Cipriano, el vampiro vegetariano. Quotes
Cipriano, el vampiro vegetariano.
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César García Muñoz423 ratings, 4.13 average rating, 15 reviews
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Cipriano, el vampiro vegetariano. Quotes
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“Era bastante guapo, se parecía un poco a Justin Bieber, pero con cara de estar menos alelado.”
― Cipriano, el vampiro vegetariano.
― Cipriano, el vampiro vegetariano.
“símbolo dibujado al lado. Ese parece un sol y ese una nube y ese otro parece lluvia. Y ese de ahí parece un rayo —dijo Sofía, pulsando el botón con el dibujo del rayo. Un pequeño rayo en miniatura cayó al otro extremo del laboratorio con un estruendo, rompiendo un montón de jarros y botes de cristal. —Esto es… increíble… —dijo Sofía. —¡Siiiií! Es una máquina para controlar el tiempo meteorológico. —Irene miraba la caja dorada alucinando—. Vamos a ver qué pasa si pulso este otro botón. —¡Esperaaaaa! —gritó Sofía, pero ya era demasiado tarde. Un humo negro comenzó a salir de la caja formando rápidamente una nube oscura en el techo del laboratorio. La nube se fue haciendo más y más grande hasta cubrirlo todo. —¡Es como la nube de ayer! La crearon ellos —dijo Irene. —Y no solo eso —repuso Sofía—. ¿Te acuerdas de cuando empezó a llover ayer a cántaros? Fue justo cuando vimos a Cipriano con la caja dorada. Creo que él provocó la lluvia, pero ¿por qué haría eso? —Ni idea, pero este juguete mola un montón. —Hay que”
― Cipriano, el vampiro vegetariano.
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“y olía bastante mal, como a sopa de pescado quemada, mezclada con arenques ahumados y esencia de mofeta. Las niñas avanzaron entre un laberinto de mesas, repletas de cacharros extraños y aparatos que no habían visto nunca. Había cables, tubos de distintas formas y tamaños, y tarros de cristal con diferentes ingredientes en su interior: ajos blancos de Barakaldo, queso de roquefort podrido, baba de caracol, criadillas de cerdo, saltamontes en su tinta… Se parecía un poco a una mezcla entre un taller mecánico y un laboratorio de científicos locos, como los que salen en la tele. Al iluminar un rincón con la linterna, un rayo de luz dorada salió despedido hacia el techo. —¿Qué es eso? —preguntó Sofía. Las chicas se acercaron a la mesa de la esquina. Había una caja dorada con un montón de símbolos y botones encima. Cuando la iluminaron con la linterna, otro rayo de luz dorada salió rebotado contra el techo. —Es el trasto que Cipriano estaba usando ayer durante el partido —dijo Irene—. Lo habíamos confundido con una consola, pero es una máquina muy extraña. Mira qué de botones.”
― Cipriano, el vampiro vegetariano.
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“Cipriano, ni de su sombrero mexicano. Había desaparecido como por arte de magia. El que apareció, también como por arte de magia, fue su padre, agitando la gorra roja para que lo vieran. —¡Lástima de tormenta! Ya las teníais casi ganadas, ¿eh? —dijo Manu. —¡Papá! Nos estaban dando una paliza. Si no llega a ser porque se ha puesto a diluviar, ya habríamos perdido —dijo Sofía. —Pero no es justo —protestó Irene—. Nosotras llevamos entrenando duro todo el año, y ellas han fichado a una rusa gigante para el último partido. Parece un rascacielos. —Bueno, no os preocupéis. El próximo sábado nos traemos la escalera de mano y todo arreglado. O, quién sabe, a lo mejor esta semana pegáis el estirón y os hacéis más altas que la tal Irina —dijo Manu, cogiéndose el cuello con las dos manos y tirando hacia arriba. Las niñas se rieron con las tonterías de su padre y se olvidaron por un momento del partido de baloncesto. Manu y sus hijas salieron del polideportivo y se dirigieron paseando a su coche. Charlaban animadamente sobre el partido cuando, despistados, estuvieron a punto de chocarse de bruces contra un hombre que llevaba dos perros enormes. Al fijarse en él, Manu y las niñas se quedaron helados. El hombre llevaba un sombrero como los de Indiana Jones, del que sobresalía una melena blanca y desordenada que le llegaba hasta los hombros. Llevaba un parche en el ojo derecho y una cicatriz larga y roja le cruzaba la mejilla izquierda hasta la comisura de los labios. El ojo que le quedaba sano era de color negro, tanto como los dos enormes