Colombia los guardias suelen quitarle la comida a la gente”, les advirtieron. Y así ocurrió. A uno de los pasajeros se lo llevaron aparte, lo desnudaron y le robaron $130. Lo único que tenía. Ese último episodio en suelo nacional ocurrió quizás para que ese pasajero recordara una de las razones por las que partía. Luego vino el periplo desde Cúcuta hasta la frontera con Ecuador que duró día y medio. “En la ruta vas acompañado por el miedo de que te devuelvan al llegar a la frontera”, me cuenta Paul. Ha ocurrido ya varias veces. Cada línea fronteriza es un albur. Luego de cruzar a Ecuador, cambias de autobús. Y debes emplear 17 horas para atravesar el país. Al llegar a la frontera con Perú se bajaron 26 personas. Ya 30 se habían quedado en Bogotá y 19 en Quito. El resto iba para Chile y Argentina. Cruzar todo Perú, por su parte, implicaba tres días de travesía. En Tacma, el último pueblo peruano antes de cruzar la frontera con Chile, Paul volteó hacia atrás. Ya Venezuela era una postal borrosa.


Luego de tantos días de viaje a una de las pasajeras no la dejaron entrar a Chile porque su mascota no traía la vacuna que exigían. Ella se quedó con su perro, del otro lado de la frontera, bañada en llanto. Paul se dispuso para unas nuevas 24 horas de camino sin mayor chance de pararse, estirar los pies, comer completo o ir al baño cuando sus esfínteres lo requirieran.


Un viaje de esa naturaleza tiene ingredientes complicados. Las horas de llegada a las fronteras en plena madrugada. Los pueblos donde solo te aceptan la moneda local. Los choferes que no conceden más de una parada en un día entero de camino. Pernoctar en un albergue e intentar conciliar el sueño en una habitación con seis desconocidos. Las horas muertas entre la llegada de un autobús y la salida del próximo. Muchos pasajeros se van quedando en el camino sin comida ni dinero. Mientras tanto, van forjando lazos de amistad, intercambian teléfonos. Los que viajan solos se plantean la posibilidad de alquilar un lugar juntos en el nuevo destino. Así como se han ayudado en el autobús, entienden que tienen que seguir apoyándose. Es un viaje sin ilusiones. Es una huida. No lo olvidemos.


Paul tardó 8 días y necesitó 9 autobuses para llegar a Santiago de Chile. Durante tantas y tantas horas sentado, viendo por la ventana del autobús cómo el paisaje de Latinoamérica entera se le escurría a exceso de velocidad, se preguntaba hacia dónde iba su vida. Había dejado atrás a sus padres, al teatro que tanto amaba y a su ciudad. Casi todos sus amigos habían emigrado ya. Faltaba él. Ahora le toca aprender lo que significa la trajinada frase: empezar desde cero. “No le temo a ningún empleo en este momento. Solo sé que no quiero volver”, sentencia, con un rictus amargo.


Así como Paul, con sus 24 años, cientos de personas abandonan Venezuela diariamente. Van hacia la incertidumbre. Se sienten expulsados por una revolución que, en nombre de los humildes, arruinó el proyecto de vida de toda una generación de jóvenes, destrozó la carrera, obra y legado de generaciones precedentes, ha hecho más miserable la vida de los oprimidos y arrojó a la basura el esplendor de una tierra de gracia llamada Venezuela.


Detener la tragedia en proceso es imperativo. Quiero seguir pensando que estamos a tiempo. Que es una responsabilidad histórica. Que nuestra última opción no puede ser convertirnos en fugitivos errantes de nuestro sueño original.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – NOVIEMBRE 09, 2017

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Published on November 09, 2017 01:30

November 2, 2017

La orfandad

Pasan los días y se agrava el vacío. Se incrementa la parálisis de la oposición. Más aún, la zanja de sus heridas. Pasan los días y el régimen aprovecha el cisma para proponer elecciones de lo que sea, cuando hace apenas tres meses evitaba el tema a toda costa. Al ritmo que vamos, Tibisay Lucena puede convocar las presidenciales para el próximo domingo, y así darnos el tiro de gracia, aprovechando la aparatosa fractura de la Unidad. Hoy, la recién galardonada oposición –vaya ironía- semeja a un boxeador que venía acumulando puntos en cada round, que el público aupaba cada vez con más entusiasmo y, de repente, gracias a una suma de clásicas y nuevas artimañas de su contendor –inescrupuloso in extremis, con hojillas ocultas en sus guantes y compadre del árbitro – ha recibido un estruendoso jab que lo tiene groggy, tambaleante, con la mirada borrosa y sin siquiera saber cómo regresar a su esquina. Pasan los días y el país profundiza sus tragedias. Y ya para qué enumerarlas. Todos sabemos lo que es hoy Venezuela. El mundo lo sabe. Hemos entrado, entonces, en el territorio de la orfandad absoluta.


¿Qué hacer cuando nuestros propios líderes políticos han malbaratado sus conquistas, han empañado su credibilidad y comienzan a enrostrarse, a voz en cuello, sus miserias más recónditas? ¿Cómo ayuda al país ese torneo de dimes y diretes? Tres partidos políticos de la oposición asumen una nueva unidad. ¿Y los demás? ¿De qué tamaño necesitamos que sea la tan necesaria unidad? El recelo gana terreno. La decepción colectiva es ensordecedora. La incertidumbre sube a la velocidad del dólar. La desesperanza se convierte en epidemia. Y sería nefasto que en nuestro país se volviera a incubar el virus de la antipolítica, esa toxina que hizo que un personaje como Hugo Chávez llegara al poder. Pero, sin duda, la oposición debe hacerse una revisión profunda, descarnada y convocar -¡cuántas veces se les ha dicho!- al inmenso resto del país que desea cancelar la larga noche del chavismo. Eso que, con prisa, podemos llamar la sociedad civil.


