Reseña de Carlos Caranci para Fantasymundo:
Merlín unió el alma de Jason Blood a la de su medio hermano el demonio-bardo Etrigan, uniéndolos para siempre. Conoce los orígenes de una de las creaciones del Rey Kirby para DC
Clásicos DC: Demon, de Jack Kirby
Liberar al que aguarda, última acción del gran mago Merlín antes de desaparecer junto al castillo de Camelot bajo los ataques del furioso ejército espectral del Hada Morgana. Así dan comienzo las aventuras del Demonio Etrigan, el de la tez dorada, en agosto de 1972 de la mano de Jack Kirby (Nueva York, 1917–1994) durante su breve participación en la editorial DC (de 1970 a 1975) donde cuajó un brillante a la par que irregular trabajo con series como la saga El Cuarto Mundo o este Demon que ahora se reedita en un solo tomo en blanco y negro y al que acompañan en los kioscos otras versiones del personaje de autores posteriores (Wagner, Ennis & McCrea, Grant).
Si Kirby marchó a Detective Comics (antes National) fue porque Marvel (antes Timely y luego Atlas) se le hizo pequeña, demasiadas restricciones, pautas a seguir (principalmente las dictadas por Stan Lee), estatus ideológicos que defender y sostener, y sobre todo por los derechos de autor sobre sus creaciones, de los que fue privado, y por los que peleó durante el resto de su vida a través de soportes como el tebeo-manifiesto Destroyer Duck (Pacific, 1981). Y es que si hablamos de Jack Kirby estamos refiriéndonos a la mente creadora de iconos como el Capitán América (1940) o los Cuatro Fantásticos (1961), así como de Hulk, Thor, Iron Man, X-Men, Los Vengadores…
Estos personajes, hoy estereotipados y edulcorados, pervertidos a lo largo de series infinitas y adaptaciones a la gran pantalla normalmente desafortunadas, surgieron de un ímpetu creativo optimista, fresco, ligeramente teñido del ingenuismo que la posguerra necesitaba, símbolos sin fisuras para esperanzar y aleccionar a una infancia en construcción. Superhéroes que eran paradigmas a seguir y que encajaban en la idiosincrasia estadounidense la cual impulsaba a la superación de los obstáculos mediante el solipsismo más radical, aquí reflejado a través del desarrollo de poderes paranormales (de toda índole); de la necesidad de ocultar la verdadera y asombrosa identidad bajo un disfraz de mediocre cotidianidad, insinuando que la posibilidad del triunfo estaba al alcance de todos (¿o de unos pocos elegidos?); de la responsabilidad de contener ese potencial y/o emplearlo con oportunidad: una alternativa a la ley ordinaria y una propuesta que mitifica la Libertad dando Clásicos DC: Demon, de Jack Kirbyla espalda a la Justicia.
Y quizá con necesidad de explotar más ese universo superheroico, Kirby entró en DC, donde no le impusieron condición alguna para escribir y dibujar historias que fueron menos comerciales, más oscuras, ambiguas, alejándose de ese modelo de tebeo que acabó siendo una pieza más del engranaje ideológico de la sociedad del bienestar norteamericana (corrupta en sus entrañas por asuntos como el maccarthysmo, contra el que el autor combatió a través del tebeo The Fighting American, 1954).
Jack Kirby nació Jacob Kurtzberg en el seno de una familia judía proveniente de Austria; al parecer fue su madre, devota practicante, quien le instruyó en la tradición y el folklore hebreos que tendrían gran peso en su producción gráfica, junto a la mitología tradicional y la ciencia ficción contemporánea. Demon en efecto es un cómic inmerso de lleno en lo sobrenatural, donde lo fantástico interactúa con la realidad empírica pero siempre en un estrato subyacente, influyendo sólo parcialmente en la existencia de los humanos a quienes espera desvelar las señales sincrónicas para alcanzar lo trascendente. En Demon las criaturas, sean espíritus, homúnculos o demonios, son de índole mágica o alquímica, siempre mediados por algún ser humano con innatas capacidades o sofisticados artilugios mecánicos, sacerdotes en cualquier caso. Y un demonio es el mismo protagonista, huésped alojado en la persona de Jason Blood, demonólogo (muy apropiado) cuya apariencia no se altera con el transcurrir de los siglos pero su memoria alcanza sólo un corto espacio de tiempo.
