Famously referred to as one of the "Axis of Evil" countries, North Korea remains one of the most secretive and mysterious nations in the world today. In early 2001 cartoonist Guy Delisle became one of the few Westerners to be allowed access to the fortress-like country. While living in the nation's capital for two months on a work visa for a French film animation company, Delisle observed what he was allowed to see of the culture and lives of the few North Koreans he encountered; his findings form the basis of this graphic novel.
Guy Delisle was born in Quebec City in 1966 and has spent the last decade living and working in the South of France with his wife and son. Delisle has spent ten years, mostly in Europe, working in animation, an experience that taught him about movement and drawing. He is now currently focusing on his cartooning. Delisle has written and drawn six graphic novels, including "Pyongyang," his first graphic novel in English.
Born in Quebec, Canada, Guy Delisle studied animation at Sheridan College. Delisle has worked for numerous animation studios around the world, including CinéGroupe in Montreal.
Drawing from his experience at animation studios in China and North Korea, Delisle's graphic novels Shenzen and Pyongyang depict these two countries from a Westerner's perspective. A third graphic novel, Chroniques Birmanes, recounts his time spent in Myanmar with his wife, a Médecins Sans Frontières administrator.
Una manera fácil y amena de aprender un poco más sobre el terrible régimen norcoreano. En este reportaje Delisle nos cuenta su propia experiencia en este país y resulta tan surrealsita que a veces no puedes evitar soltar alguna carcajada... pero luego lo piensas y te dan ganas de llorar.
3.5* Un retrato de Pyongyang visto desde los ojos de un extranjero. En esta novela gráfica Guy Delisle nos relata su estancia de 2 meses en la capital norcoreana. Su relato está cargado de ironía y crítica al régimen y ha habido algún momento en el que se notaba su voluntad de poner a prueba a los norcoreanos que se relacionan con él, en un intento de ver si creen realmente en lo que el régimen les dicta o todo es una fachada que tienen que tener para asegurar su protección, como el momento en el que entrega un ejemplar de 1984 a su guía. Tengo que reconocer que lo llegué a pasar mal por el señor, que a los días le devuelve el ejemplar súper apurado... A lo mejor Guy Delisle lo hizo con la mejor de sus intenciones, pero en Corea del Norte las fronteras entre lo permitido y lo prohibido están muy claras, y por un momento llegué a temer que esa acción tuviese represalias en el pobre hombre. En general quizá esperaba un pelín más pero como viñetas que ilustran lo cotidiano de su día a dia en la capital ha cumplido el objetivo y lo he disfrutado mucho.
Corea del Norte es uno de los países mas inexpugnables del mundo. Poco se sabe y mucho se intuye. Que no es un paraíso ni una utopía soñada está claro. Lo que pudo haber sido una crónica como para conocer algo mas de este bastión comunista venido a menos resulta en una mirada despectiva, jocosa y altiva del autor y su occidentalismo extremo. Todles relatado con sorna, ni por asomo hay un intento de imparcialidad, es como si alguno de los Bush hubiera estado a cargo de estos relatos. Esta polarización le juega en contra a la obra por intentar describir de la peor forma posible, sin un análisis un poco más profundo para buscar culpas ajenas y propias entre capitalistas y comunistas. No hay casi nada nuevo que sume a lo poco conocido de esta Corea del Norte.
Recuerdo el revuelo que causó esta novela gráfica cuando se publicó (en España fue en 2009), porque fue una de las primeras aproximaciones, o al menos de las más populares, al régimen norcoreano y sus entresijos. Hoy en día, tantos años después de que “Pyongyang” viera la luz, sabemos bastantes cosas sobre el país más hermético del mundo gracias a numerosos testimonios, algunos de personas que han podido abandonar Corea del Norte arriesgando sus vidas, tras vivir en condiciones infrahumanas.
Aunque por momentos he tenido la sensación de que Guy Delisle no me estaba contando nada nuevo, entiendo que en su día esta novela resultara tan impactante. También debo reconocer que me atrae muchísimo todo lo relativo a la historia de Corea y no me canso de leer sobre el tema (bueno, en realidad me fascina la historia de Asia Oriental del siglo XX). Sin embargo, pese a mi interés por devorar todo tipo de información sobre la península de Corea, he tenido algún problema con el tono que utiliza Guy Delisle en esta obra. Pero vayamos por partes, porque el régimen norcoreano es indiscutiblemente atroz, no para de violar los derechos humanos y merece ser criticado, pero no de la manera en que lo hace este autor.
