Los nombres propios Quotes
Los nombres propios
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Marta Jiménez Serrano20,152 ratings, 4.31 average rating, 4,319 reviews
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Los nombres propios Quotes
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“El amor. Estar en un mismo espacio haciendo cosas distintas.”
― Los nombres propios
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“El detalle achica la perspectiva. Enfocar en un punto es desenfocar el resto de la imagen. Pensar siempre lo mismo es como pensar en nada.”
― Los nombres propios
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“Ella te mira, se pasa la vida la vida mirándote aunque tú no te des cuenta y ahora, en este instante por primera vez en tu vida -con siete añitos- le devuelves la cortesía y la miras. Es tu abuela. Pero tal vez no es solo tu abuela -hay un mundo que no te pertenece, y no pasa nada-, tal vez ella también tiene pensamientos que te son ajenos.”
― Los nombres propios
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“Algo imperdonable no es algo que racionalmente no se pueda comprender ni perdonar; algo es imperdonable, simplemente, cuando no se puede vivir con sus consecuencias.”
― Los nombres propios
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“Saber decir que no. A veces el amor también es eso. Porque te quiero, te digo que no te quiero”
― Los nombres propios
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“- ¡Abuela, vamos a por coques!
Das órdenes como si el mundo te perteneciese, como si el mundo terminase en la cancela de la entrada. ¿Y no te pertenece, acaso? ¿Hay algo más? Hay algo más. Lo sabes porque a veces se cuela por la tele. Hoy, por ejemplo. Estás desayunando en el taburete alto un Cola Cao con muchos grumos y tostadas blanditas. No hay tostador en el Huerto y la abuela te las hace en la sartén. El salón es tuyo; te gusta levantarte pronto porque el salón es tuyo. Solo estás con la abuela, que hace gazpacho en la cocina. Aún no lo sabes, ahora solo miras fijamente a Oliver y Benji mientras masticas. Pero un día vas a creer que el amor es eso: compartir un espacio haciendo cosas distintas. Cómo vas a saberlo ahora, si eres puro pelo despeinado y esa camiseta que te queda grande y las bragas contra la madera del taburete. Pero un día lo creerás: dos soledades en un mismo espacio. Ella corta tomates y tú ves los dibujos y al cabo de un rato llega tu prima. ¿Te gusta esa ruptura de la soledad? No lo vas a saber nunca. Te lo digo con ternura, no es una amenaza. Nunca lo vas a saber.”
― Los nombres propios
Das órdenes como si el mundo te perteneciese, como si el mundo terminase en la cancela de la entrada. ¿Y no te pertenece, acaso? ¿Hay algo más? Hay algo más. Lo sabes porque a veces se cuela por la tele. Hoy, por ejemplo. Estás desayunando en el taburete alto un Cola Cao con muchos grumos y tostadas blanditas. No hay tostador en el Huerto y la abuela te las hace en la sartén. El salón es tuyo; te gusta levantarte pronto porque el salón es tuyo. Solo estás con la abuela, que hace gazpacho en la cocina. Aún no lo sabes, ahora solo miras fijamente a Oliver y Benji mientras masticas. Pero un día vas a creer que el amor es eso: compartir un espacio haciendo cosas distintas. Cómo vas a saberlo ahora, si eres puro pelo despeinado y esa camiseta que te queda grande y las bragas contra la madera del taburete. Pero un día lo creerás: dos soledades en un mismo espacio. Ella corta tomates y tú ves los dibujos y al cabo de un rato llega tu prima. ¿Te gusta esa ruptura de la soledad? No lo vas a saber nunca. Te lo digo con ternura, no es una amenaza. Nunca lo vas a saber.”
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“El amor-pero no puedo explicárselo si me besa- es saber quien es el otro a pesar de lo que los demás creen que es, a pesar de lo que él mismo dice ser.”
― Los nombres propios
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“La abuela se sabe pocas palabras, pero se las sabe con todo el cuerpo.”
― Los nombres propios
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“El deseo más absurdo, más estéril: querer que el otro quiera.”
― Los nombres propios
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“Tu ansiedad: vivir siempre un paso más allá, vivir en ese lugar que aún no ha llegado.”
― Los nombres propios
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“Las palabras te las sabes ya todas.
Lees y lees y ves películas y más películas y te sabes todas las palabras.
Las sabes pero no las sabes.
