Tras un poco más de un año acompañado por este libro, puedo decir con seguridad que Ballard es un nuevo autor de cabecera. Literal y figuradamente, porque todo este tiempo el mamotreto estuvo en mi mesa de noche. Obviamente, hay cuentos flojos—sobre todo los más "pulpy", de revista cincuentera de ciencia ficción—pero incluso en esos Ballard no puede evitar dejar traslucir una rareza, una gelidez casi quirúrgica, quizás algo posmo-autoconsciente, que los hace descollar del naif Asimoviano. Luego, están los otros. Todo lo que sucede en Vermilion Sands es raro, pero vívido, de una extrañeza lírica que conmueve pero nunca deja de ser fría, hiperracional aunque caprichosa. Además, aparecen por primera vez los astronautas, en uno de los mejores cuentos de esta primera parte, y la constelación de obsesiones de Ballard se empieza a perfilar: desiertos, edificios abandonados, la guerra fría, el colapso social. Un modernismo en plena decadencia, en caída libre, una cápsula a la que se le derriten partes cuando reingresa a la atmósfera terrestre. Lo que me queda es un tono, un estilo técnico-poético que no le leí a nadie más, una paleta lexical, símbolos que de tan rebuscados se desdibujan y vuelven a ser abstractos. No va a pasar mucho tiempo para que el volumen dos ocupe su puesto en mi mesa de noche.