Frases célebres:
A veces, en el desamparo más grande, cuando nos sentimos definitivamente abandonados, aparece un signo donde menos lo esperamos que nos indica el camino.
Cuando surgía de la meditación y me veía otra vez como un ser humano, todos los problemas me parecían insignificantes.
Pensé que podía hacer de la mente lo que yo quisiera.
Me di cuenta de que el deseo de unión lo llevaba en cada célula de mi cuerpo, en cada manifestación de mi espíritu. Ya no se trataba de imaginar lazos, sino de darse cuenta de que ellos existían: estaba amarrado a la vida y unido a la muerte, amarrado al tiempo y unido a la eternidad, amarrado a mis límites y unido al infinito, amarrado a la tierra y unido a las estrellas. Unido a mis padres, a mis abuelos, a mis ancestros, unido a mis hijos, a mis nietos, a mi futura descendencia, unido a cada animal, a cada planta, a cada ser consciente. Unido a la materia bajo todas sus formas, yo era lodo, diamante, oro, plomo, lava, piedra, nube, onda magnética, estallido eléctrico, huracán, océano, pluma. Amarrado a lo humano, unido a lo divino. Anclado en el presente, unido al pasado y al futuro. Anclado en la oscuridad, unido a la luz. Atado al dolor, unido
la euforia delirante de la vida eterna.
Me propuse materializar lo abstracto. El odio: cuerno de la abundancia dentro de un cofre del que hemos perdido la llave.
El amor: camino donde las huellas en lugar de seguirnos nos preceden. La poesía: excremento luminoso de un sapo que se ha tragado a una luciérnaga. La traición: persona sin piel que avanza saltando de una piel a otra. La alegría: río lleno de hipopótamos abriendo sus hocicos azules para ofrecer diamantes que han extraído del barro. La confianza: danza sin paraguas bajo una lluvia de puñales. La libertad: horizonte que se despega del océano para volar formando laberintos. La certeza: una hoja solitaria convertida en el refugio de un bosque. La ternura: virgen vestida de luz empollando un huevo morado.
El ser vacío, pudiendo contener al universo, no sabe quién es, pero vive, crea, ama.
¿Y por qué nací en Chile? No tengo la menor duda: es mi encuentro con la poesía lo que justifica mi aparición en ese país.
Me lo explico así: la imagen que tenemos del otro no es el otro, es una representación. El mundo que nos imponen los sentidos dependen de nuestra forma de verlo. Para nosotros, en cierta manera, el otro es lo que creemos que es.
El milagro era uno de los hilos con que estaba tejido el mundo.
Esta aventura nos hizo comprender que identificándonos con las dificultades podíamos convertirlas en aliados. No resistir ni huir del problema, entrar en él, hacerse parte de él, usarlo como elemento de la liberación.
Era como si, una vez decidido el acto, la realidad entera danzara con él.
Años más tarde apliqué esta experiencia a la terapia: no se puede sanar a alguien, sólo se le puede enseñar a sanarse a s�� mismo.
La finalidad del arte es curar. Si el arte no sana no es verdadero.
Comprendí que el arte no sólo debía sanar el cuerpo sino también el alma. Todas las finalidades se resumían en una sola: realizar las potencialidades humanas para después trascenderlas. Sacrificar lo personal para llegar a lo impersonal: nada es para mí que no sea para los demás.
Las palabras son dominadas para eliminar de ella la agresividad y ponerlas al servicio del espíritu: la finalidad del lenguaje es mostrar el valor del alma, valor que es entrega absoluta.
Años más tarde llegué al convencimiento de que el terapeuta que no está enfermo no puede ayudar a su paciente. Tratando de curar al otro se cura a sí mismo.
Esta angustia de morir me duraría hasta los 40 años. Angustia que me obligó a recorrer el mundo, estudiar las religiones, la magia, el esoterismo, la alquimia, la cábala. Me hizo frecuentar grupos iniciáticos, meditar al estilo de numerosas escuelas, contactar con maestros, en fin, buscar sin límites, donde fuera, aquello que podía consolarme de mi fugacidad. Si no vencía a la muerte, ¿cómo podía vivir, crear, amar, prosperar?