El problema es que el primer mandamiento de toda organización política es la conquista del poder. Y eso enturbia el camino, da pie a negociaciones oscuras, genera ruido en la trastienda. Por eso, insisto en el tema, el convocante debe ser la propia sociedad civil. Lo que menos importa es que el próximo presidente pertenezca a PJ, AD, VP, a una organización vecinal, al mundo empresarial o a una red de ONG´S. Lo que importa es desterrar del poder al grupo de personas –sí, estoy siendo decente con el sustantivo- que se adueñaron del país con el argumento de una ideología que tiene un historial de sangre, ruina y luto en el mundo. Lo que concierne es que el próximo presidente sea un venezolano estructuralmente democrático. Que crea en la independencia de poderes, en el libre mercado, en los méritos profesionales, en la justicia, en los derechos humanos y en un largo etcétera de valores que sostienen la decencia de un país y permiten su progreso. Necesitamos salir del hondo pantano que nos cubre. Es urgente. Es ya.


Podríamos pensar en un liderazgo colectivo. Podríamos urgir a nuestros mejores economistas, a nuestros juristas, a las universidades. Podríamos tejer cuanto antes una respuesta de los ciudadanos, una reacción concreta, que supla el descarrilamiento de nuestros políticos. Por eso no veo descabellada la propuesta de Andrés Velásquez de procurar un consenso nacional alrededor de una figura que concite un nuevo entusiasmo y que logre unificar al enorme país herido. Si esa figura surge desde las canteras de los partidos políticos o desde algún nicho de la sociedad civil es, creo, lo que menos importa. Ese nombre -elegido por todos, ayudado por todos- deberá encarnar la sensatez que necesitamos. La gente precisa volver a creer en la existencia de un remedio contra tanta desdicha. Y ese asidero lo debemos construir entre todos. No se trata de que los partidos políticos inviten a una reunioncita de tres horas a vecinos, obispos, académicos, estudiantes, juristas, abogados, periodistas, intelectuales y defensores de los derechos humanos. La reunión debe ser permanente, inacabable. Y convocada por nosotros mismos. Todos los días. Noches y domingos. Feriados y almuerzos. Sin agendas personales ni apetencias de poder. Que participen los que tienen hambre, los que tienen rabia, los que no pueden con el duelo, los que quieren regresar, los que saben decir Venezuela con la conciencia limpia. Que se erija un congreso nacional e internacional de rescate del país. No una mesa de la unidad donde nunca caben todos. No una coordinadora democrática donde coordinan solo algunos a su interés y provecho. Un asunto que abarque al mapa entero. Que ocurra en cada estado, municipio y calle. Algo que debe decidirse pronto. Que se organice, así como se organizaron tantas marchas, firmazos, trancazos, plantones y plebiscitos, un movimiento nacional de talante sísmico. Una marcha real hacia la cordura. Un llamado a la responsabilidad colectiva. Donde estén los más capaces y los agraviados, los genuinos y los vulnerados.


Se nos perdió la democracia hace mucho rato. No puede ser que hoy, en pleno siglo XXI, con toda la comunidad internacional dispuesta a apoyarnos, no sepamos organizar el rescate del país. Es el momento de reaccionar con audacia. Sin retórica ni abstracciones. Es el momento de cancelar tanto candor y tanta patraña. O reaccionamos los ciudadanos o nos quedamos para siempre sin país. Es el momento de desterrar la orfandad.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – NOVIEMBRE 02, 2017

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Published on November 02, 2017 05:09

October 26, 2017

Lo que queda

No hay mucho más que decir. Hemos tenido un año realmente triste. El absurdo nos ha tomado por asalto. Cada acontecimiento político supera al anterior en su patetismo. Hay una sensación de náusea generalizada. Somos un país estafado por los cuatro costados. Un objeto de burla masiva. Una calle ciega y podrida. Como si aparte de registrar la basura para conseguir algo de comer, el venezolano sintiera que el propio aire que respira también es basura. El inventario de exabruptos y desatinos se ha mezclado con lo canallesco. Parecemos ratones de laboratorio bajo un experimento que busca precisar cuánta decepción es capaz de tolerar una sociedad entera. Se nos ha empozado el alma en un charco que tiende a expandirse cada día más. ¿A qué asirnos? ¿Hacia dónde mirar? ¿Terminamos de darle de baja a la esperanza? ¿El capítulo que nos queda es el “sálvese quién pueda”? ¿Ahora se trata del “todos contra todos”? Me niego a aceptarlo. Me doy de bruces contra mi propio desánimo. Le grito. Le exijo una reacción. No podemos asumirnos como una enfermedad terminal. Sí, hemos entrado de lleno en la orfandad. Somos el desierto. Y la noche es intraficable de tan larga. Somos la exasperación de la derrota. Hasta la muerte nos insulta llevándose poetas a destiempo y músicos que nos hicieron grande la sonrisa.


Quizás, tal vez, toca viajar hacia adentro de nosotros. Repensarnos como país de una forma inclemente, sin placebos, sin darnos el chance de tolerar un espejismo más. Quizás es el momento de entender en toda su responsabilidad lo que significa ser ciudadano y dueño de un gentilicio. Apostar a nosotros en lo más recóndito, como un grupo humano sitiado y sin alimentos, emboscado, que ha cancelado las vanas ilusiones, y necesita desesperadamente sobrevivir. Más aún, reinventarse. Quizás sea la hora del compromiso más importante con nuestro talante civil. Quizás se trata de organizarnos entre nosotros mismos. Apelar a todas las estructuras de pensamiento que integran a un país. No pueden haber existido en vano nuestras aulas de clase, nuestros maestros, nuestros referentes morales. No puede haberse extinguido todo. Quizás toca buscarnos con rudeza en esta intemperie. Registrarnos a fondo. En esta llaga viva que hoy somos. Decantar nuestras miserias y contradicciones. Prohibirnos un paso en falso más. Abolir las incoherencias. Espantar tanta mediocridad. Apelar a nuestra mejor condición posible de padres, vecinos, amigos. A eso que nos hace amar cuando amamos. A lo que nos hace humanos, y no piedra o musgo o poste. A las capas más exigentes de nuestra dignidad. Y que sea el hambriento, el enfermo, el preso, el exhausto, el deprimido, el indignado, el terco, el exiliado, el tajante, el herido que hay dentro de todos nosotros el que nos reúna alrededor de un mismo objetivo. Que tengamos la capacidad de reaccionar convocando a las juntas de vecinos, a los académicos, a los estudiantes,  a los sindicatos, a los líderes parroquiales, a los que creen en los derechos humanos, a tanta gente agraviada, a tanta gente decente que aún existe en este mapa de escombros, a los que les importa un bledo el poder, e incluso a los políticos de buena fe, en definitiva, a todo aquel que sienta un profundo duelo en su cédula de venezolano, a organizarnos para salvar el país.