Guy Delisle pasó dos meses trabajando en Pyongyang a principios de este siglo XXI, época en la que gobernaba Kim Jong-il, padre del actual dictador. Delisle intenta abordar en este relato autobiográfico los asuntos del régimen con humor e ironía, pero lo hace desde una posición tremendamente etnocentrista que no me ha gustado nada. ¿Sabéis esa fina barrera entre la sátira y la burla chabacana? Pues él la cruza, y mucho. Durante la lectura me ha dado la sensación de que se le iba todo de las manos y, aunque reconozco que tiene algunos puntos ingeniosos, en general me ha terminado resultando todo un tanto rancio.
Me ha parecido una obra muy fría y generalista, que se ríe constantemente de los norcoreanos, los intenta ridiculizar y los mete a todos dentro del mismo saco de forma bastante irrespetuosa. Entiendo que la intención de una obra de este tipo, con este tono irónico, no es hablar a fondo de los dramas humanos de esta nación, sino criticar el régimen, pero la frialdad de la obra ha conseguido que me pareciera tremendamente desnaturalizada y no me transmitiera nada. Me ha dejado igual.
Creo que el tema de la sociedad norcoreana es muy complejo, pues incluso en este país existen matices, y no me ha convencido que el autor generalice tanto y se pase todo el libro intentando poner a prueba a las personas norcoreanas que le acompañan en su estancia, un guía y un traductor, para ver si en una de esas le sueltan que están hartos del régimen o que todo es mentira. Incluso, a su guía le presta un ejemplar de “1984” de Orwell, un libro prohibido en Corea del Norte y que él introdujo en el país un poco por suerte, debido a la ignorancia del guardia de la aduana (sin olvidar que todo está contado desde el punto de vista de Delisle). Si esto es verdad, me parece un capricho de lo más irresponsable, un jugar a “a ver qué pasa” detestable, poniendo en peligro la vida de otra persona, ya que podría haber hecho que condenaran o ejecutaran a ese hombre si las autoridades le llegan a pillar con el libro. Menos mal que el pobre guía se apresuró a devolvérselo, porque en Corea del Norte no valen las bromas.
Y no solo eso, sino que son muchas las viñetas en las que para destacar cosas negativas sobre su experiencia en la capital norcoreana, Delisle acaba diciendo “China” o “Asia” en lugar de “Pyongyang”, que se supone que es de lo que está hablando. ¿Qué significa esto? ¿Por qué lo hace? Creo que no es justo generalizar, y mucho menos de forma tan despectiva. Por ejemplo, cuando llega a su habitación de hotel (página 9) dice que es “fría e impersonal, como gustan en toda Asia”. ¿Perdón?… Me pregunto cuántas habitaciones de hotel en Asia ha visto este señor, porque yo he dormido en unas cuantas y me han parecido una pasada y con una serie de servicios que tal vez en otros lugares del globo no se ofrecen. Esto me ha chirriado mucho, en serio, y me ha dejado entrever un racismo mal disimulado, un abordaje de la narración tremendamente occidental, donde acaba ridiculizando a todo un continente por ser diferente al suyo o, más claro: por no ser el suyo.
Por no hablar de la página 169, donde hace un comentario misógino que no me veo capaz de encajar en todo el tiempo que me quede de vida, ni aunque viviera mil años. Ni de la actitud del personaje principal, que es el propio Delisle, y en todo momento actúa con desprecio e irresponsabilidad, como si nada de lo que ocurre fuera con él. Ni del hecho de que coincida con una chica de Mongolia en su hotel y una y otra vez insista en preguntarle si es mongólica. Y repito que por momentos esta novela tiene su punto y algunos golpes buenos, pero lo negativo me ha parecido tan pasado de rosca que finalmente es lo que ha ganado la partida. Hay cosas que ni con humor son tolerables.
