La hechicera rebelde Quotes
La hechicera rebelde
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D.W. Nichols44 ratings, 3.93 average rating, 8 reviews
La hechicera rebelde Quotes
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“- Podría comerte entera - gruñó mientras besaba un camino de deseo en su piel - . Como si fueras una jugosa fruta. Como un hombre sediento de tu sabor.
Una febril necesidad ardía en su interior. La lujuria nunca había sido así para él, solo con Erinni. Ella era capaz de borrar el dolor de los recuerdos con un solo gemido, acelerarle el corazón con una simple caricia, y estremecer todo su cuerpo con un beso.
(...)
Dayan no pudo hacer otra cosa mas que observarla, mirar las mejillas enrojecidas, y los labios abiertos en un estrangulado jadeo de placer, mientras tiraba de su ropa interior, hasta deshacerse de ella, deslizando por fin los dedos en su miel húmeda y resbaladiza.
- Erinni - Dayan jadeó su nombre mientras levantaba la cabeza del pecho. No podía controlar el deseo que sentía. Su necesidad de tocarla, tenerla, probar la dulce miel era tan perentoria que creyó que se volvería loco.
Plantó un dulce camino de besos a través del pecho y el cuello, hasta llegar de nuevo a los labios.
- Tan suave - gruñó contra sus labios, y después los acarició mientras introducía los dedos en el interior del mojado y terso pliegue entre sus muslos.
Erinni se quedó inmovil con los ojos otra vez abiertos, y lo miraba mientras susurraba su nombre una y otra vez. Los dedos se movian con lentitud por el resbaladizo pliegue hasta rodear poco a poco el hinchado clítoris.
(...)
- Si, Erinni - gimió contra sus labios, aún asombrado por la ternura que ella le demostraba - Tócame, por lo que mas quieras.
La necesidad de sentir sus manos sobre la piel lo asustaba y enardecía a partes iguales. Lo quería todo de ella: su cuerpo, su alma, su corazón. Y en mitad de aquel frenesí, mientras enterraba la polla en el apretado y caliente coño, se imaginó que aquello era lo más cerca que jamás estaría del paraíso.
(...)
Erinni lo miró a la cara, y su rostro era la imagen de la sensualidad, con los ojos oscurecidos por el deseo, hambrientos y embelesados. Pudo ver allí la necesidad y la rápida perdida de control, y le encantó.
(...)
Dayan la miraba, con los ojos prendidos en ella como si se sorprendiera de tenerla allí.”
― La hechicera rebelde
Una febril necesidad ardía en su interior. La lujuria nunca había sido así para él, solo con Erinni. Ella era capaz de borrar el dolor de los recuerdos con un solo gemido, acelerarle el corazón con una simple caricia, y estremecer todo su cuerpo con un beso.
(...)
Dayan no pudo hacer otra cosa mas que observarla, mirar las mejillas enrojecidas, y los labios abiertos en un estrangulado jadeo de placer, mientras tiraba de su ropa interior, hasta deshacerse de ella, deslizando por fin los dedos en su miel húmeda y resbaladiza.
- Erinni - Dayan jadeó su nombre mientras levantaba la cabeza del pecho. No podía controlar el deseo que sentía. Su necesidad de tocarla, tenerla, probar la dulce miel era tan perentoria que creyó que se volvería loco.
Plantó un dulce camino de besos a través del pecho y el cuello, hasta llegar de nuevo a los labios.
- Tan suave - gruñó contra sus labios, y después los acarició mientras introducía los dedos en el interior del mojado y terso pliegue entre sus muslos.
Erinni se quedó inmovil con los ojos otra vez abiertos, y lo miraba mientras susurraba su nombre una y otra vez. Los dedos se movian con lentitud por el resbaladizo pliegue hasta rodear poco a poco el hinchado clítoris.
(...)
- Si, Erinni - gimió contra sus labios, aún asombrado por la ternura que ella le demostraba - Tócame, por lo que mas quieras.
La necesidad de sentir sus manos sobre la piel lo asustaba y enardecía a partes iguales. Lo quería todo de ella: su cuerpo, su alma, su corazón. Y en mitad de aquel frenesí, mientras enterraba la polla en el apretado y caliente coño, se imaginó que aquello era lo más cerca que jamás estaría del paraíso.
(...)
Erinni lo miró a la cara, y su rostro era la imagen de la sensualidad, con los ojos oscurecidos por el deseo, hambrientos y embelesados. Pudo ver allí la necesidad y la rápida perdida de control, y le encantó.
(...)
Dayan la miraba, con los ojos prendidos en ella como si se sorprendiera de tenerla allí.”
― La hechicera rebelde
“Dayan se dejó caer de lado y la atrajo hacia si, acurrucándola entre los brazos. Dejaron pasar varios minutos hasta que sus respiraciones se ralentizaron.
- ¿Siempre es así? - preguntó Erinni mientras le acariciaba el abdomen distraidamente.
- Te aseguro que no - contestó Dayan en un susurro.
(...)
Dayan habia follado con multitud de mujeres. Siempre había sido divertido, y al terminar, se sentía relajado y de buen humor, pero nunca se había sentido como si hubiera llegado a casa.
La miró mientras la acariciaba el brazo con las yemas de los dedos y algo que no pudo identificar se removió en su interior.
- ¿Por qué has vuelto, hechicera?
Ella no contestó inmediatamente. Se removió algo inquieta y le pasó una pierna por encima de las suyas.
- Pensé que ya era hora que supiera lo que se sentía al hacer el amor - confesó con timidez.
- Cuando te cases, a tu marido no le gustará que no seas virgen - gruñó Dayan.
Por qué la idea de ella con otro hombre le revolvió las entrañas, no lo supo, pero allí estaba la sensación de una mano fría agarrándole el corazón como si quisiera partirlo por la mitad. Fue una conmoción al darse cuenta que eran celos de alguien que ni si quiera tenía nombre aún.
- No pienso casarme, - afirmó ella - así que no me preocupa.
El alivio que sintió Dayan al oír sus palabras fue enorme."
(Dayan y Erinni).”
― La hechicera rebelde
- ¿Siempre es así? - preguntó Erinni mientras le acariciaba el abdomen distraidamente.
- Te aseguro que no - contestó Dayan en un susurro.
(...)
Dayan habia follado con multitud de mujeres. Siempre había sido divertido, y al terminar, se sentía relajado y de buen humor, pero nunca se había sentido como si hubiera llegado a casa.
La miró mientras la acariciaba el brazo con las yemas de los dedos y algo que no pudo identificar se removió en su interior.
- ¿Por qué has vuelto, hechicera?
Ella no contestó inmediatamente. Se removió algo inquieta y le pasó una pierna por encima de las suyas.
- Pensé que ya era hora que supiera lo que se sentía al hacer el amor - confesó con timidez.
- Cuando te cases, a tu marido no le gustará que no seas virgen - gruñó Dayan.
