Bety II
Es una noche tranquila en Troppo. Los habitantes están contentos con las cosechas: han sido abundantes y no van a tener que racionarla durante la época fría. Por ello están más joviales y generosos que en otras ocasiones, más dispuestos a pasar una noche escuchando la música del violín y de pagarme con ello, en especias o con un puñado de monedas. Con la posadera he llegado al mismo acuerdo que otras primaveras: una cama y alimento a cambio de tocar por las noches; durante el día tengo total libertad para descansar o seguir tocando en la plaza de Troppo.
Mientras toco el violín, un reducto de mi cabeza está centrado en la Noche del arte: el momento en el que un puñado de jóvenes de Troppo y las regiones próximas declarará su amor a quienes quieren que sean sus parejas. La celebración se corresponde con la noche más fría de la temporada, una noche donde los espectáculos son indispensables para conseguir crear el ambiente idóneo entre los jóvenes, una noche en la que, sin embargo, es difícil encontrar artistas dispuestos a soportar las bajas temperaturas, tocar casi a tientas o solo iluminados por la luz de la luna y tratando de domar las notas para que el frío no estropeé sus melodías. Una noche en la que, por suerte, debido a todos los riesgos que corren los artistas, los posaderos les permiten tocar en la plaza y no en sus locales. Es por ello una oportunidad para muchos artistas de mostrar su valor, conseguir algo de renombre y, aunque no sea una jornada en la que se gane apenas monedas, es un momento especial y bonito para toda la población, y a la larga, reporta beneficios por toda la gente que se acerca a la región a compartir unas jornadas en pareja. En esta ocasión, sí estaré durante la celebración.
Tengo aún dos jornadas enteras para observar a los jóvenes, ver cómo se relacionan entre ellos, quiénes titubean a la hora de hablar con sus amados o bailar con ellos. Siempre hay alguien que duda, que tiene miedo a dar ese paso y declarar su amor; nosotros, los artistas, debemos localizarles y ayudarles, tocar la melodía adecuada cuando estén juntos, crear un clima que facilite la situación, que les enamore y les haga recordar ese momento.
Esta noche apenas hay jóvenes en la posada, sí hay adultos y caminantes, pero a su edad, no creo que ninguno vaya a necesitar la música para la celebración. Sin embargo, no dejo de tocar el violín mientras veo cómo observan atentos los movimientos de mi brazo. Las distintas notas de las melodías surgen del roce con el instrumento, mezclándose, en ocasiones con el sonido propio de la posada y los comensales.
Espero a que la noche esté avanzada y comiencen a retirarse o embriagarse mis espectadores antes de aventurarme a practicar para la celebración: distintos sonidos se mezclan entre las melodías, composiciones breves donde el violín imita los sonidos de la naturaleza, transportándonos, durante los pocos segundos que duran, a un recóndito paraje del bosque. Mi cabeza bulle de actividad recordando las notas de las melodías más románticas mientras las toco con un ligerísimo margen de tiempo en el que improvisar si me olvido. Parto con ventaja, ya que al ser, por lo general, melodías de ritmo lento, puedo pensar con mayor rapidez que tocar y evitar errores.
Por suerte, a lo largo de la velada no cometo ningún desliz y veo disfrutar al público con mi música, con lo que consigo irme a dormir con el fardo lleno de monedas.
Despierto bien entrada la mañana. Después de tomar un desayuno frugal recorro los distintos jardines y caminos principales hasta llegar a la plaza. Espero sentada sobre un poyete, observando los distintos grupos de gente que pasan a mi alrededor hasta que saco el violín y dejo que la primera melodía fluya a tocar.
La gente se entretiene sentándose en las zonas donde aún queda césped, hablando entre ellos; entre los jóvenes veo tonteos, cómo se pican unos a otros antes de abrazarse o darse caricias apenas perceptibles, arrancando briznas de hierba o recogiendo los frutos y hojas caídos de los árboles antes de lanzárselos a alguien con disimulo.
