Los hijos muertos Quotes
Los hijos muertos
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Ana María Matute126 ratings, 4.10 average rating, 26 reviews
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Los hijos muertos Quotes
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“Cada naranja es una taza de sangre”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos
“„Amigo, yo bien sé lo que hacen los hombres con los vencidos”. Y no era más que una frase. Nada más. ¿Qué sé yo de lo que hacen los hombres con los vencidos…? ¿Quiénes son, al fin y al cabo, los vencidos? ¿Me creí acaso, entonces, vencido? No: no lo pensé suiquiera. Yo mantenía mi esperanza.”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos
“Los aviones dejaron caer sus bombas, picaron y ametrallaron. Aún sonreían y gritaban, reventando en el suelo, despedazada la carne, basta y roja, humeante. Desgarrado el vientre, Magdalena estaba allí, quieta. Su vientre enfermo abierto. Magdalena parecía que no tuviera sangre, y, sin embargo, la tierra enorme y vaga, monstruosa y dulce, se la chupó toda, lentamente («cada naranja es una taza de sangre»), allí a los de piés de él. Y alrededor, los gritos. La tierra estaba llena de ojos oscuros, indiferentes, de mil ojos alegres y hondos, como pozos delgados, agujereando la tierra. Aquellos ojos no estaban sorprendidos: lo sabían, lo supieron siempre (eran los ojos de los Hermanos Irineos, de los perros de la calle del Duquesito), eran los ojos de los débiles, de los que odian siempre, con un odio pasivo y sin esperanza, porque el odio es el único pan posible. Allí estaba Magdalena, con el vientre abierto, con las hormigas acechantes, en un a serena cabalgata hacia su vientre, recorriendo su cintura de huesos; allí estaba, porque a ella nadie la podía ya engañar. Grande seca, como el esqueleto de un caballo.”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos
“La chica vivía allí metida, desde siempre. Al pasar por la ladera de las Cuatro Cruces, miró con más detenimiento hacia La Encrucijada, donde la chica le dijo que había nacido. Era una casa grande, de piedra, con tejado rojizo, rodeada de árboles y de prados, de choperas y de campos de labranza. No tenía vallados, ni tapias. El río cruzaba la tierra, tras el pabellón de los aparceros y las cuadras, con aspecto de abandono y medio ruina. Tenía un aire triste aquella casa.”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos
“Enfrente, a su espalda, a sus costados, estaban las otras cumbres: Oz, Cuatro Cruces, los agudos colmillos de Sagrado, Vientoduro. Más allá, la lejanía del Negromonte. Casí transparente, más allá de los pinares y las hayas, se adivinaba la ingrata zona de las Artámilas, con su hambre y su miseria.”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos
“No, en Hegroz, bien lo sabía Daniel, no había amigos. Había hombres cansados, que al anochecer, o a la noche cerrada, se metian todos en la taberna y bebían vino, codo a codo. A veces, los más jóvenes, cantaban, o se agredían. Dependía del humor, de la cosecha, o del tiempo. O por alguna mujer. Pero pocas veces. La taberna del Moro era como un pozo, hondo, agrio, que recogía el cansancio, la callada protesta, quizá los deseos inconfesables. La pena, quizá. En el pozo de la taberna caían todas las horas del día, unas horas tal vez sin mañana, sin ayer. Los hombres no gustaban de pensar. Necesitaban de la taberna. El tabernero era, acaso por eso, distinto a todos los hombres de Hegroz.”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos
“Hacia las seis de la tarde el cielo pareció cubrirse por una cortina casi negra, de color de pólvora. No se adivinaba el contorno de las nubes y apenas una difusa claridad de plata iluminaba los bordes de Cuatro Cruces, Sagrado y Oz. Daniel comprendió que se cernía la lluvia. Una lluvia opresiva que podía durar días enteros y dejar el bosque empapado, el suelo resbaladizo, gelatinosas las hojas que lo cubrían todo como una alfombra de oro. A Daniel Corvo le gustaba la lluvia, pero no aquella lluvia negra, azotando los árboles como un castigo. Algo flotaba en el aire, denso y cargado. Y, sin embargo, no habría ni relámpagos ni truenos: sería una lluvia sorda, clavándose en el gran silencio del bosque.”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos
“Le invitaban a vino, tal vez deseaban oír sus quejas, sus lamentaciones, su odio. Pero no podían oirlo («porque tal vez nada de esto existe. Nada más que soladad o indiferencia, nada más que una corteza de hombre, triste caparazón»).”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos
“Daniel Corvo alcanzó una primavera tardía. Verdecían ya las empinadas laderas de Oz y Neva, pero aún había nieve en las cimas. Daniel ya lo sabía. Hegroz no era buen pueblo. Abandonado al fondo de un valle, las montañas de la sierra formaban en torno un ancho círculo, como una muralla. Barrancos abajo, le llegaban tres ríos, y había en Hegroz, quizá por eso, algo como un rumor bajo, constante, envenenador. Pero Daniel recordaba con amor los bosques: los robles, las encinas y las hayas. Las grandes choperas, los mimbres del río, las cuevas de las murciélagos y los insectos. Aquellos que cuando el sol daba de lado se volvían azules, y de frente, verdes o morados. Al recuerdo de Daniel volvió el olor del trigo, del centeno y la cebada. Los ariscos terrenos de labor, los pagos lejanos y empinados llenos de piedras, cardos y maleza. Era tierra de bosques y de pastos. Un pasto fuerte, verde y oloroso que daba una carne de gusto salvaje sangrante.”
― Los hijos muertos
― Los hijos muertos