La oculta Quotes

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La oculta La oculta by Héctor Abad Faciolince
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La oculta Quotes Showing 1-30 of 37
“Toño vino tarde, los hombres son así, casi nunca sirven para nada cuando alguien se enferma”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Fuimos dejando la costumbre de traicionar, primero por miedo, y luego por convicción, hasta que se instaló en nosotros la costumbre de la fidelidad, y no nos supo mal. No es que no hubiera muchas tentaciones, sino que procurábamos evitarlas y no caer en ellas. No fue por pereza ni por prudencia ni por castidad que me fui anclando a Jon”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Mi mamá tenía una teoría, y había vivido siempre de acuerdo con ella, y es que los viejos tienen que comprar la compañía”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Le llevaba también la noticia de que ahora, muerta mi mamá, nos había llegado el turno de morir a nosotros. Una noticia que Pilar ya sabía porque al llegar nos dijo que ella, desde el amanecer, había sentido que la verdadera vejez le había caído de repente desde el mismo momento en que había visto que mi mamá no respiraba”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“..."porque mientras uno espera a que los sueños se cumplan, llega la enfermedad, o un accidente y uno se muere".”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Se nace creyendo que la gente, hasta que la vida nos va desmintiendo y nos demuestra que si, que hay gente buena, pero a su lado hay montones de gente muy mala, con malas intenciones, calculadora, solapada y malagradecida. Gente con el corazón diminuto, no como un mango sino como una guayabita verde, agria".”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Él, ese coronel que después fue general y hasta comandante, y cuando se retiró le hicieron homenajes, le dijo a Pilar: “tranquila, doña Pilar, que estos muchachos y nosotros somos uña y mugre”. Si, los militares eran la uña y los paramilitares el mugre. Les hacían el trabajo sucio, el trabajo más mugroso”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Pero en todo caso tal vez sean los hijos, la paternidad, la maternidad, lo que nos hace peores, más egoístas. Aquello que nos vuelve más calculadores, más malos, más mezquinos. O más prudentes y conservadores, según como se mire, más austeros y cuidadosos. Lo que nos hace mejores: lo que nos lleva a madrugar, a esforzarnos, a conocer el amor más puro. Como no tengo hijos, mi discusión es de oídas, pero quienes los tienen se enfurecen conmigo y dicen que no entiendo nada: que los hijos son todo, que los hijos les han enseñado el altruismo y la bondad, y los nietos ni se diga, más todavía. Lo cierto es que aquellos que jamás tuvimos hijos (monjes, gays, monjas, ermitaños, estériles, soleros, curas católicos fieles al celibato) tenemos una visión menos pequeña de la vida: podemos pensar en un futuro donde no estemos ni nosotros ni nuestros hijos, pero sí otros semejantes que deberían estar menos mal de lo que están ahora, y en vez de dejar una herencia para los descendientes, pensamos en una obra para todos”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Las amenazas se acercaban, ya no bajo la forma de guerrilla o paramilitares, sino de la especulación inmobiliaria, con folletos a todo color que hablaban del desarrollo de la zona, de su valorización, de lo cerca que daría de Medellín cuando hicieran la autopista”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Las familias (por fortuna) ya no son lo que eran; una pareja que se queda junta para toda la vida, y pase lo que pase, se entiendan o no se entiendan, se acuesten o no se acuesten, se amen, se respeten, se desprecien o se detesten, les peguen o no les peguen a las mujeres, juntos siempre, no, eso no. Qué horror. Parejas que se aburren juntas, parejas que en el restaurante dicen: “recemos el rosario para que crean que todavía conversamos”, muertas de aburrimiento, de tedio, de rencor”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Su receta para la duración del matrimonio es muy sencilla, dice, y según ella se la dio la abuelita Miriam antes de casarse: “Mijita, a