“La mujer está concluida. El cuerpo muerto muestra la sonrisa de la realización, en los rollos de la túnica fluye la ilusión de una necesidad griega. Los pies desnudos parecen decir: hasta aquí hemos llegado, se acabó. Cada niño muerto se enroscaba, serpiente blanca, ante una jarrita de leche, que ahora está vacía. Ella los ha plegado de nuevo a su cuerpo como pétalos de una rosa cerrada cuando el jardín se tensa y las hondas gargantas dulces de las flores nocturnas sangran aromas. La luna, que mira desde su capucha de hueso, no tiene por qué entristecerse. Está acostumbrada a estas cosas. Sus moretones crujen y se arrastran.”
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Al Alvarez,
Dios salvaje: Estudio sobre el suicidio