“Los Cervera tenían una mitología más compleja que la griega: tíos con aventuras, tías con pasados inhóspitos por los que Emiliano y Pancho transitaban como por un panteón de amigos cercanos. Todo en el pasado había sido digno de recordarse, todo en la vida era un ideal inalcanzable, al que uno, al mismo tiempo, pertenecía y no. Podía pasar tardes enteras escuchando del tío que vino de Europa y fue cantante de ópera en la Met de Nueva York, para luego llegar a Acapulco a ganar competencias de clavados en la Quebrada. Sus historias eran como acordeones, se iban desdoblando, con participación de todos. Pancho apretaba un botón, Emiliano y Sandra podían contar historias que saltaban de un familiar remoto a otro sin parar, hasta que se nos hacía de noche con el café frío en la mesa donde nos habíamos sentado a comer. Yo escuchaba, como quien bebe agua dulce, mientras Paloma bostezaba. Yo me aferraba a la complejidad de la parentela de Emiliano como a un territorio mítico al que se podía ir de vacaciones. Luego repetíamos el chiste en casa de mi mamá, sentados alrededor de la mesa de su cocina, hilábamos fino hasta que se nos acababan las conexiones narrativas y la luz del día. Cuando”
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Catalina Aguilar Mastretta,
Todos los días son nuestros