"• «La patria verdadera, que quizá sea la lengua o quizá la infancia».
• En las páginas de este libro, sólo dejo caer la sombra de aquellas personas, hombres y mujeres que creo que han tenido alguna influencia sobre mí, aunque sea con una frase o una sonrisa, de la forma apenas perceptible con que un alma ejerce su influencia sobre otra.
• No existe más libertad que la del amor y la de la humildad.
• Quiero dar fe de una época en la que vivía una generación que deseaba celebrar el triunfo de la razón por encima de los instintos y que creía en la fuerza y en la resistencia de la inteligencia y del espíritu, capaces de detener el avance de las hordas ansiosas de sangre y muerte.
• A los escritores, el trabajo —con independencia de la calidad de las obras— nos obliga a mantener ardiendo nuestro corazón, nuestros nervios y nuestra mente. No hay lugar para el regateo ni para preguntarse si «vale la pena»; no se puede regatear con las obsesiones propias, que los demás llaman «vocación» y revisten con símbolos altisonantes; yo creo que se trata, simple y llanamente, de obsesiones...
• Los largos diálogos, comprendidos sólo a medias, con extraños en un café de Marsella, la sensación constante de aventuras fugaces producidas en cadena, las piezas y los accesorios de la vida,
• Una persona «feliz» nunca desarrollará un trabajo creativo, una persona feliz es simplemente eso: una persona feliz.
• Tenía la sensación de que el mundo entero estaba siempre lleno de «acontecimientos de actualidad» y de «hechos sensacionales». Entrar en una habitación donde nunca había estado resultaba para mí tan emocionante, por lo menos, como ir a ver el levantamiento de un cadáver, buscar a sus parientes y hablar con el asesino.
• Buscaba continuamente un tema para un «reportaje»; sentía la urgente necesidad de encontrar siempre uno nuevo. Tenía veinte años y quería desvelar, en el marco de un reportaje sensacional, el «misterio de la vida», ni más ni menos.
• la vida es una materia sospechosa para un escritor y que sólo puede emplear algunos detalles, seleccionados con sumo cuidado y muy bien preparados.
• Empecé a viajar por Alemania sintiéndome en cada instante como un «enviado especial» que va detrás de una noticia misteriosa que nunca podrá desvelar del todo...
• Entonces yo no tenía ni la menor idea de lo que era escribir, del peso o de las consecuencias de las palabras. Escribía como respira un joven, a pleno pulmón, con unas ganas y una alegría bárbaras.
• un traductor es siempre un escritor frustrado, de la misma forma que un fotógrafo es un pintor perdido.
• La disposición y la actitud propias del escritor —el interés y la tendencia a una visión amplia, a una «visión distinta» de las cosas que hay detrás de los hechos y de las personas, a esa visión que es más verdadera en los ojos de un escritor que la realidad palpable— determinaban mi forma de vida.
• «Un escritor debe llevar una pseudovida —le explicaba a mi amiga la actriz—; debe imitar la vida y observarla con muchísima atención, pero debe abstenerse de tomar parte en ella.»
• Ni en sueños pensaba yo entrar a trabajar en un banco, ni en Viena ni en ningún otro lugar del mundo. No deseaba entrar a trabajar en ningún sitio, y menos con un contrato indefinido y derecho a jubilación. Pensaba que ya tenía un trabajo para toda la vida, que tenía una ocupación, no muy «rentable», pero totalmente satisfactoria para mí.
• ¿Y acaso no tenía que ver yo, el contemporáneo, el alma errante, con todo lo que ocurría en la tierra, con todo lo maravilloso y banal que pudiera ser relatado?
• no me quedó más remedio que admitir, confundido, ruborizado y avergonzado, que no tenía ni idea de las responsabilidades que la vida conlleva, que vivía en el mundo sin comprender nada
• Sabía que lo que escribía era imperfecto, oscuro y de formas poco definidas, pero ya no podía resistirme a la obligación de escribir. Escribí un libro, un libro malo.
• Sin embargo, en la vida nada ocurre «con todas sus consecuencias», siempre hay una escapatoria posible, más atractiva y más inteligente que cualquier imperativo categórico; es muy fácil conformarse con las cosas y buscarles luego una explicación «moral».
• La verdad es que escribía más a menudo sobre cosas que no me convencían en absoluto, sobre lo que el momento me brindaba, sobre lo que estaba en el aire en ese preciso instante, algo apenas perceptible que era necesario nombrar aunque fuese un tema sin «importancia»
• Escribía porque alguna ley oculta me obligaba a ello; no se trataba de un acuerdo o una necesidad, sino de una ley más profunda y compleja, de un contrato que había establecido conmigo mismo, con mis nervios, con mi carácter.
• La escritura no es una tarea para una persona «sana», una persona sana es una persona que trabaja para acercarse a la vida, mientras que un escritor trabaja para acercarse a las profundidades de su obra, donde lo esperan peligros, terremotos, abismos, incendios.