Un libro espectacular por el entorno en el que se desarrolla la historia, pero sin mucha historia que contar. El autor narra de forma anodina una sucesión de cosas en su mayoría anodinas, durante su estancia en el territorio más anodino (a la fuerza) del planeta. Lo importante que se extrae es lo que no se cuenta, lo que uno entrevé atando los cabos sueltos que el autor muestra desordenados.
Tres estrellas van por conseguir estar ahí, soportarlo, y atreverse a contarlo. Las dos que faltan llegarían si, además, se contase con algo de ritmo y generase interés además de estupefacción.
Una distopía a tiempo real. Si no hubiese visto algunos documentales sobre Corea del Norte no me hubiese creído gran parte de lo que narra Delisle. Es increible que exista un país como este.
Una crónica tan tediosa y gris como la vida en Pyongyang. La visión de Delisle es parcial, como señalan otros comentarios, pero no creo que esto se deba a una limitación personal del autor – más allá de que sí parece un viajero bastante quisquilloso. Los occidentales que viajan por Corea del Norte deben seguir circuitos y tener experiencias previamente estipulados por el régimen. Es un país que el visitante extranjero puede sospechar, más que conocer. A quienes tengan curiosidad por las condiciones de vida de la población norcoreana, les recomendaría los libros escritos con base en las experiencias de los exiliados, como Under the Loving Care of the Fatherly Leader, de Bradley Martin.
Tras haber descubierto a Guy Delisle a través de su serie del malpadre, me lanzo a leer alguno de sus otros trabajos, que son principalmente narraciones de sus estancias en países extranjeros. En este libro GD nos relata una estancia de dos meses en Pyongyang trabajando como director de animación (al parecer las subcontratas baratas a China tienen aún un escalón más barato cuando los chinos lo subcontratan a Corea del Norte) para una serie infantil. El fino radar de GD detecta mil detalles de la vida de un extranjero en la ciudad, y nos cuenta un montón de anécdotas que le sucedieron, narradas con humor. Y, al mismo tiempo, uno aprecia el inmenso coñazo que es vivir en Pyongyang (y alrededores), debido no tanto a la falta de oferta de ocio sino a lo monotemático del régimen, que solo habla de lo mismo en todas y cada una de las opciones culturales y de ocio que ofrece a los (escasísimos) visitantes. Me ha parecido un libro muy entretenido, al estilo del autor, más largo que los de su serie de anécdotas paternofiliales, lo cual hace que uno se sienta menos culpable al acabarlo, y desde luego me voy a lanzar a leer el resto de sus andanzas (su mujer es administradora en Médicos sin Fronteras y con ella GD pasó por Camboya o Jerusalén, y además tiene otro libro en el que trabajó como animador en China).
Refleja muy bien su impresión sobre Corea del Norte. Lo que muestra y lo que esconde. Es la segunda vez que leo esta novela gráfica. Me gusta mucho y la recomiendo.
Pasable. No deja de ser un retrato parcial e incompleto de Pyongyang a través de la mirada de un realizador canadiense de dibujos animados que utiliza mano de obra barata para acabar/rellenar sus producciones y que acaba en Corea del Norte por ese mismo motivo. Guy Delisle vaga en una narración irregular, llena de anécdotas más o menos interesantes, pero que no acaban de profundizar realmente en el país más opaco del mundo. Lo que más me molesta del autor es la superioridad moral con la que juzga a los pobres norcoreanos con los que trata, y la falta de empatía que muestra a veces hacia ellos. A fin de cuentas no son más que víctimas de un sistema totalitario y él, en lugar de comprenderles, se dedica a ser mordaz y hasta a reírse de ellos. También de vez en cuando hace unos cuantos comentarios machistas. Para muestra, hacia el final del libro está de visita en un museo de propaganda en el que muestran las supuestas torturas de los estadounidenses hacia los norcoreanos y Guy escribe: «Nuestra guía es toda una belleza y, a fuerza de oírle describir todas esas torturas, consigo imaginarme a mí mismo de soldado inflingiéndole algunas de mi propia cosecha». Pues eso.
