“aquellas estatuas de piedra, en su porte, en sus rostros impasibles y, en especial, en la que, siendo aún muy niño, había visto en aquel cómic, enterrada hasta el pecho, ladeada sobre su izquierda, con esa medio sonrisa burlona que nada tenía que envidiar a la de la Gioconda;”
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Antonio Castro,
Ariki