Es una tarea de enorme, inmensa complejidad. Ya el país se ha convertido en un drama colectivo y, por eso, solo de forma colectiva debemos afrontarlo. Esa lista que apenas insinúo contiene casi treinta millones de personas. El “patria o muerte” con el que nos arrastraron hasta esta pavorosa tribulación  no puede convertirnos en una pobre patria muerta. Que en nosotros esté el oxígeno de una nueva oportunidad. Que seamos protagonistas y ya no seguidores y víctimas. Que seamos capaces de un fenomenal proceso de redención colectiva. Cruzar el resto de desierto que nos toca, pero solo para alcanzar esa punta que es todo comienzo. El dilema es claro y arde ferozmente ante nuestros ojos: o nos refundamos como sociedad o desaparecemos como nación.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – OCTUBRE 26, 2017


 

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Published on October 26, 2017 12:41

October 19, 2017

El desastre

A veces uno quisiera permanecer en silencio. No emitir juicios. Esperar que las aguas del desánimo se calmen. Tener chance para recuperar el aliento luego del nuevo desastre que ha ocurrido en el país. Ya se han escrito, en apenas cuatro días, innumerables artículos, sesudos análisis, detallados reportajes sobre las razones que propiciaron que la dictadura de Nicolás Maduro se adjudicara dieciocho gobernaciones el domingo 15 de octubre, y apenas perdiera cinco. Todo se ha dicho y desmenuzado. Ya los defensores de la abstención armaron su fiesta con el “se los dije”. Ya algunos apologistas del voto los culpan a ellos. En fin, llueven argumentos. El más grave, notorio e incluso previsto es el del fraude. Un fraude que comenzó hace un año al Tibisay Lucena no convocar las elecciones en el lapso que lo exigía la Constitución. Un fraude cuyo mejor prueba y antecedente fue aquel momento cuando Maduro expresó que no volverían a llamar a elecciones a menos que estuvieran seguro de ganarlas. Y así, los pranes del voto tuvieron tiempo de armar su tinglado, aceitar su estrategia y diseñar la emboscada perfecta. Pero la única certidumbre es que seguimos juntos, todos muy juntos, hundiéndonos en el mismo lodo. Ese es el único punto de unidad que tenemos hoy los venezolanos. Esa es la tragedia: todos somos víctimas. Y por eso todos tenemos la razón. O, quizás, ninguno.


Igual nada termina de explicar cómo el peor gobierno de nuestra historia, el más eficaz a la hora de arruinar nuestra economía, el que logró convertir a Venezuela en un huracán de miseria, hambre y violencia, haya obtenido tan demoledora victoria en las elecciones regionales. La paradoja resulta inaudita, absurda, inverosímil. Por eso no me queda más que felicitar al régimen. Sin duda, han contado con una asesoría impecable. Han tenido mentes brillantes en el diseño de un sistema perverso que permite preservarlos en el poder a pesar del rechazo abismal de todo un país.


Juro que en los últimos tres años yo no me he topado con un solo ser humano que me hable de cuánto ha mejorado su calidad de vida en Venezuela. Nadie hace gala de la abundancia de medicina y comida que se derrama en los anaqueles de farmacias y supermercados. No he conseguido ni un solo vecino que me comente con entusiasmo cómo ha crecido su empresa o negocio en estos años de revolución. Nadie. Obviamente, no circulo por el pasillo de la pequeña secta que recibe los privilegios de la corrupción. Uno gira el rostro y solo se topa -en sus cuatro puntos cardinales- con un país devastado, arruinado, hondamente deprimido y en fuga. ¿Y entonces?


Yo no soy ni analista, ni político y ni siquiera me considero un intelectual. Soy, apenas, un escritor. Y el mundo lo observo desde mis ojos de escritor. Deteniéndome en las complejidades y heridas de la condición humana. Hoy, confieso, estoy arrinconado en la misma esquina donde estamos tantos. En el desconsuelo. Confieso que me llaman de programas de radio para que transmita algún mensaje de ánimo y escurro el bulto. Que hice una vehemente cruzada personal para convencer a lectores y amigos de la necesidad de no renunciar al voto como herramienta democrática de lucha y, sin duda, no sirvió de nada. Que discutí horas infinitas con mi propia pareja sobre el dilema de abstenerse o votar, porque nuestras posiciones eran contrarias, pero profundamente respetadas por el otro, como lo dictan la sensatez y la tolerancia. Confieso que no peco de ingenuo y desde hace años he entendido el talante delictivo del grupo humano que gobierna al país. Confieso que mi optimismo crónico ha ido recibiendo lesiones de magnitud. Que siempre supe que el gobierno apelaría a su torva habilidad para la trampa pero a pesar de eso pensé que había que insistir. El caso es que esta vez se superaron a sí mismos. Estrenaron nuevas argucias. Y agarraron fuera de base, una vez más, a los líderes de la oposición. Y, sí, uno se indigna cuando observa que tales líderes no se terminan de blindar con la suficiente astucia para evitar las celadas y zancadillas del régimen. Sin duda, ya es hora de cancelar el empirismo y la improvisación. No se puede seguir combatiendo con estrategias amateurs a una organización criminal que cuenta con asesores internacionales versados, durante décadas de entrenamiento, en las formas de sojuzgar a todo un pueblo. El adversario es brillante en su impudicia. No quepa ya la menor duda. Ha aprendido de sus errores y ha construido una maquinaria aviesa y sin escrúpulos para hacer del fraude un monstruo de mil cabezas. Un monstruo que hoy pareciera indestructible. Si seguimos combatiéndolo de la misma manera. Si no nos revisamos a profundidad.


