Hace menos de dos semanas me acerqué por primera vez a Saramago. No fue un paso planeado ni un encuentro buscado, sino una provocación: una publicación que me pareció injusta me puso frente al reto de leer Ensayo sobre la ceguera. Lo hice con la intención de construir un punto de vista sólido e informado, de no quedarme en la ignorancia. La reseña que publiqué después desató una avalancha de comentarios en distintos foros. Fue en ese remolino de voces donde descubrí la existencia de estos cuadernos y sentí la necesidad de leerlos.
Debo confesar que ha sido sumamente difícil dar forma a este texto. No estoy acostumbrado a autores con un acervo, una potencia y una soltura que desarman los puntos de apoyo habituales. Con otros escritores tengo más ensayado el abordaje: hay caminos trillados, lugares comunes fáciles de recorrer. Pero Saramago es un unicornio en medio de todo esto, y enfrentarme a él me ha resultado complejo, no solo por la densidad de su pensamiento, sino porque empatizo mucho con sus procesos mentales, con sus evoluciones y con sus juicios personales. Esa empatía me ha confrontado de una manera abrumadora: no encontraba el modelo, el estilo ni la forma de escribir sobre este primer tomo.
Finalmente, en el esfuerzo por hacerlo, he reconocido los puntos medulares que lo sostienen: su honestidad, sus dudas, sus contradicciones, su orgullo, su agotamiento y, sobre todo, su transparencia. Este reconocimiento me lleva también a entender que la batuta está muy alta. Un texto trivial o trillado solo desmerecería el carácter de estos cuadernos, y caería justamente en lo que más incomodaba al propio autor: repetir hasta el cansancio las mismas afirmaciones y preguntas.
En estas páginas, Saramago nos ofrece un ejercicio de honestidad. No se trata de una confesión ingenua, sino de una autoexigencia: escribir sin adornos, enfrentarse a sí mismo incluso en la incomodidad. En lugar de ocultar dudas, bloqueos o contradicciones, las deja registradas como parte de su proceso. Es como si hubiera decidido desnudar el taller del escritor y compartir con nosotros no solo la obra terminada, sino los tanteos, las caídas y las dudas que la preceden.
Uno de los tesoros de este diario es acompañar la gestación de Ensayo sobre la ceguera. Saramago admite que muchas veces no sabe a dónde va, que la idea central puede ser apenas un marco retórico que luego se transforma. Esa confesión de vulnerabilidad revela que incluso un escritor consagrado no tiene certezas absolutas; lo guía la intuición, la corrección y la apertura a lo inesperado. Para el lector, es un privilegio ver cómo una novela mayor nace en medio de la duda.
Otro rasgo singular es el uso de transcripciones: cartas, testimonios, pasajes. No son meros adornos, sino soportes para transparentar sus críticas y mostrar de dónde provienen. Sirven como contrapunto, como prueba, como invitación a pensar junto a él. Sí, hay manipulación en la selección, pero es una manipulación consciente, honesta en su pragmatismo. El resultado es un diario que no solo narra, sino que enseña a leer la realidad con espíritu crítico.
Una de las tensiones más fuertes que atraviesan los cuadernos es la contradicción entre el escritor y la figura pública. Los viajes, los premios y las entrevistas le quitan tiempo y energía. Se siente agotado por las preguntas repetitivas, por los periodistas que no leen sus libros, por la necesidad de perfeccionar discursos que preferiría no dar. Todo esto lo drena, lo hace sentirse escritor sin escritura. Y sin embargo, no deja de responder, porque siente que se debe a sus lectores. Esa dicotomía —entre el hombre cansado y el autor responsable— lo desangra de energía, pero al mismo tiempo refuerza su compromiso con quienes lo leen.
Saramago también se expone en su orgullo. Reconoce que no siempre responde: a veces calla por fastidio, otras por dignidad, otras simplemente por defender su libertad. Pero en el diario deja constancia de que lo pensó, de que lo meditó, de que lo sintió. Así, el silencio no es vacío: es respuesta diferida. El lector entiende que el autor siempre escucha, pero elige cuándo y cómo contestar.
En contraste con la fatiga de la vida pública, la cotidianidad de Lanzarote aparece como refugio. La casa, el jardín, el viento y las rutinas sencillas se convierten en contrapeso de la fama. Allí, en lo pequeño, encuentra una grandeza que los reconocimientos no pueden darle. En ese espacio, Saramago es sereno, contemplativo, en paz con lo esencial.
Para mí, este primer tomo ha sido como agua en medio del desierto: un descubrimiento continuo, un torbellino de emociones compartidas con el autor. He sentido entusiasmo, enojo, sufrimiento, angustia, incertidumbre, hilaridad y cansancio a su lado. Y lo que más me emociona es pensar que con estos textos estoy lo más cerca de Saramago que jamás podría estar: primero por la barrera del idioma, después por la distancia geográfica y finalmente por la barrera del tiempo que nos separa en vidas distintas. Este diario se convierte, entonces, en la mejor probabilidad de ese encuentro.
He disfrutado de este primer tomo mucho más de lo que me siento cómodo de reconocer. Sé que es un autor polémico, que abre debates encendidos, pero si algo he de aprender de él es que la coherencia exige decir lo que uno piensa: este brillante escritor y personaje me fascina. Y aunque su obra me confronta y me exige, también me acompaña con una honestidad radical que, paradójicamente, reconcilia.
Leer estos cuadernos ha sido un reto y un descubrimiento.
No me queda duda de que en estas páginas Saramago entrega no solo el registro de tres años de vida, sino también la lección más íntima de su oficio: que la literatura se hace de dudas, de cansancios, de contradicciones y de pequeños refugios. Y que en medio de todo ello, la honestidad de compartir esas fragilidades es lo que nos permite, como lectores, sentirnos más cerca de él de lo que nunca hubiéramos imaginado.