Hace años vi la película por primera vez ya que cada tanto salía en las conversaciones que tenía con mi padre, en quien varias escenas de la misma terminaron calando muy hondo. Desde entonces, la vi muchas otras veces porque sentí que, más allá de la trama y el caso de asesinato y violación sobre el que giraba la historia, la película en sí misma se sentía profundamente latinoamericana.
El libro me lo regalaron hace poco, y lo leí en algo así como tres días. Está muy bien escrito, tiene un protagonista bastante simpático y el caso que dirige sus movimientos a lo largo de la historia está construido de manera notable. Ahora bien, para no dar mayores vueltas generales: ¿de qué trata la novela?
Benjamín Chaparro ha pasado la mayor parte de su vida trabajando como prosecretario en un juzgado de instrucción. Su identidad se ha moldeado entre expedientes, declaraciones y pasillos tribunalicios donde el tiempo parece avanzar de otra manera. De modo que, cuando la jubilación comienza a sentirse como un destino que está a la vuelta de la esquina, nuestro protagonista no la percibe como un merecido descanso después de tanto tiempo trabajando, sino como desposesión, como una lejanía de lo que hasta entonces había definido su vida, lo quisiera o no. ¿Qué se es realmente una vez que dejas de trabajar? Sobre todo cuando emocionalmente tampoco te encuentras donde quisieras estar.
Es en ese vaivén de cambios donde aparece la escritura como refugio, si le podemos decir así. Quizá como propósito. Chaparro decide reconstruir un caso antiguo, uno que nunca terminó de abandonarlo del todo. Volver sobre ese expediente es, en apariencia, un ejercicio de memoria; en el fondo, es un intento de comprender qué lugar ocupó él mismo en esa historia y qué marcas dejó en su conciencia.
El hecho se remonta a 1969: una mujer es brutalmente asesinada y violada, y la causa recae en el juzgado donde Chaparro trabaja. Durante la investigación del caso conoce a Ricardo Morales, el viudo, y el vínculo que se establece entre ambos excede la formalidad judicial. Cuando habla con Morales, Chaparro puede advertir que aquel hombre no sólo ha perdido a su esposa, sino que con ella también se ha ido todo cualquier otro posible sentido de su existencia. Permanece sostenido únicamente por la expectativa de justicia, aunque el sistema que debería garantizársela demuestre ser, una y otra y otra vez, ineficiente.
Pero la investigación no solo lo marca por el horror del crimen ni por el contacto con Morales. También constituye el escenario donde su relación con Irene comienza a adquirir espesor. Irene, su superior en el juzgado, aparece como una presencia luminosa dentro de un mundo dominado por la burocracia y la violencia del caso. Entre ambos se teje un lazo hecho de complicidad intelectual, de admiración mutua y de una atracción que nunca termina de consumarse, extendido a través de más de dos décadas. Nada se declara de manera frontal, pero todo se insinúa en los gestos, en los silencios compartidos, en la confianza que se construye mientras trabajan codo a codo.
En este punto quisiera detenerme por un momento, ya que con absoluta sinceridad creo que ese te quiero nunca dicho constituye uno de los mayores logros del escritor. Me atrevo a decir que, siendo este romance un recurso accesorio, al mismo tiempo funciona como eje narrativo muy bien logrado. Las menciones a Irene tampoco son muchas, pero, cuando nuestro protagonista la piensa, la desea, la quiere, la anhela, el lector queda satisfecho y maravillado por la capacidad del escritor de plasmar con tanta precisión -y en tan pocas palabras- lo que supone amar a alguien que ya tiene su vida completamente hecha lejos de uno. Una de las primeras ideas que surgieron en mi mente una vez que terminé de leer fue que, en esta novela hay párrafos que aluden al amor que están mejor escritos que libros completos que ponen al romance como núcleo central.
Y mientras el expediente avanza, también avanza -aunque de forma soterrada- esa historia afectiva. La causa los une, pero también los posterga, los aleja, los calla: siempre parece haber algo más urgente, más grave, más peligroso que decir lo que sienten.
Con el correr de la investigación comienzan a emerger zonas turbias: encubrimientos, negligencias, intereses que interfieren. El caso deja de ser solo un crimen individual para inscribirse en un clima político cada vez más opresivo. La Argentina de los años setenta se filtra en la trama como un telón de fondo ominoso: persecución, impunidad, violencia estatal. En ese marco, la posibilidad de justicia se vuelve frágil, casi ilusoria. Nuestro protagonista también lo siente así, pero al mismo el instinto no le permite simplemente aceptar el cierre de la carpeta investigativa. Además, hacerlo supondría dejar al viudo solo. Así es cómo el personaje navega en un territorio difícil y ambiguo, debatiéndose entre la prdencia, la aceptación, la lealtad y la culpa.
Y es la escritura la cual le permite nadar y mantenerse a flote: al escribir no sólo tiene oportunidad de revivir la investigación, encontrar al culpable y vencer al sistema, sino que también revive el vínculo que quedó suspendido por tanto tiempo con Irene. Las dudas sobre el caso lo atormentan, y así lo hacen también las posibilidades con quien es el verdadero amor de su vida.
.Sacheri construye la novela con un ritmo sostenido, alternando tensión narrativa con momentos de ironía que humanizan a los personajes sin restar gravedad a lo narrado. Aquí me detengo nuevamente, porque resulta grato para uno como lector encontrar en algunos pasajes la burla y la crítica a la burocracia, al sistema argentino y sus funcionarios, utilizando de forma debida modismos que, una vez más, hacen sentir la novela profundamente latinoamericana. Argentina.
La prosa de Sacheri dosifica información -de trámites y procedimientos judiciales- con precisión y conduce hacia un desenlace que resignifica todo lo anterior. En ningún momento la narración se siente cargada, excesiva.
Habiendo visto previamente la película -que me parece una obra maestra- entiendo los cambios que se hicieron a la hora de llevar la historia a la pantalla. Por ejemplo, uno de los momentos más fuertes y que personalmente a mí me incomoda físicamente cada vez que veo la película, es la confrontación con el violador y asesino. Si vieron la película y leen el libro, notarán que las decisiones creativas se entienden en un sentido cinematográfico. ¿Cómo transmitir al espectador la depravación y degeneramiento de un hombre capaz de actuar así? En la novela incluso los personajes que presencian la escena varían. Asimismo, el final es diverso, y yo lo entiendo a su vez por el lenguaje visual que es necesario mantener a la hora de contar historias con imágenes.
Ahora bien, el libro me dejó tan satisfecha como su adaptación y, aunque tardé en leerlo, me alegro de haberlo hecho.