Me encantan este tipo de novelas gráficas y más para estos temas. Te enseñan mucho de forma simple y directa. Y sobre el país... me agobiaría hasta ir a conocerlo! Increíble.
Me encanta haber leído este cómic, pero qué horror que ahora me vaya a pasar un par de meses mínimo pensando a diario en lo mal que está la peña 😭 #bibliotecapublicadecadiz
Mucho se ha producido sobre Corea del Norte, creo yo que más vídeos y cosas por el estilo que libros, y acá nos encontramos con un híbrido: un libro donde predomina el carácter visual. Debe ser tremendamente difícil no sorprenderse viniendo de un país casi siempre considerado entre los de muy alto desarrollo (Canadá) e incluso de un contexto laboral privilegiado (la animación) y llegar primero, al submundo de la subcontratación al extranjero, de la maquila audiovisual, y luego, específicamente en un país señalado por tantas cosas que es casi una leyenda.
Aunque Corea del Norte no ha sido uno de los países en que más me he clavado, logró despertarme cierto interés, quizás morboso, por saber cómo será la vida ya no en un país que ha atravesado por un régimen totalitario, sino por uno que lo está atravesando, o que parece permanentemente en él sin mucha posibilidad de salir al otro lado. Lo que más llamó mi atención fueron las "pequeñas diferencias", pero ahora no de país a país, sino las que la propia Corea del Norte puede presentar, por un lado entre sus ciudadanos y sus visitantes, y por otro lado, las pequeñísimas diferencias que pueden suceder de un día a otro, cosas que primero le hacen notar al autor, y que luego él se encarga de hacer notar a sus colegas y también a sus lectores: si viene delegación extranjera, tenemos un poquito más cosas, si no, casi nada hay.
Una visión más, pero no "una más", sino una peculiar, la de este quebecois en las tierras del querido líder. Habrá que ir a comprobarlo con los propios tomates.
El viaje a Corea del Norte de Delisle relatado en esta novela gráfica es revelador. Accede a algunos lugares a los que los turistas blogueros no pueden acceder y eso, sumado a sus experiencias por el mundo en zonas inhóspitas y países en guerra gracias a que su esposa es MDF, le otorga un aire de verdad más allá de la "típica opinión capitalista". Es un ojo crítico, un ojo que cuenta todo tal como lo ve. ¿Sabremos algún día que pasa por la cabeza de los norcoreanos? Quizás no. ¿Sabremos si lo que muestran al turista es 100% real? Esta novela nos hace ver que no. Lo más interesante es eso, revela algunos datos no recopilados (o sí, pero en fuentes de dudosa procedencia) Esta frase resume un poco todo y ayuda a comprender la objetividad del autor:
"El problema que veo acá es que sólo tienen una fuente de información: la del régimen. Y eso, no es necesario decirlo, no ayuda mucho"
Me tomé unas horas para escribir la reseña, apenas lo termine no sabía realmente que pensar. No tiene mucho diálogo, pero tampoco creo sea necesario. Tampoco está cargado de racismo o prejuicios (más que el de cualquiera que viva en un régimen democrático podría tener). Le doy cuatro estrellas porque lo leí en una hora prácticamente, es muy entretenido y tiene ese no sé qué que no te lo deja soltar. Dentro de todo, le deja muchas preguntas al lector por responder, y curiosidad acerca de la ideología de los habitantes y su mundo. Lo recomiendo? Podría decir que sí, a los que estén interesados. El punto de este libro no es juzgar al país con una concepción completamente capitalista, sino realmente preguntarse y repreguntarse sobre lo que uno ve o piensa que la gente siente.
Me ha encantado la aventura de Guy Delisle en Pyonyang. Es una crónica en clave de humor que nos hace plantearnos hasta qué punto somos sugestionables y dónde está la barrera entre las ficciones distópicas que leemos y la realidad que se oculta tras algunas fronteras.
Un novela gráfica que debería tener hueco en más estanterías y que, a pesar de ponerme yo seria, nos hará pasar un buen rato y soltar alguna carcajada.
Me encantó esta historieta. Tiene un humor muy irónico y los dibujos son bastante expresivos. Lo recomiendo muchísimo para hacerse una idea inicial de lo que ocurre en Corea del Norte, desde la perspectiva de un extranjero.