Y, mientras tanto, el país se asfixia en su propio caos, pierde la respiración. El deterioro de la vida es mayúsculo. Los pronósticos de los economistas son aterradores. La hambruna se acentúa. Los asesinatos y secuestros se incrementan. La antigua tierra de gracia es hoy un charco infecto, lleno de miseria y derrota. Los que pueden escapar, escapan. Incluso a contravía de su propias posibilidades. Damos lástima en el mundo. Nos damos lástima nosotros mismos. Eliseo Alberto, en ese desgarrador y honestísimo libro sobre la revolución cubana que es “Informe contra mí mismo”, dice en una de sus páginas: “sobre Cuba se ha escrito una biblioteca de cuatrocientos tomos”. Me aterra pensar que ya sobre Venezuela se esté derramando una desmesura parecida de tinta y dolor. Que la dictadura haya ganado este domingo dieciocho gobernaciones con un despliegue pornográfico de su habilidad para el fraude tiene una sola lectura: Venezuela ha entrado en una nueva zona de desastre.


Los venezolanos estamos estremecidos ante lo ocurrido el 15 de octubre. Hemos caído de nuevo en las arenas movedizas del desaliento. Estamos de cara a nuestro mayor reto. Para salvarnos queda cada vez menos tiempo. O reaccionamos de una forma contundente y lúcida o les terminamos de regalar el país a la banda armada que hoy brinda con champaña. Ya la lucha no puede seguir siendo entre boy scouts y malandros. Toca aprender a pensar como piensa un criminal. Pero no para envilecernos. No para convertirnos en lo mismo que repudiamos. No para quedarnos sin futuro moral. Sino para entender cómo vencerlos. Sin que se nos enlode el alma.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – OCTUBRE 19, 2017

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Published on October 19, 2017 10:07

October 12, 2017

Insistir

Pasa cuando te enamoras de una mujer. El objetivo es clarísimo: conquistarla. Entonces intentas que se fije en ti. Te pones animoso, terco, audaz. Apelas a tus mejores recursos. Ensayas las estrategias que conoces y las que te sugieren tus amigos. Te pones intenso un día y paciente el otro. Le escribes un poema, incluso si odias la poesía. La llenas de flores y espejismos (evita los peluches). Haces flexiones de ingenio. Buscas sorprenderla. Te obsesionas. En definitiva: insistes.


Pasa cuando persigues tu vocación en la vida. A veces abres la puerta equivocada y te regresas. Y sigues abriendo puertas. Y buscas cómo instalarte, cómo cultivarla, cómo hacerte de tu vocación. No importa si es la actuación, el derecho o la carpintería. Y seguro habrá obstáculos, momentos de duda, bajones en el ánimo. Pero insistes.


Pasa cuando tienes hambre. O cuando necesitas un techo. Pasa cuando el mundo tiene cara de gol en contra. Insistes. Siempre insistes. Sí, hay los que se desesperan, claudican, se rinden. Pero, en general, el ser humano insiste. Es parte de su naturaleza.


También pasa cuando estás bajo una dictadura. Es un régimen que produce opresión, claustrofobia, asfixia. Tu instinto te llevará a buscar el oxígeno de la libertad. Nada fácil. Vas a sufrir todo el inventario posible de atropellos. Serás agraviado, injuriado, humillado. Podrás ir a la cárcel, al exilio o a la clandestinidad. Incluso muchos perderán la vida en el intento. Pero una dictadura afecta a una sociedad entera. Y entonces la insistencia tiene el tamaño de un país. Nada menos.


Y sí. Hay que volver a hablar de lo mismo. Toca hacerlo. El país está en vísperas de un evento electoral que la oposición ha exigido durante un año entero. El domingo 15 de octubre hay elección de gobernadores no porque el régimen quiera, sino porque no tenía otra opción. Tibisay Lucena hubiera preferido un domingo más aburrido en su amplia casa de La Florida, plácidamente resguardada por sus escoltas. Seguro hubiera elegido estar derramada en su cama, rezongona, viendo en Netflix “House of Cards”, “Game of Thrones” o “Marsella”, series que la harán sonreír a propósito de los laberintos nauseabundos del poder. Sería perfecto no tener que pensar en el vestido que se va a poner, en la peluquería, en los memes que le harán, en la burlita intraficable de la gente que ha aprendido a odiarla durante tantos años de baranda e irreversibilidad. Y no tener que calarse al hermanito Rodríguez llamándola a cada instante: “Elimina todos los circuitos electorales que puedas. Cambia unos cuántos centros de votación. Si son doscientos los que necesitamos cambiar, se cambian. Confúndelos. Desanímalos. Hazte la loca con las sustituciones en el tarjetón, ahí el TSJ nos ayuda. Al rector Rondón no le aceptes ni un sobrecito de Splenda. Ignora a la prensa. Haz como siempre: cara de póker, mirada recóndita. Recuerda que ellos cada vez son más. ¿Qué va a decir el mundo si esa gente gana, no sé, 18 gobernaciones? Que efectivamente no quieren más revolución, que se hartaron de nosotros, y ahí sí nos fregamos, Tiby. No más escoltas, no más privilegios, no más poder. Volveremos al pasado. A esa pequeña patria nuestra que es el resentimiento. Y quizás la cárcel, Tiby. Hay mucho rastro en el camino. ¿Quién sabe cuántas carpetas se llevó Luisa “La Traidora” Ortega y todavía no las ha sacado a la luz pública? Sigamos en lo nuestro: simulando que el enemigo no somos nosotros. Que la villana es la MUD. Ellos vaciaron la calle, aunque nosotros fuimos los que disparamos. Shhhh. ¿No los ves cómo se dicen de todo en las redes sociales? Porque están molestos, porque se sienten defraudados, porque saben que vamos a vacilárnoslos otra vez. Vamos bien, Tiby. Deja la flojera. Pide tu cita en la peluquería”.


Es una escena posible. Palabras más, palabras menos. Ellos insistirán en su estrategia. Cada vez más obvios y delictivos. ¿Qué nos queda a nosotros? ¿A los millones de venezolanos que no podemos más con tamaño desastre? Lo mismo: insistir.


Ya a los líderes opositores bastante que les hemos dicho lo que se merecen, pero no votar por ellos es votar por la dictadura. Esa dictadura que nos destrozó la normalidad. Nos apagó el país. Nos convirtió en miseria y lástima ante el resto del mundo. ¿Y entonces? ¿Nos quedamos callados un domingo que podemos volver a la calle sin darles el pretexto de asesinarnos? Votar también es calle y resistencia. No solo colgarse un escudo de cartón, marchar diez kilómetros y pintarle una paloma al helicóptero del SEBIN cuando sobrevuela sobre nuestra rabia. Resistir es insistir. Volver a la democracia significa cortejarla de nuevo. Con todas las herramientas posibles. Desde nuestra noción de civilidad. Desde nuestro derecho. Desde el voto. Allí, donde somos millones. Donde somos muchos más que ellos.


