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La vergüenza era una emoción problemática para mí y, a veces, me dificultaba el funcionamiento.
Estaba enfadada conmigo misma por ser el tipo de persona que llora cuando está enfadada. Quería ser de las que gritan.
Sabía que tenía que controlarme. Solo que no podía. Porque ella era adictiva. Y yo estaba obsesionado.
Debía ser la hostia de cuidadoso con mi próximo movimiento, porque una vez que decidiera que era la chica de mi vida, se acabó. Si me comprometía, si me enamoraba de ella, más me valía pegarme una nota en la frente que dijese: «Soy tuyo, así que, por favor, sé amable conmigo porque he venido para quedarme».
«Deja de mentirte a ti misma», me reprendió mi cerebro, «lo quieres con cada pedazo de tu destrozado corazón…».

