El Pacificador Quotes

Rate this book
Clear rating
El Pacificador (Spanish Edition) El Pacificador by Francisco Suniaga
33 ratings, 4.55 average rating, 3 reviews
Open Preview
El Pacificador Quotes Showing 1-2 of 2
“Su cadena de infortunios, de eso sí estaba absolutamente seguro, databa de mucho antes de la derrota frente a Boves y Morales en Urica y tenía como culpable a una sola persona, Simón Bolívar. Sus inconvenientes en los últimos dos años comenzaban y terminaban con él. Se había resistido a su jefatura desde el instante en que lo conoció. “Este enano de mierda, enteco, de voz aflautada, maneras caraqueñas y manos de pajarito ni de vaina va a ser jefe mío”, fue el primer pensamiento que cruzó su mente al verlo. “De no ser por Bolívar, no hubiéramos perdido la guerra y yo no estaría así de jodido. Es un mal estratega militar y pretende ser el jefe absoluto de los patriotas, incluso de quienes tenemos más méritos y cojones que él. Desconoce las charreteras de Santiago Mariño, Manuel Piar, José Félix Ribas y las mías y, a cuenta de sus reales y linaje, actúa como si hubiéramos nacido para ser sus subalternos. Cree que ser el jefe de Venezuela es un derecho que le fue concedido por Dios, y lo aceptamos o nos jodemos. Y yo no acepto esa vaina. Esta guerra no la peleamos para quitarnos de encima al rey de España y montarnos a Bolívar, quien dice ser republicano, y es solo un mantuano rico y más monárquico que cualquier Borbón”.”
Francisco Suniaga, El Pacificador
“¿Y Francisco de Miranda, también era mantuano? —quería saber la historia pequeña en torno al hombre que había conocido en Cádiz, quien había dejado en él una impresión honda—. “¡Las ganas suyas! Ese era blanco de color, no de sangre. Hijo de un comerciante canario rico que había intentado forzar su ingreso a nuestra clase, y fracasado, por supuesto. ¿Conoció usted a ese estafador?” Morillo sonrió y negó con la cabeza. “No me pareció eso. El señor general Miranda, en mi opinión, si todavía vive, es un gran hombre, que vivió apegado de forma sincera a sus convicciones. Creo que ya no hay gente como él en este siglo. Lo conocí en Cádiz, en el castillo de Las Cuatro Torres, su prisión en La Carraca, una instalación militar muy grande y extensa. Conversé con él un buen rato, un hombre por demás interesante y muy sabio”. “Vaya si el mundo da vueltas. Es obvio que no lo conoció usted lo suficiente porque de lo contrario tendría de él la peor de las opiniones. Ese es, junto a mi sobrino, el gran responsable de lo que aquí ha pasado. Un hombre capaz de encantar y despertar la admiración de cualquiera, pero en el fondo no era más que un resentido. Vino a cobrarnos los desplantes que toda Caracas le había hecho a su padre”. “¿Y qué le hicieron?”, preguntó con evidente curiosidad. Feliciano Palacios parecía no estar interesado en hablar del tema, mas no podía dejar la pregunta sin respuesta. “Su padre no estaba inscrito en el Libro de Blancos de Caracas; o sea, era un canario dedicado a oficios viles, para nosotros no era blanco. A pesar de eso quiso hacerse capitán de nuestra Milicia de Blancos, con derecho a título y a portar bastón. Por supuesto, no fue admitido. Aunque, hay que aceptarlo, el hombre era persistente. Tenía medios de fortuna para hacer de eso un juicio ante la Real Audiencia y lo hizo. A pesar de la oposición de los blancos de Caracas y no obstante haber sido rechazada su demanda aquí, recurrió a la Corte en Madrid. Pero allá no piensan en los que estamos aquí, en primera línea defendiendo al imperio. Logró que emitieran una carta de hidalguía a favor suyo y lo restituyeran en el cargo. Y así se tuvo que hacer. Pero Madrid es Madrid y Caracas es Caracas, otra cosa. Podían ordenar lo que quisieran, mas no podían imponernos a Sebastián de Miranda, ni a ninguno como él, ni obligarnos a darle el tratamiento de uno de los nuestros. Le tocó sufrir nuestro desprecio y eso no lo perdonó nunca su hijo Francisco. Fue él quien encendió la mecha de esta guerra. De allí mi tibiera con los jóvenes caraqueños de cuna, embaucados por ese vendedor de humo.”
Francisco Suniaga, El Pacificador