Votar es apelar a nuestro instinto de supervivencia. No se trata de votar para cambiar unos nombres por otros. Vota por ti. Por los tuyos. Vota por tu estado. Por las calles donde creciste. Vota por la nostalgia y por la indignación que sientes. Vota por el país que mereces. No es un premio a las incoherencias y debilidades de la MUD. Es un castigo a la dictadura. Es un rugido de rechazo a tanta mediocridad. Un gesto multitudinario. Vota contra la sumisión que es el silencio. Vota contra la tragedia que es hoy Venezuela. Vota para avanzar. Para conquistar a esa amante esquiva y difícil en la que se ha convertido la libertad. Vota para insistir.


Ese es hoy el verbo crucial para todos los venezolanos: insistir.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – OCTUBRE 12, 2017

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Published on October 12, 2017 09:35

October 5, 2017

El dilema del voto

Nunca he dejado de votar. Ni siquiera en los eventos electorales donde sé que mi candidato será derrotado. Ni siquiera cuando el régimen ha diseñado todas las estrategias posibles para neutralizar el voto opositor. Ni siquiera con Tibisay Lucena presidiendo el CNE, aviesa e irreversible. Ni siquiera sabiendo que Jorge Rodríguez es su verdadero jefe. No acepto renunciar a mi derecho ciudadano. No me da la gana. No pienso darles el gusto. No me voy a quedar rezongando mi ira solo por las redes sociales. No tolero resignarme. Ni convertirme en silencio. Porque eso es abstenerse. Abstenerse es callarse. Desaparecer. No expresar tu parecer. Es dejar que la dictadura juegue sola y fácil. Es allanarles el camino, dejarles la puerta franca para prolongar el saqueo. No hay mejor guarimba contra el avance de la dictadura que millones de ciudadanos plantados en los centros de votación. Digo, por los que estuvieron en tantos plantones y hoy se sienten decepcionados por el resultado. No hay mejor trancazo que millones de boletas electorales rechazando esa tragedia que ha sido el chavismo en nuestras vidas.


Yo, como tantos, también me siento defraudado por el desenlace que tuvo la mayor protesta ciudadana que ha habido en contra del régimen durante cuatro meses de este año 2017, con un muy doloroso costo en vidas humanas, gente encarcelada, herida, arruinada o fugitiva. Yo también le critico actitudes, errores y veleidades a la MUD. Yo también exijo mayor temple y menos improvisación. Más estrategia y menos candor. Pero oposición somos todos. Oposición no solo es el cogollo político opositor, no solo es el líder pusilánime o el carismático, no solo es el analista radical o el conservador. Oposición es también el venezolano que este año ya no le alcanza el dinero para inscribir a sus hijos en el colegio y ni siquiera para que en la nevera de su casa haya cierta dignidad. Oposición son las mujeres que deben parir a sus hijos en la sala de espera de un hospital público. Oposición es todo aquel que ha tenido que enterrar a un familiar por culpa del reinado del hampa. Oposición es todo venezolano sumido en la perplejidad y la depresión al ver en lo que nos hemos convertido. Oposición es el país en ruinas.


Por eso no creo que hayamos perdido la calle definitivamente, porque salir a votar es también un acto de calle, el más masivo, el más contundente, y quizás el de mayor eficacia que podamos realizar. Se ha comprobado hasta el hartazgo que en los eventos electorales somos millones, mientras en las marchas somos miles y miles, y en los trancazos, apenas cientos. No hay mayor acto de resistencia pacífica que el voto. Pero vale el punto: aquí ya todos perdimos la ingenuidad. El argumento abstencionista tiene su razón de ser. ¿Para qué votar si luego inhabilitarán a los gobernadores, o les dictarán auto de detención, o los privarán de recursos? Cierto, todo eso puede pasar. Y todo eso solo servirá para remarcar más aún el carácter delictivo del régimen. Prefiero obligarlos a seguir delinquiendo que quedarme inerte en la ventana de mi casa. Muchos dicen que asistir a las regionales es traicionar a los que dejaron su vida en el asfalto de las protestas. Con todo respeto, creo lo contrario: dejar de votar es olvidar a nuestros muertos, a los estudiantes asesinados a quemarropa, a los adolescentes caídos, a tanta historia mínima y terrible que ha ocurrido. Dejar de votar es dejar de seguir luchando. Es claudicar.


Por eso elijo seguir protestando. Y votar es un acto de protesta. Quizás no se trata -en Miranda, por ejemplo- de votar a favor de Carlos Ocariz, sino en contra de Héctor Rodríguez. ¿Alguien se imagina a semejante personaje, que se jacta de la talla y peso de los niños desnutridos del país, gobernando uno de los mayores bastiones de la oposición? Los cuentos sobre su campaña son sintomáticos. A cada zona rural de Miranda donde aparece, lo acompañan decenas de cajas de CLAP. La clásica estrategia del populismo. Dame tu voto, toma tu CLAP. Si no hay voto, no hay más CLAP. Chantaje, ventajismo, extorsión, manipulación de la pobreza del venezolano. Todo muy bajo, muy vil, muy chavista.


¿Se imaginan a ese extraño ente llamado Rafael Lacava, desaforado hasta la ridiculez, gobernando a Carabobo? Verlo alardeando de los recursos que ya tiene para “resolver” los problemas del estado es asombroso, indignante. Y él sentencia su satisfacción concluyendo, con aires de innegable estadista, que está “más contento que niño comiendo moco”. Me cuesta creer que los habitantes del Táchira permitan que Vielma Mora repita como gobernador, luego de haber demostrado su voracidad represiva y su talento para los negocios turbios de frontera. O que en Anzoátegui sus ciudadanos consientan que la abstención le tienda una alfombra roja nuevamente a Aristóbulo Istúriz, cuya nulidad como gobernante es proverbial.