Por qué la idea de ella con otro hombre le revolvió las entrañas, no lo supo, pero allí estaba la sensación de una mano fría agarrándole el corazón como si quisiera partirlo por la mitad. Fue una conmoción al darse cuenta que eran celos de alguien que ni si quiera tenía nombre aún.
- No pienso casarme, - afirmó ella - así que no me preocupa.
El alivio que sintió Dayan al oír sus palabras fue enorme."
(Dayan y Erinni).”
― La hechicera rebelde
“Le puso las manos sobre el pecho, y él tensó los músculos de los brazos, cerrando las manos y apretando los puños, mientras apartaba la mirada de ella. Erinni deslizó las manos hacia arriba hasta llegar a sus hombros, y siguió, ahuecándole el rostro entre sus palmas y obligándolo a enfrentar su mirada y sus palabras.
–Me casé contigo porque ya estaba enamorada de ti, y pensé que, aunque fuera una farsa de matrimonio, aunque tú no me amaras, sería una experiencia maravillosa sentir que te pertenecía. Tú me has demostrado que mis miedos eran infundados, y conseguiste que confiara en ti, en cuerpo y alma. –Negó con la cabeza y bajó la mirada mientras sus manos abandonaban el rostro del hombre que amaba, deslizándolas por el pecho hasta la cintura, rodeándola y abrazándose a él, apoyando la frente sobre sus pectorales–. Tenía la esperanza de demostrarte que yo también soy de fiar, que no soy mujer que traicione a las personas que le importan. Y soñaba con que pudieras llegar a amarme, aunque fuese solo un poco.
Poco a poco, la rigidez en los músculos de Dayan fue cediendo, y sus brazos, que había mantenido apartados de ella, la abrazaron.
Su corazón saltaba de alegría, pero su desconfiada mente lo advertía que aquella confesión podía ser una forma de manipularlo.
Al fin ganó el corazón, que acalló los gritos desconfiados, y la apretó con fuerza contra su cuerpo.
La agarró por el culo con sus grandes manos. Su pecho vibraba contra la nariz de Erinni, que aspiró profundamente, inhalando su masculino aroma almizclado. Su polla estaba presionada contra el suave vientre, y odió llevar tanta ropa encima. Quería que estuviera desnudo para poder disfrutar de su musculoso cuerpo, sentirlo piel contra piel, emborracharse de su olor, embriagarse de su presencia, hartarse de su fuerza.
–Mírame –susurró él. Alzó la cabeza para encontrarse con sus extraordinarios e intensos ojos fijos en ella.
Sus miradas permanecieron unidas hasta que Erinni bajó la mirada hacia sus increíbles labios, que poco a poco se separaron. Abrió la boca lentamente, invitándolo a besarla.
Dayan empezó a inclinar la cabeza con lentitud y ella cerró los ojos en el último momento, unos segundos antes que los dulces labios acariciaran los suyos.
Cada vez que la besaba, se sorprendía preguntándose cómo alguien tan fuerte podía ser tan tierno.
Erinni abrió la boca totalmente y sus lenguas se encontraron. Las manos de Dayan subieron para aprisionarle las mejillas y después perderse en su alborotado pelo, aprisionándola, como si temiera que en cualquier momento ella pudiese apartarse.
Fue un beso dulce que rápidamente los abrasó. Él gimió al intensificar el beso, y ella se agarró de los anchos hombros, tirando de él hacia abajo.
Erinni también gimió, animándolo a apretarla aún más contra él hasta que casi no pudo ni respirar. Pero no importaba. La estaba besando y sosteniendo entre los brazos.
(Capítulo 15)”
― La hechicera rebelde
–Me casé contigo porque ya estaba enamorada de ti, y pensé que, aunque fuera una farsa de matrimonio, aunque tú no me amaras, sería una experiencia maravillosa sentir que te pertenecía. Tú me has demostrado que mis miedos eran infundados, y conseguiste que confiara en ti, en cuerpo y alma. –Negó con la cabeza y bajó la mirada mientras sus manos abandonaban el rostro del hombre que amaba, deslizándolas por el pecho hasta la cintura, rodeándola y abrazándose a él, apoyando la frente sobre sus pectorales–. Tenía la esperanza de demostrarte que yo también soy de fiar, que no soy mujer que traicione a las personas que le importan. Y soñaba con que pudieras llegar a amarme, aunque fuese solo un poco.
Poco a poco, la rigidez en los músculos de Dayan fue cediendo, y sus brazos, que había mantenido apartados de ella, la abrazaron.
Su corazón saltaba de alegría, pero su desconfiada mente lo advertía que aquella confesión podía ser una forma de manipularlo.
Al fin ganó el corazón, que acalló los gritos desconfiados, y la apretó con fuerza contra su cuerpo.
La agarró por el culo con sus grandes manos. Su pecho vibraba contra la nariz de Erinni, que aspiró profundamente, inhalando su masculino aroma almizclado. Su polla estaba presionada contra el suave vientre, y odió llevar tanta ropa encima. Quería que estuviera desnudo para poder disfrutar de su musculoso cuerpo, sentirlo piel contra piel, emborracharse de su olor, embriagarse de su presencia, hartarse de su fuerza.
–Mírame –susurró él. Alzó la cabeza para encontrarse con sus extraordinarios e intensos ojos fijos en ella.
Sus miradas permanecieron unidas hasta que Erinni bajó la mirada hacia sus increíbles labios, que poco a poco se separaron. Abrió la boca lentamente, invitándolo a besarla.
Dayan empezó a inclinar la cabeza con lentitud y ella cerró los ojos en el último momento, unos segundos antes que los dulces labios acariciaran los suyos.
Cada vez que la besaba, se sorprendía preguntándose cómo alguien tan fuerte podía ser tan tierno.
Erinni abrió la boca totalmente y sus lenguas se encontraron. Las manos de Dayan subieron para aprisionarle las mejillas y después perderse en su alborotado pelo, aprisionándola, como si temiera que en cualquier momento ella pudiese apartarse.
Fue un beso dulce que rápidamente los abrasó. Él gimió al intensificar el beso, y ella se agarró de los anchos hombros, tirando de él hacia abajo.
Erinni también gimió, animándolo a apretarla aún más contra él hasta que casi no pudo ni respirar. Pero no importaba. La estaba besando y sosteniendo entre los brazos.
(Capítulo 15)”
― La hechicera rebelde
“Las manos de Dayan recorrieron su cuerpo, deteniéndose en las caderas. Le ardía la piel con su contacto, hormigueándole por allí donde sus dedos pasaron. Bebió de su apasionada boca, deseando que aquel momento no terminara jamás. Fundirse, hacerse una con él, buscar un rinconcito en su corazón y construirse allí un hogar, un lugar cálido y acogedor en el que sentirse siempre a salvo.
(...)
Horas después, el amanecer sorprendió a Dayan despierto. Tumbado de lado sobre la cama, reposaba la cabeza sobre una mano y los ojos fijos en el apacible rostro de Erinni, que aún dormía.
