Aviso a navegantes. Este libro no es lo que parece. Su premisa es altamente atractiva y, a la vez, altamente engañosa. La reseña que os traigo hoy es más una advertencia que un ejercicio de análisis: mi inexistente ego me permite reconocer que diseccionar a Balzac no esta al alcance de mis humildes talentos como juntaletras.
¿Por qué digo que esta es una novela engañosa? Bien, comencemos con su premisa. Un joven calavera, desengañado de la sociedad, el amor y la vida, decide poner fin a todas sus miserias haciendo apnea por el Sena. Antes de dar el paso decisivo se permite un último capricho, visitar una exótica tienda de antigüedades. Allí, enterrado entre miles y miles de trastos y fetiches cubiertos de polvo, yace la dichosa piel de zapa, una antigualla sin valor aparente con unos extraños garabatos en sanscrito y un poder misterioso: conceder cualquier deseo que su poseedor formule. Por supuesto, al igual que cualquier artículo de anticuario, tiene letra pequeña, y es que hay un alto coste por cada deseo formulado.
Ante una premisa así, el incauto rápidamente se dirá: ¡copón, una historia de juegos diabólicos, patas de mono y mefistofélicas consecuencias, y escrito por Balzac, nada menos! Bueno, pues he ahí la trampa. Sí, esta es la historia de un trato siniestro; sí, hay un elemento sobrenatural orbitando la historia; también si, vamos a ver a nuestro protagonista padecer por su inconsciencia y su codicia ¿Entonces, dónde está el problema? Que de las 300 paginas que tenía mi edición, sólo en las ultimas 100 se desarrolla esta intrigante historia. Las otras 200 digamos que poco o nada tienen que ver con lo sobrenatural y sí con las inquietudes habituales de su autor, a saber, la hipocresía de la sociedad, las pasiones de sus protagonistas, y los innumerables defectos de la bestia humana, su desidia, su lujuria, su codicia, su impostura intelectual y moral, que no eclipsan las virtudes de algunos seres gentiles y, por ende, desgraciados. En efecto, esta obra que a priori tan poco se asemejaba a la producción de su autor es, para sorpresa de todos y satisfacción de nadie, otra novela más de su autor. Aunque la culpa es mía, ojo, a veces olvido que este autor también cultivaba la fantasía; buena muestra de ello puede encontrarse en su Elixir de la larga vida.
¿Con esto quiero decir que la novela es una mala novela? No me atrevería. La he disfrutado pese a no haber sido capaz de librarme del amargo regusto del desengaño y de ser una obra un tanto irregular. Para empezar, maneja los ritmos de una forma muy extraña; no lo digo sólo por relegar el desarrollo de su premisa principal al último tercio de la novela, sino por la estructura tan anárquica que elige para contar la historia. Empezamos con Rafael, el protagonista, barajando el suicidio; luego le vemos entrar en la tienda de marras, que describe con una prolijidad que debería ser condenada por el Tribunal de la Haya. Páginas, páginas y más páginas describiendo cachivaches exóticos: estatuas, vasijas, camafeos, muebles, de todo, no se priva de nada, todo merece una mención y una denominación de origen. Tras la adquisición de la piel pasamos rápidamente a una bacanal en la que, ahítos de champan y de descripciones de la degradación moral de los libertinos parisinos, Rafael se sincera y cuenta a un amigo cómo ha llegado a tan miserable estado, un relato de amor no correspondido y penurias económicas que se extiende, oh sorpresa, otras 100 páginas. Voy a repetir esto para que nadie malinterprete lo que quiero decir: Rafael, borracho como una cuba, le cuenta a un amigo una historia lacrimógena que ocupa casi otro tercio de la historia ¿Os imagináis la cara de ese pobre desgraciado, igual de borracho, con un zumbido que va de sien a sien, oyendo al papanatas de Rafael lloriqueando porque una dama, grandioso ángel y todos los grandilocuentes adjetivos que se deseen, no le da bola? Pues es igual de duro leerlo, creedme. Porque tras esas paginas que pesan como plomo solo sacamos una conclusión: que Rafael es un gilipollas. Y no vale la pena tanto esfuerzo por este descubrimiento.
Sin embargo, si Balzac se toma su tiempo diseccionando y exhibiendo situaciones pasa por el último tercio, el de la piel de zapa, como si tuviera un petardo en el culo. Ocurre demasiado en muy poco tiempo, y para colmo insiste en describirnos con similar nivel de detalle situaciones que tampoco considero que merezcan tanto, máxime cuando estamos presenciando el descenso a los infiernos del protagonista. A ver, esta simpático ver cómo un físico y un químico de la academia de ciencias hacen lo imposible por devolver a la maligna piel su tamaño original -se me olvidaba decir que a cada deseo la piel se encoge, simbolizando lo evidente-, pero creo que es más interesante ver cómo los deseos de Rafael se vuelven contra el, o simplemente que contingencias le obligan a desear sabiendo el precio a pagar. Me hubiera gustado más exploración de la tragedia post-zapa que de la tragedia pre-zapa; no se, llamadme loco.
Si algo salva a esta novela es la embriagadora prosa de su autor. Que Balzac escribe bien no le hace justicia: es hipnótico. Hace falta mucho talento y mucho conocimiento para hacer que párrafos y párrafos de verborrea resulten lo suficientemente atractivos como para no recurrir al siempre socorrido lectura en diagonal no yutsu. Eso es arte. Balzac sabe cómo introducirte dentro de un salón francés, te sienta frente a los platos y te permite degustar las apetecibles viandas y oler el agrio perfume de tus acompañantes -seamos sinceros, en el siglo XIX la higiene era la que era-, te hace participe de una melopea muy sofisticada, en parte gracias a sus artificiosos diálogos, divertidísimos de tan increíbles como suenan. Puede que el parisino calavera y disoluto no fuera ni tan pedante ni tan ñoño al hablar, pero ojala lo fuera, porque hay escenas que gracias a ese lenguaje recuerdan a una caricatura tontísima, haciendo que la crítica a ese entonces novísimo estamento burgués de bon vivants y dandis de baratillo aun mas sangrante y visceral. Esos intercambios de diálogos han sido lo que más he disfrutado de la novela, una pena que esos fragmentos sólo sean oasis en un tedioso desierto descriptivo.
En resumen, es una novela de Balzac, cualquiera que sienta debilidad por los dinosaurios decimonónicos disfrutará de sus escenarios, su pomposidad y sus hiperbólicos dramas. Eso si, recordad, estáis leyendo una novela realista disfrazada de novela fantástica. Sólo aviso, y quien avisa no es traidor.