Muchas son las cosas que se podrían hablar de esta novela. Para empezar, diría, que no es fácil de leer si no se tiene un basto lenguaje en el español (soy nativo del español y tuve que consultar algunas palabras en Google) y si no se tiene la costumbre de leer textos tan poéticos, porque las metáforas en este texto abundan. No me malinterpreten, es bellísimo. En un futuro, quisiera volver a leer este libro y ver qué lectura le doy.
El uso del lenguaje es tremendo.
Eso por la parte más técnica, ahora, vamos a por lo temático.
Hay muchos temas, aunque a mí me llamó la atención solo uno:
Esta novela nos presenta la complicada realidad de la Edad Media, y al mismo tiempo, cómo se ha suavizado o potabilizado en la actualidad. Me explico: para acercarnos, muchas veces a la Edad Media, la cultura popular ha omitido de manera deliberada los detalles más incómodos y sangrientos que la caracterizan. Este libro es un duro choque con esa realidad, es, lo que llamaríamos hoy, políticamente incorrecto; pero que, en mi opinión, es necesario abordar porque fue una realidad.
Esto lo vemos reflejado en su personaje principal. Esa voz que nunca revela nombre, solo su apariencia, su edad y lo más íntimo de sus pensamientos. Desde niño estuvo expuesto a una realidad tan oscura, tan cruda, que lo que más resuena a lo largo de su vida, o lo que más rememora, aunque sea de manera breve, son episodios de su infancia; especialmente el árbol de fuego, aunque también está el mal trato de su padre, el abandono de su madre, entre otras cosas.
Cuando esta voz poética inicia su viaje al castillo de Mohl, hay expectativas, deseos, pero al mismo tiempo, ignorancia, abandono. Luego, inicia su viaje a la madurez, que va acompañado de los saberes básicos del ser humano: saber hablar, leer y comportarse a la altura del lugar en donde estaba. Lo curioso, y es lo que llama más mi atención, es que acompañado de ese viaje, se agrega una desilusión, un abrir los ojos, pero no negativa, sino positiva. El personaje toma un papel frente a las atrocidades de la Edad Media: escapa de ese plano maniqueo (Bien y Mal; Blanco y Negro) y trasciende a otro plano, entendiendo que el Bien y el Mal —al menos en aquel momento y me atrevo a conjeturar que a día de hoy sigue siendo igual— parten de la misma raíz.
Por esto asciende a la torre del vigía y no se arma caballero. Nuestro protagonista va más allá, tal y como lo explica en cierta parte al final de la obra:
"Y grité, espada en alto, que estaba dispuesto a partir en dos el mundo: el mundo negro y el mundo blanco; puesto que ni el Bien ni el Mal han satisfecho, que yo sepa, a hombre alguno".
Previamente, nuestro amigo dijo, primero, que el Mal había muerto, pero luego, también expresó que el Bien ha muerto.
Es el problema, a mí parecer, de ver a la Edad Media como un periodo de malos y buenos. A mí parecer, esa etapa de la humanidad, es un periodo bastante complicado y denso como para verlo desde el prisma de nuestros valores modernos. No justifico ningún acto (como el gusto, al parecer, de Mohl por los infantes), pero, ¿de qué me vale juzgar las prácticas de aquel momento? Lo importante sería señalarlas, entenderlas y —no solo con esta práctica, sino con muchas otras, como la guerra, por ejemplo— tratar de que no se repitan.
Podría escribir más sobre este libro, pero es tan complejo y tan bello, que hacerlo sería cortar la experiencia de otros sobre él.
10/10