Hace unos pocos días pagué la matrícula para entrar en el programa de doctorado, por lo que en unos meses mi vida volverá a estar vinculada a una institución científica y mi trabajo puesto a su servicio. Eso significa que entraré como un engranaje más de una máquina perfectamente calibrada y engrasada a la que una recua de burócratas, chupatintas y cantamañanas incompetentes se esfuerzan en sabotear introduciendo palos en forma de trámites innecesarios que rellenar de acuerdo a unas instrucciones escritas en un lenguaje ininteligible que tardas horas en completar; firmas de documentos de contenido incomprensible que pasaran por diez manos antes de llegar a su destinatario definitivo, si es que llega, solo para que te dejen usar la sala del microscopio electrónico; o cursos absurdos sobre cómo mejorar la productividad en tu trabajo, tu salud mental, tu desconexión digital o conectar con tu yo interior, yo que solo quiere que lo dejen en paz para hacer sus malditos experimentos, escribir sus malditos artículos y mandarlos a revistas que se rigen por los mismos códigos incomprensibles, reiniciando este mecanismo infernal que, demasiado tarde, descubres que es una trituradora a la que tu mismo decidiste entregarte para que tus pares tengan que llamarte Doctor Bernad, experto en conuláridos.
¿Se me nota la emoción, a que sí?
Pues todo lo que os he descrito lo encontraréis en esta novela de Connie Willis. Todo, excepto por un pequeño, diminuto, casi despreciable elemento: Flip, posiblemente el ser más irritante de la creación literaria. Si llego a encontrar una persona así de tarada en la universidad le meto fuego.
Esta novela, y llamarla así es estirar obscenamente el significado de la palabra, trata sobre cómo se hace la ciencia y a cuantos obstáculos debe enfrentarse el pobre diablo que se dedica a ella. La protagonista es Sandra Foster, y su trabajo es estudiar y predecir las modas, una tarea que los legos considerarían absurda pero que su empresa ve de vital importancia pues predecir los cambios sociales significa predecir qué va a comprar la gente en el futuro inmediato. Sin embargo, Sandra está atascada, y es que identificar el origen del pelo corto en la moda femenina americana de principios de siglo XX tiene su miga, máxime cuando tienes que hacer frente a charlas motivacionales, rellenar impresos, informes y más chorradas burocráticas. Y Flip, la ayudante, un ser que solo sirve para generar el caos. Su labor es solucionar problemas y aliviar la carga de trabajo rutinaria que deben enfrentar los científicos de la empresa, pero su incapacidad para comportarse como un ser humano funcional hace que los problemas y carga de trabajo se multipliquen a la enésima potencia. En serio, cualquier cosa que diga de este infraser se queda corto, no hay palabras en la lengua española capaces de abarcar la magnitud de su estupidez. Entre los muchos problemas que su actividad genera está traspapelar el permiso para conseguir nuevos monos para los experimentos del compañero de Sandra, Bennett O'Reilly, experto en la teoría del caos. Al carecer de sus monos, Bennett no puede continuar con sus investigaciones. Sandra en ese momento tendrá una revelación. Ella salía con un ranchero que se dedica a la cría de ganado ovino, y que mejor objeto de estudio del caos que una voluble y sincronizado rebaño de ovejas. Así, Sandra y Bennett combinaran sus áreas de estudio gracias a las ovejas, aunque tendrán que seguir capeando las muchas contingencias generadas por la indigente mental que es Flip. Dios, cómo te odio.
La historia, grosso modo, es un ejemplo muy alargado de cómo funcionan los sistemas complejos, el efecto mariposa y la teoría del caos, cómo la más imperceptible alteración de una insignificante variable es capaz de hacer caer en la entropía absoluta a un sistema ordenado o, por el contrario, configurar un orden aparente dentro del caos. La forma que busca Connie Willis para transmitirnos este concepto matemático es el humor, y eso hace que, en ocasiones, toda la novela se sienta un chiste alargado.
El humor muchas veces roza lo subnormal, no lo absurdo, no lo surrealista: la más absoluta estulticia. Los personajes se comportan como dibujos animados en el mejor de los casos, la narradora te martiriza con un humor americano que consiste en enumerar datos y acumular excentricidades con la esperanza de que alguna te resulte simpatica. Y sí, a veces acierta, pero cuando falla es doloroso como una hernia. En especial Flip. Ya lo decía Robert Downey Jr. en Tropic Thunder, cuando haces un tonto entrañable ganas un Oscar, pero cuando vas "full-retarded" solo logras hacer el ridículo. Y lo de Flip es como una catástrofe natural, leer su nombre en una frase es invocar a Asmodeo, leerlo entre guiones es prepararte para el desastre. Hubiera arrancado las páginas del libro si no lo hubiera leído en ebook.
En fin, y resumiendo, la premisa y las intenciones de Connie Willis son lo mejor de la novela. La ejecución, sin embargo, es terrible por su humor excesivamente imbecil y sus personajes caricaturescos. Espero que su saga de viajeros del tiempo no tenga este tono humorístico. Mi estómago es capaz de resistir 250 páginas de idioteces, pero 800 ya son para un opositor a mártir.