No caigamos en una nueva trampa del régimen. No olvidemos que la dictadura hubiera preferido no ir a ninguna elección. Ni regional, ni municipal, y mucho menos nacional. Toda dictadura, por definición, evita las elecciones. Las masivas protestas de calle y la enorme presión internacional desembocaron, por ahora, en al menos un logro a nuestro favor. El régimen tuvo que mostrarle al mundo algún gesto de talante democrático. Y he allí las elecciones regionales. Muy a su pesar. Las adelantaron para intentar rentabilizar la resaca opositora, la inmensa frustración, las ganas de ya no más. Así, a pesar de ellos mismos, ahí están las elecciones de gobernadores. Uno de los tantos derechos que hemos reclamado en estos tiempos. Y por eso el CNE elimina centros de votación, por eso no acepta las sustituciones que reclama la Unidad en el tarjetón electoral, por eso vuelven a hablar de conspiraciones. No quieren elecciones. Azuzan nuestra rabia, procuran nuestra confusión, alientan la epidemia de la abstención.


Yo, como millones de venezolanos, he madrugado en colas infinitas, he marchado incontables veces, he tragado humo, he corrido esquivando perdigones, he firmado cuanta planilla se me atravesaba, he escrito artículos, crónicas y tuits denunciando los atropellos, las vejaciones, los asesinatos. He colaborado en campañas por el voto, por la democracia, por un nuevo gobierno, por una nueva oportunidad para el país. Y seguiré insistiendo. Votar es una nueva posibilidad de expresar mi rechazo a la dictadura. Algunos leerán estas líneas y me llamarán colaboracionista. Ya lo han hecho decenas de veces. Un insulto extraño, la verdad. Porque, en rigor, si yo no voto, con quien colaboro, y mucho, es con Nicolás Maduro. ¿Y vamos a colaborar con el ser humano que más daño le ha hecho al país, después de Hugo Chávez?


Dicen que si voto legitimo al régimen. ¿De verdad? ¿No lo legitima más la ausencia nuestra y el triunfo de sus partidarios? Si el 15 de octubre los demócratas no expresamos nuestro hartazgo y solo votan los chavistas, los enchufados, los que serán intimidados o chantajeados con quitarles su casa de la Misión Vivienda o su bolsa de comida, entonces el inmenso concierto de países que hoy condena a Nicolás Maduro recibirá un mensaje equivocado. Si el chavismo gana la mayoría de las gobernaciones el domingo 15 de octubre del 2017, le estaremos diciendo al resto del planeta que eso es lo que queremos: más dictadura. Hasta el fin de los tiempos.


¿Razones para votar? Todas. Para rechazar la hambruna que estremece a nuestro país. Para insistir en que somos estructuralmente demócratas. Votar por la libertad de nuestros presos políticos. Por los miles de venezolanos asesinados a manos del régimen. Por la repulsión natural que producen las dictaduras criminales. Para repetirles que cada vez son menos. Para que el mundo siga entendiendo el pedimento del país mayoritario. Para condenar el saqueo, la estafa y la monumental corrupción. Porque hay que hacerlo mientras exista la posibilidad. Porque el voto es la voz de todos. Porque el silencio es darle la espalda al país. Porque luego entonces vendrá la elección definitiva. La de un nuevo presidente. La que los termine de expulsar del poder. Votar para volver a existir como país. Es un paso más. No podemos renunciar a darlo. El voto, axiomáticamente, es nuestro derecho democrático y nuestro deber ciudadano.


No votar sería un error trágico para nosotros. Y una fiesta para la dictadura.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – OCTUBRE 05, 2017

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Published on October 05, 2017 02:30

September 28, 2017

Ni un preso más

No hay ni un solo argumento sobre la tierra que justifique que un ser humano esté preso por su forma de pensar. Un gobierno que encarcele, humille y veje a sus ciudadanos por disentir de su ideología no merece regir los destinos de sociedad alguna. El Estado que haga eso simplemente está delinquiendo, secuestrando hombres y mujeres, violando los derechos humanos de sus habitantes. Quien te condena por tus ideas es un fundamentalista. Quien te marca por tu manera de pensar es un fascista. Es la consagración de la Policía del Pensamiento, según la idea orwelliana.


En Venezuela, en los últimos años, se ha vuelto extremadamente peligroso tener criterio propio. Lógico.  A las dictaduras no les gustan los cerebros con autonomía propia. Quieren neuronas domesticadas. Quieren súbditos. Necesitan vasallos. Gente que repite consignas y no discierne. Que corea estribillos y respira con miedo. Gente sojuzgada. Sumisa. Gente derrotada de antemano. Una simple e inerme célula en el organismo superior del Estado. Fichas. Peones. Carnets de la Patria.


Y uno no lo va a decir lo suficiente: en nuestro país hay demasiadas personas que no deberían estar presas. Los casos son escandalosos, infames, obscenos. Una afrenta a la condición humana de magnitudes impensables.  Hoy quiero referirme en particular a uno de los tantos presos políticos de este régimen: Roberto Picón. No solo lo conozco a él, sino a su familia. Les conozco su sonrisa tan venezolana, tan igualitos a todos los que aquí nos ufanábamos de ser un derroche de abrazos y cordialidad. Conozco su don de   bien. Son venezolanos intachables, que han procurado dar lo mejor de sí en el mapa donde les tocó nacer. Gente con vocación de servicio. Una familia que quiere a su país. Así de simple y grande. Gente que ha trabajado y vivido para ser mejores en un mejor país.


¿Por qué está preso Roberto Picón? ¿Cuál es su delito? ¿Ser un brillante ingeniero de sistemas especializado en la defensa del voto ciudadano? ¿Será eso? Porque Roberto ni siquiera es político, ni pretende serlo. Su apostolado ha sido ese: perfeccionar las herramientas civiles que tienen los ciudadanos para expresar su opinión política de forma civilizada y democrática a través de un sistema electoral. Roberto es un principista. Un hombre de premisas cívicas. Nunca ha robado nada a nadie. No es un asesino. No ha violado, secuestrado o golpeado a ningún ser humano. No es hombre de armas, sino de números y estadísticas. No conoce el lenguaje de la violencia. Ha querido educar a sus pares en estrategias de confrontación electoral. No sabe conspirar ni traicionar a la patria. No fabrica explosivos ni colecciona granadas. Es simplemente un venezolano que se dedicó, estos últimos años, a ayudar a los partidos políticos que integran a la MUD en la coordinación de sus estrategias electorales. Pero aquí es traidor a la patria cualquiera. Basta que lo decida un líder revolucionario en un programa de televisión. Basta que escriba su nombre en una pizarra o en un papel sin membrete. Es ahora tan fácil ser un traidor a la patria.