Trazó una suave caricia en su mentón con las yemas de los dedos, desde el nacimiento debajo de la oreja hasta la barbilla. No podía dejarla escapar. Ahora se daba cuenta que su vida había estado sumida en la oscuridad hasta que la conoció, y que su aparición la había llenado de luz, haciendo que lo viera todo de forma muy diferente. No sabía qué iba a hacer si ella se empeñaba en apartarse de él cuando pasara el peligro.
Tenía que enamorarla pero, ¿cómo? Llegaría un momento en que el sexo que compartían no sería suficiente para mantenerla a su lado. Erinni era del tipo de mujer que necesitaba mucho más de un hombre, algo que él se esforzaría en darle aunque no sabía si sería capaz.
Su relación con las mujeres se había limitado durante toda su vida a la cama… bueno, al sexo, algo que no implica una cama necesariamente, como ya le había demostrado en varias ocasiones. No sabía relacionarse con ellas de otra manera. Escuchar su interminable parloteo, hacer gala de una sensibilidad que no
poseía, fingir preocupación por cosas que le importaban una mierda para hacerlas felices.. todo eso no iba con él.
La sorpresa llegó cuando se dio cuenta que con Erinni no tenía que esforzarse, porque todo lo que a ella la preocupaba, a él lo afectaba; lo hacía sentir unos remordimientos que habían apagado en su niñez a base de castigos y palizas durante su entrenamiento en el templo, y escucharla hablar, incluso de tonterías que no tenían importancia, lo fascinaba.
Quizá era el sonido de su voz, que lo acariciaba como una pluma; o la energía que desprendía cuando hablaba de las injusticias y de cómo corregirlas; o la mirada tan pícara que brillaba en sus ojos cuando le contaba la multitud de travesuras que había hecho de niña.
Lo cautivaba su voz, incluso cuando le gritaba enfadada.
Se miró las manos, abatido. ¿Qué probabilidades tenía que una mujer como Erinni se enamorara de él? Prácticamente ninguna. Era un guerrero. Con sus manos dañaba, mataba, causaba dolor y muerte. Erinni sanaba con las suyas, se desvivía por eliminar el dolor, tanto de los cuerpos como de las mentes de sus pacientes. No había dos personas más distintas que ellos. Y sin embargo, la amaba con toda su alma, tanto, que era capaz de cualquier cosa por ella...
(Dayan y Erinni)”
― La hechicera rebelde
(...)
Horas después, el amanecer sorprendió a Dayan despierto. Tumbado de lado sobre la cama, reposaba la cabeza sobre una mano y los ojos fijos en el apacible rostro de Erinni, que aún dormía.
Trazó una suave caricia en su mentón con las yemas de los dedos, desde el nacimiento debajo de la oreja hasta la barbilla. No podía dejarla escapar. Ahora se daba cuenta que su vida había estado sumida en la oscuridad hasta que la conoció, y que su aparición la había llenado de luz, haciendo que lo viera todo de forma muy diferente. No sabía qué iba a hacer si ella se empeñaba en apartarse de él cuando pasara el peligro.
Tenía que enamorarla pero, ¿cómo? Llegaría un momento en que el sexo que compartían no sería suficiente para mantenerla a su lado. Erinni era del tipo de mujer que necesitaba mucho más de un hombre, algo que él se esforzaría en darle aunque no sabía si sería capaz.
Su relación con las mujeres se había limitado durante toda su vida a la cama… bueno, al sexo, algo que no implica una cama necesariamente, como ya le había demostrado en varias ocasiones. No sabía relacionarse con ellas de otra manera. Escuchar su interminable parloteo, hacer gala de una sensibilidad que no
poseía, fingir preocupación por cosas que le importaban una mierda para hacerlas felices.. todo eso no iba con él.
La sorpresa llegó cuando se dio cuenta que con Erinni no tenía que esforzarse, porque todo lo que a ella la preocupaba, a él lo afectaba; lo hacía sentir unos remordimientos que habían apagado en su niñez a base de castigos y palizas durante su entrenamiento en el templo, y escucharla hablar, incluso de tonterías que no tenían importancia, lo fascinaba.
Quizá era el sonido de su voz, que lo acariciaba como una pluma; o la energía que desprendía cuando hablaba de las injusticias y de cómo corregirlas; o la mirada tan pícara que brillaba en sus ojos cuando le contaba la multitud de travesuras que había hecho de niña.
Lo cautivaba su voz, incluso cuando le gritaba enfadada.
Se miró las manos, abatido. ¿Qué probabilidades tenía que una mujer como Erinni se enamorara de él? Prácticamente ninguna. Era un guerrero. Con sus manos dañaba, mataba, causaba dolor y muerte. Erinni sanaba con las suyas, se desvivía por eliminar el dolor, tanto de los cuerpos como de las mentes de sus pacientes. No había dos personas más distintas que ellos. Y sin embargo, la amaba con toda su alma, tanto, que era capaz de cualquier cosa por ella...
(Dayan y Erinni)”
― La hechicera rebelde
“Dayan estalló en risas mientras ahuecaba las mejillas de ella con las manos, atrayéndola hacia él hasta poder besarla en la boca.
–Mi dulce hechicera –susurró contra sus labios–. Me gusta que te enfurezcas por mí. No sabes cómo me pone…
Erinni deslizó una de sus manos entre los dos, dejándola resbalar por su abdomen hasta llegar a la ingle y acariciar su polla.
–¿En serio?
–Mmmm… –Suspiró, cerrando los ojos.
–Mi capitán, tú te pones hasta con un parpadeo.
–Sí, si eres tú la que agita las pestañas, hechicera. Mi polla se altera solo con que respires.
(Capítulo 14)”
― La hechicera rebelde
–Mi dulce hechicera –susurró contra sus labios–. Me gusta que te enfurezcas por mí. No sabes cómo me pone…
Erinni deslizó una de sus manos entre los dos, dejándola resbalar por su abdomen hasta llegar a la ingle y acariciar su polla.
–¿En serio?
–Mmmm… –Suspiró, cerrando los ojos.
–Mi capitán, tú te pones hasta con un parpadeo.
–Sí, si eres tú la que agita las pestañas, hechicera. Mi polla se altera solo con que respires.
(Capítulo 14)”
― La hechicera rebelde
“Dayan se reía, y aprovechaba cualquier excusa para acariciarle la mejilla, o enredar uno de sus rizos entre los dedos, pero no hablaba de sí mismo. Erinni sabía que sus recuerdos no eran divertidos, y que estaban llenos de dolor y abusos, pero le hubiera gustado que se decidiera a abrirle su corazón de nuevo, y que compartiera con ella los malos recuerdos. Había descubierto que así se hacían más livianos y menos dolorosos.
(...)
A medida que se iban acercando más y más a Marún, Erinni empezó a hablar menos, y permanecía silenciosa y con aspecto triste, con la mirada perdida enfocada en ninguna parte.
