Arte menor Quotes

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Arte menor Arte menor by Betina González
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“Todo se volvió cuestión de saber o no saber, mientras el guion era reemplazado por una catarata de improvisaciones. Cortes de pelo, dietas, música grabada de las radios, los ritmos desobedientes de mi cuerpo, el delantal por la túnica, la plaza vacía, minas en tetas en las revistas, el rímel contrabandeado a pesar de mamá, la gimnasia frente al televisor, Mazinger y los Hardy Boys, el Papa visto por un aparatito de cartón con un espejito en la punta, la multidad acalorada por tomos de papilla evangelizadora. Sombra celeste hasta las cejas, auscultación de entrepiernas, corpiños por zapatos de charol, los himnos de la tele como Sancor pero peor, la plaza llena, más Hardy Boys, toqueteos, los primeros asaltos con Coca Cola, polleras plato, comunicados de miles de cifras, minas en tanga, la plaza llena, el americano más vendido, minifaldas, escudos, Kiss y la matanza de pollitos, medias de nailon por vinchas, el fin de las Trillizas de Oro, graffitis silenciados, los domingos eternos para la juventud. Las instrucciones sonámbulas de mis maestras, más minas en bolas, banderitas, blanco y negro, más instrucciones, procedimientos, celeste y blanco, DNI, papeles más, papeles menos, fuga en el siglo XXIII, aros de plástico por anillitos de oro, maestras que nos mostraban —como si en vez de un cuadernillo de defensa civil estuvieran siguiendo un manual de demonología— cómo se evitaba cualquier tipo de peligro si uno lograba pararse debajo del marco de una puerta.”
Betina González, Arte menor
“La escuela nunca había tenido importancia para papá. Mamá nos plantaba y nos trasplantaba siguiendo el ritmo de sus diagnósticos y convicciones, mientras él permanecía en su universo privado, inaccesible, donde sus hijas entraban de vez en cuando como motivos pequeñitos de un cuadro mayor que sólo él conocía. Siempre había dejado esas decisiones en manos de mamá, que lidiaba guerras incomprensibles con los curas y las monjas de los colegios, alentaba rencores con padres y maestros de los que nosotras salíamos exiliadas a un nuevo círculo de desconocidos.
Lejos de ser traumáticas, esas migraciones escolares fueron para mí como pequeñas excursiones en las que aprendí pronto el valor del anonimato; disfrutaba de sentirme al margen de los juegos de las otras niñas, de saberme transitoria en ese lugar. Conocer los ritmos y las formas de otras escuelas me hacía sentirme superior, más allá de las rencillas y miedos particulares que a las otras tanto podían preocupar. Intuía que el verdadero peligro era no saberse el guion o no ejecutarlo con suficiente elocuencia. Con una soberbia protectora que a veces se manifestaba como aislamiento y otras como esporádicos momentos de liderazgo, asombraba a mis maestras por mi capacidad de adaptación y de ganar nuevos amigos cuando para mí eran en realidad como los muñequitos troquelados en papel: perfectos en su mundo circular, todos iguales, todos descartables.”
Betina González, Arte menor