Las sabes con la cabeza y con el diccionario, las memorizas, las apuntas en el cuadernito que llevas a todos los lados y entonces crees que las sabes.
En realidad no las digieres. Te falta deglución.
Hasta los veinte años no vas a saber lo que es la autonomía. Hasta los veintidós no vas a saber que es la anestesia. Y hasta los veintinueve no vas a saber lo que es el agotamiento.”
― Los nombres propios
Lees y lees y ves películas y más películas y te sabes todas las palabras.
Las sabes pero no las sabes.
Las sabes con la cabeza y con el diccionario, las memorizas, las apuntas en el cuadernito que llevas a todos los lados y entonces crees que las sabes.
En realidad no las digieres. Te falta deglución.
Hasta los veinte años no vas a saber lo que es la autonomía. Hasta los veintidós no vas a saber que es la anestesia. Y hasta los veintinueve no vas a saber lo que es el agotamiento.”
― Los nombres propios
“Tu abuela se está muriendo. Querrías poner tu atención en otro sitio, en otra cosa. No sabes. Hay que intentarlo.
- Es que es como si no hubiera vivido nada. Ahora lo pienso, pienso en mi vida y... ¿dónde está? -Mueve las manos palpando el aire, mostrándote que no hay nada que tocar.
Lo entiendes. Se lo dices: "Ya". Asientes. Ella también se siente menos sola cuando tú la comprendes. Todavía pega el sol en la terraza. La abuela deja la cucharita sobre el plato y coge la primera pastilla y el vaso de agua. Le tiembla la mano al sujetarlo. Haces un ademán de hablar, pero esperas a que se tome la segunda pastilla. Luego, la tercera. Al fin, la cuarta. El silencio, el sol, la terraza. Se te han terminado las excusas.
- Yo por eso escribo.
Lo dices como dices las confesiones, sintiendo que te cuesta la vida misma, que tienes algo atorado en el pecho que hay que sacar y al mismo tiempo preservar. Y cómo se hacen las dos cosas al mismo tiempo. Lo dices mirando al suelo. Por eso no te das cuenta de que ella te mira de vuelta, te mira con ojos suspicaces y en ese momento lo comprende todo, todas esas cosas tuyas que ella había sentido ajenas: las películas subtituladas, los bolígrafos, los cuadernos, los libros, la facultad, los idiomas y la carrera universitaria esa que estudias y de cuyo nombre no quiere acordarse.”
― Los nombres propios
- Es que es como si no hubiera vivido nada. Ahora lo pienso, pienso en mi vida y... ¿dónde está? -Mueve las manos palpando el aire, mostrándote que no hay nada que tocar.
Lo entiendes. Se lo dices: "Ya". Asientes. Ella también se siente menos sola cuando tú la comprendes. Todavía pega el sol en la terraza. La abuela deja la cucharita sobre el plato y coge la primera pastilla y el vaso de agua. Le tiembla la mano al sujetarlo. Haces un ademán de hablar, pero esperas a que se tome la segunda pastilla. Luego, la tercera. Al fin, la cuarta. El silencio, el sol, la terraza. Se te han terminado las excusas.
- Yo por eso escribo.
Lo dices como dices las confesiones, sintiendo que te cuesta la vida misma, que tienes algo atorado en el pecho que hay que sacar y al mismo tiempo preservar. Y cómo se hacen las dos cosas al mismo tiempo. Lo dices mirando al suelo. Por eso no te das cuenta de que ella te mira de vuelta, te mira con ojos suspicaces y en ese momento lo comprende todo, todas esas cosas tuyas que ella había sentido ajenas: las películas subtituladas, los bolígrafos, los cuadernos, los libros, la facultad, los idiomas y la carrera universitaria esa que estudias y de cuyo nombre no quiere acordarse.”
― Los nombres propios
“Estás triste, pero solo pareces enfadada. Aprenderás a decirlo: "Es que cuando estoy así necesito que me abracen". Pero da igual, porque legítimamente te lo rebaten: "Es que cuando estás así no dan ningunas ganas de abrazarte". No te ves, pero te pones muy bruta. Ya, ya lo sé, no sabes ponerte de otra forma, pero hay de tu piel para afuera agresividad, y tensión, y dureza, y si alguien comprendiera, si fueras simplemente capaz de transmitir que detrás de ese enfado te sientes tan frágil, tan pequeña, tan inútil. (...) Si vieras, si simplemente pudieras ver lo asertiva que pareces, lo segura que estás de todo cuando justamente ahora no estás segura de nada, cuando justamente ahora eres minúscula y débil, y estás triste. Ya lo sé, de verdad que ya lo sé: sé bien que necesitas que se te entienda. El otro se pone a la defensiva sin comprender - y qué infeliz te hace que no te compendan - que la indefensa, la desarmada aquí siempre eres tú.