Dayan la comprendía perfectamente: con cada paso que daban se acercaba a su pasado de una forma inexorable, y tendría que enfrentarse a él. El miedo y las dudas eran algo lógico, por eso intentaba consolarla y darle fuerzas y seguridad de la única manera que conocía, haciéndole el amor, adorándola con su cuerpo, y diciéndole sin palabras cuánto la amaba y lo que significaba para él.
(Capítulo trece) (Dayan y Erinni)”
― La hechicera rebelde
(...)
A medida que se iban acercando más y más a Marún, Erinni empezó a hablar menos, y permanecía silenciosa y con aspecto triste, con la mirada perdida enfocada en ninguna parte.
Dayan la comprendía perfectamente: con cada paso que daban se acercaba a su pasado de una forma inexorable, y tendría que enfrentarse a él. El miedo y las dudas eran algo lógico, por eso intentaba consolarla y darle fuerzas y seguridad de la única manera que conocía, haciéndole el amor, adorándola con su cuerpo, y diciéndole sin palabras cuánto la amaba y lo que significaba para él.
(Capítulo trece) (Dayan y Erinni)”
― La hechicera rebelde
“Dayan la amaba. La quería siempre a su lado, para protegerla, cuidarla. Incluso la idea de tener hijos con ella estaba empezando a ser atractiva. Jamás se había permitido el lujo de soñar con una familia; tenía seguro que moriría como había vivido hasta aquel momento: completamente solo. Pero ahora había cambiado de idea. Con Erinni a su lado, cualquier cosa le parecía posible, incluso algo tan disparatado como ser feliz.
(Capítulo 11)”
― La hechicera rebelde
(Capítulo 11)”
― La hechicera rebelde
“Anoche, mientras estaba en los brazos de Erinni, lo comprendió todo. En el fondo seguía siendo aquel chiquillo sucio y desharrapado, enfadado con el mundo por las cartas que le habían tocado en suerte, solo y traicionado, sabiéndose indigno de ser amado e incapaz de amar.
Pero Erinni le había demostrado, con una sola mirada, que estaba completamente equivocado. Durante un instante, en aquellos ojos color chocolate vio brillar un sentimiento puro y límpido, como las aguas recién salidas de un manantial de montaña.
Erinni lo miró con amor, como si él fuese lo mejor que le hubiese pasado en la vida, como si viviera y respirara solo por él, y sintió en las manos que lo acariciaban el amor que tan desesperadamente necesitaba aún sin saberlo.
Lo necesitaba y lo temía.”
― La hechicera rebelde
Pero Erinni le había demostrado, con una sola mirada, que estaba completamente equivocado. Durante un instante, en aquellos ojos color chocolate vio brillar un sentimiento puro y límpido, como las aguas recién salidas de un manantial de montaña.
Erinni lo miró con amor, como si él fuese lo mejor que le hubiese pasado en la vida, como si viviera y respirara solo por él, y sintió en las manos que lo acariciaban el amor que tan desesperadamente necesitaba aún sin saberlo.
Lo necesitaba y lo temía.”
― La hechicera rebelde
“Se levantó y, completamente desnudo, se dirigió hacia el vestidor, una habitación a la que se llegaba después de cruzar una puerta disimulada debajo de un tapiz, y salió de allí con un cepillo del pelo de marfil con adornos dorados. Empezó a cepillarse el pelo delante de ella mientras miraba por el ventanal hacia el día que estaba apuntando.
–Eres un… –masculló Erinni. Dayan se giró y la miró con ojos inocentes.
–¿Qué ocurre?
–Lo sabes perfectamente –farfulló ella, medio enfadada y medio divertida por la sutileza de Dayan a la hora de sobornarla para que se quedara un poco más–. Trae.
Erinni caminó hacia él con la mano extendida, pidiéndole el cepillo. Él se lo ofreció con una pícara sonrisa curvando sus labios, y se sentó en el diván para que ella pudiera peinarlo sin tener que ponerse de puntillas.
–Mi pelo te vuelve loca.
–Entre otras cosas, sí.
Dayan frunció el ceño.
–No sé si sentirme halagado u ofendido.
Erinni se rio, y el sonido musical llenó toda la estancia.
–Siéntete halagado. La mayoría de hombres tienen el pelo hecho un desastre. A las mujeres nos gustan los hombres como tú, varoniles pero aseados, y pasar nuestras manos por un pelo como el tuyo nos excita. Claro que eso ya lo sabes.
–Me gusta que las mujeres que me rodean sean muy felices –contestó a propósito. Quería tantear el terreno, ver hasta qué punto él significaba algo para ella. ¿Se pondría celosa? ¿O por el contrario no le importarían sus devaneos con otras mujeres? La respuesta la tuvo en forma de tirón que casi le arranca un mechón de pelo–. ¡Auch!
–No seas quejica –le espetó Erinni dándole otro tirón. Dayan se giró y le cogió la mano.
–¿Te has propuesto dejarme calvo?
–Tienes el pelo muy enredado –replicó ella haciendo un mohín y entrecerrando los ojos.
Dayan estuvo a punto de echarse a reír. Definitivamente, a ella no le gustaba que hablara de otras mujeres.
–¿Y no puedes ir con más cuidado?
–Mejor cepíllate el pelo tú mismo. No pienso esforzarme en algo para que lo disfrute alguna otra.
Erinni se giró dejando caer el cepillo en el suelo y se propuso marcharse de allí, pero Dayan se lo impidió cogiéndola por la cintura y tirando de ella hasta que la obligó a sentarse sobre sus rodillas.
–¡Suéltame!
Erinni lo empujó poniendo las manos en su pecho, pero él la apretó por la cintura y la atrajo más hacia él.
–No pienso hacerlo, cariño.
–No me llames así.
–Erinni…
–No.
Dayan soltó una risita divertida mientras la obligaba a mirarlo.
–Cariño, ninguna otra mujer recibirá mis atenciones mientras tú y yo estemos juntos. Te lo prometo.
Erinni se quedó muda por el asombro. No se esperaba algo así.
–¿Por qué? –musitó.
–Porque tú no eres una esclava con la que… desahogar una necesidad. –Le pasó el dedo por el mentón, acariciándola–. Tú eres mi hechicera."
(Dayan y Erinni. Capítulo 7, parte D. Final del capítulo.)”
― La hechicera rebelde
–Eres un… –masculló Erinni. Dayan se giró y la miró con ojos inocentes.
–¿Qué ocurre?
–Lo sabes perfectamente –farfulló ella, medio enfadada y medio divertida por la sutileza de Dayan a la hora de sobornarla para que se quedara un poco más–. Trae.
Erinni caminó hacia él con la mano extendida, pidiéndole el cepillo. Él se lo ofreció con una pícara sonrisa curvando sus labios, y se sentó en el diván para que ella pudiera peinarlo sin tener que ponerse de puntillas.
–Mi pelo te vuelve loca.
–Entre otras cosas, sí.
Dayan frunció el ceño.
–No sé si sentirme halagado u ofendido.
Erinni se rio, y el sonido musical llenó toda la estancia.
