“-Hoy he sentido la necesidad imperiosa de abrazar a mamá, y me he dado cuenta, por primera vez en todo este año, de que ya no está; y de que nunca vas a volver. Quiero decir, ya sé que está muerta, lo sabía ya asimilé desde el primer momento. Pero hoy lo he sentido. ¿Has pensado que somos huérfanas? Somos tan huérfanas como un treinta de febrero o el desgraciado Oliver Twist. Y crees que con cincuenta años, una casa y dos hijos, ya la vida te dice que tu rol es otro, el del adulto que ampara y protege, que ahora te toca a ti. Y sin saber cómo, aprendes y todo tu amor y energía se quedan ahí, lo prometo. Pero a veces, a veces, Nines, necesito ser hija; y que una figura de amor, un halo de protección por encima de mi misma me diga que todo va a estar bien. Y ya no está. No ser hija nunca más.”
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Paula Reyes Morillas,
Lo que la abuela nos dejó: o la herencia de los nombres olvidados