• Acabé por comprender que no tenía escapatoria, que nadie era responsable de mi destino, que debía entregar mi vida a mi obra por entero y sin condiciones, que debía vivir así, bajo la presión de esa idea fija, de esa manía, atravesando desesperadas épocas de huida y volviendo siempre a la otra vida, a la del papel.
• observaba a todo el mundo como un posible caso para alguna noticia futura. Tal actitud es muy poco elegante, pero el periodismo, en la práctica, se resume en eso...
• Un escritor me dijo en una ocasión que esa falta de satisfacción, esa intranquilidad son propias del hombre occidental. Una mujer me enseñó que es una «enfermedad característica de los escritores» la que impide que el artista obtenga satisfacción por otra vía que no sea la de su trabajo creativo. A lo mejor soy escritor.
• Dönyi convivía con la «literatura» de forma natural, como les sucede a los escritores de verdad: no conocía más felicidad, más satisfacción que la que dan las bellas letras. Nosotros dos jugábamos a escritores como nuestros compañeros jugaban a policías y ladrones...
• Estaba saturado de literatura, era sensible y orgulloso, intuía que el mundo escondía milagros más complejos que la propia realidad...
• Yo tenía catorce años y lo sabía todo sobre los adultos, pero seguía esperando en secreto a los Reyes Magos.
• Jamás he llegado a comprender a los escritores que afirman «buscar» su mensaje, creo que no somos nosotros los que buscamos o encontramos el trabajo, sino que es el trabajo el que nos busca y nos encuentra, y lo máximo que podemos hacer es no salir huyendo.
• Sé que nunca me he preparado para un «gran libro» en el que «contarlo todo»: el escritor sabe que nunca será capaz de «contarlo todo»
• El escritor debe vivir una vida de escritor o, por lo menos, una vida digna de un escritor... Ésa es una condición innegociable.
• Escribía porque quería contar algo, porque esa «manera de vivir» era la que mejor encajaba con mi carácter y mi voluntad espiritual.
• Me enfrentaba a mi trabajo lleno de preocupaciones y de angustias, no veía el final, no encontraba la armonía, todo estaba lleno de cosas innecesarias, de relleno, de nimiedades cuyas proporciones ya no distinguía, como uno nunca es capaz de apreciar las proporciones de la vida.
• Quizá el escritor nunca sea capaz de distinguir con nitidez los senderos que hay en la inmensa selva de su obra, que no tiene indicaciones de ningún tipo y en la que sólo puede guiarse por su instinto y con la ayuda de unas voces secretas que lo dirigen.
• Un día de otoño, a las dos y media de la tarde, murió mi padre. Murió en plenas facultades mentales, con dignidad, de forma ejemplar, como si quisiera enseñarnos cómo se debe morir.
• Escribir significa, ante todo, una manera de comportarse, una manera ética de comportarse, para decirlo con una palabra altisonante.
• «Lo que un escritor encuentra en la vida es sólo material, un material inútil, sin forma ni constancia. ¿Qué hacer con un escritor que pretende vivir y trabajar a la vez?»
• Repetía una y otra vez que el escritor que se entrega a sus vivencias está perdido. Osear Wilde no escribía mejor después de estar en la cárcel, y La balada de la cárcel de Reading sólo prueba que un gran talento puede afrontarlo y soportarlo todo, incluso las «vivencias»...
• nunca hacía planes, nunca establecía ningún acuerdo, simplemente cogía lo que la vida me daba; llegaba a algún sitio de visita o de paso y me quedaba seis años, o me bajaba del tren en una ciudad extraña para pasar la noche y cambiarme de ropa y ya no podía moverme de allí durante cuatro meses. Me quedaba hechizado, como nunca hacía planes, nunca establecía ningún acuerdo, simplemente cogía lo que la vida me daba; llegaba a algún sitio de visita o de paso y me quedaba seis años, o me bajaba del tren en una ciudad extraña para pasar la noche y cambiarme de ropa y ya no podía moverme de allí durante cuatro meses.
• Mi instinto me avisaba haciendo saltar todas las alarmas, diciéndome que era el momento de estar atento y cauto, de mostrarme de nuevo «infiel», infiel a cualquier programa, a cualquier razonamiento que los demás intentasen colarme para corromperme, para seducirme.
• Todavía no había aprendido que, para el escritor, las cosas sólo valen en la medida en que él las destila en el laboratorio de su personalidad única.
• "Subí a lo más alto de Notre-Dame y bajé a las profundidades de las catacumbas. Recorrí París como un cachorro al que sus dueños acaban de soltar. La tumba de Napoleón me interesaba tanto como las carnicerías de la Villette."
• Siempre empezaba mis artículos in medias res, hablaba de prisa, como si temiera que me cortasen o me quitasen la palabra."