su marido dígales siempre que sí, no lo contradiga nunca, pero haga siempre lo que usted quiera”. Así es ella con Alberto, jamás lo contradice y jamás le hace caso”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“De un hombre mujeriego se dice que tiene éxito con las mujeres, yo podría decir, más bien, que no ha tenido éxito con ninguna, porque lo bueno (supongo) es enamorarse y seguir enamorados. Toda la vida he sentido pesar de los donjuanes. En ese sentido, yo podría decir que mi vida con los hombres ha sido todo un éxito, o más bien un fracaso, el fracaso del éxito, un desastre, depende de cómo se lo mire. Aunque me he enamorado y desenamorado muchas veces, no he sido nunca una doñajuana. Me enamoraba buscando siempre a alguien que sacara lo mejor de mí, al tiempo que yo sacaba lo mejor de él, y me desenamoraba al ver que no valían la pena, pues no sabían dar ni recibir, o que no me querían como a mí me gustaba que me quisieran, o que no les gustaba como yo los quería. Yo tuve todos los hombres que quise, al menos por un rato y aunque después se asustaran de mí, de mi libertad y de mi forma de ser, y salieran corriendo despavoridos. Las mujeres podemos tener muchos hombres, todos los que queramos, o casi; lo que pasa es que no se lo decimos a nadie, porque no nos conviene”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Las mismas esposas pensaban que era mejor que sus maridos e hijos se desahogaran en las mujeres públicas que en la mujer del prójimo”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“También en Jericó se usó, como en otras partes del país, poner de penitencia la siembra ordenada de unos cuantos cientos de cafetos, o miles, si el pecado era muy grave. La paradoja, así, fue que al cabo de unos años les fue mejor a los más pecadores que a los que nunca pecaban. Unos años después el mismo cura Cadavid había traído la primera trilladora de café, y ahí se encargaban de comprarles a los campesinos la cosecha. Elías, el primogénito de Isaías, fue uno de los primeros en cultivarlo, en la parte alta de La Oculta, que ya era de su padre y él heredaría a su muerte, poco después. Sembró tanto café que en el pueblo tenía más fama de pecador que de cafetero”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“La dieta de las montañas antioqueñas era, en efecto, sencilla y frugal, pero completa y balanceada: todas las noches, en todas las casas, igual en las de las mujeres de pañolón que en las de ruana, se servían frisoles, una fuente segura de proteína, que cuida las neuronas, Nunca faltaba la mazamorra de sobremesa, a veces con bocadillo de guayaba o al menos con panela en trocitos, que daban la energía del azúcar. La carne de res y de cerdo, con las nuevas fincas abiertas, empezó a abundar, y no toda se exportaba a las minas del sur. Lo difícil era conservarla, pero para eso se usaba la sal traída de El Retiro en mulas, y se la secaba al sol en forma de tasajo que luego se molía entre dos piedras. La carne molida, o carne en polvo como siempre le hemos dicho, espolvoreada sobre los frisoles, a veces coronada por un huevo frito en manteca de cerdo, era el playo más apetitoso del mundo, sobre todo si se complementaba con plátano maduro, asado o en tajadas, que le daban un toque dulce a toda la comida. Al medio día podía agregarse esa misma carne en polvo a la sopa de arroz, que llevaba algo de papa picada, y en un platico aparte tomates maduros en cuadritos, con repollo rallado, cebolla roja, cilantro y jugo de limón, y aguacates maduros si estaban en cosecha. Y siempre una arepa blanca o amarilla al lado, al estilo del pan en el viejo mundo, porque, como decía un viajero alemán, “donde no se da el maíz, tampoco se da el antioqueño”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Decía mi abuelo que a ellos les enseñaron en la escuela que para comer había que pensar en la bandera de Antioquia y en la de Colombia de la siguiente manera: “hay que comer algo blanco (como arroz, arepa, mazamorra, leche, queso), algo verde (verduras y ensaladas), algo rojo (frisoles, carne, frutas, chocolate), y algo amarillo (huevos, plátano, chócolos, yuca, arracacha, papas, más frutas)”. En ese punto todo el mundo preguntaba por lo azul, y la respuesta era fácil: “el