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American Splendor
American Splendor: The Life and Times of Harvey Pekar
Harvey Pekar is a true American original, known by many as the blue-collar Mark Twain. For over 25 years he's been writing comic books about his life, chronicling the ordinary and everyday in stories both funny and moving.
This 320 page collection was issued on the heels of the film "American Splendor," and it includes material previously published in the first two collected volumes in the American Splendor series.
This 320 page collection was issued on the heels of the film "American Splendor," and it includes material previously published in the first two collected volumes in the American Splendor series.
318 pages, Paperback
First published January 1, 1986
About the author
Harvey Pekar
119 books259 followersHarvey Pekar was an American writer and comics creator whose groundbreaking autobiographical series American Splendor helped redefine the possibilities of graphic storytelling. Frequently called the poet laureate of Cleveland, he developed a body of work that approached everyday life with candor, humor, frustration, and philosophical reflection. Pekar’s voice became central to the evolution of comics into a medium capable of serious literary expression, and his influence extended to criticism, journalism, and popular culture through his essays, radio work, and memorable television appearances.
Pekar grew up in Cleveland, where his parents operated a small grocery store, and his early experiences shaped much of the sensibility that later defined his writing. His deep love of jazz led him into criticism, and through that world he befriended artist Robert Crumb. Their shared interest in music eventually led him to try writing comics. Pekar wrote his first scripts in the early seventies, sketching out stories with simple figures before passing them to Crumb and other underground artists who encouraged him to continue. With the first issue of American Splendor in 1976, Pekar began chronicling the small battles, anxieties, and fleeting moments that made up his daily life in Cleveland. His day job as a file clerk, his marriages, conversations with coworkers, frustrations with bureaucracy, and the struggle to make ends meet all became material for a series that often blurred the line between observation and confession. Over the years, he worked with a wide range of artists who interpreted his scripts in styles that mirrored the emotional tone of each story.
The success of American Splendor brought Pekar national attention. Collections such as The Life and Times of Harvey Pekar received strong critical praise, and his unpredictable, often confrontational appearances on late-night television became a defining part of his public persona. The 2003 film adaptation of American Splendor, in which Paul Giamatti portrayed him, earned major festival awards and introduced Pekar’s work to a wider audience. He continued to write graphic memoirs, biographies, collaborations, and cultural commentary, expanding his range while maintaining the blunt honesty that characterized his voice. Pekar’s work remains central to the development of literary comics, influencing generations of writers and artists who followed his example.
Pekar grew up in Cleveland, where his parents operated a small grocery store, and his early experiences shaped much of the sensibility that later defined his writing. His deep love of jazz led him into criticism, and through that world he befriended artist Robert Crumb. Their shared interest in music eventually led him to try writing comics. Pekar wrote his first scripts in the early seventies, sketching out stories with simple figures before passing them to Crumb and other underground artists who encouraged him to continue. With the first issue of American Splendor in 1976, Pekar began chronicling the small battles, anxieties, and fleeting moments that made up his daily life in Cleveland. His day job as a file clerk, his marriages, conversations with coworkers, frustrations with bureaucracy, and the struggle to make ends meet all became material for a series that often blurred the line between observation and confession. Over the years, he worked with a wide range of artists who interpreted his scripts in styles that mirrored the emotional tone of each story.
The success of American Splendor brought Pekar national attention. Collections such as The Life and Times of Harvey Pekar received strong critical praise, and his unpredictable, often confrontational appearances on late-night television became a defining part of his public persona. The 2003 film adaptation of American Splendor, in which Paul Giamatti portrayed him, earned major festival awards and introduced Pekar’s work to a wider audience. He continued to write graphic memoirs, biographies, collaborations, and cultural commentary, expanding his range while maintaining the blunt honesty that characterized his voice. Pekar’s work remains central to the development of literary comics, influencing generations of writers and artists who followed his example.
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Community Reviews
Displaying 1 - 2 of 2 reviews
October 14, 2016
(Más información en www.carlosbattaglini.es)
Yo, que hace tiempo que me aburrí de los sitios divertidos volví a rechazar una noche madrileña atestada de bisbales y garrafones.
Elegí el cine.
Puesto que en Madrid la calidad de vida es un secreto denominado ESPACIO y no hipotéticas playas o palmeras, había comprado mi entrada por Internet con la idea de evitar una cola maratoniana. Uno de este modo obliga a su estado de ánimo desde un lunes o un martes a que le apetezca por orejas ir al cine el sábado. Como cuando hay que bailar y reír en fin de año porque hay que bailar y reír en fin de año. Menos o más.
