¿Y si te dijera que una de las mejores novelas de guerra jamás escritas, en realidad no habla de la guerra? ¿Que Norman Mailer creó algo tan brutalmente ambicioso que, en sus mejores momentos, roza la perfección, pero que al mismo tiempo se siente como el trabajo de un joven novelista que todavía está afilando su cuchillo? ¿Y si te dijera que este libro no solo quiere mostrar la guerra, sino destriparla, arrancarle la piel y enseñarnos lo que queda debajo?
En la superficie, Los desnudos y los muertos es una novela sobre un grupo de soldados estadounidenses que participan en la invasión de una isla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Deben expulsar a los japoneses de la isla para facilitar la operación de reconquista de las Filipinas. La novela se centra en un pelotón, al mando del teniente Hearn, que es enviado al otro lado de la montaña que domina la isla en una misión de reconocimiento. Esta misión, orquestada por el general Cummings, se convierte en una metáfora de la guerra misma: una empresa sin sentido claro, donde los hombres se convierten en piezas sacrificables en un juego de poder mucho más grande que ellos mismos.
El pelotón de Hearn parece sacado de una película de Hollywood sobre la Segunda Guerra Mundial: el judío, el mexicano-estadounidense, el sureño, el sargento cruel, el irlandés católico, el polaco, el italoamericano... Todos los clichés posibles, ¿verdad? Pero lo que hace Mailer con estos personajes no es sólo jugar con esos estereotipos. Los usa para mostrarnos cómo la guerra se lleva por delante cualquier diferencia cultural o racial. Lo que de verdad importa aquí no son los orígenes, sino que todos, sin importar quiénes son, son víctimas de un sistema que los ve como carne de cañón. Aquí, el pelotón no es solo un grupo de hombres luchando en una guerra; son tipos atrapados en un engranaje que los deshumaniza, los reduce a nada más que soldados, y en ese proceso, les borra hasta su identidad.
Porque si esperas heroísmo y gloria, Mailer te va a estampar la realidad en la cara. Aquí no hay grandes gestas ni discursos épicos: hay soldados atrapados en una jungla hostil, sufriendo, odiándose unos a otros, luchando más contra la descomposición moral que contra el enemigo japonés. Porque este es un libro de guerra que, en el fondo, es un libro sobre el poder, sobre cómo los hombres se destrozan unos a otros en nombre de algo que ni siquiera entienden.
Robert Hearn es un hombre común atrapado en las mismas redes de poder que todos los demás. Sería el prototipo del liberal blanco, el yerno por el que cualquier madre suspiraría. No tiene el ardor idealista de un líder carismático, pero sí una carga de moralidad que lo hace sentir responsable de sus hombres. En muchos sentidos, Hearn es el reflejo de un mundo que no entiende por qué la guerra sigue existiendo, pero que, a pesar de todo, debe lidiar con ella. Él, al igual que los demás, no tiene claro el sentido último de la misión, lo que lo convierte en un hombre perdido, sobrecargado por la responsabilidad y, al mismo tiempo, incapaz de escapar de la maquinaria bélica. Esta indecisión y lucha interna en Hearn no es solo una cuestión de carácter; refleja cómo Mailer intenta mostrar que incluso los líderes más sensatos pueden ser arrastrados por los horrores de la guerra. Es un hombre atrapado entre su propio sentido del deber y la falta de propósito de la misión misma.
Y mientras Hearn lucha con su moralidad, el sargento Croft encarna lo opuesto: es el animal de guerra puro, el tipo que disfruta sometiendo a los demás. Si hay alguien que realmente se siente cómodo en este infierno, ese es él. Y entre ellos dos están los soldados rasos, tratando de aferrarse a lo que les queda de humanidad en un mundo que los reduce a carne de cañón.
Y luego está el general Cummings, por supuesto. Cummings no solo ve la guerra como una máquina, sino que la entiende como un escenario donde la humanidad de sus piezas no importa. Para él, los soldados no son individuos, sino piezas sacrificables en su tablero de ajedrez, un enfoque que deshumaniza incluso a sus subordinados, como Hearn. Cummings es la encarnación de una ideología fría y despiadada. Pero ¿es un personaje realista? Aquí Mailer se permite licencias. Cummings no es tanto un general de carne y hueso como una tesis con patas: el poder absoluto engendra monstruos. Su intelectualismo extremo y su sadismo racionalizado lo convierten en un villano casi teatral, más un concepto que una figura militar con verdadera credibilidad. Es brillante en su rol, pero tal vez menos humano de lo que la novela sugiere en sus mejores momentos.
A través de su figura, Mailer no solo crítica el poder absoluto, sino también cómo la fragilidad humana puede reflejarse en los líderes, quienes, al igual que los soldados, son productos de su entorno y contexto. Su carácter se vuelve aún más ambiguo, sobre todo cuando se revelan ciertas actitudes personales que podrían estar relacionadas con sus propios conflictos internos, lo que agrega una capa de complejidad a su figura de autoridad.
