Las palabras son poderosas. Las palabras pueden obligarte a hacer cosas de las que no te creerías capaz: pueden embravecer un ejercito entero y hacerlo cargar contra un enemigo desconocido, conscientes de que en esa carga magnifica ninguno regresará; pueden postrar a una persona y quitarle toda esperanza de levantarse; pueden alzar a un pueblo contra el mundo y convencerle de que están haciendo lo correcto, reclamando justicia. Las palabras son gatillos, detonadores y armas arrojadizas. Por supuesto, siempre en el plano metafórico. Pero no en esta novela, en esta novela las palabras son terribles armas de destrucción masiva. Literalmente.
Esta es la historia de Salomón Rulfo, profesor de literatura retirado y desencantado del mundo y sus semejantes al que unas terroríficas pesadillas atormentan sin descanso. En estos sueños recurrentes es testigo de un crimen brutal y sanguinario como sólo la delirante imaginación humana puede confeccionar durante la fase REM. El problema es que estos sueños no son tales, pues este asesinato ocurrió realmente, y cuando nuestro protagonista se lanza a esclarecer el misterio de este crimen descubrirá que la poesía que tanto ama es muy, muy peligrosa.
Este es el segundo libro de José Carlos Somoza que leo, y he creído reconocer algunos lugares comunes. No se si es algo anecdótico o que a este autor le gusta escribir sobre sectas y sociedades secretas -por si acaso no mencionaré la otra novela, por los spoilers-, pero en ambas novelas la trama gira en torno a un grupúsculo que ejerce un control subrepticio pero absoluto sobre la sociedad. En este caso se trata de las damas, unos seres inmortales que inflaman la creatividad de los grandes poetas para apropiarse de sus versos más hermosos, de los cuales obtienen sus dones, su munición. En efecto, en este libro los versos tienen la capacidad de retorcer y deformar la realidad -"en el principio era el verbo"-, y las damas necesitan que el caudal de versos mane constante para seguir perpetuándose en el poder. Esta conspiración, por tanto, nos adentra un submundo lleno de liturgias y misterios que los protagonistas tendrán que ir descubriendo poco a poco pagando un alto precio en el proceso al igual que ocurría en, por ejemplo, la novela de Tim Powers La fuerza de su mirada, cuya trama también gira en torno a unos catalizadores sobrenaturales que necesitan de los poetas para sobrevivir. De hecho, y a modo de curiosidad, en la novela de Powers estos seres sobrenaturales reciben el nombre de lamias, en parte como una referencia al poema de John Keats -la identidad de estos seres es más compleja-, un importante personaje en dicha novela, que es, así mismo, el nombre de una de las damas de la novela de Somoza, en particular la musa que inspiró... a Keats. Las similitudes no acaban aquí: ambas novelas consisten en una investigación sobre el origen y naturaleza de estos entes con el objetivo de poder destruirlos, en ambas los protagonistas son acosados desde el minuto uno por estos seres, ambas tienen un gusto morboso por la casquería -especialmente la de Somoza, que se recrea muchísimo en lo gore-, y ambas no me han gustado. Punto importante este último.
No se si es que no soy fan de estas novelas de sociedades secretas, pues tampoco he leído tantas para afirmarlo rotundamente, o que éstas dos tienen unas tramas que intentan ser tan retorcidas e ingeniosas que terminan por rozar el absurdo. Lo que más he disfrutado de ambas ha sido, curiosamente, esa visceralidad. Tanto Somoza como Powers saben crear momentos de gran fuerza visual, con atmosferas enfermizas y manteniendo ese onirismo alucinado que se le presupone a la poesía más decadentista y romántica, la que se hacia en fumaderos de opio y tascas inmundas. A nivel tonal, esta violencia descarnada refuerza ese poder que la poesía tiene sobre los humanos a nivel inconsciente, al principio, y a nivel absoluto una vez entran en escena las damas o las lamias: un verso de Blake te mutila de forma horrible, un soneto de Shakespeare te reduce a pulpa y un Damaso Alonso te exprime el cerebro. Este es el punto más disfrutable de la novela, el poder de las palabras.
Sin embargo, al ser estos seres sobrenaturales unas invenciones originales basadas sólo parcialmente en fuentes reales -brujería, mitología griega, etc-, las leyes que rigen su naturaleza son igualmente originales. Me explico. El imaginario popular sabe que a los hombres lobo se los combate con plata y a los vampiros con estacas. Bien, varias kriptonitas de las damas pueden rastrearse en tratados de demonología reales y mitos, pero la mayor parte, concretamente aquellas debilidades que serán importantes para la trama, deben descubrirse. Y digamos que cada descubrimiento se hace en circunstancias sospechosamente convenientes para la trama, ya sea porque alguien tiene una información útil o porque alguien conoció a no-se-quién que a su vez conocía a no-se-quién, o mi favorito, porque un sueño lo dijo. En resumen, se le ven bastantes las costuras a la novela en sus revelaciones, y no son pocas las que ocurren a lo largo de la misma.
Los personajes son más bien un esbozo, tanto el protagonista, Rulfo, como sus aliados. Todos son seres miserables y/o que han sufrido una perdida irreparable en sus vidas que aun los atormenta. Esa miseria del pasado es lo que les hermana y les obliga a sacrificar sus vidas para descubrir el secreto de las damas. Poco más se puede decir de ellos. Tiene gracia el profesor de Rulfo, César, que se presenta a si mismo como un dandi hedonista con ínfulas de Marques de Sade que gustaba de realizar orgias caseras con sus alumnos -predominantemente alumnas- al que la realidad le hace ver que no era tan "enfant terrible". Vamos, lo normal en un profesor universitario de humanidades.
Por último, el estilo de Somoza, si bien esta cuidado y es efectivo, da en inconsistente. La mayor parte de la historia esta narrada de una forma sencilla, sin grandes pretensiones y manteniendo un tono sobriamente pesimista. Sin embargo, hay momentos en que el lenguaje cambia y predominan los barroquismos y metáforas crípticas. Sobre todo en los preludios a las escenas más violentas. Entiendo que esto ocurre para sumergir al lector en esa atmosfera alucinada que envuelve a los protagonistas. El contacto con las damas es un poco como iniciarse en los misterios de los mitos de Cthulhu: a mayor conocimiento más frágil se vuelve cordura. Si bien este recurso es inteligente, siento que no está integrado orgánicamente en la narración, y el contraste que se crea consigue lo contrario a una inversión eficaz en ese submundo surrealista. Eso, y la introducción de frases inconexas en la narración que ni siquiera entiendo que pintan.
No puedo recomendar esta novela, ni ésta ni por extensión la de Tim Powers anteriormente mencionada, salvo por su planteamiento y su atmosfera. Tal vez para algunos sólo esto justifique su lectura y les permita considerar sus defectos pecadillos excusables. En mi caso, no es así, y menos para una novela de más de 700 páginas como es la de Powers. No cumple como thriller ni como novela de misterio, sí como novela de terror en algunos fragmentos, pero tampoco muchos. Ya depende de cada quien darle una oportunidad.
Sólo me resta advertir al valiente que se aventure a emprender este viaje que abandone toda esperanza. Bueno, esta última cita ha sido como tocar un cencerro al final de una sinfonía. Mejor paro ya.