–Siéntete halagado. La mayoría de hombres tienen el pelo hecho un desastre. A las mujeres nos gustan los hombres como tú, varoniles pero aseados, y pasar nuestras manos por un pelo como el tuyo nos excita. Claro que eso ya lo sabes.
–Me gusta que las mujeres que me rodean sean muy felices –contestó a propósito. Quería tantear el terreno, ver hasta qué punto él significaba algo para ella. ¿Se pondría celosa? ¿O por el contrario no le importarían sus devaneos con otras mujeres? La respuesta la tuvo en forma de tirón que casi le arranca un mechón de pelo–. ¡Auch!
–No seas quejica –le espetó Erinni dándole otro tirón. Dayan se giró y le cogió la mano.
–¿Te has propuesto dejarme calvo?
–Tienes el pelo muy enredado –replicó ella haciendo un mohín y entrecerrando los ojos.
Dayan estuvo a punto de echarse a reír. Definitivamente, a ella no le gustaba que hablara de otras mujeres.
–¿Y no puedes ir con más cuidado?
–Mejor cepíllate el pelo tú mismo. No pienso esforzarme en algo para que lo disfrute alguna otra.
Erinni se giró dejando caer el cepillo en el suelo y se propuso marcharse de allí, pero Dayan se lo impidió cogiéndola por la cintura y tirando de ella hasta que la obligó a sentarse sobre sus rodillas.
–¡Suéltame!
Erinni lo empujó poniendo las manos en su pecho, pero él la apretó por la cintura y la atrajo más hacia él.
–No pienso hacerlo, cariño.
–No me llames así.
–Erinni…
–No.
Dayan soltó una risita divertida mientras la obligaba a mirarlo.
–Cariño, ninguna otra mujer recibirá mis atenciones mientras tú y yo estemos juntos. Te lo prometo.
Erinni se quedó muda por el asombro. No se esperaba algo así.
–¿Por qué? –musitó.
–Porque tú no eres una esclava con la que… desahogar una necesidad. –Le pasó el dedo por el mentón, acariciándola–. Tú eres mi hechicera."
(Dayan y Erinni. Capítulo 7, parte D. Final del capítulo.)”
― La hechicera rebelde
“Oírla gritar su nombre le hizo perder totalmente el control. El calor que lo envolvía le hizo entrar en combustión, inflamándose como aceite en una lámpara. Le hormigueaba la espalda y los testículos los tenía tan tensos que parecían a punto de estallar. Erinni lo mantenía preso con su sexo mientras le cubría el rostro con besos desesperados, y le rodeaba el cuello con los brazos.
Dayan se aferró a ella cuando la llenó tan profundamente como le fue posible.
Por un instante, imaginó a Erinni a su lado en la cama todas las noches, en su casa, con su hijo creciendo en el vientre. Aquel pensamiento destrozó su control y el orgasmo se apoderó de él. Con aquella imagen en su mente, su cuerpo se quebró e inundó con su semen el útero de Erinni.
Después del último estremecimiento recuperó la razón. Aquella era una fantasía ridícula por múltiples razones. La primera de las cuales era que él no se fiaba de ninguna mujer, ni siquiera de Erinni.
Ella se dejó caer sobre él y, aunque no debiera, disfrutó de sentir los latidos de su corazón, y el cuerpo saciado y relajado de la sanadora. Le pasó la mano por la húmeda espalda, tranquilizándola con la caricia.
–¿Estás bien, cariño?
Ella asintió con la cabeza y rodó sobre la cama para sentarse en el borde. Parecía confundida y algo asustada.
–¿Te levantas ya?
–Tengo cosas que hacer. Está a punto de amanecer, y he de lavarme y prepararme. Hoy tengo que examinar a las esclavas del harén del gobernador.
–Puedo hablar con el cirujano y hacer que alguien te sustituya.
–¡No! –Se giró para mirarlo con ojos enfurecidos–. ¡Ni se te ocurra interferir en mi trabajo, Dayan!
–Sólo era una sugerencia –exclamó él levantando las manos en señal de rendición. No quería discutir. Se dio de bofetadas. No hacía más que meter la pata con esta mujer. ¿Por qué era tan difícil y diferente a las demás? Porque era una mujer acostumbrada a tomar sus propias decisiones–. Espera.
Ella se giró cuando intentaba levantarse, y él se tiró sobre la cama, agarrándola por la cintura con un brazo, tirando de ella y aprisionándola entre la cama y su cuerpo.
–Lo siento –susurró sobre sus labios–. No era mi intención ofenderte.
Ella hizo un mohín que enmascaró una sonrisa. Dayan le gustaba cada vez más. Sí, era el típico hombre que creía que debía dirigir la vida de una mujer, pero aceptaba sus errores cuando los cometía, pedía disculpas e intentaba arreglarlo. Era mucho más de lo que hacían la mayoría de hombres.
–Es mi trabajo, Dayan. Mi responsabilidad.
–Lo sé. Pero me gustaría poder… –Dayan se calló a tiempo. No quería cuidar de ella. Eso era una estupidez–. Me gustaría tenerte en mi cama un poco más, eso es todo.
–Me tendrás esta noche –suspiró–. Ahora tengo que irme.
–De acuerdo.
Le dio un rápido beso en los labios y se apartó de ella de un salto, dejándola libre. Parecía un chiquillo travieso, feliz porque le habían prometido un postre bien dulce.
(Dayan y Erinni. Capítulo 7, parte C.)”
― La hechicera rebelde
Dayan se aferró a ella cuando la llenó tan profundamente como le fue posible.
Por un instante, imaginó a Erinni a su lado en la cama todas las noches, en su casa, con su hijo creciendo en el vientre. Aquel pensamiento destrozó su control y el orgasmo se apoderó de él. Con aquella imagen en su mente, su cuerpo se quebró e inundó con su semen el útero de Erinni.
Después del último estremecimiento recuperó la razón. Aquella era una fantasía ridícula por múltiples razones. La primera de las cuales era que él no se fiaba de ninguna mujer, ni siquiera de Erinni.
Ella se dejó caer sobre él y, aunque no debiera, disfrutó de sentir los latidos de su corazón, y el cuerpo saciado y relajado de la sanadora. Le pasó la mano por la húmeda espalda, tranquilizándola con la caricia.
–¿Estás bien, cariño?
Ella asintió con la cabeza y rodó sobre la cama para sentarse en el borde. Parecía confundida y algo asustada.
–¿Te levantas ya?
–Tengo cosas que hacer. Está a punto de amanecer, y he de lavarme y prepararme. Hoy tengo que examinar a las esclavas del harén del gobernador.
–Puedo hablar con el cirujano y hacer que alguien te sustituya.
–¡No! –Se giró para mirarlo con ojos enfurecidos–. ¡Ni se te ocurra interferir en mi trabajo, Dayan!
–Sólo era una sugerencia –exclamó él levantando las manos en señal de rendición. No quería discutir. Se dio de bofetadas. No hacía más que meter la pata con esta mujer. ¿Por qué era tan difícil y diferente a las demás? Porque era una mujer acostumbrada a tomar sus propias decisiones–. Espera.
