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Lirema Quotes
Lirema
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Óscar Molina V.5 ratings, 4.80 average rating, 1 review
Lirema Quotes
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“Parecía un sol vencido.
En la pared, frente a nosotros, solo estaba ese cuadro opaco. Un cazador, con el rifle erecto, posaba la pierna sobre el lomo dócil de ese león que ahí, a sus pies, parecía un sol muerto. Quise decírtelo, Énver, pero no lo hice. A ti no te gustaba que dijera cosas así.
Pero tú mismo, quizá sin preverlo, me habías enseñado la delicadeza. Si hallábamos un nido, decías: «Cuídalo: esa es una casa». Si encontrábamos un panal de abejas, decías: «Aprende: ahí está la constancia». Si en la playa dábamos con un pez boqueando, decías: «Haz silencio: honra la agonía». Fuiste tú, Énver, quien me enseñó a tocar las estrellas de mar perdidas en la arena, y me heredó el entusiasmo de coleccionar conchas, corales y caracoles deslumbrantes.
Yo, a veces, tenía miedo de tocar esas vidas.”
― Lirema
En la pared, frente a nosotros, solo estaba ese cuadro opaco. Un cazador, con el rifle erecto, posaba la pierna sobre el lomo dócil de ese león que ahí, a sus pies, parecía un sol muerto. Quise decírtelo, Énver, pero no lo hice. A ti no te gustaba que dijera cosas así.
Pero tú mismo, quizá sin preverlo, me habías enseñado la delicadeza. Si hallábamos un nido, decías: «Cuídalo: esa es una casa». Si encontrábamos un panal de abejas, decías: «Aprende: ahí está la constancia». Si en la playa dábamos con un pez boqueando, decías: «Haz silencio: honra la agonía». Fuiste tú, Énver, quien me enseñó a tocar las estrellas de mar perdidas en la arena, y me heredó el entusiasmo de coleccionar conchas, corales y caracoles deslumbrantes.
Yo, a veces, tenía miedo de tocar esas vidas.”
― Lirema
“No es labor de este nuevo viento en que navegan impulsarlas hacia un destino, y sin embargo…
La mosca y la libélula se posan, al fin, en un lirio. La mosca: en el filo de esa lengua nívea, retorcida. La libélula: en la punta amarilla, excitada, del estilo. Las cuatro alas divinas de la libélula empiezan a batirsebatirsebatirbatirsebatirse hasta empujar a la mosca, con su corriente, al fondo de esa suave catedral blanca. Ahí, sexuales y gloriosas, la mosca y la libélula copulan:
La cola fina, arqueada como garfio, penetra el abdomen gota de agua. Los pelos de las patas peludas se erizan, se enredan entre ellos.
Los milojos se blanquean, devoran la claridad.
Los zumbidos, irrefrenables, se acompasan en su estridencia de murmullos.
En el corazón carcomido del lirio se retorcerán, siete días después, un centenar de larvas azules. Las larvas esponjosas de los arfos. Aún quedan años para saber cuántas alas tienen, cuántos huevos ponen, dónde, y si prefieren la podredumbre por sobre la profundidad. Para su fortuna, la de su especie, los arfos aún son invisibles para los pocos ojos humanos que aún sobreviven. Que todavía se aferran a su último romance con la vida.”
― Lirema
La mosca y la libélula se posan, al fin, en un lirio. La mosca: en el filo de esa lengua nívea, retorcida. La libélula: en la punta amarilla, excitada, del estilo. Las cuatro alas divinas de la libélula empiezan a batirsebatirsebatirbatirsebatirse hasta empujar a la mosca, con su corriente, al fondo de esa suave catedral blanca. Ahí, sexuales y gloriosas, la mosca y la libélula copulan:
La cola fina, arqueada como garfio, penetra el abdomen gota de agua. Los pelos de las patas peludas se erizan, se enredan entre ellos.
Los milojos se blanquean, devoran la claridad.
Los zumbidos, irrefrenables, se acompasan en su estridencia de murmullos.
