Adiós a los próceres Quotes
Adiós a los próceres
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Pablo Montoya59 ratings, 3.92 average rating, 11 reviews
Adiós a los próceres Quotes
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“En vez de fraguarse el apoyo del pueblo, él y sus amigos doctores de Santafé, para repartirse el reino se habían dedicado a matarse en batallas memas que suponían grandísimas. El pueblo se percató, y agrandaba sus ojos de avechucho, era un aliado del rey de España. Esa masa bruta y fea no quería saber nada de los criollos ilustrados, de las almibaradas frases sobre la libertad pronunciadas por los abogados, de los nobles corruptos con los que Colombia iniciaba su pútrida historia política”
― Adiós a los próceres
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“En realidad, Torres era un monárquico convencido y detestaba lo que tuviera que ver con las revueltas populares. Pero él creyó y no creyó en ellas. Esta indecisión no sólo fue su tormento, sino el de casi todos los hombres de su generación que cayeron en el fuego de las contiendas. Su vida, como la de ellos, fue una errata política que la gloria póstuma se ha encargado de corregir una y otra vez”
― Adiós a los próceres
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“Se enfrascó con su eterno rival, Antonio Nariño, en una guerra estúpida. El uno abogaba por una nación con un centro que debía ser Santafé y enaltecía el poder popular. El otro proponía un manojo de provincias federadas manejadas por los ricos de cada región. Ambos ensangrentaron al país en un momento en que cualquier advenedizo les hubiera aconsejado defenderse juntos contra la reconquista. Desde ambas personalidades proviene la inmadurez ideológica, el engaño permanente, el exagerado narcisismo local que ha caracterizado al circo deplorable de la política colombiana. Ellos, Nariño y Torres, son el alfa de la hecatombe”
― Adiós a los próceres
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“Hilarión, así es la vida, así era él, vivía descontento con el cargo de director del Jardín Botánico de Madrid. De hecho, como buen antioqueño, era malagradecido hasta el descaro y ambicioso hasta la voracidad”
― Adiós a los próceres
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“Antonia sentía que el corazón le vibraba de orgullo cuando los realistas le decían guerrillera. “¡guerrillera!”, escuchaba. Y ella amaba más que nadie esa condición suya, despreciable y marginal, en tierras de injusticia”
― Adiós a los próceres
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“No demoró mucho en sentirse perdido en el país recién creado. Percibía que las guerras de la independencia era la causa del retraso y la pobreza. Si antes hubo corrupción, majadería y violencia, ahora estas circunstancias parecían quintuplicadas. Una herencia tentacular y asfixiante que quienes la recibían -curas, milicianos y funcionarios estatales- aumentaban hasta el marasmo. La militarización de la vida cotidiana, implantada por los libertadores, significaba estar en el centro de un infierno”
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“Su triunfo más descomunal, sin embargo, es la herencia que hemos tenido que soportar a lo largo de estos años nefastos. Su sueño libertario que no demoró en convertirse en pesadilla. Las guerras sin fin, los ubicuos payasos militares que en su utopía colombina se dan como conejos en una conejera, las tiranías ridículas, pero sangrientas, las proclamas en donde se obligan a los niños y a los viejos a tomar las armas, los reclutamientos colectivos del pueblo para lanzarlo al matadero de la gloria, los decretos de la corruptela barnizados con lenguaje rimbombante. Y los himnos y las canciones y las bandas que no se cansan de darle al redoblante y a los cornetines artilleros. Toda la marcial pedantería, con toques de opereta que ha gobernado nuestros destinos minúsculos, se la debemos entera a su inteligencia elevada”
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“Bolívar ni siquiera habló con él. En el fondo, el caraqueño desconfiaba de los negros, de los mulatos, de los zambos. Quizás por ello nunca se decidió a liberar a los esclavos de su república racista. Con ello le incumplía la promesa hecha a Alexandre Pétion, el haitiano que le había dado apoyo con esa condición. Y en lo que tiene que ver con los indígenas, Bolívar sentía por ellos una mojigata compasión idílica. Si le hubieran puesto a escoger a quién darle las tierras baldías de su gran Colombia, si a los militares de su ejército glorioso o a los siempre expoliados indios, con su espada de Damocles señalaría, y en efecto así lo hizo, a sus malandros compañeros de profesión”
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“Antonio Baraya, por tal razón, es mi general preferido. Ojalá todos fueran como él: equívoco, ingenuo, poblado de buenos sentimientos. A todas sus campañas las nimbó algo semejante a la torpeza y siempre se comportó como un digno perdedor. Después de los vencimientos, era lo usual en su carácter, iba a su casa para pasar en compañía de su esposa Isabel los reveses deparados por la mala estrella. Se consolaba en sus hombros, en el seno maternal, e ignoraba que lo grandioso en él era justamente la poquedad de muertos que dejaban sus batallas”
― Adiós a los próceres
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“Todos los militares se vieron cubiertos de bazofia en los peores momentos de la guerra independentista; pero Santander, ese es uno de los méritos que poco le celebran, se mantuvo siempre pulcro. Su limpieza, sin embargo, era exterior porque, desde su puericia, tenía el alma envilecida por la ambición y el poder”
― Adiós a los próceres
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“Convenció (Santander) a varias generaciones de incautos que su país, conformado a partir de la improvisación, la violencia y la solemnidad, era dizque grandioso”
― Adiós a los próceres
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“Nadie, en fin, puede ser del todo bueno en la geografía cultural de un país como el suyo. Pero qué bondad puede existir en un hombre que pensaba que había que respetar la ley por encima de cualquier cosa, así lo que resultara de ello fuera catastrófico. Su frase celebérrima, las armas dieron la independencia, las leyes darán la libertad, es un acertijo que aún no se comprende cabalmente. Sé que la independencia fue de España, pero ignoro de cuál libertad se trata”
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