“Y al decirlo me sentía traidor, como un amante cobarde que contestara guiñando el ojo al amigo asombrado de verlo inmóvil en una esquina de suburbio: “Conocí a una costurerita, che…”, en lugar de decir: “Allí vive mi amor, si no la veo salir no podré respirar en paz; si la veo salir y no me saluda me moriré; y si me saluda, ¿qué pensar?”
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Sara Gallardo,
Los galgos, los galgos