Quizá no fuera Robert Sheckley el primer autor estadounidense que percibió el potencial oculto que encerraba ese ingenuo y desdeñado género pulp que tanto disfrutaba el currante de a pie, pero desde luego fue uno de los que logró crear tramas inmortales que, aún a día de hoy, siguen reciclándose en el cine de ciencia ficción. Robert Sheckley se aleja de los encorsetados modelos de la ciencia ficción de la Edad de Oro escritos en piedra por Hugo Gernsback y John W Campbell Jr. para tomar un camino más libre, más fresco, en el que prima más la imaginación y el humor y en el que ciencia ficción y fantasía se entremezclan. Sheckley se parece más a un Bradbury cachondo, un Fredric Brown contenido o un R. A. Lafferty con los pies en la tierra. Sus cuentos son muy sencillos y, por eso, tan inteligentes y satisfactorios, recayendo todo su peso en la fuerza imaginativa de sus premisas, siempre brillantes y frescas. No parece que estos cuentos hayan envejecido, al menos no en el fondo, sí mucho en la forma.
Los relatos incluidos en esta antología son los siguientes:
Los monstruos (***): en un planeta desconocido habita una raza con una cultura muy diferente a la nuestra, en la que las discusiones son siempre objetivas, aunque acaben con algún que otro muerto, y las mujeres sean asesinadas por sus maridos a las pocas semanas de convivencia. Cuando una expedición humana arribe al planeta, el choque cultural será inevitable.
El coste de la vida (****): una despiadada crítica al capitalismo y al consumismo desaforado que seguramente leyó y disfrutó J.G. Ballard. Un padre de familia empeña su vida y la de su hijo para que la familia pueda disfrutar de todos los adelantos tecnológicos, por muy absurdas que sean sus funciones.
El altar (***): un hombre extraño llega a un pequeño pueblo estadounidense preguntando por un lugar desconocido para el narrador, natural de la localidad. Aunque éste es incapaz de guiarlo a su destino, el extraño lo encuentra sin dificultad y se sincera con el narrador: pertenece a una logia secreta.
Forma (****): una raza extraterrestre con la capacidad de adoptar cualquier forma a conveniencia ambiciona conquistar la Tierra. Ninguna de las avanzadillas expedicionarias logró su objetivo, todas desaparecieron, presumiblemente derrotadas. Para esta última excursión se ha seleccionado un equipo peculiar, compuesto por varios integrantes que no se ajustan como deberían al rígido sistema de Formas estipulado y que simpatizan peligrosamente con la herejía amorfa, que proclama que cualquiera debería tener derecho a adoptar cualquier forma deseada sin estar obligados de por vida a cumplir un rol en la sociedad.
El hombre afectado (*****): una empresa constructora de universo ha cometido un pequeño error al programar el continuo espacio tiempo en su último encargo. Al parecer, un ser humano, un hombre que está a punto de comenzar una nueva vida en un nuevo hogar con su mujer, se ha visto envuelto en una paradoja temporal: si se desplaza en el eje X todo está bien, pero si lo hace en el Y se desplazará, también, atrás o adelante en el tiempo. Pura originalidad, imaginación y comedia.
Alimentos y venenos (****): dos exploradores caen a un planeta abandonado por sus antiguos ocupantes. Sin comida ni bebida, los protagonistas deberán buscar e identificar en lo que aparentemente es un almacén de productos variados algo comestible que llevarse a la boca. De nuevo, el problema de la comunicación, pero esta vez tratado en clave de humor y con un final tan sorprendente como disparatado. Por cierto que el título en inglés mola mil veces más que la traducción al español.
Los deseos del rey (****): un matrimonio, dueño de una tienda de electrodomésticos, descubre que alguien está afanándose parte de sus productos. El responsable es un genio que, incapaz de realizar más magia que la de viajar en el tiempo y el espacio, se ve obligado a proveerse de los aparatos necesarios para conceder los deseos de su dueño.
La voz (**): un hombre enamorado, a punto de acudir a su cita, escucha una voz desconocida en su cabeza que le pide ayuda. El más flojo.
Los demonios (****): cuando un vendedor de seguros dobla la esquina es trasportado, mágicamente, al interior de un pentagrama dibujado con tiza en un lugar que, a todas luces, debe tratarse del infierno. Ante él tiene a Nelzebú, su invocador, que reclama sus servicios como demonio para conseguir quince mil kilómetros de destro. De negarse a satisfacer su deseo, le amenaza con encerrarlo en una botella. El pobre vendedor de seguros tendrá que salir de esta situación valiéndose de todo su ingenio.
El especialista (***): tras una tormenta solar, una nave espacial queda varada en el insondable vacío cósmico. Pero esta nave es muy peculiar, pues todos sus componentes tienen vida y conciencia: su estructura está construida a partir de muchas razas distintas que cumplen distintas funciones para el correcto funcionamiento del vehículo. La tormenta en cuestión ha dañado a su Pujante, el único capaz de lograr acelerar la nave por encima de la velocidad de la luz.
La séptima víctima (****): en el futuro, para evitar la guerra que acabará con todas las guerras, se ha creado un Ministerio de Catarsis Emocional al que puede apuntarse cualquier persona que deseé asesinar a un semejante. Al entrar en este ministerio lo hará en calidad de Cazador, de asesino, pero estará obligado a ejercer de Victima una vez cometido el acto y esconderse de su cazador. Así, cazadores y víctimas pueden matarse y defenderse sin poner en riesgo al resto de la población, que no alberga sentimientos homicidas. Si el cazador logra matar a diez víctimas y, a su vez, sobrevivir al ataque de diez cazadores, ingresará en el selecto club de los diez. El protagonista de este relato va ya por su séptima víctima; es un cazador experimentado. Sin embargo, su siguiente víctima le ha quitado toda la diversión a este deporte: se trata de una mujer, una que se niega a tomar precauciones y parece esperar resignada a su verdugo.
Ritual (***): una raza extraterrestre ha concebido una extensa batería de rituales y danzas para recibir a sus dioses, seres llegados de las estrellas que, al aterrizar en el planeta, realizan una serie de gestos agónicos que los nativos interpretan de maneras totalmente arbitrarias.
Las quietas aguas del espacio (***): un hombre desencantado vive solo en un asteroide, cultivando su propio alimento. Para soportar la soledad construye un robot, al que va educando para que sus respuestas sean cada vez más variadas, espontáneas y humanas. Este relato, en manos de Bradbury, hubiera sido inmortal. A Sheckley se le da mejor ser gracioso que melancólico.