Hay algo muy perverso en la actitud de quien encarcela a un ser humano y lo aísla de su familia. Es enfermo, es  siniestro, lo que están haciendo con nuestros presos políticos. Roberto Picón debió esperar 56 días con todas sus noches para poder ver a sus hijos por primera vez desde que se lo llevaron preso sin orden de captura ni de allanamiento. ¿Por qué tanta saña? ¿Hay alguna razón humana o política que justifique arrojarlo a un calabozo y privarlo de sus derechos más elementales? ¿Por qué tuvo que esperar 70 días para que por fin sus abogados pudieran verlo? ¿Es que ni siquiera tiene derecho a la defensa como en cualquier sistema judicial del mundo? ¿Estamos hablando de un asesino en serie, de un terrorista que enfiló su camioneta contra una calle llena de transeúntes buscando conseguir la mayor cantidad de cadáveres posibles? No. Roberto Picón es apenas un ciudadano. Un simple ciudadano. Un consagrado padre de familia. Un ciudadano graduado con honores en su promoción.  Un venezolano para el ejemplo. Un convencido de la fuerza del voto como símbolo de la democracia. ¿Por qué le negaron el más mínimo contacto con la luz del sol durante 87 días seguidos? ¿Eso no es tortura física y psicológica? ¿Por qué lo encerraron durante 17 días en un baño, sin luz natural, sin ventilación y sin la más mínima condición higiénica? ¿Por qué tuvo que recibir su cumpleaños número 55 allí, en el suelo, recostado a una poceta pestilente? Como si fuera un paria de la sociedad. Un engendro. Un criminal de alta peligrosidad. ¿A cuenta de qué un tribunal militar va a juzgar a un civil? ¿Es otra vez porque les da la gana? ¿A su arbitrio y antojo? ¿Eso es el socialismo? ¿La romántica tierra de las utopías donde todos seremos iguales en nuestros derechos y deberes? ¿Quién de los personeros del régimen es tan avieso en su proceder? ¿Son la venganza y el encono las estructuras morales sobre las que se construirá el hombre nuevo?


No pienso enumerar las abundantes y graves violaciones al debido proceso y al Derecho a la Defensa que hay en el caso de Roberto Picón. Son las mismas que le han aplicado a muchos otros venezolanos que hoy ven cómo sus días se extinguen en las mazmorras del SEBIN. Los abogados de bien que aún existen en el país han sido pródigos en explicaciones sobre los horrores y vejaciones a las que someten a los presos políticos venezolanos. Hoy acusan a Roberto Picón de traición a la patria, rebelión y sustracción de equipos pertenecientes a la Fuerza Armada. Quien conoce a Roberto Picón sabe perfectamente que esa es una acusación sin sentido. Que es absolutamente inocente. Que no ha cometido delito alguno. Que debería estar libre. Que su tesitura moral solo merece aplausos.


En las cárceles venezolanas han comenzado a morir presos políticos por negarles atención médica, otros han contraído paludismo, algunos han hecho riesgosas huelgas de hambre, otros han sido torturados, confinados a La Tumba–cárcel de siniestra fama- o han pasado hasta más de diez años detrás de las rejas esperando que la justicia llegue. Algunos siguen presos en sus propias casas. Y el crimen de todos es el mismo. Oponerse al más enfermo de los sistemas políticos del mundo: la dictadura.


Hoy hablo en nombre de Roberto Picón. Pero también en nombre de los 487 presos políticos que inundan las cárceles de Nicolás Maduro. Mañana la cifra cambiará. Serán 500. O 650. O cualquier otra cifra. Pero ya el resto del planeta lo sabe. En Venezuela está prohibido alzar la voz para disentir. Todos debemos convertirnos en un número más. Buscar nuestros carnets de la patria para que puedan vacunar a nuestros hijos. Y esperar una migaja de comida llamada CLAP. Ser vasallos o libres. Esa es la gran encrucijada donde se encuentran los venezolanos en este momento del siglo XXI. Por mi parte, para honrar el mandamiento principal de la obra de Roberto Picón, voy a votar en todas las elecciones que se realicen en mi país a pesar del régimen y gracias a la presión ciudadana y a la de la gigantesca comunidad internacional. Voto por la libertad de Roberto Picón y la de todos los presos políticos. Voto por los torturados y asesinados. Por la democracia. Por el fin de la dictadura. Por ese otro país que nos espera y reclama.


Tanto dolor tiene que convertirse en libertad.


Alzo mi voz con la voz clausurada de todos nuestros presos políticos. Y que sepamos exigir el respeto que merecemos como ciudadanos de libre pensamiento: ni un preso más. Ni uno más.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – SEPTIEMBRE 28, 2017

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Published on September 28, 2017 05:40

September 21, 2017

Mienten

Lo hacen sin pudor. Cada vez que se acercan a un micrófono. Cada vez que los enfoca una cámara. En cada rueda de prensa. Fuera y dentro del país. No importa el tema. Puede ser sobre la crisis hospitalaria, la escasez, la hiperinflación, la epidemia de asesinatos, la desaparición del dinero en efectivo, la ausencia de gasolina. Cualquier tema obvio y visible. Y a pesar de eso, de lo irrebatible y manifiesta que es nuestra miseria, mienten. Dicen que la patria es cada vez más próspera, que el mundo nos envidia, que somos referencia y paradigma, que si por Dios fuera nos plagiaría para diseñar el paraíso terrenal a imagen y semejanza de Venezuela. Se ponen grandilocuentes y pomposos. Retóricos y cursis. Citan a Bolívar hasta el desfallecimiento. Mienten cuando hablan de guerra económica y conspiraciones universales. Mienten para sentirse libres de culpa. Mientras tanto, la gente, el ciudadano común, el mismísimo pueblo, busca sobrevivir entre los escombros de un país arruinado y saqueado por los insignes prohombres de la revolución.