Ella se giró cuando intentaba levantarse, y él se tiró sobre la cama, agarrándola por la cintura con un brazo, tirando de ella y aprisionándola entre la cama y su cuerpo.
–Lo siento –susurró sobre sus labios–. No era mi intención ofenderte.
Ella hizo un mohín que enmascaró una sonrisa. Dayan le gustaba cada vez más. Sí, era el típico hombre que creía que debía dirigir la vida de una mujer, pero aceptaba sus errores cuando los cometía, pedía disculpas e intentaba arreglarlo. Era mucho más de lo que hacían la mayoría de hombres.
–Es mi trabajo, Dayan. Mi responsabilidad.
–Lo sé. Pero me gustaría poder… –Dayan se calló a tiempo. No quería cuidar de ella. Eso era una estupidez–. Me gustaría tenerte en mi cama un poco más, eso es todo.
–Me tendrás esta noche –suspiró–. Ahora tengo que irme.
–De acuerdo.
Le dio un rápido beso en los labios y se apartó de ella de un salto, dejándola libre. Parecía un chiquillo travieso, feliz porque le habían prometido un postre bien dulce.
(Dayan y Erinni. Capítulo 7, parte C.)”
― La hechicera rebelde
“–¡Dayan!
No se molestó en contestar mientras la acomodaba hasta sentarla sobre su boca. El aroma de su esencia lo rodeó, aumentando su necesidad de probarla. La sangre le hirvió en las venas cuando la sujetó por las caderas y levantó la cabeza, deslizando la lengua por los empapados pliegues de su sexo, buscando el clítoris.
Cuando lo succionó entre los labios ella dejó ir un agudo gemido, y tuvo que agarrarse del cabecero de la cama para no caerse. Dayan sonrió y pasó la lengua otra vez por el nudo de terminaciones nerviosas.
–¡Oh, dioses! ¡Dayan! ¡Yo no..! –jadeó–. ¡Sí! ¡Oh, sí!
Le rozó el clítoris con los dientes con suavidad y ella alcanzó el éxtasis al instante.
Erinni gritó de placer y fue el sonido más maravilloso que Dayan hubiera oído nunca. La liberación de la sanadora provocó en él una satisfacción completamente diferente a cualquiera que hubiera experimentado antes. Siempre le había gustado dejar bien satisfechas a sus mujeres, pero ahora era tan gratificante como frustrante. Increíble pero insuficiente.
Dayan saboreó los jugos que brotaban del cuerpo de Erinni. Manteniéndola inmóvil con una mano, deslizó la otra por el interior del muslo hasta introducir dos dedos en su vagina. El calor de Erinni lo rodeó de inmediato, con los músculos internos palpitando aún por el clímax. Unos segundos después, encontró aquel suave y sensible lugar que dicen las malas lenguas que no existe, y lo frotó sin misericordia mientras buscaba de nuevo el clítoris con la boca.
Erinni se quedó sin respiración, apretó los dedos aún más fuerte en el cabecero, y se arqueó intentando atenuar las increíbles sensaciones que la abrumaban, comenzando a jadear y gemir.
–¡Dayan! Oh, Dayan… por favor… es demasiado… yo no… ¡Ooooh!
Quería proporcionarle el tipo de placer que la devastaría y la arruinaría para cualquier otro hombre que no fuera él.
Capturó el clítoris con la lengua y lo hizo rodar de un lado hacia otro. Ella tenía los músculos tensos y cerró los puños en el cabecero, inmersa en el frenesí mientras sus pliegues se hinchaban más y más. Dayan apartó la boca un momento para mirarle el sexo; la carne palpitaba con un inflamado color carmesí que suplicaba satisfacción.
Erinni inspiró durante el momento de tregua, hasta que aquella estremecedora sensación la rodeó, exigiendo su liberación. Gritó.
–¡Dayan!
–¿Quieres que pare?
–¡No!
Sonriendo ampliamente, volvió a succionar el clítoris con los labios. La estimuló con dientes y lengua, hasta que el cuerpo de Erinni se tensó por completo y comenzó a correrse de una manera salvaje mientras gritaba.
Lleno de satisfacción masculina, no le dio respiro y la deslizó sobre su cuerpo hasta las caderas. Le separó las piernas con la rodilla y se sujetó la anhelante polla con la mano.
Penetrarla fue fácil. Estaba tan lubricada que no encontró ningún impedimento. La fricción de su carne le hizo soltar un gemido desgarrador. Cuando Erinni le tiró del pelo, Dayan tensó la mandíbula y apretó los dientes para controlarse y no explotar. Alejar aquella frenética sensación fue aún más difícil cuando ella empezó a contonearse encima de él. El placer le hizo hervir la sangre. La deseaba de una forma aterradora, insaciable, abrumadora. Quería que Erinni volviera a correrse otra vez.
Comenzó a embestirla, con dureza y con profundidad, enterrándose completamente, ardiendo, sintiendo que su polla latía de dolor. Un empuje tras otro, cada vez más duro y rápido, intenso e increíble. Contenerse se hizo imposible cuando ella palpitó alrededor de su miembro mientras jadeaba y gemía.
–¡Sí! ¡Sí! ¡Dayan, dioses!
(Dayan y Erinni. Capítulo 7, parte B.)”
― La hechicera rebelde
No se molestó en contestar mientras la acomodaba hasta sentarla sobre su boca. El aroma de su esencia lo rodeó, aumentando su necesidad de probarla. La sangre le hirvió en las venas cuando la sujetó por las caderas y levantó la cabeza, deslizando la lengua por los empapados pliegues de su sexo, buscando el clítoris.
Cuando lo succionó entre los labios ella dejó ir un agudo gemido, y tuvo que agarrarse del cabecero de la cama para no caerse. Dayan sonrió y pasó la lengua otra vez por el nudo de terminaciones nerviosas.
–¡Oh, dioses! ¡Dayan! ¡Yo no..! –jadeó–. ¡Sí! ¡Oh, sí!
Le rozó el clítoris con los dientes con suavidad y ella alcanzó el éxtasis al instante.
Erinni gritó de placer y fue el sonido más maravilloso que Dayan hubiera oído nunca. La liberación de la sanadora provocó en él una satisfacción completamente diferente a cualquiera que hubiera experimentado antes. Siempre le había gustado dejar bien satisfechas a sus mujeres, pero ahora era tan gratificante como frustrante. Increíble pero insuficiente.
Dayan saboreó los jugos que brotaban del cuerpo de Erinni. Manteniéndola inmóvil con una mano, deslizó la otra por el interior del muslo hasta introducir dos dedos en su vagina. El calor de Erinni lo rodeó de inmediato, con los músculos internos palpitando aún por el clímax. Unos segundos después, encontró aquel suave y sensible lugar que dicen las malas lenguas que no existe, y lo frotó sin misericordia mientras buscaba de nuevo el clítoris con la boca.