En el corazón carcomido del lirio se retorcerán, siete días después, un centenar de larvas azules. Las larvas esponjosas de los arfos. Aún quedan años para saber cuántas alas tienen, cuántos huevos ponen, dónde, y si prefieren la podredumbre por sobre la profundidad. Para su fortuna, la de su especie, los arfos aún son invisibles para los pocos ojos humanos que aún sobreviven. Que todavía se aferran a su último romance con la vida.”
― Lirema
“Atraídos por el bullicio y el olor a indefensión, niños y niñas uniformados van sellando de nuevo el muro del gentío. Una vez a tu alrededor, el pelotón se encuadra y empieza a preparar su arsenal. Las manos que reconoces abren los bolsillos de las mochilas y rebuscan bolígrafos. Sacan cuadernos y les arrancan las hojas sin pudor. Luego cortan papelitos, los redondean con las yemas de los dedos y, antes de cargarlos en el pecho transparente del bolígrafo, los chupan, los empapan con saliva, con sus flemas. La primera munición da la orden de ataque: todos apuntan hacia ti, hacia tu cuerpo.
Henchidos de adrenalina, los infantes comienzan a fusilar.
Las balas mojadas se sienten como cabezas de fósforos vivos sobre tu pelaje. El chico de la camiseta de vampiro se retira asqueado y te deja solo. Impávido, todo tu cuerpo, tus orejas, tu lomo, tu cola, resiste estoico esa tormenta sucia. Tus párpados se aprietan rígidos como mandíbulas. Tus muelas se liman a sí mismas. El tiempo es testigo, pasa y no cura nada. Cuando te atreves a abrir los ojos de nuevo, después de un tiempo descomunal, encuentras frente a ti una pared cuarteada, la esquina verduga del aula. A tus espaldas, tus compañeros siguen con el tiroteo.
Te gritan: «Burro, burrote, orejas de burro».”
― Lirema
Henchidos de adrenalina, los infantes comienzan a fusilar.
Las balas mojadas se sienten como cabezas de fósforos vivos sobre tu pelaje. El chico de la camiseta de vampiro se retira asqueado y te deja solo. Impávido, todo tu cuerpo, tus orejas, tu lomo, tu cola, resiste estoico esa tormenta sucia. Tus párpados se aprietan rígidos como mandíbulas. Tus muelas se liman a sí mismas. El tiempo es testigo, pasa y no cura nada. Cuando te atreves a abrir los ojos de nuevo, después de un tiempo descomunal, encuentras frente a ti una pared cuarteada, la esquina verduga del aula. A tus espaldas, tus compañeros siguen con el tiroteo.
Te gritan: «Burro, burrote, orejas de burro».”
― Lirema
“Los osos no comen cereal. Los osos libres, al menos, no.
Sería un desperdicio: su mandíbula como una trampa inútil, un rayo que se pasma. A los osos pardos (Ursus arctos) les fascinan los salmones frescos, turgentes. Carnes fugaces en pleno vuelo, con el corazón fundido por la huida. A los osos machos y hembras les gusta despedazarlos ahí, en el aire, con la vida aún en uso. Tierno ha visto esa ceremonia varias veces en la tele: con música de suspenso, en cámara lenta, adelantando los instantes hasta el destripe. Adora contemplar las mandíbulas sangrantes, los aletazos apagándose, lentos, como un fuego que se rinde.”
― Lirema
Sería un desperdicio: su mandíbula como una trampa inútil, un rayo que se pasma. A los osos pardos (Ursus arctos) les fascinan los salmones frescos, turgentes. Carnes fugaces en pleno vuelo, con el corazón fundido por la huida. A los osos machos y hembras les gusta despedazarlos ahí, en el aire, con la vida aún en uso. Tierno ha visto esa ceremonia varias veces en la tele: con música de suspenso, en cámara lenta, adelantando los instantes hasta el destripe. Adora contemplar las mandíbulas sangrantes, los aletazos apagándose, lentos, como un fuego que se rinde.”
― Lirema