A lo largo de los 16 números de Demon que dibujó Kirby, Jason Blood irá desvelando el enigma que él mismo aloja, sabrá que se trata de un terrible demonio del inframundo que espera en letargo a ser invocado por el amo Merlín cuando éste le requiera, pero también aprenderá a controlar parcialmente a la criatura, a transformarse con relativa autonomía, aprenderá a temerle y a necesitarle, y a compartir el secreto con sus amigos y enemigos.
Clásicos DC: Demon, de Jack Kirby Sin embargo el autor expone torpemente esta compleja evolución del personaje, sin apenas matices, demasiado precipitado en momentos que hubiesen requerido algo más de mesura y sutileza. Las historias se desenvuelven rápidamente, los instantes de suspense y tensión resultan efímeros, a las secuencias de acción parecen faltarles alguna toma, las conversaciones se resumen en unas cuantas viñetas, evidenciando el hastío que debía provocar el dibujarlas al bueno de Kirby. Los capítulos en los que se divide cada episodio no dejan respiro y someten al lector a un ritmo frenético que si bien permite consumir el producto a enorme velocidad y garantizan entretenimiento, resultan insostenibles en grandes cantidades. Además, el ojo no acostumbrado a la peculiar línea de este dibujante, desenfrenada, apabullante (las dobles páginas de Kirby son siempre un ejercicio para la vista), a sus acusadísimos escorzos, sus forzados encuadres, sus no siempre académicas anatomías (gigantescas manos e hipertrofiadas rodillas) y a sus escenas de escalas desequilibradas, en las que cada figura se injerta artificialmente, puede encontrar aún más difícil la lectura de las aventuras del de la tez dorada.
Merlín unió el alma de Jason Blood a la de su medio hermano el demonio-bardo Etrigan, uniéndolos para siempre. Conoce los orígenes de una de las creaciones del Rey Kirby para DC
Por cierto, sobre el por qué del aspecto de Etrigan existen unas curiosas teorías que aluden a un episodio del Príncipe Valiente (Foster, diciembre de 1937) en el que éste se disfraza de demonio utilizando la piel amarilla de un ganso desollado (los pies palmeados corresponderían a las orejas): la similitud entre los dos dibujos no deja lugar a dudas. Sin embargo, un documental de Benjamin Christensen sobre ciencias ocultas llamado Häxan (1921), muestra un demonio con las mismas características. En realidad, aunque Kirby se inspirara probablemente en Foster (ambos cómics guardan relación con el mundo artúrico), lo cierto es que la tipología de ser diabólico que ofrece Etrigan se puede encontrar más o menos parecida en pinturas escatológicas medievales y renacentistas así como en aquellas de naturaleza moralista o las que ilustran las tentaciones de los santos (Bosch, Brueghel, Floris, o diablerías en general).
