Hace ya cuatro años de la primera vez que leí a Simone, ha sido para mí una fuente de inspiración y sin duda mi gran referente, casi como un primer amor. Desde entonces la he leído con atención e ilusión, me he deleitado con sus memorias que hoy termino y mi pasión por su obra ha tenido sus puntos de expresión: hace ya algo más de un año di un seminario sobre ella delante de unas cien personas. Fue una suerte que disfruté muchísimo y un recuerdo que me acompañará siempre.
Hoy termino el último tomo de sus memorias, de su autobiografía no me queda ya nada por leer, me falta La vejez, algunas de sus novelas y su correspondencia. En estos cuatro años la he mitificado y desmitificado, la he conocido más profundamente y he vuelto a ella con cierta recurrencia. En este último tomo ya no estamos ante la constitución de una personaje, sino ante una mujer ya madura que se reafirma y experimenta el mundo sobre lo que ha construido durante toda su juventud y edad adulta. En los tomos anteriores vemos el despertar de una conciencia, una conciencia precoz pero idealista, el descubrimiento de un mundo material, del plano político, del feminismo, de la vida plena que se abre ante uno cuando se atreve a ser quien se quiere ser sin dejarse someter a lo que otros quieren, a lo impopular o a los prejuicios.
Desde hace un tiempo siempre digo que no debemos romanizar a Simone: ni su relación con Sartre, ni su vida. Quizá lo hago porque he pecado de tal romantización.
Sus aportaciones al feminismo son evidentes y poco puedo decir que no se haya dicho ya, sin embargo, si hay algo que admiro y me conmueve y me remueve profundamente es la capacidad que Simone tuvo para narrarse, para dejar plasmada sobre el papel una vida larga en la que acontecieron muchas cosas, excepcionales y cotidianas. Siempre he pensado que la constitución de su persona tiene que ver con el personaje que crea, el personaje es sin duda admirable, la persona aunque tenga que ver con el personaje, lo trasciende para bien y para mal y es por esto que no se debe romantizar. Primeramente porque como humana cometió errores, también aciertos, pero no fue, ni creo que lo pretendiese, perfecta. Sin embargo, la impresión que nos puede dar al leer sus memorias es contraria a esto: la consistencia con la que se narra, con la que se presenta a ella y a su vida, a su pasado, a su presente, y a su futuro, son abrumadoras. Pero precisamente porque el trabajo sobre el papel aleja a la persona del personaje la que conocemos es siempre la que ya se ha visto con la distancia suficiente para relativizarse y conocerse. Es la construcción de una narrativa vital, pero la vida se vive en el desconcierto, el presente no es nunca nada parecido a la forma que toma a la luz del futuro, pero el análisis y la reflexión suficientes dan a cualquiera la consistencia necesaria para abordar un nuevo presente desconcertante con las herramientas suficientes. Quizá es esto lo que siempre he admirado en ella.
No he sido una virtuosa de la escritura. No he resucitado, como Virginia Woolf, Proust o Joyce el tornasol de las sensaciones y no he captado en palabras el mundo exterior. Pero no era ese mi designio. Quería existir en los demás comunicándoles, de la manera más directa, el gusto por mi propia vida: casi lo he logrado.
Sin duda lo ha logrado, y en algún sentido con su capacidad de narrarse ha sido una virtuosa de la escritura en el sentido que atribuye a Woolf, Proust o Joyce. Trasmite su talento para la vida, su placer por las cosas sencillas y su forma de experimentar y ver el mundo.