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Muhammad: A Prophet for Our Time

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Muhammad was born in 570 CE, and over the following sixty years built a thriving spiritual community, laying the foundations of a religion that changed the course of world history. There is more historical data on his life than on that of the founder of any other major faith, and yet his story is little known. Karen Armstrong's immaculately researched new biography of Muhammad will enable readers to understand the true origins and spirituality of a faith that is all too often misrepresented as cruel, intolerant, and inherently violent. An acclaimed authority on religious and spiritual issues, Armstrong offers a balanced, in-depth portrait, revealing the man at the heart of Islam by dismantling centuries of misconceptions. Armstrong demonstrates that Muhammad's life--a pivot point in history--has genuine relevance to the global crises we face today.

256 pages, Hardcover

First published January 1, 2006

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About the author

Karen Armstrong

79 books3,482 followers
Karen Armstrong is a British author and commentator of Irish Catholic descent known for her books on comparative religion. A former Roman Catholic religious sister, she went from a conservative to a more liberal and mystical Christian faith. She attended St Anne's College, Oxford, while in the convent and graduated in English. She left the convent in 1969. Her work focuses on commonalities of the major religions, such as the importance of compassion and the Golden Rule.
Armstrong received the US$100,000 TED Prize in February 2008. She used that occasion to call for the creation of a Charter for Compassion, which was unveiled the following year.

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499 reviews136 followers
October 24, 2019
Karen Armstrong es una ex monja católica y, desde los años 80, autora de libros cuyo fin, podría argumentarse, es favorecer la comprensión y el diálogo entre las distintas religiones.

El programa de Armstrong, que podría decirse universalista, considera ante todo los rasgos comunes de las distintas tradiciones religiosas. Cuando uno se pone a analizar, aparentemente, hay un acuerdo generalizado en torno a lo esencial –reglas éticas, valores, percepciones sobre la divinidad- y solo en los aspectos más mundanos de la religión emerge la diferencia. Si todos podemos ponernos de acuerdo en estos puntos fundamentales, dice Armstrong, podremos coexistir en forma más armoniosa, y sin necesidad de dejar de lado nuestras creencias particulares, localistas.

Según creo, hubo ensayos previos en esta misma línea; véanse las 900 tesis de Pico della Mirandola, o la prédica del profeta Bahá'u'lláh. Incluso podría argumentarse que el Islam fue, en sus orígenes, una propuesta universalista (Mahoma dice en uno de los Hadith que todos los niños nacen musulmanes, y solo la crianza los vuelve cristianos, judíos, ateos...).

¿Cómo es que tales intentos nunca prosperaron, siendo tan sensatos? Desde el vamos, porque no hay NADA, absolutamente, sobre lo que todos los seres humanos nos podamos poner de acuerdo, mucho menos sobre la naturaleza (o incluso la existencia) de Dios.

El primer obstáculo, y obvio, es que una abstracción que pudiera contener a todos no dejaría satisfecho a nadie. Digamos, por ejemplo, que acordamos en equiparar a Dios con el instinto de trascendencia de nuestra especie: bueno, los creyentes dirían que “eso no es Dios”, porque para ellos Dios es un ente personal, con inteligencia e intereses, y los ateos dirían básicamente lo mismo y por las mismas razones.

Además, habría que negar que el primer instinto de los seres humanos no es precisamente la concordia, sino más bien el contrario. No nos gustan las bases comunes, nos gustan los detalles, porque son los que nos permiten identificarnos con otros seres humanos, y al mismo tiempo diferenciarnos de la gran mayoría. Tengo mis dudas de que los católicos y los protestantes en Irlanda estuviesen muy enterados de la doctrina de la transustanciación: esa, o cualquier otra, les hubiera venido bien para saberse parte de una comunidad, y para salir a matar a quienes no compartieran ese signo de pertenencia.

Esto en cuanto a la generalidad del programa de Armstrong, que ya nos permite anticipar todo lo necesario sobre su intento de aggiornar a Mahoma. Lo probablemente más grave es que la biografía que presenta, en su afán de ser universal, es muy poco fiel a los hechos. Para fuentes tenemos las Hadith, relatos sobre la vida del Profeta que en el Islam tienen un estatus semisagrado y sirven como base de jurisprudencia, y en ellos vemos a un Mahoma autocrático, intolerante, por momentos arbitrario, capaz de llevar a cabo matanzas y de ordenar asesinatos políticos. Todo esto, se dirá, es lo que corresponde a su entorno brutal, al siglo VII y a las tribus árabes. Y es verdad, pero precisamente por eso Mahoma no es, como Armstrong titula su libro, un profeta para nuestros tiempos.

Esta tensión entre lo que la autora puede decir y lo que le gustaría decir permea todo el libro. Que el Profeta del Islam fue un hombre extraordinario nadie lo pone en duda. Fue incluso capaz de grandes obras, de ideas muy avanzadas para su época (por ejemplo, con respecto al lugar de las mujeres), pero ninguna de estas ideas puede tener vigencia para nosotros, hoy en día. Cuando Mahoma se casó con Aisha, la favorita de sus esposas, él tenía 50 años y ella 6 (y solo tres más, según la tradición, cuando se consumó el matrimonio). Una práctica habitual entonces, perfectamente admisible para la moral de la época, pero que hoy nos parece aberrante. ¿Podemos acusar a Mahoma de no anticiparse a nuestra manera de ver el mundo? No si lo juzgamos meramente como un hombre; la cuestión es que, para el Islam, el Profeta fue el ser humano más perfecto que haya existido, y como tal, un modelo de conducta para los fieles de todas las épocas. Es decir, el matrimonio con una menor de edad no solo no es censurable, sino que está bien, y está bien porque Mahoma lo llevó a cabo.

Es claro que, por los tiempos que corren, es importante contar con miradas más profundas y tolerantes acerca del Islam y sus orígenes; pero el ideal tendría que ser mostrarnos a un Mahoma comprensible en sus propios términos, no uno universalmente válido, como el que Karen Armstrong pretende sacar de la galera.
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