Tengo desasosiego. Eso. No sabría de qué otra forma llamar a esto que siento. Y eso me viene cuando leo a Clarice. Leerla me causa felicidad, siempre, y mucho sentirme desacomodada, me desconcierta. Ella, parecería que habla desde un centro del universo. Como si de ella saliera la lava que sostiene al mundo. El calor necesario para la vida. De ella sale el misterio, la intuición, el instinto. Y será por eso, que cuando la leo, me involucra y me revuelve emociones que me toma un rato poder identificar.
En sus crónicas, que son mucho más que eso, habla sobre trivialidades como el hecho de que le gusta usar perfume, o una charla que tuvo con un taxista. Una llamada telefónica de un cantautor brasileño (Caetano!). Chico Buarque, Tom Jobim, amigas que conoce de poco o mucho tiempo, anécdotas de sus hijos, animales, conversaciones con las mujeres que trabajan en su casa, fragmentos de novela o cuento. Y de repente, aunque esté hablando de lo más trivial, te lanza unas joyas que te hacen darte cuenta que ella está conectada con otra cosa, algo indescifrable, que se siente lejano, y lo dice de la manera más natural del mundo, como si cualquiera accediera a aquello que ella ve.
“Pero, yendo a lo más profundo, llego muy pensativa a la conclusión de que no existe nada más difícil que entregarse totalmente. Esta dificultad es uno de los dolores humanos.”
En este libro, que como bien se sabe, son crónicas para un periódico que escribió durante varios años, por necesidad exonómica (un punto que menciona en varias de ellas) pero de alguna manera la hicieron accesible para mucha gente que no había podido leer sus novelas. Ella dice que eso es porque cuando lees en un periódico, tienes otra disposición, a entender, pero yo creo que es más que eso. Sí que hay algo de ella que se revela. Y es su mirada. También hay claves sobre su literatura, que va soltando como si hablara del café que se tomó con una amiga:
“Y cuando escribo no es la clásica novela. Aunque es novela. Solo que me guía al escribirla siempre un sentido de investigación y descubrimiento. No, no de sintaxis por la sintaxis en sí, sino de una sintaxis que se aproxime lo más posible y me aproxime a lo que estoy pensando en el momento de escribir.”
También me gusta mucho esta comparación que hace entre lo que le gusta leer, y lo que ella misma escribe:
“Convertir en atractivo un libro es un truco perfectamente legítimo. Prefiero, no obstante, escribir con el mínimo de trucos. Para mis lecturas, prefiero lo atractivo, pues me cansa menos, exige menos de mí como lectora, pide poco de mí en cuanto a participación íntima. Pero para escribir quiero prescindir de todo lo que yo pueda prescindir: para quien escribe, esta experiencia vale la pena.”
“la oración profunda no es la que pide, la oración más profunda es la que ya no pide.”
Parece estar en contacto con algo que nos conecta. Como si fuera una sacerdotisa, Me gusta que se sienta cotidiana, pero a la vez intuitiva, extraña, sabes que en ella se combina el quitarse importancia, con el conectar con el más allá. Siempre leerla es una aventura, pero no diría que es fácil. Con Clarice siempre hay que entregarse a la lectura, confiando que te va a llevar a lugares inesperados, incluso cuando esa lectura es estas crónicas, que son una manera maravillosa de acercarte a su lectura, si nunca la has leído, pero también son un gran acompañamiento para seguir cerca de ella. Me pasa que con su literatura he tenido que aprender a entregarme, pero con sus crónicas, sus cartas, he llegado a quererla mucho. Siempre Clarice, gente, es buena para la vida.
(Creo que una cosa que hipnotiza de su manera de escribir, es porque sus palabras tienen la certeza de una verdad como si fuera de siempre, como si fuera de antes de que se inventara el tiempo.)