Aún tratándose de uno de sus escritores preferidos, Sebald opta por un tono parco y litúrgico, de discreta cercanía, calmado y silencioso, para escribir sobre la ética soledosa que ejecutó Robert Walser durante toda su vida. Es un homenaje sin show, un comentario sin conclusión, una meditación de café (o de viaje en tren) que rumea, como quien llena el tiempo, sobre los libros leídos de Walser y sobre las pocas, brevísimas anécdotas de su vida.
Pero tampoco es un soliloquio, o una erudita introducción. Es un recuerdo, como el título dice, un breve testimonio de cómo Sebald ve (o vio) la obra de Walser a contraluz de su biografía, la extrema frugalidad que lo acompañó hasta su muerte, y las estrategias, las tácticas, las salidas que el escritor suizo encontraba para resolver la especial relación que tenía con la escritura. Sebald lo describe como si ya supiéramos todo, sin explayarse casi nada en los datos de Wikipedia. Prefiere horadar algunos acontecimientos centrales en la trayectoria vital de Walser con brevísimas apostillas y detalles nimios que, sin embargo, adquieren trascendencia en el boceto en marcha.
De ahí que Sebald nunca profundice en las obras de Walser, o en sus últimos días en el hospital psiquiátrico. De ahí que no profundice en nada. Sebald prefiere el matiz, el detalle, la cita nunca citada, el fragmento académicamente irrelevante, la tarde olvidada o el viaje secundario, las fotos nunca tomadas en cuenta, o el testimonio cotidiano, casi rutinario, de amigos o lectores.
Es en esos fragmentos, en esos retazos materiales y narrativos, en esas esquirlas de poco valor, donde Sebald encuentra el apoyo y el hilo de sus meditaciones (las que, a su vez, son también breves, discretas e incluso simples). No hay aquí ánimo de capturar el secreto de la gloria póstuma, ni de ensayar algún esquema crítico. No hay arrebato para anudar el texto ajeno a la propia experiencia, ni para suplantarlo con una posible lectura alternativa. Sebald no está peleando, aparentemente, con nadie. No quiere rescatar a Walser del olvido (eso ya lo han hecho otros, dice al inicio).
De modo que su recuerdo de Robert nunca termina de ser más que eso: una aneblinada evocación grácil de quien ensaya algún tema del pasado frente al desayuno de madrugada, conjurando, quizá, la noche que se va mientras hierve el té, o dejando ya, en el silencio que muere, el rumor de un relato viejo ya ido.
Sebald no articula, sin embargo, las coordenadas de una consiguiente lección moral o de una ética literaria. No le interesa ofrecer moralejas ni mensajes sobre la escritura, la vida literaria o el devenir del autor. Deja aquello a los lectores. Y es por eso, creo, que muchas veces su prosa se debate entre el tono de canto litúrgico y las citas comentadas. Hay una cierta intención de rehuir siempre a tomar postura, a dejar sentado, a concluir. La orientación que persigue está definida por la trayectoria del homenajeado, pero también por dejar materiales para que otros anunden cabos, reorganicen, descubran y muestren, al fin, el secreto solitario de Walser. Sebald sólo lo rodea, sólo lo captura, sólo enciende la luz ahí donde hay que mirar. Pero no tiene ni las intenciones, ni las herramientas, para nombrar ese secreto. No está condiciones de hacerlo, y pràcticamente todo el libro es el testimonio de esa imposibilidad. ¿Quién era Walser, por qué escribía así, cómo así su escritura tan leve y detallosa, resuena y hasta adquiere bordes proféticos? Sebald lo sabe, lo ha leído toda su vida, pero no sabe cómo manifestarlo, o quizá sí.
Quizá esta sea la mejor manera de hacerlo, desde la más serena y detallada prosa, uniendo sin ánimo impetuoso matices frágiles y opiniones fugaces, pues, como dice Sebald de Walser: «en uno de sus fragmentos en prosa más tristes, tiene que poner a prueba su capacidad de amar, aparentemente atrofiada, en sustancias y cosas a las que nadie más presta atención: la ceniza, una aguja, un lápiz o una cerrilla».
Eso, de alguna manera, hace Sebald. Y lo hace de tal modo que a veces exagera en la floritura, en la colocación de citas irrelevantes, en el tiempo que le dedica a unas y otras.
Hay más, por supuesto. Pero creo que por ahora, hasta aquí está bien.
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Me gustó el final. Qué buen ojo de Sebald para unir una escena de viaje en globlo que hizo Walser con una escena de viaje en globlo que hacen los personajes de un cuento infantil de Nabokov. Sebald los une para mostrar, sin explicar ni describir nada, la soledad de uno de los personajes de ficción y la soledad de Walser. Es una soledad particular, de estar y no estar al mismo tiempo, como una saudade repentina pero profunda, de la que nadie, ni el propio solitario, se da cuenta. Pero sí el narrador del cuento, y sí el que mira a Walser (Sebald, en este caso).
También me gustó una anécdota que cuenta Sebald sobre la 'coincidencia' de varias señales (leyendo a Walser, se topó con una fotografía dentro de un libro en una librería, y esa fotografía, a su vez, era de alguien que después inspiró a Walser, etc). Sebald no lo dice, pero expresa cierta curiosidad por esas coincidencias. Incluso, llega a decir: «desde entonces, he aprendido a comprender lentamente cómo, por encima del espacio y de los tiempos, todo está vinculado entre sí».
Además, la edición que leí, como en realidad todos los libros de Sebald, está matizada por fotografías alusivas a lo que va contando, ya sea de Walser mismo o de lo que él experimenta.
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Léanla con un buen martini🍸 y escuchando, de vez en cuando, «Nocturne in C minor, Op.48 N°1» de Frédéric Chopin 🎶
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