azul no era más que el agua pura y limpia de los nacimientos de la montaña, que no estuviera contaminada por cada de hombres ni cagajón de animales”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Los que quieran dedicarse al azaroso oficio de la minería pueden seguir hacia el sur, que allá sí hay minas. Dormid en el pueblo, si queréis, pero mañana mismo tomad vuestro camino de espejismos. Id a Marmato, a Riosucio, incluso al Chocó, o torced hacia el norte, a Segovia o a Buriticá (que allá sí hay montañas de oro), pero idos de aquí. Aquí no hemos venido a barequear ni a profanar tumbas. Tampoco hemos venido a conquistar, es decir, a dominar y a matar o a humillar indios. Por aquí los conquistadores ya pasaron, hace doscientos años, y ni siquiera dejaron indios qué humillar; o los exterminaron o los ahuyentaron a todos. Si los hubiera aquí, sean bienvenidos a esta misma empresa de colonizar una tierra en estado bruto. Aquí no vinimos pues, tampoco, a dominar, y menos a esclavizar: los negros o mulatos que haya aquí deben sentirse libres desde ahora mismo. He visto que por ahí han llegado un par de hermanos negros de lejanas regiones, recién liberados de la ignominia de la esclavitud; pues a vosotros también os digo lo mismo: labrad la tierra y sed bienvenidos a este nuevo pueblo de hombres libres”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“La siesta terminó con un sobresalto porque volvió a sonar la campana de la iglesia; después del sermón del cura, tras el sancocho y el sueño, venía el sermón laico. Les iba a hablar don Santiago Santamaría, el fundador. Se adelantó hacia la tarima que hacía las veces de altar, se quitó el sombrero blanco de paja de iraca, aguadeño, carraspeó y empezó a hablar en segunda persona del plural, algo que todavía se usaba en aquellos días, especialmente en los discursos:
“Jericoanos de esta nueva alianza. Perdonad que un hombre d épocas luces y de pocas palabras os dirija la palabra, pero así lo han querido mi compadre y socio en esta empresa, don Gabriel Echeverri, y los moradores que ya llevan más tiempo en estas lejanías. Doña Quiteria y yo, y todos los habitantes os damos la más cálida bienvenida, no a este pueblo, que apenas existe todavía, sino a este sueño, a esta empresa conjunta por el futuro del suroeste antioqueño”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“En cualquier momento podría volver el instante en que los hombres estuvieran solos con sus manos otra vez, sin técnica, frente a la naturaleza, como en el pasado más remoto. Y que por eso teníamos que defenderla como fuera, siempre como si pudiéramos volver a ser como los indios del Amazonas y como los primeros hombres, nuestro antepasados”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Me dijo que yo, que era la primogénita, tenía que sacrificar a mi primogénito si era necesario, con tal de defender la tierra”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“La Oculta les había dado estudio, trabajo, libertad, independencia, sensación de que tenían un lugar en el mundo de dónde irse y adónde volver, un lugar por el cual vivir y un lugar para morirse”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Él les pedía a sus amigos de izquierda que le ayudaran, que hablaran con los jefes guerrilleros, que les dijeran que Lucas era nieto de un hombre de izquierda, de un revolucionario, pero todos le daban ahora la espalda. Se dedicó a beber y beber sin parar, para poder soportarlo. E insultaba a la guerrilla a los gritos, por la calle, borracho y se insultaba a sí mismo con los mismos epítetos con que los insultaba a ellos”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“A veces las desgracias son así, no se espacian a través de los años, sino que se vienen todas juntas a la vez, como pasa también con las alegrías, una tras otra. La vida está hecha de rachas de alegrías y rachas de tristezas y largos años de calma, sin sobresaltos, que son los mejores”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“A mí me da pesar de la iglesia, si lo pienso bien. Está más vieja y más pasada de moda que yo. Un paquidermo, un animal en vías de extinción. Lo veo cuando voy a misa en Palermo: no vamos sino viejitos y todo parece una pantomima, una representación, si