(...)
Lloras. Lloras de tristeza y ahora sí pareces pequeña y frágil y vulnerable, ahora sí parece que necesitas un abrazo. Pero si te vas a los confines solitarios del mundo cuando necesitas un abrazo no va a haber nadie para dártelo.”
― Los nombres propios
(...)
Lloras. Lloras de tristeza y ahora sí pareces pequeña y frágil y vulnerable, ahora sí parece que necesitas un abrazo. Pero si te vas a los confines solitarios del mundo cuando necesitas un abrazo no va a haber nadie para dártelo.”
― Los nombres propios
“Te pides un café con leche y te sientas a tomarlo en las escaleras. Tu abuela se ha muerto y el mundo no ha cambiado. Das un trago al café.”
― Los nombres propios
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“Eli tiene razón en todo, pero a ti la razón no te sirve de nada. Martín los odia contigo, pero a ti odiarlos, previsiblemente, tampoco te sirve de nada. Hablas y hablas y hablas, lo analizas desde todas las perspectivas, intentas comprender lo que ha ocurrido, la mentira en que has vivido, los porqués se agolpan en tu cabeza y los repites en voz alta, a Dani, a Eli, a Martín, a mí, por qué, por qué, por qué. Hablas con todos. Hablas sin descanso, sin mesura, sin lucidez. Hablas con todos hasta que ya no puedes hablar con nadie más y entonces, irreversiblemente, te callas.”
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“La vida no va en orden.”
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“La vida es larga. Hay que vivirla, al menos, como si fuera larga.”
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“La responsabilidad no te gusta a menos que la elijas tú; y en la vida de los hijos uno no elige nada y se responsabiliza de todo.”
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“Como la persona con la que haces la vida, no hay nada.”
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“Como la persona con la que haces la vida, no hay nada”
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“Te habla del abuelo. "Como la persona con la que haces la vida, no hay nada", te dice. No digieres la frase. La memorizas, te la apuntas, de hecho, pero no la digieres. No dice: No hay nada mejor que la persona con al que haces la vida. Ni tampoco dice: No hay nada mejor que compartir la vida con alguien. Ni ninguna otra cosa.”
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“Lo que los demás creen que soy sería muy rebatible si yo supiera qué soy, piensas.”
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“Mamá está en todas partes, así que no la ves.”
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“La abuela te obedece. Desde el día en que naciste, se convirtió en tu abuela y aún no está muy claro si la obedeces tú a ella o ella a ti. Tú crees que la obedeces a ella, pero desde fuera no es tan evidente.”
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“Pero un día vas a creer que el amor es eso: compartir un espacio haciendo cosas distintas.”
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“Vejez, divino tesoro. La juventud la tiene cualquiera”
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“Vas caminando desde Moncloa hasta la plaza de Cascorro llorando a moco tendido, llorando desconsoladamente, llorando, llorando, llorando. Qué alivio. Qué ligereza. Llorar porque te han dejado mal en la peluquería.”
― Los nombres propios
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“Has aprendido que hay que dejarse cuidar, que con una costilla rota y la visión nublada no hay nada más inteligente que ponerse en manos del equipo.”
― Los nombres propios
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“¿A mí no me habría pasado esto? Seguro que no. ¿A mí nunca me habría gustado Charlie, yo nunca le habría contado mis secretos más íntimos, yo nunca me habría acostado con él? Por supuesto que no. Porque soy cabal y no soy ansiosa, porque soy sensata y no soy impulsiva, porque soy razonable y no desmesurada. Pero, sobre todo, porque no tengo ningún secreto que contarle, no tengo ningún cuerpo que compartir con él, ningún sentimiento que pueda vulnerar. Soy invisible. No me odies. Es muy fácil ser tan perfecta como yo siendo invisible. No te compares conmigo, porque no tiene sentido. Déjame estar en tu equipo.”
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“El análisis está en la cabeza, pero no sabes hacerlo descender al pecho y de ahí, al ombligo. Dime, de qué te sirve el diagnóstico sin la deglución.”
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