En la larga tradición literaria de Occidente, se han extendido y brotado de la personalidad de los hombres dedicados a la reflexión, por debajo del nivel de la expresión articulada y consciente de los discursos intelectuales, dos actitudes antagónicas al respecto de lo que desde la contemporaneidad se ha llamado pensamiento social, una modalidad que modernamente se practicó en la llamada literatura utópica, y que no deja de estar presente en la Antigüedad como demuestra una obra cual Pluto. De esa doble visión, que de manera simplista podríamos categorizar como la del optimismo-pesimismo ante el rumbo de la sociedad humana, como decimos, se desprenden dos actitudes filosóficas contrarias: el utopismo, como una fe unívoca en el hombre y su perfectibilidad, y el realismo, abismado ante la impotencia de la voluntad humana para reformar los vicios considerados como universales y atemporales.
La obra de Aristófanes contiene una virtud añadida, pues no sólo nos ofrece un paradigma ideológico (y ahí reside su clasicismo) sobre la problemática del hombre en la constitución de sociedades, sino que, además, a través de los personajes de Pluto y Penia, encarna los dos modos tradicionales de percibir la cuestión social. El ideal de Pluto, subsidiariamente expuesto por Crémilo y Carión, es proclive a una tabula rasa igualitaria que haga depender la riqueza de la justicia, un ideal que el realismo pragmatista de Penia echa por tierra como antinatural y pernicioso para el mantenimiento de los equilibrios internos que aseguran la estabilidad de la sociedad política. Podríamos asociar la postura moralista de Pluto a la escuela platónica, mientras que Penia, con su defensa de la pobreza como fundamento de la aristocracia, nos recuerda a un conservadurismo social de corte aristotélico. Es quizá, en la confrontación entre las divinidades de la riqueza y la pobreza, encarnadas en los susodichos dioses, donde la modernidad de esta comedia alcanza sus mayores cotas en términos de prospección visionaria y, también, de fuerza alegórica.
Mientras que la empresa (auspiciada por Crémilo) de Pluto podría asimilarse a un ideal económico intervencionista, Penia representa los intereses de una economía liberal, temerosa de cualquier tipo de injerencia político-estatal. En este sentido, la ceguera de Pluto podría cobrar una dimensión metafórica del poder económico sobre el político o viceversa: así, la riqueza ciega representaría la libre circulación del capital, sin cortapisas, mientras que la recuperación de la vista del dios sería el símil de un control racional o planificador de la economía. La postura de Aristófanes no queda clara y juega a ser ambivalente, no concediendo razón a ninguna de las partes, si bien es cierto que la presentación de los argumentos de Penia parece estar más dotada de madurez, y los de Pluto cargados de infantil adanismo, también es cierto que el argumentario “pobrista” se sirve de construcciones sofistas para imponerse a los de su adversario. De algún modo, Aristófanes adjudica a Pluto la posesión de la verdad, mientras que a Penia le concede la sabiduría. Verdad y sabiduría quedan, así, divorciadas en un Aristófanes que revela a lo largo de la obra tanto un profundo desencanto por el hombre como desarraigo por el devenir de Atenas. Lo único que deja claro sin ambages es que, como sentencia Blepsidemo en un momento de la obra, todo el mundo se deja vencer por el afán de lucro.
Pluto es, en fin, una comedia menor y postrera de Aristófanes que, pese a no disfrutar de una crítica literaria especialmente positiva, posee una gran vigencia temática, como demuestran las adaptaciones de que esta ha sido objeto en el panorama teatral reciente. En ella se presenta una sátira feroz del proceso de decadencia política, social y religiosa vivido en una Atenas en franco declive institucional. Pese a la tentación moralista que una situación así podría estimular, Aristófanes se limita a retratar desde la distancia y la amargura que proporcionan una edad proterva, la caída en desgracia de la religión tradicional, de las virtudes ciudadanas elevadas a canon patriótico por Pericles y de la corrupción como un mal que alcanza todas las esferas.
El tratamiento de lo religioso, asunto crucial en la obra como espejo de la salud social, roza el ateísmo en un contexto general de irreverencia por los dogmas. Aristófanes hace humor a costa de Zeus, que se presenta como un dios desprestigiado, al contrario que otros de segunda fila que ganan relevancia junto con la proliferación de cultos fragmentarios caracterizados por el individualismo y la relación más directa entre los sujetos y los númenes (desmoronamiento, por tanto, de la religión patriótica, comunitariamente vivida, coincidiendo con la posición degradada de Atenas en la geopolítica helénica).
La idea principal de la obra es que el imperio del dinero gobierna sobre todas las cosas, un imperio al que no escapa ni la religión misma, llegándose a afirmar que, con la extensión de la riqueza promocionada por Pluto, los templos quedan vacíos y los dioses dejan de ser adorados. Esos mismos dioses, como se aprecia en el caso de Hermes, están dispuestos a corromperse con tal de salvaguardar su status, máximo ejemplo de cómo la religión queda supeditada al dinero, pero, sobre todo, del poder absoluto del dinero, que es capaz de algo tan aparentemente imposible como igualar a dioses y hombres, como apreciamos en la transformación de Hermes, un personaje que ilustra también de manera elocuente la facilidad con que las buenas intenciones pueden desaparecer cuando entra en juego el mercadeo y la posibilidad de lucro.
Aristófanes, sin embargo, no ofrece soluciones satisfactorias a los problemas planteados. De hecho, por su final, puede considerarse la obra como inconclusa. Más allá de la descripción que realiza del ambiente y los usos sociales, y de su visión pesimista del presente, hay un problema moral que es el que desencadena el argumento de la obra en el que, sin embargo, no se profundiza: el de si la virtud, la inteligencia y la honradez son cualidades beneficiosas para el éxito o, más bien, si son lastres para su consecución. Pese a sus deficiencias literarias, de estructura, pese a sus fisuras argumentales, podemos concluir que esta obra nos ofrece un buen retablo de la situación histórico-religiosa desde la cual Aristófanes escribe, además de tocar cuestiones tan contemporáneas como lo son la lucha de clases, la corrupción política, los sistemas religiosos como éticas mercantiles o como opios populares (encontramos una prefiguración en Pluto de la célebre concepción marxista de la religión), el populismo social (Pluto, Crémilo), la plutocracia (Penia), los privilegios de las castas y el resentimiento de los excluidos, el problema del campo y la ciudad (simbolizado por los labradores honrados) o el conflicto permanente de intereses en el seno de la sociedad humana, como representa la más proverbial sentencia de la obra, puesta en boca de Crémilo: no me convencerás aunque me convenzas.
Reseña a petición de Manuel Rodríguez Gervás, catedrático de Historia Antigua.