perros que lo escoltaban. Los animales llevaban un collar de pinchos en torno al cuello y estaban sujetos a su dueño por una cadena de metal. El hombre llevaba dos pistolas de agua colgadas del cinturón, y un arco de madera asomaba detrás de su espalda. —Perdone. Mis hijas y yo no le habíamos visto —se disculpó Manu con prudencia, pensando que se habían cruzado con un loco. El hombre permaneció en silencio, mirando a Sofía fijamente. Uno de los perros olfateó el ambiente y lanzó una dentellada al aire en dirección a la niña. El desconocido también olisqueó, imitando a su perro, y dio un paso hacia delante. —Niña ese balón que llevas… ñiiick… Es muy bonito y huele muy bien —dijo el hombre en voz baja. Al hablar rechinaba los dientes y emitía un sonido parecido al que hace un tenedor al rasgar un plato. Ñiiick. —Pues sí, es muy bonito —dijo su padre, poniéndose delante de la niñas—. Sujete bien a sus perros, parecen peligrosos. —Les compro el balón… ñiiick… A mi perro parece que le gusta mucho… ñiiick —dijo el hombre, sin hacer caso a la amenaza de Manu. —Es de mis hijas y no está en venta —dijo Manu—. Vámonos, chicas, se nos hace tarde. Manu y las niñas dieron un pequeño rodeo y se alejaron del hombre, que no paraba de mirar el balón fijamente mientras movía las aletas de la nariz. —¡Como está el barrio, chicas! —dijo Manu cuando se habían alejado un poco del extraño desconocido. —Qué tío más raro. Llevaba unas pistolas de agua en el cinturón. ¿Y por qué querría la pelota? —dijo Sofía. —Ni idea. Me recordaba un poco al director del «cole», solo que todavía más feo —dijo Irene, sintiendo un escalofrío. —¡Hala!”
― Cipriano, el vampiro vegetariano.
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“estuvieron de acuerdo y el partido se aplazó para el sábado siguiente. Quedaban diez minutos por jugarse e iban perdiendo, y lo que era peor, no había forma de parar a la jugadora rusa. Tendrían que pensar una táctica nueva e ingeniosa si querían ganar la final. Irina Gigantova se acercó a ellas y las miró desde las alturas con prepotencia. —Vosotrras serr niñas muy canijas. Yo serr campeona de Rrrrrusia, nadie ganarr a mí jamás —dijo Irina, muy orgullosa. —Eso habrá que verlo la semana que viene —dijo Irene. —Torres más altas que tú han caído. Acuérdate de la historia de David y Goliat —dijo Sofía. —¡Ja, ja, ja, ja! ¡Niñas currsis y tontas! La semana que viene yo hacerr unos pendientes con vuestrras pequeñas cabecitas —amenazó Irina, y se marchó riéndose como un caballo de carreras. Las niñas no le hicieron caso, sino que se pusieron a buscar a Cipriano entre los asistentes. El chico les había dicho que no podía venir a verlas, pero por algún motivo al final había aparecido. Querían avisarle de que el alcalde planeaba tirar su casa abajo para construir un aeropuerto, pero no”
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“barbilla y hasta con el sobaco. Sus compañeras le pasaban siempre la pelota y ella se paseaba tranquilamente por el campo hasta el aro contrario, haciendo un sudoku, y metía mates tan fuertes que la canasta temblaba como las hojas de un roble en otoño. Irene, Sofía y sus compañeras estaban desesperadas. Perdían por ocho puntos y no sabían qué hacer para frenar al tanque ruso con forma de niña gigante. Si no hacían algo, perderían la final. Entonces, Sofía vio a alguien en la grada y avisó a su hermana. —Mira, Irene. ¿Ese de ahí no es Cipriano? —Parece que sí. ¿Pero por qué lleva puestas gafas de sol y un sombrero mexicano? Si estamos a la sombra... ¿Y qué está haciendo? Cipriano estaba muy concentrado, escondido bajo su sombrero mexicano, toqueteando un objeto dorado con las dos manos. —Parece que está jugando a un videojuego con una consola —dijo Sofía. —No parece una Nintendo, ni la X-Box. Brilla mucho, como si fuese de oro —contestó Irene. En ese momento una tromba de agua comenzó a caer del cielo, como si la nube negra que se cernía sobre el polideportivo fuese la compuerta de una presa que se abría de repente. La gente comenzó a correr despavorida, igual que unos pollos sin cabeza en busca de un refugio. Llovió a mares durante cinco minutos, y cayó tanto, que la cancha de baloncesto acabó convertida en una piscina olímpica. —Tenemos que suspender el partido —dijo el árbitro—. A no ser que queráis jugar al waterpolo en vez de al baloncesto.”
