“Siempre fue buena para huir, y mala para persistir en la huida. Porque durante mucho tiempo no pudo deshacerse de la otra, de la que quería complacer, de la que sentía lástima, como su hermana, de cualquiera que hiciera un gesto parecido al perdón, de la que ahogaba su sensación de atrapamiento en las burbujas de sus viajes y en la liberación de sus textos, pero que estoicamente regresaba y se reacomodaba en el tibio nido de su desdicha cotidiana. Cuántos años le tomó dejar de sentirse esclava de la culpa. Culpa por odiar a la madre, que la mandaba callar con los ojos en las visitas familiares; al padre, que la cercaba con sus prohibiciones y la humillaba con sus castigos; a la pacata de su hermana, que la juzgaba por ser expansiva y provocadora y por enamorarse de tipos indeseables. Ay, la culpa por enamorarse de más, por no estar a la altura de lo que esperaba el marido, por ser arisca, ríspida, obsesiva.”
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Piedad Bonnett,
Qué hacer con estos pedazos