Me sentí separado no sólo del mundo sino también de la vida.
Los que creyeron conocerme sólo conocieron las máscaras de un muerto. En esos insoportables años todas las obras que realicé, más los amores, fueron anestésicos que me ayudaron a soportar la angustia que corroía mi alma. Sin embargo, en lo más íntimo de mi ser, en forma nebulosa, sabía que ese estado de agonía permanente era una enfermedad a la que tenía que curar, convirtiéndome en mi propio terapeuta. En el fondo no se trataba de encontrar el filtro mágico que me impidiera morir sino, sobre todo, de aprender a morir con felicidad.
Pero en cuanto me entregaba al placer, inevitablemente el sueño me absorbía y se transformaba en pesadilla. El deseo, al apoderarse de mi, hacía que perdiera la lucidez y que los acontecimientos escaparan de mi control. Olvidaba que estaba soñando. Me pasaba igual con la riqueza. Cuando me atrapaba la fascinación del dinero, mi sueño dejaba de ser lúcido. Cada vez que trataba de satisfacer mis pasiones, olvidaba que estaba soñando. Comprendí finalmente que, en la vida como en el sueño, para permanecer lúcido es necesario distanciarse, controlar la identificación.
He aquí algunos sueños felices. Al comienzo los anoté. Hoy en día no lo hago. A aquello que tiene por naturaleza esfumarse, hay que dejarlo que se esfume.
Con ello no quiero dar a entender que desprecio todo esto, porque pienso, al contrario que algunos improvisados gurús, que esa parcela de nuestro espíritu con la que a menudo nos identificamos, el ego, no debe ser destruida ni despreciada. Bien conducida, nuestra egoista personalidad puede convertirse en un admirable servidor. Es por aquello por lo que se representa a Buda meditando sobre un tigre dormido o a Jesucristo montando un asno o a Isis acariciando una gata. Los dioses tienen cabalgaduras y éstas representan el ego. El Yo personal, si se entrega a la voluntad cósmica, es admirable. Si desobedece a la Ley se convierte en un monstruo nefasto que devora a la conciencia.
Todo amor está basado en el conocimiento del otro; todo conocimiento del otro está basado en la experiencia compartida.
Cada barrio tiene su brujo o bruja. Gracias a la fe de sus pacientes, logran muchas veces curarlos. Los médicos surgidos de desprecian estas prácticas. Por supuesto que esa medicina no es científica, sin embargo es un arte. Y para el inconsciente humano es más fácil comprender el lenguaje onírico - las enfer medades desde cierto punto de vista son sueños, mensajes que denuncian problemas no resueltos- que el lenguaje racional.
Los charlatanes, con gran creatividad, desarrollan técnicas muy personales. Los comparo a pintores. Todos pueden pintar paisajes, pero el estilo con que lo hacen es inimitablemente in dividual. Algunos tienen más imaginación o talento que los otros, pero todos, si se les concede la fe, son útiles. Le hablan al hombre primitivo que cada uno de nosotros aún lleva dentro.
Don Arnulfo nos está diciendo que «cada cual debe curar con lo que más ama, sin preocuparse de lo que piensen los demás. Los objetos son receptáculos de energías, positivas o negativas. Ellos no son diabólicos ni sagrados. Es el odio o el amor que depositas en ellos lo que los transforma. Una pelota de fútbol puede llegar a ser santa»
Con don Ernesto comprendemos que para dar no es necesario poseer materialmente.
Con él se aprende que la finalidad de la medicina no es solo curar sino también revelarle al paciente sus valores.
Todos los curanderos afirman que si algunos dañan y otros no, es porque no bastan las operaciones mágicas: es necesario que en el enfermo ocurra un cambio de mentalidad. Aquellos que viven en un constante pedir deben aprender a dar.