No cabe duda que estoy frente a la mejor novela de Jules Verne que he leído y que creo leeré jamás.
Debo reconocer que antes de leer Veinte mil leguas de viaje submarino le tenía cierto pánico y respeto a la obra (el respeto se lo sigo teniendo); había leído comentarios de lectores diciendo que era un libro altamente descriptivo, aburrido, que parecía una enciclopedia listando únicamente especies de animales, que la aventura nunca llegaba, y que el final era decepcionante. Vamos a ver, todo lo que menciono podría cumplirse si mi experiencia hubiera sido negativa, pero no puedo estar más que feliz con el resultado de mi lectura, una experiencia que ha sido de lo mas entretenida y gratificante.
El libro en sí está escrito con el estilo de Verne que ya la mayoría conocemos, sigue de hecho el mismo patrón que Viaje al centro de la Tierra y La vuelta al mundo en 80 días, pero lo lleva al siguiente nivel al ser un libro, en mi opinión, más redondo y más completo. La novela, en efecto, es altamente descriptiva, especialmente porque el narrador, el profesor Aronnax, se detiene a mencionar todas las especies que observa en cada lugar por el que pasan, al igual que su criado Conseil, quien es muy bueno para clasificarlas. Algunas veces dan detalles de los animales o flora que se cruzan, otras veces luce como una lista de supermercado; no sé si seré yo, pero jamás me aburrió el que fuera de esta forma, sin mencionar que el libro lo leí en conjunto con mi madre y al terminar nuestra tanda de capítulos, tras haber anotado una serie de nombres, los buscábamos en YouTube para ver dichas especies en video y conocer un poco más sobre ellos. ¿Si aprendimos algo tras hacer esta lectura? La pregunta mejor sería, ¿qué no aprendimos?
La aventura está presente en cada capítulo (o casi), donde nuestros protagonistas, tras haber sido secuestrados por el capitán Nemo —no entraré en detalles aquí pero uno de ellos va desarrollando un caso de síndrome de Estocolmo a lo largo de la historia—, se adentran a las profundidades y en vez de 80 días, aquí recorrerán las 20,000 leguas del título a lo largo y ancho del globo. Fue una historia que no pude soltar, que me mantenía en ella capítulo tras capítulo y que incluso sentía que me estaba educando (tener cuidado en esto porque hay datos que, o son actualmente obsoletos, o son completamente inventados por Verne). Los personajes también se vuelven inolvidables e irreemplazables y son únicamente cuatro: Aronnax y Conseil, que ya mencioné anteriormente, Ned Land, un arponero canadiense que me recordó ligeramente a una combinación de Starbuck y Queequeg de Moby Dick, y por supuesto, el enigmático capitán Nemo.
Pienso que el capitán Nemo es y será el personaje más emblemático de Verne, un ser de lo más misterioso, extraño y que además inspira respeto y sabiduría, un personaje que uno no termina de conocer, pero que con lo que se sabe de él pienso que es más que suficiente, ya que te mantiene en esa incertidumbre que te hace posicionarlo en ese lugar tan especial. Al final, y hablando del final de la historia, uno termina donde empezó, lo que entiendo que pueda parecer decepcionante, pero para mí fue el mejor final que Verne podría haber escrito, uno con más preguntas que respuestas. Al menos en este caso me he quedado más que satisfecho.
No hace falta decir que recomiendo ampliamente este libro, sí y sólo sí:
A) eres fan de los libros de Verne
B) te gustan las historias ambientadas en el mar, pero sin un vocabulario tan técnico y específico
C) tienes interés por la vida marina a un nivel donde no te importa que te describan todo lo que ven, fauna, flora y demás
D) no te importa quedarte con más preguntas que respuestas al final
E) no tienes problema con que se mezclen unidades del sistema internacional y del anglosajón desmesuradamente, donde, por ejemplo, la profundidad la mencionen en metros y la distancia en cables o en millas.
P.S. Una mención honorífica a la editorial Nórdica por esta edición tan bellamente ilustrada, con más de 50 ilustraciones a color, donde la historia va cobrando vida a través de ellas.
----
—Sí, lo amo. El mar lo es todo. Cubre siete décimas partes del globo terrestre. Su aliento es puro y sano. Es el inmenso desierto en el que el hombre nunca está solo, pues siente latir la vida a su alrededor. El mar es el vehículo de una existencia prodigiosa y sobrenatural. Es movimiento y amor, es el infinito hecho vida, como dijo uno de sus poetas. En efecto, profesor, la naturaleza se manifiesta en él por sus tres reinos: mineral, vegetal y animal. Este último está ampliamente representado por los cuatro grupos de zoófitos, por tres clases de articulados, por cinco clases de moluscos, por tres clases de vertebrados, los mamíferos, los reptiles y las incontables legiones de peces, orden infinito de animales que cuenta con más de trece mil especies, de las que solo una décima parte son de agua dulce. El mar es la gran reserva de la naturaleza. El mundo, por así decirlo, comenzó en el mar, y quién sabe si no terminará en él. En él está la tranquilidad suprema. El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie, aún pueden ejercer sus inicuos derechos, pelearse, devorarse y transportar todos los horrores terrestres, pero a treinta pies de profundidad, su poder cesa, su influencia se extingue y su imperio desaparece. ¡Ah, señor, viva usted en el seno de los mares! ¡Solo ahí existe la independencia! ¡Ahí no reconozco señor alguno! ¡Allí soy libre!