Me sorprende la llegada de un grupo bastante numeroso: son más de una docena y, a ojo, hay casi tantos chicos como chicas. Pasan un par de horas en la plaza, hablando entre ellos y buscando calentarse con el frío sol de la época. Antes de marcharse, les veo agruparse y dejar algo en el suelo, uno de los chicos lo recoge y se levanta. Mientras sus compañeros recogen todas sus pertenencias, él se acerca a mí y deja un puñado de monedas a mis pies. No me da tiempo a agradecérselo, vuelve corriendo con el grupo y desaparecen por las callejuelas.
Vuelvo a la posada antes del atardecer, me aseo y descanso un rato antes de acercarme a la cocina y tomar algo de cena. Como esperaba, el espectáculo por la noche es mucho más tranquilo que en otras ocasiones: los pocos huéspedes no tardan en acostarse, aprovechando esta noche para descansar todo lo que mañana no van a dormir.
Por suerte, cuando la posada se queda vacía, puedo dejar el violín e irme a dormir. Me espera una larga jornada y, aunque mañana no vaya a hacer casi nada por el día, más me vale estar despejada y descansada para la celebración.
La mañana es bastante tranquila en la posada; aprovecho para revisar y limpiar los distintos elementos del instrumento. Durante la comida toco el violín a los comensales y consigo que la posadera me prepare algo de cena para antes del espectáculo. Hasta que no estoy en mi habitación buscando qué ropa ponerme, no soy realmente consciente de los nervios que tengo en mi interior. Me acerco a la ventana para practicar todos los ejercicios de relajación que conozco y ver cómo el sol desciende con lentitud por el horizonte. Cuando estoy preparada, guardo el violín en su funda y salgo de la posada.
Antes de que anochezca ya estoy en la plaza, vestida con mis mejores galas y terminando de afinar el violín mientras observo a un grupo de jóvenes iluminar el espacio con una retícula de farolillos dispuestos sobre nuestras cabezas.
Veo a Vivi agachado en el suelo mientras analiza el grosor de la capa de nieve y la dureza de la misma. Hace un surco muy superficial abarcando el espacio de todos los farolillos y una figura muy similar a un corazón en la parte en la que debo tocar yo. Cuando termina de trazar su cardiode particular, vuelve a agacharse y saca un par de saquitos de su capa. Observa los dos con atención antes de abrir el de menor tamaño y rellenar los surcos con unos polvos de color cobrizo. Me guiña un ojo al pasar junto a mí y me anima cuando me ve guardar la funda del instrumento y esperar a que anochezca.
Los jóvenes van llegando y formando pequeños grupos. Reconozco algunas caras con las que me he cruzado durante estas últimas jornadas, aunque la mayoría son desconocidos para mí. Localizo a uno de los grupos que estuvieron escuchándome ayer, están animados y hablando entre ellos, aunque noto la preocupación en uno de sus miembros: el muchacho que se acercó a darme unas cuantas monedas mira en todas direcciones como si estuviese buscando a alguien. Intento quedarme con su cara por si necesita un poco de ayuda durante la noche, aunque me va a ser difícil distinguirlos cuando todos van vestidos con los mejores trajes que tienen.
Cuando veo que el sol se oculta detrás de la torre de la plaza, tomo el violín y me coloco en mi sitio. Levanto la mirada al cielo y observo las distintas tonalidades del atardecer mientras regulo mi respiración para perder los nervios. Paso los últimos minutos repitiendo en mi cabeza los versos de las melodías que voy a tocar y cojo aire antes de que el sol desaparezca por completo.
