“En el camino a Cerrosantos encuentra restos de sangre y dolor, las percibe con total nitidez en el aire que rellena de pinceladas el nacimiento de los peñones. Sus pasos van cerrando heridas en el suelo, dando paso a nuevas hierbas, semillas de un nuevo germen. Es testigo de la aparición de sombras en el viejo caserón de los Vilches. Algo le llama desde sus muros, una presencia tan vieja como la luz donde acaba de dejar a su madre; un agujero que lo llama por su nombre.
—No me olvido de ti.
Ve espectros danzar en los huecos de las ventanas, encerrados en los marcos de las puertas, saliendo y entrando en los ladrillos de la piedra de la casa. Un eco en el pozo, un aullido en la colina, unas pupilas dilatadas con sangre negra mirándolo desde esa verja que al anochecer será incontenible.”
―
Sam Valuem,
Venas de savia