Entonces, ej lo que tiene: o vas o euros a la basura. Así que impregnado de estas perezas pegajosas de sofá, me despedí con tristeza de mi morada para acercarme al cine Renoir de Martín de los Heros. Objetivo: visionar la peli de Alexander Payne, Entre Copas. “Te va a encantar”, me había dicho una amiga casi saltando.
Pero nada más entrar en la oscura sala, yo sólo pensaba en lo tarde que iba a salir de allí y otras combinaciones neurológicas de inútil traducción. Mientras tanto, mi codo pujaba clásica y absurdamente por ese reposabrazos fronterizo que une (o separa) las butacas en el cine o en los aviones. Ya me entiendes.
Si hay algo que me acuerdo bien de la película es de las carcajadas continuas de un idiota desde prácticamente el minuto uno. Era yo. Reía tanto que tuve que taparme la nariz un par de veces. Supongo que al fin y al cabo tanta hilaridad constituía todo un hito.
Me reía entre otras muchas cosas del contraste formado por el fracasado Giamatti y su embrutecido compañero lascivo, lo que provocó que al final de la peli me convirtiese sobre todo en un acérrimo seguidor del primero. Comencé a perseguirlo, a devorar todos sus trabajos.
Por eso cuando otro día paseaba o me movían mis pies por Martín de los Heros, me introduje sin dudarlo en otra película donde Giamatti volvía a ser protagonista, American Splendor.
El inicio.
Del esplendor. Porque fue Giamatti interpretando a Harvey Pekar, el que me presentó a este creador del cómic (con la ayuda inestimable del gurú Robert Crumb) que daba título al film.
Asquerosos trozos de pizza esparcidos sobre una manta, cerveza caliente derramada en el salón de moqueta.
Que maravillosa es la cutrez.
La cutrez de las cuatro i: ingeniosa, innovadora, imaginativa e inteligente de Pekar unido a un enamoramiento de la ciudad donde transcurre todo, Cleveland, donde no hay nada sino humo (quiero perderme por Cleveland, Cleveland…) hicieron que al poco tiempo tuviese el cómic entre mis uñas: American Splendor, los cómics de Bob y Harv.
Sensación plácida y agradecida. Esa que experimentamos al abrazarnos a una obra comprensible y dinámica donde no tenemos nada que hacer sino disfrutar. Relajado, iba descubriendo la subterránea cotidianeidad del mundo de Pekar: archivista de un hospital de Cleveland y protagonista de sus propias historias, de su propia vida.
Ojo. El ojo de Pekar es un iris ultrarrealista interaccionando con la corriente común y reconocible. Achtung. Sin Tom Cruises salvando el mundo, sin coches deportivos persiguiendo a otros, sin mujeres despampanantes, sin disparos, sin héroes. Nadie vuela.
Somos nosotros.
Nos suenan.
Estas caras las hemos visto antes, convivimos con ellas, las interpretamos a diario.Somos nosotros los que pronunciamos esas palabras. Somos universalmente nosotros. Porque es la universalidad de los sentimientos la que hace que todos hallamos paseado alguna vez por el Penny Lane de los Beatles. Como universales son también los personajes de Pekar: el gorrón que se presenta en tu casa y te vacía la nevera, el vago encargado de atender las llamadas, el abuelo al que le encanta hablar del pasado, la loca del pueblo, el que llama al tum tum para decir “puta” y colgar, las ancianas conflictivas discutiendo en las colas del supermercado…
Los conocemos: están en Cleveland, los hay en Rabat, abundan en Usti, miles en Nueva Zelanda, duermen en Budapest.
Gracias al alma. Que hay detrás de cada personaje, dentro de cada viñeta, las historietas se nos introducen por vía intravenosa, abanicándonos con una filosofía erudita tan inconsciente como calculada. Con sabiduría, con precisión, con pura vida; para demostrar al fin y al cabo una gran verdad: todos tenemos algo que decir.
Ahora ya estoy seguro de ello tras haber perseguido a Paul Giamatti. Gracias Paul. Gracias garrafones. Gracias colas maratonianas. Gracias David Bisbal. Muchísimas gracias Don Harvey Pekar.
Más información en www.carlosbattaglini.es
Yo, que hace tiempo que me aburrí de los sitios divertidos volví a rechazar una noche madrileña atestada de bisbales y garrafones.
Elegí el cine.
Puesto que en Madrid la calidad de vida es un secreto denominado ESPACIO y no hipotéticas playas o palmeras, había comprado mi entrada por Internet con la idea de evitar una cola maratoniana. Uno de este modo obliga a su estado de ánimo desde un lunes o un martes a que le apetezca por orejas ir al cine el sábado. Como cuando hay que bailar y reír en fin de año porque hay que bailar y reír en fin de año. Menos o más.