Desde la contratapa del libro, "Pyongyang" es vendido como "el mejor documental que se ha hecho sobre Corea del Norte". Si bien algo de eso hay, más que un documental en viñetas, sería una suerte de diario de viaje de Delisle sobre su estadía de poco más de dos meses en dicho país.
A diferencia de autores como Joe Sacco, cuyas novelas gráficas tienen una mirada periodística, así como una intención por construir una narrativa o relato del lugar en cuestión, en el caso de Delisle la intención quizás sea menos ambiciosa, pero no por eso menos válida.
Los trazos y el estilo sútil de Delisle, con su coloreado basado en lápices en escala de crisis, son un recurso que calza a la perfección con la atmósfera gris y claroscura que se muestra de Corea del Norte (un país en donde el servicio de energía eléctrica, así como el alumbrado público, no son moneda corriente).
En definitiva, "Pyongyang" se lee como un serie de anécdotas y testimonios que pintan la vida bajo el régimen norcoreano, y que justamente cautiva al lector por tratarse de una realidad que parece salida de alguna novela distópica de ciencia ficción.
Es mi primer libro de Delisle, por lo que me queda la duda de qué tan bien funciona el estilo del autor en algunas de sus otras obras basadas en lugares no tan llamativos, o que despiertan menos curiosidad que Pyongyang. Por lo pronto, acá funciona muy bien.
En este libro, el autor nos relata su experiencia habiendo vivido durante dos meses en el país más hermético del mundo, Corea del Norte. Podría haber sido un relato ilustrativo sobre cómo se vive bajo el mando de una dictadura comunista, pero está muy desaprovechado. Tiene una visión muy soberbia y prepotente, creyéndose constantemente superior a los norcoreanos. No aprendes nada que no sepas ya y te comes unos cuantos chistes sin gracia patrocinado por un canadiense sin empatía ninguna.
Corea del Norte es, prácticamente, la última frontera.
“El régimen más hermético del mundo”, “la única dinastía comunista”, la horrible amenaza que quieren hacer que desplace a otras en la imaginería cultural…En fin, el hombre del saco comunista, o más bien juche, que no es exactamente lo mismo.
No es éste (ni pretende serlo) el lugar para hablar sobre Corea del Norte o hacer valoraciones sobre el gobierno del país. Más que nada porque la falta de información es tan brutal, tan salvaje, que uno abre la boca y suelta topicazo tras topicazo. Y será una dictadura horrible, pero desde luego, también es horrible faltar a la verdad o hablar sin informarse.
Más bien, de lo que quiero hablar es de Pyongyang, el cómic de Guy Delisle. Escrito tras haber pasado dos meses trabajando de supervisor para una productora de series de animación que ha deslocalizado la creación a Corea del Norte. Series que luego se emitirán en la televisión privada francesa TF1. ¡Manda cojones! Es una obra que es una mezcla entre libro de viajes y la literatura costumbrista, cubriendo el día a día de Guy dentro del país del (por entonces vivo) amado líder Kim Jong-Il.
El valor fundamental de la obra radica en que podemos usarla de ventana (pequeña) para observar el día a día de algunos de los coreanos con los que Guy se encuentra, que a buen seguro tienen un mejor destino que el ciudadano medio. Habla de su guía y de su traductor, que serán prácticamente su sombra durante el bimestre, de la seguridad con la que transmiten el mensaje del régimen y de cómo eluden determinados temas o postergan conversaciones y visitas a los sitios más polémicos de la ciudad.
Recoge también detalles sobre el paisaje urbano de Pyongyang, sus tres hoteles para los escasos turistas extranjeros (y el destacamento de la ONU, siempre en misión humanitaria que mezcla repartir arroz con los gintonics en las discotecas para expats). Muestra el hermetismo del régimen, donde apenas nadie tiene acceso a comunicación exterior ni Internet (sólo en uno de los tres hoteles), las radios orwellianas que transmiten música patriotera sin cesar, su cine propagandístico, sus museos a los próceres de la patria…Pero también aparecen, de cuando en cuando, señales de complicidad. Por ejemplo, artículos que adornan uno de los museos, de medios prestigiosos occidentales, gloriando al régimen a cambio de un poco de dinero, que más triste es de robar.