Coloco el violín bajo mi barbilla y, en cuanto anochece, dejo que los primeros acordes surjan de él. Las primeras notas son algo temblorosas, aunque se disimulan gracias al sonido chisporroteante del fuego extendiéndose por los polvos de Vivi, quemándolos hasta marcar la plaza y mi posición con una tenue y cálida iluminación. Yo continúo tocando el violín, recuperando enseguida la seguridad y dejando que el arco se mueva sobre las cuerdas del instrumento, rozándolas con suavidad como ha hecho siempre.
Me permito observar a mi público mientras toco, tantas primaveras practicando hacen que las melodías salgan sin aparente esfuerzo, sin tener que sufrir por no recordar las notas. Los jóvenes conversan y bailan en pequeños grupos, aunque según avanza la velada la mayor parte de ellos se van desintegrando hasta dejar parejas besándose y bailando al son de mi música. Entre la multitud vuelvo a encontrarme con el muchacho de las monedas, está conversando en un gran grupo, aunque sigue mirando en todas direcciones, expectante y menos animado que sus compañeros.
No sé qué habrá echado Vivi en el suelo para iluminar pero, aunque la gente llega a la plaza y la abandona pasando por encima, la figura no pierde detalle ni intensidad, y no hay nadie que se queme con ella. El muchacho deja de buscar entre la multitud y su ánimo parece cambiar cuando una compañera llega al grupo y comienza a saludarles a todos. «A ver si consigo emparejarlos esta noche», pienso, mientras sonrío y me quedo con el vestido que lleva la chica.
Muchos jóvenes pasan a mi lado o se acercan a donde estoy para declararse. Escucho palabras sueltas de sus conversaciones, aunque las que más se repiten son los «Te quiero» que se dicen; algunos tienen más seguridad que otros al hablar y unos cuantos lo hacen con éxito, iniciando su relación con el romanticismo que proporcionan las melodías del violín. Veo las parejas que se forman, la dicha en sus rostros al poder compartir la velada con sus nuevos compañeros.
A partir de la medianoche ya hay una clara distinción entre el público, siguen quedando grupos, cada vez de menor tamaño, aunque la mayoría son parejas hablando y bailando igual que hacen los nobles en las fiestas de palacio.
Antes de tocar todas las melodías románticas que tenía pensadas busco a mi muchacho entre la multitud; al haber menos gente en la plaza tardo mucho menos en encontrarle que al inicio de la celebración. Le observo desde la distancia, baila y ríe con sus compañeros, pero apenas habla con su amiga. Desde mi posición, ajena a todas las relaciones que se producen frente a mí, podría decir que el muchacho es de los más tímidos del grupo, incluso de la plaza.
Le pillo varias veces mirando con cariño a su compañera y, en una de las ocasiones, él me pilla a mí. Mantenemos el contacto visual durante unos instantes, yo le miro con fijeza mientras toco el violín, intento hacerle algún gesto para que lo intente, aunque aparta la mirada y me deja con la incógnita de si me ha entendido o no. Por si acaso, decido guardarme un par de melodías para él y comienzo a repetir canciones, aunque en distinto orden al que las he tocado al principio.
Las horas pasan con una lentitud excesiva, en más de una ocasión estoy tentada de dejar el violín y descansar durante unos minutos, aunque sé que no sería nada profesional. Hoy es una noche de celebración y de amor para los habitantes, y de sacrificio para los músicos, pero es algo que ya sabía cuando decidí venir a tocar aquí.
La noche es muy larga y cada vez más gente abandona la plaza. Muchas parejas se marchan, cansados por tanto tiempo de fiesta y los grandes grupos del principio quedan reducidos a media docena de personas, aunque el grupo del muchacho, sigue manteniendo a casi todos sus integrantes.
Veo a Vivi acercarse a mí y por unos segundos temo que venga con intención de exponerme sus sentimientos. Por suerte, solo me anima y me indica que queda menos de una hora para el amanecer. Menos de una hora para que termine la Noche del arte y pueda bajar los brazos, para que pueda descansar. «¡Y el chico aún no ha hecho nada!», pienso, algo disgustada por él.