Erinni se quedó sin respiración, apretó los dedos aún más fuerte en el cabecero, y se arqueó intentando atenuar las increíbles sensaciones que la abrumaban, comenzando a jadear y gemir.
–¡Dayan! Oh, Dayan… por favor… es demasiado… yo no… ¡Ooooh!
Quería proporcionarle el tipo de placer que la devastaría y la arruinaría para cualquier otro hombre que no fuera él.
Capturó el clítoris con la lengua y lo hizo rodar de un lado hacia otro. Ella tenía los músculos tensos y cerró los puños en el cabecero, inmersa en el frenesí mientras sus pliegues se hinchaban más y más. Dayan apartó la boca un momento para mirarle el sexo; la carne palpitaba con un inflamado color carmesí que suplicaba satisfacción.
Erinni inspiró durante el momento de tregua, hasta que aquella estremecedora sensación la rodeó, exigiendo su liberación. Gritó.
–¡Dayan!
–¿Quieres que pare?
–¡No!
Sonriendo ampliamente, volvió a succionar el clítoris con los labios. La estimuló con dientes y lengua, hasta que el cuerpo de Erinni se tensó por completo y comenzó a correrse de una manera salvaje mientras gritaba.
Lleno de satisfacción masculina, no le dio respiro y la deslizó sobre su cuerpo hasta las caderas. Le separó las piernas con la rodilla y se sujetó la anhelante polla con la mano.
Penetrarla fue fácil. Estaba tan lubricada que no encontró ningún impedimento. La fricción de su carne le hizo soltar un gemido desgarrador. Cuando Erinni le tiró del pelo, Dayan tensó la mandíbula y apretó los dientes para controlarse y no explotar. Alejar aquella frenética sensación fue aún más difícil cuando ella empezó a contonearse encima de él. El placer le hizo hervir la sangre. La deseaba de una forma aterradora, insaciable, abrumadora. Quería que Erinni volviera a correrse otra vez.
Comenzó a embestirla, con dureza y con profundidad, enterrándose completamente, ardiendo, sintiendo que su polla latía de dolor. Un empuje tras otro, cada vez más duro y rápido, intenso e increíble. Contenerse se hizo imposible cuando ella palpitó alrededor de su miembro mientras jadeaba y gemía.
–¡Sí! ¡Sí! ¡Dayan, dioses!
(Dayan y Erinni. Capítulo 7, parte B.)”
― La hechicera rebelde
“Dayan se despertó sintiendo un cuerpo blando y delicioso pegado a su costado.
Erinni.
Ella le deslizaba los labios por el cuello y susurró su nombre. Dayan se estremeció. ¿Qué le hacía esta mujer? Cuando estaba con ella perdía el norte. O todavía peor, el corazón.
Erinni se puso de rodillas a su lado, apartó la sábana que lo cubría y se colocó encima de él, dejando un camino de besos sobre su pecho. Cuando le deslizó una mano por el abdomen y le rodeó la polla con los dedos, él soltó un grito.
–¡Oh! ¡Lo siento! –exclamó ella apartándose rápidamente, pero él la alcanzó y la devolvió al lugar en el que estaba.
–Me has sorprendido, eso es todo.
–Creí que te había hecho daño.
–¿Daño? –La risa reverberó en su pecho–. No, me estaba gustando mucho. Sigue.
Ella volvió a rodear la polla con la mano y pasó el pulgar por el glande. Erinni le estaba dando un nuevo significado a la palabra “placer”. Estaba seguro que cada gota de sangre de su cuerpo se estaba acumulando entre sus piernas. La presión era violenta, y cada roce depositaba otra sensación más sobre las que ya tenía. Entonces ella se deslizó hacia abajo.
Dayan le enredó los dedos en el pelo y la guio hacia su pene. Con el primer contacto de su boca el deseo se descontroló y apretó los dientes.
Levantó la cabeza porque tenía que mirarla, no podía perderse ni un momento mientras sentía su boca sobre él. Ella pestañeó, y sus calientes ojos lo golpearon directamente en el corazón. Aquella dulce boca abierta para él, con unos labios golosos perfectos para introducir su polla. La vio sacar la lengua para lamerlo como si fuera un caramelo. Ella gimió, y él perdió la razón.
–Chúpamela –le ordenó–. Métela en la boca y chúpala.
Erinni se limitó a arquear una ceja y a lamerle los testículos, deslizando el pulgar de arriba hacia abajo por toda la dura longitud.
–No me gusta que me den órdenes.
Dayan le dio un suave tirón en el pelo. Erinni se estaba burlando de él y eso era una mala idea. Se tensó y apretó la mandíbula mientras intentaba dominarse, pero ella deslizó la lengua una vez más y le rozó el sensible glande con los dientes. Gimió de placer. Jamás había sentido un deseo tan doloroso y al mismo tiempo tan… ¿perfecto?
Se agarró la polla y la guio hacia la boca de Erinni.
–Chúpamela ahora mismo –ordenó con voz tensa. No estaba bien, pero ya le pediría perdón después. Ahora mismo necesitaba sentir la húmeda y ardiente boca calentando su polla.
En el momento en que ella enroscó la lengua allí, Dayan contuvo el aliento. El deseo lo consumió mientras Erinni movía la cabeza.
Lo introdujo hasta el fondo de la garganta antes de empezar a chupar con fuerza. Dayan casi perdió la razón. Después ella le lamió el glande y le clavó las uñas en los muslos. El deseo creció con rapidez y lo llevó hasta los límites de su control.
Dayan comenzó a jadear. Le tiró del pelo intentando detenerla. Las sensaciones ardientes y abrasadoras iban en su contra. Por todos los dioses, no iba a durar mucho tiempo.
Pero se negó a correrse en su boca. Lo haría en su coño porque aquél se había convertido en su lugar favorito. A pesar de lo mucho que le gustaba su boca, necesitaba estar dentro de su parte más íntima, haciéndola llegar al orgasmo una y otra vez antes de dejarse llevar también por la locura.
Pero primero tenía que emborracharse con su sabor, sentir su jugosa miel en los labios y la lengua.
La apartó de su polla y ella gimió de frustración. La sorprendió cuando la rodeó con los brazos y la alzó sobre su propio cuerpo, colocando los muslos de Erinni a ambos lados de su cabeza.
(Dayan y Erinni. Capítulo 7, parte A.)”
― La hechicera rebelde
Erinni.
Ella le deslizaba los labios por el cuello y susurró su nombre. Dayan se estremeció. ¿Qué le hacía esta mujer? Cuando estaba con ella perdía el norte. O todavía peor, el corazón.
Erinni se puso de rodillas a su lado, apartó la sábana que lo cubría y se colocó encima de él, dejando un camino de besos sobre su pecho. Cuando le deslizó una mano por el abdomen y le rodeó la polla con los dedos, él soltó un grito.
–¡Oh! ¡Lo siento! –exclamó ella apartándose rápidamente, pero él la alcanzó y la devolvió al lugar en el que estaba.
–Me has sorprendido, eso es todo.
