“En el hueco exacto de su corazón se había abierto una cruz de espinas, al mismo tiempo sus aspas rotaban y ejercían una presión insoportable, como el peso de una lápida o de una montaña entera, y era como si esa cruz tuviera también la forma de un rayo congelado atravesándole, de una zarpa desgarrando telas y de un puño que apretara y le retorciera y estuviera exprimiendo cada gota de su sangre.”
―
Gema Nieto,
Quien esté libre de culpa