Y es que Cummings manda a Hearn a una muerte casi segura no por estrategia, sino por despecho, y aquí es donde se nota que Mailer tenía algunas ideas… digamos, de otro siglo. La novela deja caer que el general es homosexual, pero no con la intención de humanizarlo, sino para dejar claro cómo los deseos reprimidos pueden ser una fuente de crueldad. Mailer, reflejando su época, sugiere que la sexualidad no vivida de Cummings se entrelaza con su necesidad de control absoluto, un factor que alimenta su autoritarismo y crueldad. Y en este contexto, la guerra, con su propio sistema de poder, puede ser vista como una forma de compensación para un hombre atrapado entre sus deseos reprimidos y su necesidad de dominar. No es casual que la relación entre Cummings y Hearn empiece con un tono casi paternalista y acabe en castigo. Y tampoco parece casual que Mailer retrate esa homosexualidad no vivida como un resorte más de su tiranía. Si algo deja claro Los desnudos y los muertos, además de la brutalidad de la guerra, es lo mucho que ha cambiado —por fortuna— la forma en que entendemos estos temas.
La prosa de Mailer en esta novela es como un puñetazo lento: no te noquea de inmediato, pero sientes el efecto del impacto hundirse poco a poco. No tiene el lirismo de Faulkner ni la precisión de Hemingway, pero tiene algo igual de poderoso: una rabia contenida, una aspereza que convierte cada página en una trinchera. La estructura alterna entre la acción en la isla y flashbacks, breves capítulos que el autor llama “la máquina del tiempo”, que nos sumergen en las vidas pasadas de los soldados.
Mailer no deja nada en las sombras. Si tiene algún punto de vista que quiere mostrar, lo hará. Y lo repetirá. Y lo remachará con la sutileza de una granada de mano. Si el horror de la guerra debía golpearnos en la cara, Mailer se aseguró de que el golpe fuera triple. Esto no es Hemingway, donde lo que no se dice pesa tanto como lo dicho. Aquí todo está diseccionado, analizado, expuesto sin reservas. ¿Funciona? Sí. ¿Cansa? A ratos también. Es como si Mailer, con 25 años y una rabia feroz por decirlo todo, no confiara en que el lector capte la idea si no se la martilla varias veces.
Entonces, ¿cuál es el gran mensaje de Los desnudos y los muertos? Mailer carga contra la guerra, contra el poder, contra la podredumbre humana... pero nunca parece afianzar del todo su blanco principal. No es un tratado sobre la vileza de los altos mandos, aunque Cummings sea un monstruo despiadado. No es solo una novela sobre la brutalidad de los soldados, aunque cada página apeste a sudor y desesperación. Es como si Mailer hubiera querido abarcarlo todo sin decidirse por un núcleo definitivo. ¿El resultado? Un mosaico bélico apabullante pero sin un manifiesto único, como si la guerra misma no permitiera una conclusión cerrada.
Pero esto no es Sin novedad en el frente, donde la guerra destroza a los hombres pero aún deja espacio para la camaradería y la fugaz ternura. Mailer no concede esa piedad. Aquí la guerra es un matadero sin redención. El realismo es asombroso, pero también gélido. No hay un atisbo de consuelo, ni una mirada de compasión que nos dé tregua. Mailer quiere que sintamos el barro, la sangre, el tedio infernal de la espera y la crueldad sin propósito. Lo consigue. Pero quizá, al privarnos de cualquier brizna de humanidad, también nos deja sin algo que, en el fondo, hace que la guerra nos importe.
¿Sabes qué es lo que más me impactó de la novela? Un detalle, apenas un detalle. A ver, imagina esto. Llevas cientos de páginas metido en la piel de uno de los personajes, siguiéndolo, entendiéndolo, empatizando con él. Lo sientes como el centro de la historia, el tipo que nos guía en este caos. Y de repente, en una sola línea, desaparece. Una bala: ¡bang! No hay épica, no hay despedida, solo una frase seca y la novela sigue. Al principio piensas: ¿En serio? ¿Así de fácil? Pero luego te das cuenta de que es precisamente eso lo que lo hace demoledor. Porque así es la guerra. No espera. No concede finales heroicos. Solo avanza, indiferente. Y ahí Mailer te golpea con una verdad irrefutable: nadie es imprescindible. Ni en la ficción ni en el campo de batalla. Sencillamente… brutal.
Mailer tenía veinticinco años cuando escribió esta novela. Veinticinco. A esa edad, algunos apenas están terminando la universidad; él estaba escribiendo una de las novelas de guerra más importantes del siglo XX. No es perfecta, no es sutil, pero es devastadoramente honesta. Y si alguna vez quieres entender lo que realmente significa la guerra —no la de los libros de historia, sino la que se vive en las entrañas—, este es el libro que debes leer. Porque después de estas páginas, también habrás caminado por esa isla del Pacífico, desnudo y muerto a la vez.