“—«... no existe nada con tal nombre que no haya sido estimado entre los gentiles, en un lugar o en otro, como Dios o diablo; ni lugar donde sus poetas no hayan fingido verse animados o habitados, o poseídos por algún espíritu u otro. La materia informe del mundo era un dios, cuyo nombre era Caos. El Cielo, el Océano, los Planetas, el Fuego, la Tierra y los Vientos eran otros tantos dioses. Hombres, mujeres, un ave, un cocodrilo, un ternero, un can, una serpiente, una cebolla, un puerro, deificados. Además, llenaban casi todos los lugares con espíritus llamados daemons: las llanuras con Pan y Panises o sátiros; los bosques con faunos y ninfas; los mares con tritones y otras ninfas; cada río y fuente, con un fantasma que llevaba su nombre, y con ninfas; cada casa con sus lares, o familiares; cada hombre, con su genius; el Infierno, con fantasmas y oficiales espirituales, como Caronte y Cerbero, y las furias; y por la noche, todos los lugares con larvas y lemures, fantasmas de hombres difuntos y un reino entero de hadas y cocos. También han adscrito divinidad y construido templos a simples accidentes o cualidades, como el Tiempo, Noche, Día, Paz, Concordia, Amor, Contención, Virtud, Honor, Salud, Óxido, Fiebre y cosas semejantes, a los cuales cuando había que rezar por algo, o contra algo, rezaban, como si hubiera fantasmas de aquellos nombres colgando sobre sus cabezas y dejando caer o reteniendo ese bien o mal a favor o en contra de aquellos que rezaban. Invocaban también a su propio ingenio, mediante el nombre de musas; a su propia ignorancia, con el nombre de Fortuna; a su propia lujuria, con el nombre de Cupido; a su propia rabia, con el nombre de Furias; a sus propias partes privadas, con el nombre de Príapo; y atribuían sus poluciones a íncubos y súcubos, ya que no había nada que un poeta no pudiera introducir como persona en su poema, nada que no pudieran convertir, o bien en Dios, o bien en diablo.»”
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Dan Simmons,
El Terror