Mienten a cada hora. Todos los días. Mienten cuando dicen que vivimos en democracia. Mienten cuando ondean la constitución en sus manos. Maduro dice que Donald Trump amenazó con matarlo y uno sabe que no fue esa la propuesta. Arreaza dice que el capitalismo es un sistema anacrónico y uno entiende que el anacronismo está en su verbo. Delcy Rodríguez dice que la Comisión de la Verdad dictaminó que la GNB no cometió ninguna violación de los derechos humanos y uno tiene arcadas de asombro. Ernesto Villegas habla de lo que sea y hay garantía absoluta de que miente, desde que embaucó al mundo entero pregonando la milagrosa recuperación de Hugo Chávez cuando ya su cuerpo claudicaba ante la muerte. Tibisay Lucena mintió cuando anunció la cifra de 8 millones de personas votando a favor de la Constituyente. Uno oye hablar a cada uno de ellos sobre el País Potencia, los 15 motores de la economía, el salario más fuerte del continente, y se cansa hasta el óxido de oírlos mentir.


Hace poco, Maduro, sin que se le moviera un milímetro su “perfil Stalin” que tanto lo envanece, dijo: “Es muy grave el problema de la migración de los refugiados colombianos hacia Venezuela, eso es diario, son miles y miles”. Y uno se queda pasmado, boquiabierto, mientras en las redes sociales se ven claramente las imágenes que lo desdicen. Venezuela peregrinando hacia Colombia. Familias enteras. Personas durmiendo en las calles de Cúcuta. Yéndose hacia Panamá, Chile, Perú, Miami, México, España, hacia donde sea y donde se pueda. Pero a pesar de que todos lo sabemos, él dice lo que dice. Miente. Sin un parpadeo en el pudor.


Maduro miente cuando se vende a sí mismo como el gran representante de los pobres, no solo de Venezuela, sino también del Tercer Mundo, de los indígenas del Potosí, de los desclasados de Quito, Belgrano y el Bronx.


Jorge Arreaza dice que la ANC restituyó la paz y la estabilidad en Venezuela. Miente. Lo sabemos. En Venezuela no hay un metro cuadrado de territorio estable. Andamos en caída libre, recorriendo el precipicio. Tampoco hay paz. Las calles vacías no son sinónimo de paz, sino del sangriento triunfo de un aparato represor que no dudó en asesinar a más de cien personas, en encarcelar a diputados, alcaldes, concejales, estudiantes, mujeres y hombres de cualquier condición. Lo que hay es un país reprimido y atemorizado. Esto no es paz. Es miedo. Asco.


Delcy Rodríguez lo repite como un estribillo y miente: en Venezuela no hay hambre, ni crisis humanitaria, ni nada que se le parezca. Esa, de todas las mentiras, es como intentar tragarse un elefante sin masticarlo. En una de sus tantas veces dijo: “en Venezuela no hay hambre, lo que hay es voluntad”. Habrá que entender por voluntad los esfuerzos que hace cualquier jefe de hogar para llevarle algo de comida a sus hijos. Algunos, en la suma de la desesperación, llegando a delinquir por primera vez en sus vidas. Lo sabemos. Delcy miente.


¿No hay crisis en el sistema de salud de un país donde 3,4 millones de niños están en riesgo de contraer sarampión por falta de vacunas? ¿Donde se habla de la reaparición de la difteria luego de 24 años de haber sido erradicada? ¿No hay crisis hospitalaria cuando uno ve que dos neonatos fallecen el mismo día por un corte de luz en la Maternidad Concepción Palacios?


Todos, desde el presidente hasta el más soez de sus subalternos, niegan que en Venezuela se violan los derechos humanos. Mienten. Lo confirman los testimonios de decenas de personas que han sido toturadas en los calabozos del Sebin. Lo confirma el inaceptable fallecimiento del concejal Carlos Andrés García en plena cárcel por negarle el acceso a los medicamentos necesarios. Lo confirman la cantidad de personas que siguen presas a pesar de habérseles librado boletas de excarcelación. Lo confirman los cientos de videos que registraron la saña y crueldad con la cual los cuerpos de seguridad reprimieron a los venezolanos en los convulsos cuatro meses de protesta que nadie olvidará.


Elías Jaua habla de 200 mil estudiantes que han emigrado de colegios privados a públicos y enumera tres razones: La especulación en el costo de las matrículas, la violencia política (¿¿??) y la inculcación del odio en las aulas de los colegios privados (¿¿??). Las tres razones apuntan a resaltar la “villanía” de la oposición. Pero sabemos que la razón es estrictamente económica. Aquí ya todo, absolutamente todo, cuesta demasiado dinero. Ya hay mucha gente que no tiene cómo pagar el colegio de sus hijos. O comen o estudian. Para realizar ambas actividades hay que renunciar a estudiar en un colegio privado. Así de simple y duro. Esa es la agria verdad para muchos.


Mienten sobre PDVSA, sobre el Arco Minero, sobre el estado real de las finanzas del Estado. Mienten cuando se sientan a dialogar y ofrecen lo que luego no cumplen. Mienten cuando le anulan el pasaporte a una figura opositora y le dicen que es porque en el sistema aparece reportado como “robado”.


Mienten, ofenden, agreden, cuando callan ante el dolor que es hoy ser venezolano.


Nos han intoxicado la vida con sus mentiras. Tan honesto que sería admitir el fracaso. Tan sanador que sería para todos que entendieran que el país los repudia.


Tan necesaria que es la verdad en la vida de un país.


Pero no, también se mienten a sí mismos. Se creen épicos, históricos.


Como bien lo resume el periodista Luis Carlos Díaz en la frase fijada en su cuenta de Twitter: “El gobierno miente. No importa cuándo leas esto”.


Mienten. Y seguirán mintiendo. A pesar de que la terrible realidad que asola a Venezuela es noticia en el mundo entero. Mentir es un verbo indispensable para cualquier dictadura. Sea de derecha o de izquierda.


Es el azúcar de su veneno.


Leonardo Padrón


POR: CARAOTADIGITAL – SEPTIEMBRE 21, 2017

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Published on September 21, 2017 02:30

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Leonardo Padrón
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