Con todo, esta estética resulta la adecuada para Demon, historia netamente expresionista de trasfondo centroeuropeo. Lejos del convencionalismo que acabaron adquiriendo sus anteriores creaciones para Marvel, Demon está impregnado de un esoterismo que nunca acaba de desvelarse, presentando una serie de significantes que han prevalecido sobre sus significados encriptando todo discurso para los no iniciados. Empero, los símbolos utilizados por el autor, muchos de los cuales pertenecen a la Cábala, han sido en cierta medida traducidos al gran público. Así la piedra filosofal (que casualmente Jason Blood conserva en un cajón de su escritorio), figuración de las metas epistemológicas de alquimistas y otros embrionarios pensadores y científicos, es presentada como un artilugio más o menos útil: pasa de generar frío o calor a voluntad (alusión a la transmutación del material) a, tras unas cuantas páginas, obedecer a todos los deseos del propietario;Clásicos DC: Demon, de Jack Kirby las criaturas contra las que combate Etrigan, con rostro humano las más (tradición mediterránea como arpías y esfinges junto al símbolo del mal absoluto que es la sierpe de faz antropomorfa del Antiguo Testamento), aparecen con extremada facilidad, pervirtiendo el misterio de la manifestación de lo desconocido, y el conjunto, conjuros y artefactos incluidos, carece de cierta sofisticación y glamour.
Porque el exotismo de Demon es el mismo que encontramos en los filmes de terror de los sesenta y setenta, como los del sello Hammer, entrañable productora de títulos atrevidos, irónicos y un tanto adocenados. Así pues Etrigan combate contra algún que otro émulo de Frankenstein, unos cuantos imitadores del Lon Chaney peludo y la versión más histriónica del Fantasma de la Ópera de Herbert Lom. Randú es el estereotipo eurocentrista del místico hindú (quién si no podía gozar de poderes telepáticos); los rostros, los recursos escénicos, los diálogos, todo resulta conocido, todas son construcciones occidentales del más allá a partir de retazos de leyendas rescatadas por anglosajones en territorios considerados marginales para el motor cultural dominante: por ejemplo el este europeo (sorprendentemente, la tumba de Merlín se halla en Moldavia), los temidos Cárpatos, las selvas de Europa Central.
Y aunque se trate de una publicación juvenil, algo bulle en el fondo de este cómic, algo que intranquiliza, que inquieta porque es inaprensible. En la primera de las historias, Jason Blood recibe la visita de un extraño emisario, impasible y mudo, que le entrega un singular documento, momento en el que da comienzo el inexorable deambular del demonio de la tez dorada en el mundo de los vivos del siglo XX. La misma escena que urdió Meyrink cuando el silencioso individuo de ojos rasgados y piel amarillenta dejó al maestro Pernath el libro Ibbur, despertando de su milenario sueño al Golem de Praga. La historia de Kirby bien podría ser un homenaje al cabalista austriaco.
Clásicos DC: Demon, de Jack Kirby Como el Golem, Etrigan es un esclavo, es el siervo de Merlín; Blood es siervo del monstruo que alberga. La responsabilidad de los actos de Etrigan no depende de sí mismo, es el ejemplo opuesto al diseñado en caracteres como El Capitán América: la personalidad secreta y poderosa no es una parábola del Triunfo, la Superación o la Responsabilidad, es una lacra letal y es tabú (quizá algo similar ocurre con Hulk). Blood posee una descontrolada identidad social, no puede asignarse a tiempo o lugar alguno, y del mismo modo su otro yo, quien debe su existencia a la definición mediante el nombre (la invocación recitada) que un tercero, su amo, pronuncia. Como el Golem, Etrigan depende de la definición escrita y de la mediación de elementos normativos (el mago, el sacerdote). En definitiva, Etrigan es en sí miso un conjuro, existe en un terreno intermedio no definido que interminable y tormentosamente aguarda la acción de la voluntad del mago, telépata o quien le invoque, como Randú.
Demon se sitúa en un terreno volátil, fluctuante, especulativo, estadio imperecedero de espera -leit motiv de la tradición judía-, sin meta o cristalización inmediata, estadio que, tras largos e intrincados procesos, es llevado idealmente a su fin por el alquimista-sacerdote cuyo objeto es la búsqueda de la perfección suprema, la afirmación absoluta del propio albedrío (mística cabalística, Jung y las doctrinas mesiánicas nazis), mediante la obtención de Oro, la generación de homúnculos y golems o la liberación de diablos que aguardan. De diablos, eso sí, de tez dorada.