“(...) gracias a Alicia, había aprendido al menos dos cosas ùltiles que le servirían para siempre, si es que vivía para contarlo. La primera era mentir. La segunda, y esta aún la sentía en carne viva, era que los juramentos eran un poco como los corazones: roto el primero, los demàs resultaban pan comido.”
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Carlos Ruiz Zafón,
El laberinto de los espíritus