“(…) todo lo que hay que hacer es sentir lástima de ti mismo…y montones de gente aprenden a encontrar satisfacción de ese modo. Es uno de los mejores deportes de interior, la autocompasión (…). Un deporte que le gusta a todo el mundo. Especialmente a los perdedores.”
Magnífica novela negra que se encuentra ya en nuestro archivo de grandes clásicos del género, si no al estilo de Chadler o Hammet, con muertos, disparos y hampones, sí que desde luego con esos bajos fondos y el submundo que se esconde tras el mundo del juego. Es un género que siempre me ha atraído mucho. El tono general del libro que consigue aquí el autor es excelente.
Dentro de ese mundo y vida nocturna que debe presidir siempre este género, diría que “El buscavidas” se adapta al clásico formato de la picaresca adaptado al siglo XX. El pillo o pícaro de origen humilde, que trata de buscar su lugar en el mundo desplumando a cuantos encuentra a su paso. De eso sabemos bastante en España y existe toda una categoría propia de narrativa desde hace siglos (desde el siglo XVI nada menos): esos embaucadores profesionales que tan simpáticos nos caen, siempre y cuando no seamos nosotros los damnificados. Creo que la base de esa simpatía es que en la contraparte se encuentran los avaros que intentan abusar del que aparenta debilidad.
Estupenda novela esta, en la que a diferencia de la literatura general en que inventas el rostro de los protagonistas, aquí diría que el 90% de los lectores le pone a Eddie Felson directamente el rostro del mejor Paul Newman, joven, guapísimo, luciendo como un diamante (que conste que solo he visto la portada del libro).
Tras intentar en varias ocasiones hacerme con la película, decidí finalmente leer el libro…y creo que ha sido acertada la decisión, ya que continuaré con la saga en papel y después en la pantalla.
Toda la narración nos la va regando Walter Tevis con pequeñas píldoras de filosofía de barrio, que acaban por formar un mensaje potente (tal vez sea esa la mejor filosofía, la del saber popular del barrio o el pueblo), no solo en relación con el juego, sino que yo lo extendería a la vida. Este párrafo que entresaco, y en general el capítulo 16 es magistral, el maestro shaolín dando toda una lección de vida al joven dotado de todas las capacidades técnicas, pero carente por completo del conocimiento que da la experiencia de los años:
“Yo. Tú y cualquier maldito jugador queréis ser héroes. Pero para ser un héroe, hay que firmar un contrato contigo mismo. Si quieres la gloria y el dinero tienes que ser duro. No quiero decir que te desprendas de la compasión, no eres un timador ni un ladrón: esos son los que no pueden vivir si sienten compasión. Yo mismo la siento. Tengo momentos blandos. Pero soy duro conmigo mismo y sé cuando no hay que ser débil. Como cuando tienes que entregarte a una mujer, hay que darlo todo, sin contenerte. Duda después. O antes. Pero con una mujer haces un contrato; no sé cuáles son todas las palabras de ese contrato, pero están ahí y si no lo entiendes no eres humano, no me importa lo que digan todos esos cretinos y los hijos de puta y los que defienden el amor libre. Y cuando se lo das a una mujer o cuando haces el contrato que dice: voy a darte la gran paliza en esta partida de billar, no te contienes. No dejes que te convenza la voz que dice: libérate, no te comprometas. Haz callar esa voz (…). Y cuando llegues a ese momento determinado de la partida en que te diga: no arriesgues el cuello, sé listo, retírate, no porque quiera salvar tu dinero, sino porque quiere perderte, no quiere ver que pones tu maldito corazón en el juego. Quiere que pierdas, quiere verte sentir lástima de ti mismo, quiere que busques compasión”.
Buaaahhh…Se nota perfectamente que este tipo W. Tevis conocía a la perfección sobre lo que escribía: que conocía la vida de los billares, de la noche, de las apuestas, de los buscavidas, y de los profesionales. Podía haber escrito toda una enciclopedia de varios tomos sobre el tema del billar, pero se conformó con esta breve perla que es “El buscavidas”.