Cuando Vivi se marcha, pienso en mí, en él y en todo el sentido que tiene esta noche. A veces pienso que él sí siente algo por mí y, de verdad, espero que se dé cuenta de que no es así; no quiero que mi comportamiento le confunda y lo pase mal por una tontería. Yo tengo claro que entre él y yo nuestra única relación es el trabajo, y que si le ayudo o le doy cobijo es por las normas que rigen nuestro gremio. Siempre me pregunté por qué se llamaba la Noche del arte y no la Noche del amor, de la amistad o de los amigos cuando es una celebración hecha por y para ellos, pero tras estar casi medio día tocando el violín, entiendo el porqué de su nombre. La celebración de la unión de cara a la época fría, esa persona o personas en las que nos soportamos y con la que buscamos compartir, no solo los buenos tiempos donde todas las cosas salen y se solucionan sin ningún problema, sino también las épocas de escasez y frío, las épocas en las que de verdad sabemos cómo son las personas que nos rodean.
No sé qué me deparará el futuro, si encontraré a alguien que me haga sentir completa y feliz como parecían estarlo las parejas de la plaza, que me ilusione cuando vuelva a asistir a una Noche del arte, pero esta vez desde estando al otro lado. O si, por el contrario, no encontraré a nadie y termine mis días acompañada de la música de mi violín. A día de hoy, no es algo que me preocupe ni me quite el sueño; si llega, bienvenido sea, si no, me sentiré contenta por todas las parejas que se han formado hoy bajo el sonido del violín.
Salgo de mis pensamientos y agradezco todas las horas que le he dedicado al violín que me permiten seguir tocándolo mientras pienso en cualquier otra cosa. Me sorprendo al ver el cielo clareando por el Eurus, ya no queda casi nada para que amanezca y termine la celebración.
En la plaza ya casi nadie baila, la gente que queda está sentada sobre la nieve o en los poyetes, charlando unos con otros y algunos aprovechando para desayunar. Veo al muchacho y a su amiga sentados el uno al lado del otro, escuchando mientras alguien de su grupo cuenta algo.
Antes de terminar la melodía, la chica se levanta y comienza a despedirse de sus compañeros. La veo caminar en mi dirección hasta llegar al centro de la plaza y detenerse para buscar el camino que la lleva a su casa. En el poyete, el muchacho parece dudar, los que le acompañan están todos hablándole a la vez y él no tarda en levantarse y salir corriendo.
«¡Espera!», escucho que grita. Ella se detiene antes de cruzar la marca de Vivi, se da la vuelta al escuchar el grito y ve a su amigo correr hacia ella. «Siempre en el último momento», pienso mientras veo a la chica esperar. Aprovecho que todos los que quedan en la plaza están atentos a ellos para terminar la canción y enlazarla con una de las que tenía reservadas.
El muchacho se detiene a su lado y comienza a hablar, no llego a oír lo que dice, pero sí veo cómo tiembla de los nervios. Ella responde y continúan hablando durante varios minutos que se me hacen eternos. Siento los primeros rayos de sol iluminando la madera del violín y veo al chico tomando de la mano a su compañera.
Se abrazan cuando la melodía llega a sus últimos compases. Sonrío al recordar la cara de ternura con que la ha mirado durante la velada y el esfuerzo titánico para hacer lo que ha hecho si de verdad es tan cortado como me ha hecho creer. «No sé si habrá amistad o también amor entre ellos dos, lo que sí espero es que, sea lo que sea, dure bastante tiempo», pienso, antes de murmurar las últimas notas de la celebración: «Sol, la, fa, sol, mii, sii, miiii…»
«No sé si habrá amistad o también amor entre ellos dos, lo que sí espero es que, sea lo que sea, dure bastante tiempo», pienso, antes de verles darse un beso y murmurar las últimas notas de la celebración: «Sol, la, fa, sol, mii, sii, miiii…»


