"No he sido yo quien te ha tendido el lazo, tú mismo has caído en la red. ¡Retenga al Diablo quien lo tenga!, que no lo cazará tan pronto por segunda vez." Mephistopheles, 'Fausto', J. W. von Goethe
Thomas Mann, uno de los escritores alemanes más importantes de la historia reversiona la leyenda del Fausto, que mucho antes nos ofrecieran Christopher Marlowe entre 1588 y 1593 y posteriormente en su versión más famosa y duradera, la del enorme Johann Wolfgang von Goethe entre 1808 y 1832.
Con sólo modificar algunos de los aspectos del eterno pacto infernal al que se somete uno de los personajes principales, el incipiente músico Adrian Leverkühn, nos da el puntapié inicial para comenzar a leer esta descomunal novela de más de setecientas páginas y escrita a modo de biografía por el narrador y también personaje indispensable para la historia, el profesor Serenus Zeitblom, quien la escribe mucho tiempo después de la muerte del atormentado músico, situándose en el año 1943, cuando la cruenta Segunda Guerra Mundial iniciada por el nazismo va destrozando Europa a lo ancho y a lo largo del continente.
A diferencia de los otros Faustos, el de Mann ni es invocado como el Dr. Faustus de Marlowe ni se muestra con una propuesta como el Mefistófeles de Goethe. En este caso, el pacto es impuesto por el Diablo a Leverkühn sin tener este la posibilidad de negarse:
"—¿Lo que queréis, pues, es venderme tiempo?
—¿Tiempo? ¿Así, sin más? No, mi querido amigo, esa mercadería no sería digna del diablo. No justificaría que exigiéramos por precio el fin. Lo que importa es la clase de tiempo. Gran tiempo, frenético, diabólico, con todos los goces y placeres imaginables, y también con sus pequeñas miserias, sus pequeñas y sus grandes, lo concedo, y no sólo lo concedo, lo subrayo con orgullo, porque entiendo que es algo conforme a la naturaleza del artista y a su carácter."
La suerte está echada para Leverkühn desde el primer momento en que es visitado por el Ángel Caído y si podemos decir que el lapso de tiempo que le da es el mismo que recibe el Dr. Faustus de Marlowe: 24 años.
"—Y saldré de estas llamas para volver a caer en el hielo. Se diría que me preparáis en la tierra una anticipación del infierno.
—Sólo en una existencia extravagante puede, sin duda, encontrar satisfacción el orgullo. Tu soberbia no te permitirá llevar otra. ¿Cerramos el trato? Gozarás, en la creación, la eternidad de una vida humana. Vacío el reloj de arena, mi hora habrá sonado. Dispondré de ti, pobre y delicada criatura, a mi modo y placer, de tu cuerpo y de tu alma, de tus bienes, de tu carne y de tu sangre por toda la eternidad...
Pero para que lleguemos a este encuentro, deberemos leer en primero veinticuatro capítulos, o sea, 298 páginas de las 710 que trae mi edición. Antes de semejante suceso en la novela, Serenus nos ofrecerá una extensísima novela de formación o bildungsroman sobre la vida de Leverkühn en la que no dejará detalle librado al azar.
Lenta y muy descriptivamente nos aportará cada pequeño dato que tiene que ver con la vida del gran compositor y sí, después de ese extenso documento en el que Leverkühn escribe cómo fue su encuentro (o su alucinación) en el que sella su destino irremediablemente, seremos testigos de la debacle de Leverkühn a punto tal que de que el mismo Satanás se encarga de justificar su condena final: "Calla, por tanto, sufre, soporta y aguanta, no te quejes a nadie de tu suerte, es demasiado tarde para confiar en Dios; tu perdición aquí está para siempre."
Retomando la cuestión de lo que escribe Serenus, trazamos una idéntica línea con la escritura de esta novela a cargo de Thomas Mann, ya que el autor, enemistado con el devenir de lo sucedido en la Primera Guerra Mundial y posteriormente con el nazismo imperante en su querida Alemania, decide emigrar a los Estados Unidos donde culminará esta novela casi al mismo tiempo que el narrador.
Mann la culminó en 1947, cuando la Guerra ya había terminado con el devastador resultado que todos conocemos: más de 60 millones de muertos.
El ascenso y caída de Adrian Leverkühn concuerda con el de Alemania y de su pueblo quienes en cierta manera se dejaron llevar por el ofrecimiento de un dictador feroz y despiadado, tanto como el mismo Satanás, que en sus enormes delirios de locura de conquista y megalomanía enterró el futuro de Alemania en una guerra sin precedentes. Obviamente, me refiero a Adolf Hitler.
Todo este bagaje de amargos sentimientos fueron gestándose en el alma y la mente de Thomas Mann para transformarse en esta apoteótica novela que es "Doktor Faustus", cuyo nombre está tomado de la última obra de Leverkühn, llamada "El lamento del Doktor Faustus", ya cuando este hombre está condenado a su infierno tan temido.
La novela, que por momentos se torna densa y de una lectura extremadamente lenta, da la impresión de oscilar entre el drama propio de lo que narra Zeitblom, los avatares que sufre Leverkühn y toda una serie de disertaciones políticas, humanísticas, teológicas y filosóficas de un hombre culto, sabio y refinado como lo fue Thomas Mann.
Su teoría acerca de lo que el Diablo (o cualquiera de sus formas) puede generar en el ser humano para hacerlo caer es de lo más completo que he podido leer en mi vida y es sobrada muestra de su enorme poder de erudición, algo que ya había puesto de manifiesto en otras novelas suyas como la imponente "La montaña mágica" o la monumental "Los Buddenbrock".
Más allá de la pesadez en la que esta novela cae, no va en detrimento de lo que el autor nos ofrece, ya que "Doktor Faustus" es una novela digna de ser leída y principalmente de ser leída para aprender todo lo que este escritor profundo llamado Thomas Mann nos enseñó.
Su novela es un llamado de advertencia para todos nosotros simples mortales, tan fáciles de ser corrompidos y arrastrados a las zonas más sórdidas y destructivas, por la desdicha de ser débiles de alma y de corazón, tal como le anuncia el Señor de la Oscuridad a Leverkühn:
"Si existo —y supongo que ya no dudas de mi existencia— sólo puedo ser Uno y nadie más. ¿Quién es este Uno y cómo se llama? Tu memoria conserva, desde que empezaste a frecuentar la universidad, antes de que dejaras olvidadas detrás de la puerta y debajo del banco las Sagradas Escrituras, el recuerdo de todos mis nombres y apodos peyorativos. Puedes elegir el que prefieras, uno de los muchos diminutivos que se me aplican amistosamente, como haciéndome cosquillas con los dedos en la sotabarba: eso viene de mi gran popularidad entre los alemanes... si quieres llamarme por mi nombre puedes elegir entre los muchos que, con gran ternura, me da la gente del pueblo, el que más te agrade. Sólo hay uno de estos nombres que no me gusta oír, por maligno y calumnioso, sin relación alguna con mi verdadero carácter. Quien tuvo la ocurrencia de llamarme «el señor que dice y no hace» se equivocó de medio a medio. Aún dicha la cosa con ganas de cosquillearme la barbilla, la calumnia es evidente."