― Cipriano, el vampiro vegetariano.
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“alcalde Ruiz Faraón. Se había congregado mucha gente frente a las puertas y Sofía e Irene pidieron permiso a sus padres para ir a jugar al parque. Su hermana Elena, que era un poco mayor, se quedó con ellos. Elena quería ser política, ya fuera alcaldesa, diputada o presidenta del gobierno, así que tenía curiosidad por ver qué sucedía en una manifestación, por si las moscas. —Está bien —dijo Inma, su madre—. Pero tened cuidado y no os alejéis demasiado. Dentro de una hora pasaremos a por vosotras. —No te preocupes —dijo Manu—. Les he puesto un GPS en miniatura en los cereales de esta mañana”
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“Después, el desconocido del sombrero se giró hacia la torre donde vivían Cipriano y su tío. Olfateó de nuevo el aire y sonrió de forma siniestra. —Ya te tengo, rubito, ya te tengo… Ñiiick… Y esta vez no te podrás escapar de mí… ñiiick… ni siquiera con la ayuda de tu tío —dijo, rechinando”
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“Al hablar rechinaba los dientes y emitía un sonido parecido al que hace un tenedor al rasgar un plato. Ñiiick. —Pues sí, es muy bonito —dijo su padre, poniéndose delante de la niñas—. Sujete bien a sus perros, parecen peligrosos. —Les compro el balón… ñiiick… A mi perro parece que le gusta mucho… ñiiick —dijo el hombre, sin hacer caso a la amenaza de Manu. —Es de mis hijas y no está en venta —dijo Manu—. Vámonos, chicas, se nos hace tarde. Manu y las niñas dieron un pequeño rodeo y se alejaron del hombre, que no paraba de mirar”
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“Cipriano estaba muy concentrado, escondido bajo su sombrero mexicano, toqueteando un objeto dorado con las dos manos. —Parece que está jugando a un videojuego con una consola —dijo Sofía. —No parece una Nintendo, ni la X-Box. Brilla mucho, como si fuese de oro —contestó Irene. En ese momento una tromba de agua comenzó a caer del cielo, como si la nube negra que se cernía sobre el polideportivo fuese la compuerta de una presa que se abría de repente. La gente comenzó a correr despavorida, igual que unos pollos sin cabeza en busca de un refugio. Llovió a mares durante cinco minutos, y cayó tanto, que la cancha de baloncesto acabó convertida en una piscina olímpica. —Tenemos que suspender el partido —dijo el árbitro—. A no ser que queráis jugar al waterpolo en vez de al baloncesto. Los entrenadores estuvieron de acuerdo y el partido se aplazó para el sábado siguiente. Quedaban diez minutos por jugarse e iban perdiendo, y lo que era peor, no había forma de parar a la jugadora rusa. Tendrían que pensar una táctica nueva e ingeniosa si querían ganar la final. Irina Gigantova se acercó”
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“minutos,”
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“—¡Fuera de aquí! ¡Está”
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“es vuestra, ¿verdad? —dijo el chico rubio. Hablaba de forma muy extraña, con el mismo acento que el hombretón pelirrojo. —Sí, pero... ¿cómo lo has hecho? Estaba rota —preguntó Irene. —No ha sido nada. Solo estaba un poco descosida —dijo el chico enseñándoles una aguja, hilo y un dedal. La había arreglado a base de pespuntes y remiendos. —¡Vaya, ni mi madre cose tan rápido! —dijo Sofía, alucinada. —Eso es porque mamá no practica mucho —contestó Irene. —Perdonad a mi tío—dijo el chico, señalando al gigante pelirrojo que colgaba de la pared como un reloj de cuco—. Es un poco… cascarrabias, como decís aquí.”
― Cipriano, el vampiro vegetariano.
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“Irene y Sofía se levantaron de la cama muy contentas y se dirigieron muertas de hambre a la cocina. Estaban algo nerviosas porque en pocas horas iban a jugar un partido de baloncesto muy importante con el equipo del colegio, la final del campeonato anual, nada menos. Pero lo que las dos hermanas no sabían era que ese sería el día más extraño y misterioso de toda su vida.”
― Cipriano, el vampiro vegetariano.
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