Precisamente, el subtexto del cómic es el hedor cómplice de los países civilizados con Corea del Norte. Los extranjeros en hoteles con comodidades de los que carece la población, encantados de hacer lucrativos negocios con las élites del país del que luego abjurarán de vuelta a casa. El mismo Guy, lejos de rebelarse, lo único que puede intentar es hablar de su experiencia ya fuera. Es lógico, no es un héroe de acción y no va a jugarse la vida.
Así que el régimen de Corea del Norte es horrible, maltrata a su población, anula a sus hombres y mujeres, lava el cerebro a sus niños y castiga a todo el que no lleve un pin con la imagen de Kim Il-Sung o Kim Jong-Il. Ya vimos a toda la población llorar desgarrada la muerte de éste último y negamos con la cabeza porque esas cosas en países civilizados no pasan, ¿verdad?
Y sin embargo, tras todos los vetos y las censuras, ahí estamos. Haciendo series para niños con el sudor de los pobres coreanos, aplastados por el régimen que luego condenaremos. Pyongyang funciona muy bien como mirador, es capaz de mostrar estampas sobre las costumbres del país y la esquizofrenia que lo ha poseído, pero también nos devuelve nuestra imagen con claridad.
Porque a la vuelta de Corea del Norte, Guy Delisle ha podido escribir esta “novela gráfica”, pero nada habrá cambiado para las personas a las que conoció, ni mucho menos para las que no.
No entiendo qué empujó a Alberto a mostrarme este libro, pero lo que haya sido, qué bueno que fue. Lo primero que saltó a mi vista es que: no tenía ni la más remota idea de Corea del Norte. Es decir, sí leo las noticias principales sobre el país y su gobernante, pero la realidad es que no me había dado cabal cuenta de qué significa ese país y su sistema.
Con un humor agridulce, involuntario, Guy Delisle va relatando cuadro a cuadro la experiencia de un yo ficticio en una estancia en ese país, al cual acude a realizar un proyecto de animación.
Uno quisiera creer que es una especie de parodia de 1984 o de cualquier distopía similar, pero no, lo que relata monocromáticamente Delisle es la perspectiva única que logra un cuasi-turista dotado con una sensibilidad para encapsular, con apenas unas rayas, la cotidianidad de un país que vive dominado bajo el yugo de una presencia dictatorial y fantasma. Fantasma pero real y sólida.
El lavado de cerebro se entiende forzoso y necesario para que dicho país “funcione” y hay cosas que simplemente no tienen explicación, ni aparente razón de ser. Vemos un mundo estrecho con la mirada abierta de un extranjero, extranjero en más de un sentido, no solo como foráneo, sino de alguien alienado del mundo diario, de las minucias más simples que nos dotan de realidad la vida. O al menos eso creemos.
Gracias, Guy, porque por medio de tu documental, podemos darnos una idea, una triste idea, de una forma de vida, una extrañísima forma de vida.
Algo que me gusta de Delisle es que su simpleza permite que la fuerza de su relato recaiga solo en momentos claves, en pausas necesarias, en trazos de edificaciones que parecieran futurísticas y en las cuales, su detalle visual, no nos alcanza a entorpecer ese contraste que el autor creo que busca dar a sus lectores; quiero decir, no hay cuadros innecesarios, hay un balance y equilibrio que permiten que la narrativa del relato se vaya desenvolviendo con presteza y soltura, sin acelerar nada.
No puedo evitar sentirme privilegiado de leer este tipo de libros, y sí, hay una tristeza, espero que no oportunista ni impostada, que me embarga al reconocerme “libre” de tener acceso a estos testimonios, a estos formatos de lectura, a este poder de decisión. Quizá no hay mucho o nada que pueda hacer sobre la situación norcoreana, sin embargo creo que al menos sirve como tope en el cual uno puede/debe hacer un alto, una pausa, y replantearse su privilegio y su compromiso para con los demás.
