“en San Petersburgo hay rincones bastante curiosos. En estos lugares es como si no entrara el mismo sol que brilla para todos los petersburgueses, sino otro distinto, nuevo, uno encargado a propósito para estos rincones, y brilla sobre todas las cosas con una luz diferente, especial. En estos rincones, querida Nástenka, se vive una vida completamente distinta, una que no se parece a la que bulle a nuestro alrededor, sino una que quizá exista en un remoto y desconocido país, y no en el nuestro, no en este tiempo nuestro tan serio. Esa vida es una mezcla de algo puramente fantástico, de algo ideal y apasionado pero, al mismo tiempo —¡ay, Nástenka!—, de algo prosaico y descolorido, común, por no decir vulgar hasta límites increíbles.”
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Fyodor Dostoevsky,
Noches blancas