Entonces, ej lo que tiene: o vas o euros a la basura. Así que impregnado de estas perezas pegajosas de sofá, me despedí con tristeza de mi morada para acercarme al cine Renoir de Martín de los Heros. Objetivo: visionar la peli de Alexander Payne, Entre Copas. “Te va a encantar”, me había dicho una amiga casi saltando.
Pero nada más entrar en la oscura sala, yo sólo pensaba en lo tarde que iba a salir de allí y otras combinaciones neurológicas de inútil traducción. Mientras tanto, mi codo pujaba clásica y absurdamente por ese reposabrazos fronterizo que une (o separa) las butacas en el cine o en los aviones. Ya me entiendes.
Si hay algo que me acuerdo bien de la película es de las carcajadas continuas de un idiota desde prácticamente el minuto uno. Era yo. Reía tanto que tuve que taparme la nariz un par de veces. Supongo que al fin y al cabo tanta hilaridad constituía todo un hito.
Me reía entre otras muchas cosas del contraste formado por el fracasado Giamatti y su embrutecido compañero lascivo, lo que provocó que al final de la peli me convirtiese sobre todo en un acérrimo seguidor del primero. Comencé a perseguirlo, a devorar todos sus trabajos.
Por eso cuando otro día paseaba o me movían mis pies por Martín de los Heros, me introduje sin dudarlo en otra película donde Giamatti volvía a ser protagonista, American Splendor.
El inicio.
Del esplendor. Porque fue Giamatti interpretando a Harvey Pekar, el que me presentó a este creador del cómic (con la ayuda inestimable del gurú Robert Crumb) que daba título al film.
Asquerosos trozos de pizza esparcidos sobre una manta, cerveza caliente derramada en el salón de moqueta.
Que maravillosa es la cutrez.
La cutrez de las cuatro i: ingeniosa, innovadora, imaginativa e inteligente de Pekar unido a un enamoramiento de la ciudad donde transcurre todo, Cleveland, donde no hay nada sino humo (quiero perderme por Cleveland, Cleveland…) hicieron que al poco tiempo tuviese el cómic entre mis uñas: American Splendor, los cómics de Bob y Harv.
Sensación plácida y agradecida. Esa que experimentamos al abrazarnos a una obra comprensible y dinámica donde no tenemos nada que hacer sino disfrutar. Relajado, iba descubriendo la subterránea cotidianeidad del mundo de Pekar: archivista de un hospital de Cleveland y protagonista de sus propias historias, de su propia vida.
Ojo. El ojo de Pekar es un iris ultrarrealista interaccionando con la corriente común y reconocible. Achtung. Sin Tom Cruises salvando el mundo, sin coches deportivos persiguiendo a otros, sin mujeres despampanantes, sin disparos, sin héroes. Nadie vuela.
Somos nosotros.
Nos suenan.
Estas caras las hemos visto antes, convivimos con ellas, las interpretamos a diario.Somos nosotros los que pronunciamos esas palabras. Somos universalmente nosotros. Porque es la universalidad de los sentimientos la que hace que todos hallamos paseado alguna vez por el Penny Lane de los Beatles. Como universales son también los personajes de Pekar: el gorrón que se presenta en tu casa y te vacía la nevera, el vago encargado de atender las llamadas, el abuelo al que le encanta hablar del pasado, la loca del pueblo, el que llama al tum tum para decir “puta” y colgar, las ancianas conflictivas discutiendo en las colas del supermercado…
Los conocemos: están en Cleveland, los hay en Rabat, abundan en Usti, miles en Nueva Zelanda, duermen en Budapest.
Gracias al alma. Que hay detrás de cada personaje, dentro de cada viñeta, las historietas se nos introducen por vía intravenosa, abanicándonos con una filosofía erudita tan inconsciente como calculada. Con sabiduría, con precisión, con pura vida; para demostrar al fin y al cabo una gran verdad: todos tenemos algo que decir.
Ahora ya estoy seguro de ello tras haber perseguido a Paul Giamatti. Gracias Paul. Gracias garrafones. Gracias colas maratonianas. Gracias David Bisbal. Muchísimas gracias Don Harvey Pekar.
Más información en www.carlosbattaglini.es
July 17, 2013
El universo privado de Harvey Pekar recogido en un compilado de sus dos primeras antologías, ofreciendo una buena muestra de su legado. Hallando su inspiración en la rutinaria Cleveland, American Splendor destila lo mejor del realismo sucio sin sus torpes clichés gracias a una exposición franca y ajena a la pretensión; todo acompañado del arte aportado por una serie de firmas lideradas por Robert Crumb. Reconfortante.
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