mucho una costumbre, pero a nadie le importa un chorizo lo que dice el cura, nadie cree de verdad que el vino sea sangre, que el pan sea el cuerpo de Cristo, su carne de verdad, que la confesión te salve, que los domingos sin misa sean pecado moral. Yo soy la única que va quedando que todavía cree en todo eso, o que intenta creerlo, porque me falta fe y quisiera tener más. Y quien sabe, la iglesia es una cosa muy vieja, muy rica, muy sólida. La vida da muchas vueltas y a lo mejor su poderío vuelve. O se extingue del todo, eso nadie lo sabe”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Los nacimientos no son esa felicidad fácil que se ve en algunas películas; los nacimientos son una cosa dura, dolorosa, llena de sangre, olores y sudores y peligros. Cien años antes nos habríamos muerto los dos, en ese parto, mi niño y yo. Es más, cien años atrás yo ya me habría muerto como siete veces. Y todavía hay gente que añora el pasado, las maravillas del parto natural y las bendiciones de la vida en armonía con la naturaleza, sin técnica ni ciencia. Imbéciles”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Hay gente que no se casa y entonces siguen siendo como viudos el uno del otro el resto de sus vidas”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Era curioso que el cura y la puta hubieran llegado el mismo día a la aldea y provenientes del mismo pueblo; pero bien pensado y, al menos en esa época, ambos tenían oficios complementarios, pues, como decía un escritor, perseguían el mismo fin: “la iglesia libraba al hombre de su desolación durante unos instantes, y eso mismo lograba la prostitución”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“La gente cree que yo me vine a vivir en Nueva York, hace casi 30 años, porque me gané una beca para seguir estudiando violín. No, yo me vine a vivir en Nueva York para salir de Medellín, para salir de Antioquia, que es un lugar con un encanto tosco, pero real, y al mismo tiempo un sitio asfixiante, clerical, intolerante, racista, homófobo, conservador, o por lo menos lo era hasta la médula cuando yo me vine. Ahora lo sigue siendo, aunque quizá un poco menos; incluso hasta Antioquia ha llegado la noticia de que el mundo cambia. Las montañas lejanas y aisladas producen gente cerrada, reservada, desconfiada, y ese no era el ambiente para vivir en libertad que yo había resuelto permitirme, Quería vivir a mi manera, quería besarme y acostarme con quien yo quisiera, sin el ojo vigilante de la familia, de los amigos, de mi papá y mi mamá, de las hermanas. Ellos, después del susto y el escándalo iniciales, me entendían, o decían que me entendía, pero no podían dejar de ser antioqueños en el peor de los sentidos”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“Por último, les dejaba un consejo que se ha convertido en una especie de consigna de la familia: “recuerden que no son más pero tampoco menos que nadie. Traten de vivir entre iguales; trabajen pero no manden, ni tampoco obedezcan”
Esta misma recomendación, que todavía seguimos en la casa, es la que hace que nos quieran y nos odien. Más que mandar, explicamos, pedimos; y más que obedecer, decidimos si lo que nos piden es razonable, se puede hacer y está bien pedido. Ser desobedientes y poco mandones, en un país de peones y capataces, siempre ha sido algo extraño, atípico, antipático. No nos gusta que otros nos hagan las cosas, pero tampoco hacer las cosas de los otros. Preferimos hacerlo todo con las propias manos, y si necesitamos ayuda, de todas maneras somos los primeros en meter el hombro. Y metemos el hombro por otros, siempre y cuando ellos también trabajen y no se queden mandando y mirando, como si fueran de otra casta o de mejor familia. Eso no lo aguantamos”
Héctor Abad Faciolince, La oculta
“A veces una hijita de hierba se me pega a la planta del pie, mientras desyerbo una mata, o un terrón de tierra se aplasta contra el talón, y yo sé que soy ese rocío, esa hoja de hierba y esta tierra negra. Yo he olido esa tierra, me la he puesto en la nariz para tratar de saber (por el olor) por qué la queremos tanto. Pero no, no huele a nada, huele a tierra como cualquier otra tierra”
Héctor Abad Faciolince, La oculta

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