La cruda potencia de la prosa fonsequiana se congratula en esta colección de cuentos en el que hace gala, si bien de manera casi subliminal, del vértigo propio de finales del milenio: a pesar de no ser sus mejores cuentos, es posible palpar la esencia del autor acá. Ahí radica la agudeza absoluta del último maestro del cuento portugués. Ser capaz de desplegar sus artilugios y deslumbrar en un libro que a cualquiera le valdría la ovación unánime. Es por eso que veamos este cuentario como una cuota más de virtud de Fonseca.
Abre con el 'El globo fantasma' donde hace alarde de su conocimiento pormenorizado de la geografía carioca so pretexto de un inmenso globo espectral, bajo el telón de fondo de unos vaivenes caprichosos de unos amantes confrontados y enuncia orgulloso: ni la muerte conoce todas las calles y plazas y carreteras de las afueras de Río. Después le sigue la simbólica y lacónica "La carne y los huesos", un texto en el que el Eros y Tánatos freudianos se pasean de manera prístina por las páginas. Le sigue "Idiotas que hablan otra lengua" con una joya aforística que, a mí parecer, se anida en la memoria. Viajar es conocer idiotas que hablan otra lengua.
"El enano" empieza a marcar tendencia respecto a lo que se avecina. El típico cuento de Fonseca que uno lee varias veces con distintos personajes y sutiles variaciones de fondo. Marca de la casa. "Artes y oficios" inaugura la recta final y las mejores composiciones. Un pretendiente de escritor, aburguesado, y una escritora fantasma. Una pasaje me hace rememorar la fabulosa "Saturday Night and Sunday Morning" del inigualable Alan Sillitoe: no importa que los otros digan que eres una mierda, que sólo eres realmente una mierda si crees realmente que eres una mierda / I'm me and nobody else; and whatever people think I am or say I am, that's what I'm not, because they don't know a bloody thing about me. Amantes, dinero y fama. ¿Qué podría malir sal?*
La brevísima "Orgullo" nos da muestras del espíritu humano ante la adversidad primordial, o sea, la muerte. La encarnizada lucha contra lo inanimado. Sirve de puente para los genialidades finales que tiene Fonseca entre manos. "Placebo" se encumbra como uno de los mejores cuentos del canon fonsequiano de inmediato pues en las desventuras irreales de un desahuciado se hallan párrafos de una erudición y precisión que le son propias al hombre de genio: no había necesidad de contar el tiempo, nada importante podía hacerse en minutos, ni siquiera en horas (...) la iglesia siempre señaló el tiempo, una forma de controlar la vida de los fieles. Como corona. Dios es un placebo como cualquier otro. El cuento homónimo se desarrolla en una vecindad en el que el crimen, el deseo y el amor pueden cobijarse en el rincón más hirsuto.
Como siempre es preciso señalar, cada libro de Fonseca es un placer estimulante. E incluso en lo que en apariencia puede parecer menos atractivo , se encuentra un pedazo de Fonseca en bruto. A veces eso puede bastar, al menos por un tiempo porque allá afuera es seguro que nos hayamos cruzado con un personaje ideado por la mitología de seres urbanos y ensimismados a los que Fonseca dedicó las mejores páginas de su obra. Ciertamente, la mayoría de ella.