¡Qué más puedo agregar de Nikolái Gógol que ya no haya comentado antes! Padre de las letras rusas junto a su gran amigo Alexandr Pushkin, escritor multifacético y narrador auténticamente original, creador de la novela moderna rusa a partir de su libro Almas Muertas considerado el “Quijote ruso”, fue también pionero en su maestría a la hora de relatar cuentos.
Con sólo recordar El capote, La nariz, Viy, Diario de un loco, el lector sabrá del calibre de escritor que era. Escribió también una pequeña novela histórica acerca de la vida de los cosacos que se llamó Tarás Bulba.
Pero también escribió un obra de teatro maravillosa como es el caso de ésta, El Inspector, debido a la cual tuvo grandes inconvenientes luego de que fuera representada en el teatro por primera vez en 1836.
No era para menos: la forma en la que ridiculiza a los burócratas de la época le valió grandes enemistades, al punto tal de tener que emigrar a Italia, dado que ni sus grandes influencias por parte del Zar pudo apaciguar los ánimos de los políticos y funcionarios.
Es que la excelencia de esta obra es retratar tan mordaz e irónicamente a al burócrata en real sentido de la palabra, dejando entrever todo ese mundillo de corrupción y negociados turbios que caracterizan al político tanto de pequeños pueblos como de las más altas esferas, y para variar, poniendo al martirizado pueblo en contra, que ponen el grito en el cielo producto de la opresión del poder contra ellos es realmente sorprendente.
Los personajes que más destacan en esta obra son el supuesto inspector, Iván Aleksándrovich Jléstakov, un astuto bribón de veintitrés años, adicto a los naipes quien se hospeda en una pensión sin un rublo luego de haberlo perdido todo en una mala noche de naipes.
Junto a su criado Ósip se encontrará con esta situación impensada, la de que el Alcalde del pueblo, el inescrupuloso y temperamental Antón Antonóvich Skvóznik Dmujáknovsky, quien ante una mala información de dos ineficaces hacendados, cree que Jléstavok es un temible Inspector enviado por San Petersburgo para investigar el estado de todas las instituciones en el pueblo.
Obviamente, Jléstakov, acuciado por las deudas y varado en el medio de la nada se aprovecha de esta confusión para divertirse con los pobres funcionarios, enamorar tanto a la esposa y la hija del Alcalde y aprovechar para pedir dinero a diestra y siniestra.
Realmente es una comedia muy divertida, llena de escenas hilarantes y poblada de toda la ironía y la crítica despiadada a la corrupción como sólo Gógol podía hacerlo.
Muchos saben que es Fiódor Dostoievski a quien más admiro en la literatura rusa, pero el Maestro supo decir alguna vez "Todos descendemos del Capote de Gógol" y es verdad.
Sin Gógol ni Pushkin otra hubiera sido la historia de la literatura para Rusia y el mundo.