El primer hombre - Planeta lector Quotes

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El primer hombre - Planeta lector El primer hombre - Planeta lector by Albert Camus
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“Apretados unos contra otros en aquel calor pesado, mudos, los adultos y el niño, pensando en la casa que los esperaba, transpirando en calma, resignados a esa vida dividida entre un trabajo sin alma, las largas idas y vueltas en tranvías incómodos y, para terminar, un sueño súbito. A Jacques, ciertas noches, se le acongojaba el corazón mirándolos. Hasta ese momento sólo había conocido las riquezas y las alegrías de la pobreza. Pero el calor, el hastío, la fatiga le revelaban su maldición, la del trabajo estúpido que daba ganas de llorar, cuya monotonía interminable consigue hacer que los días sean demasiado largos y la vida demasiado corta.”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector
“—No se puede estar sin hacer nada —decía la abuela.

Justamente, en esa oficina era donde Jacques tenía la impresión de no hacer nada. No rechazaba el trabajo, aunque para él nada pudiera sustituir el mar o los juegos de Kouba. Pero para él, el verdadero trabajo era, por ejemplo, el de la tonelería, un largo esfuerzo muscular, una serie de gestos diestros y precisos, manos duras y ligeras, y el resultado de los esfuerzos se veía: un barril nuevo, bien terminado, sin una fisura, y que el obrero podía contemplar.

En cambio, ese trabajo de oficina no venía de ninguna parte y no terminaba en nada. Vender y comprar, todo giraba en torno a esos actos mediocres e inapreciables”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector
“Cuando hablaba de Francia decía «nuestra patria» y aceptaba por anticipado los sacrificios que esa patria podía pedirle («Tu padre murió por la patria», le decía a Jacques...); en cambio, esta noción de patria no tenía sentido alguno para Jacques, que sabía que era francés, que eso entrañaba cierto número de deberes, para quien Francia era una ausente a la que uno apelaba y que a veces apelaba a uno, en cierto modo como lo hacía ese Dios del que había oído hablar fuera de su casa y que, al parecer, era el dispensador soberano de los bienes y los males, en quien no se podía influir pero que en cambio lo podía todo en el destino de los hombres. Y ese sentimiento suyo era también, y más aún, el de las mujeres que vivían con él.”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector
“La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo de una vida uniforme y gris. Tienen, claro está, la memoria del corazón, que es la más segura, dicen, pero el corazón se gasta con la pena y el trabajo, olvida más rápido bajo el peso de la fatiga. El tiempo perdido sólo lo recuperan los ricos. Para los pobres, el tiempo sólo marca los vagos rastros del camino de la muerte. Y, además, para poder soportar, no hay que recordar demasiado, hay que estar pegado a los días, hora tras hora,”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector
“El desempleo, para el que no había seguro, era el mal más temido. Ello explicaba que esos obreros, tanto en casa de Pierre como en la de Jacques, que en la vida cotidiana eran siempre los más tolerantes de los hombres, fuesen siempre xenófobos en cuestiones de trabajo, acusando sucesivamente a los italianos, los españoles, los judíos, los árabes y, finalmente a la tierra entera, de robarles su empleo —actitud sin duda desconcertante para los intelectuales que escriben sobre la teoría del proletariado, y sin embargo muy humana y muy excusable—. Lo que esos nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero y del ocio, sino el privilegio de la servidumbre. El trabajo en aquel barrio no era una virtud, sino una necesidad que, para asegurar la vida, conducía a la muerte.”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector
“Y el método puramente intuitivo de los dos niños no constituía una verdadera elección entre los libros permitidos. Pero el azar no es lo peor para las cosas de la cultura y, devorando todo mezclado, los dos glotones engullían lo bueno al mismo tiempo que lo malo, sin preocuparse de retener nada, y, en efecto, sin retener casi nada salvo una extraña y poderosa emoción que, a través de las semanas, los meses y los años, engendraba y hacía crecer en ellos todo un universo de imágenes y de recuerdos irreductibles a la realidad de todos los días, pero sin duda no menos presentes para esos niños ardorosos que vivían sus sueños con la misma violencia que sus vidas.ab”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector
“Los manuales eran siempre los que se empleaban en la metrópoli. Y aquellos niños que sólo conocían el siroco, el polvo, los chaparrones prodigiosos y breves, la arena de las playas y el mar llameante bajo el sol, leían aplicadamente, marcando los puntos y las comas, unos relatos para ellos míticos en que unos niños con gorro y bufanda de lana, calzados con zuecos, volvían a casa con un frío glacial arrastrando haces de leña por caminos cubiertos de nieve, hasta que divisaban el tejado nevado de la casa y el humo de la chimenea les hacía saber que la sopa de guisantes se cocía en el fuego.”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector
“Él tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él.

Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre.”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector
“La mujer tenía una cara suave y regular, pelo de española bien ondulado y negro, la nariz pequeña, una bella y cálida mirada de color castaño. Pero había algo llamativo en esa cara. No era sólo una suerte de máscara que el cansancio o cualquier cosa por el estilo grabara en ese momento en sus rasgos, no, era más bien un aire de ausencia y de dulce distracción, como el que muestran perpetuamente algunos inocentes, pero que aquí asomaba fugazmente en la belleza de sus facciones. A la bondad tan evidente de la mirada se unía también, a veces, un destello de temor irracional que se apagaba de inmediato.”
Albert Camus, El primer hombre - Planeta lector