Pyongyang refleja una visita de su autor, un dibujante de animación canadiense, a Corea del Norte durante dos meses para ayudar en un proyecto. Las frecuentes salidas por el entorno y el conocimiento de buena parte de la propaganda institucional que adquiere Guy le facilitan realizar un diario ilustrado acerca de cómo se vive en esas tierras bajo la dictadura de Kim Jong-il.
El estilo en blanco y negro con gran presencia de sombras refleja una realidad de un país gris y tosco, casi sin relieve. Son frecuentes los momentos cómicos y la mordacidad en los comentarios del autor.
Resulta muy simpática la descripción que en todo momento hace el autor, tanto de su lugar de trabajo como de sus excursiones o de los lugares en los que va a comer. Gracias a él conocemos que en Corea del Norte hay lugares reservados para los extranjeros que tienen una legalidad más laxa, y eso aporta mucha frescura a su estancia. Vigilado casi siempre por su guía y su traductor, Guy va descubriendo muchos aspectos de la asfixiada vida de los norcoreanos y asiste a sus monumentos y museos nacionales, escenarios de la propaganda que se cuela hasta en las canciones. Es una forma muy entretenida de saber de primera mano no qué es lo que hay, sino cómo se vive allí siendo extranjero.
Una oportunidad desperdiciada. El autor vivió dos meses en Corea del Norte y no fue capaz ni por un segundo de correrse de su zona de confort. Se dedicó a confirmar todos los prejuicios que ya tenía y a desarrollar nuevos, haciendo oídos sordos a todo aquello que no pudiera encajar en su punto de vista. Además, se vale de ciertas "informaciones" que no son más que rumores para reforzar su mensaje, y pierde constantemente la oportunidad de reflexionar de manera más profunda sobre las pequeñas cosas que le van sucediendo. No es que uno espere que se defienda a Corea del Norte y su gobierno, pero ya es hora de ampliar un poco la mirada. Delisle, en cambio, está obsesionado con su rol del iluminado occidental que posee la verdad absoluta, y se burla constantemente en sus viñetas de todos los coreanos que lo rodean. Por si fuera poco, exhibe un machismo flagrante. Y para que quede claro que no me gustó ni un poco, el dibujo es realmente pobre. No posee ninguna profundidad, no da cuenta de nada especial y resulta más bien perezoso, sin detalles ni esmero a la hora de recrear los escenarios. Una lástima, porque lo compré con mucha ilusión, pero tiene bien ganado su UNO.
Tenía expectativas más altas sobre esta novela gráfica. Quizás es producto de mi falta de conocimiento en el género y la generalización de aquello que provocó en su momento en mi una mazazo como Maus. Pero si sumo Pyongyang a las otras novelas gráficas que he leído últimamente (Biblio de Santiago), termino con gusto a poco, me quedo sintiendo que falta más. Aquella bajeza y oscuridad humana que me interesa se refleja mejor en el comic americano tradicional, mientras que esta disminuye demasiado en la novela gráfica tradicional. Me pasa que me entretiene pero no me lleva al borde, al latido apurado, al vértigo, a la nausea. Así, Pyongyang me termina dejando indiferente, en una pieza, consciente de que aún hay totalitarismos en el mundo y que, por lo mismo, tengo suerte de haber leído/vivido en uno que cayó pronto (Pinochet). Claro, no es que viva en una sociedad abierta y verdaderamente libre, pero sí al menos una que me permite hacer estas reflexiones abiertamente. Ello no ocurre en Corea del Norte, y por desgracia Pyongyang no consigue provocar un aullido en mi. Cumple, pero no más que eso.
Una obra atípica y extraña pero que al mismo tiempo te hará empatizar con el protagonista, un ilustrador francés destinado temporalmente a Korea del Norte por su empresa. La mezcla entre el humor satírico del autor con la sencillez con la que se muestra cada detalle del régimen local te provocará entre risa y miedo. Se aprende mucho más aquí que con cualquier periódico y libro especializado en el tema.
Me ha gustado el ver la sociedad de Corea del Norte reflejada en una historia gráfica. Aun así, hay momentos que no he entendido los guiños que hacía y me ha faltado algo en general.
El mismo autor lo dice: es el punto de vista de un cerdo capitalista. O algo así. Pero es muy interesante lo que está retratado sin su toque irónico y condescendiente.