–Creí que te había hecho daño.
–¿Daño? –La risa reverberó en su pecho–. No, me estaba gustando mucho. Sigue.
Ella volvió a rodear la polla con la mano y pasó el pulgar por el glande. Erinni le estaba dando un nuevo significado a la palabra “placer”. Estaba seguro que cada gota de sangre de su cuerpo se estaba acumulando entre sus piernas. La presión era violenta, y cada roce depositaba otra sensación más sobre las que ya tenía. Entonces ella se deslizó hacia abajo.
Dayan le enredó los dedos en el pelo y la guio hacia su pene. Con el primer contacto de su boca el deseo se descontroló y apretó los dientes.
Levantó la cabeza porque tenía que mirarla, no podía perderse ni un momento mientras sentía su boca sobre él. Ella pestañeó, y sus calientes ojos lo golpearon directamente en el corazón. Aquella dulce boca abierta para él, con unos labios golosos perfectos para introducir su polla. La vio sacar la lengua para lamerlo como si fuera un caramelo. Ella gimió, y él perdió la razón.
–Chúpamela –le ordenó–. Métela en la boca y chúpala.
Erinni se limitó a arquear una ceja y a lamerle los testículos, deslizando el pulgar de arriba hacia abajo por toda la dura longitud.
–No me gusta que me den órdenes.
Dayan le dio un suave tirón en el pelo. Erinni se estaba burlando de él y eso era una mala idea. Se tensó y apretó la mandíbula mientras intentaba dominarse, pero ella deslizó la lengua una vez más y le rozó el sensible glande con los dientes. Gimió de placer. Jamás había sentido un deseo tan doloroso y al mismo tiempo tan… ¿perfecto?
Se agarró la polla y la guio hacia la boca de Erinni.
–Chúpamela ahora mismo –ordenó con voz tensa. No estaba bien, pero ya le pediría perdón después. Ahora mismo necesitaba sentir la húmeda y ardiente boca calentando su polla.
En el momento en que ella enroscó la lengua allí, Dayan contuvo el aliento. El deseo lo consumió mientras Erinni movía la cabeza.
Lo introdujo hasta el fondo de la garganta antes de empezar a chupar con fuerza. Dayan casi perdió la razón. Después ella le lamió el glande y le clavó las uñas en los muslos. El deseo creció con rapidez y lo llevó hasta los límites de su control.
Dayan comenzó a jadear. Le tiró del pelo intentando detenerla. Las sensaciones ardientes y abrasadoras iban en su contra. Por todos los dioses, no iba a durar mucho tiempo.
Pero se negó a correrse en su boca. Lo haría en su coño porque aquél se había convertido en su lugar favorito. A pesar de lo mucho que le gustaba su boca, necesitaba estar dentro de su parte más íntima, haciéndola llegar al orgasmo una y otra vez antes de dejarse llevar también por la locura.
Pero primero tenía que emborracharse con su sabor, sentir su jugosa miel en los labios y la lengua.
La apartó de su polla y ella gimió de frustración. La sorprendió cuando la rodeó con los brazos y la alzó sobre su propio cuerpo, colocando los muslos de Erinni a ambos lados de su cabeza.
(Dayan y Erinni. Capítulo 7, parte A.)”
― La hechicera rebelde
“Dayan también gritó cuando llegó a su clímax y movió las caderas con violencia, estrellándose una y otra vez contra ella mientras se corría en su interior.
Se dejó caer a un lado y la atrajo hacia sí, envolviéndola en sus brazos. Ella se acurrucó totalmente saciada, y se quedó dormida casi inmediatamente sin poder evitarlo. El sexo y el agotamiento acumulado durante el día le habían pasado factura.
Dayan se quedó un buen rato abrazándola y mirando al techo, pensando. Estaba emocionalmente exhausto. Los recuerdos evocados, la conciencia y los remordimientos despertados y, sobre todo, el hecho de aceptar la verdad de sus sentimientos, habían acabado con sus energías.
Estaba irremediablemente enamorado de la sanadora. Eso era lo único que explicaba que él hubiese hablado abiertamente sobre su doloroso pasado sin guardarse nada.
Y ahora, por primera vez en su vida, estaba verdaderamente aterrorizado."
(Dayan e Erinni) ♥”
― La hechicera rebelde
Se dejó caer a un lado y la atrajo hacia sí, envolviéndola en sus brazos. Ella se acurrucó totalmente saciada, y se quedó dormida casi inmediatamente sin poder evitarlo. El sexo y el agotamiento acumulado durante el día le habían pasado factura.
Dayan se quedó un buen rato abrazándola y mirando al techo, pensando. Estaba emocionalmente exhausto. Los recuerdos evocados, la conciencia y los remordimientos despertados y, sobre todo, el hecho de aceptar la verdad de sus sentimientos, habían acabado con sus energías.
Estaba irremediablemente enamorado de la sanadora. Eso era lo único que explicaba que él hubiese hablado abiertamente sobre su doloroso pasado sin guardarse nada.
Y ahora, por primera vez en su vida, estaba verdaderamente aterrorizado."
(Dayan e Erinni) ♥”
― La hechicera rebelde
“Dayan la miró y se sintió muy pequeño al lado de aquella mujer que tenía una fuerza extraordinaria, que era capaz de preocuparse así por los menos favorecidos. No pudo sino pensar que sería una madre maravillosa que protegería a sus hijos con una fiereza proporcional a la pasión que demostraba ahora. Y sintió una puñalada en el corazón cuando se dio cuenta que él no sería el padre de sus hijos."
(Dayan y Erinni).”
― La hechicera rebelde
(Dayan y Erinni).”
― La hechicera rebelde
“Dayan la miró y se sintió muy pequeño al lado de aquella mujer que tenía una fuerza extraordinaria, que era capaz de preocuparse así por los menos favorecidos. No pudo sino pensar que sería una madre maravillosa que protegería a sus hijos con una fiereza proporcional a la pasión que demostraba ahora. Y sintió una puñalada en el corazón cuando cuando se dio cuenta que él no sería el padre de sus hijos."
(Dayan y Erinni).”
― La hechicera rebelde
(Dayan y Erinni).”
― La hechicera rebelde
“Y de repente, Dayan necesitó sentir el contacto con sus labios, el roce de su piel, el calor de sus manos. Lo necesitó con tanta urgencia que creyó que moriría si no lo conseguía.
Perdió la cabeza y la besó. Tan fantástico como fue el beso, fue igual de estúpido.
Se le escapó una risita cansada. Tenía una erección de caballo y la mujer que la había provocado había salido huyendo de él como si fuese el rey del infierno. "
(Dayan y Erienne).”
― La hechicera rebelde
Perdió la cabeza y la besó. Tan fantástico como fue el beso, fue igual de estúpido.
Se le escapó una risita cansada. Tenía una erección de caballo y la mujer que la había provocado había salido huyendo de él como si fuese el rey del infierno. "
(Dayan y Erienne).”
― La hechicera rebelde
